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En memoria de nuestra abuela, Irène Némirovsky
Los hijos de DENISE EPSTEIN DAUPLÉ
(Emmanuel, Nicolas e Irène)
y de ÉLISABETH GILLE (Fabrice y Marianne)
Pensando en mamá, naturalmente
NICOLAS DAUPLÉ
PRIMERA PARTE
1
Gabri y Michette Bragance, paradas en medio de la avenue del Bois de
Boulogne, buscaban a su madre entre la multitud. Pero esa gélida mañana
de diciembre, clara y radiante, la avenida era un hervidero, y las pequeñas,
que volvían la cabeza en todas direcciones, no veían nada. Se encaminaron
lentamente hacia la puerta Dauphine.
Una fina capa de nieve nocturna relucía a lo largo de las verjas y
silueteaba con delicadeza los grandes árboles desnudos. El aire era fresco y
tonificante.
Gabri y Michette se abrían paso dando codazos a los transeúntes.
Mujeres con la falda por la rodilla y el talle exageradamente alto, vestidas a
la moda de ese diciembre de 1919, andaban presurosas con sus zapatos de
tacón. Peripuestos jovencitos, embutidos en asfixiantes gabanes con
martingala, avanzaban en cuadrilla con la cabeza descubierta, como
adolescentes ingleses, pero arrugando la nariz por el frío mientras barrían la
acera con los amplios molinetes de sus bastones. Algunos jinetes cruzaban
la avenida al galope; la gente los miraba con cierta sorpresa. En cambio, los
automóviles, más lustrosos que los purasangres, se deslizaban por la
calzada.
Era un cuadro espléndido, pintoresco, enmarcado a un lado por los
plateados árboles del Bois, y al otro por la achaparrada mole del Arco de
Triunfo, gris y rosa a la luz del sol.
Entre tanta claridad, apenas se veían algunas sombras: unos niños
enlutados, un soldado ciego, otro en silla de ruedas, mujeres que caminaban
con prisa haciendo flotar un largo velo de crepé... Eso era todo lo que
quedaba de la guerra.
Gabri y Michette —once y seis años— no se molestaban en mirar nada.
Todos los días al salir del colegio iban a esperar a su madre a la avenida; era
su obligación, pero la odiaban tanto como las clases de piano. Gabri, con
gesto huraño, clavaba sus codos puntiagudos en las costillas de la gente.
Alta, flaca y vivaracha, estaba en la edad más ingrata. Llevaba un abrigo de
paño verde con el que aún parecía más morena; un vestido demasiado corto
hecho con una falda vieja de su madre; calcetines de lana que le dejaban al
descubierto las rodillas, llenas de arañazos y moratones, y una boina de lana
gris bajo la que danzaban unos rizos cortos alrededor de su delgado cuello.
No era guapa; tenía la cara pequeña y salpicada de pecas, y la boca
demasiado grande, pero también unos hermosos ojos verdes, profundos y
cambiantes.
En cuanto a Michette, se parecía a su madre: rubia y de tez blanca, tenía
los bonitos ojos azules y la sonrisa mimosa y autoritaria de Francine
Bragance. Agarrada con una mano a la manga de su hermana, saltaba a la
pata coja esforzándose en hacer rodar un guijarro con la punta del botín,
bastante gastado. De pronto se detuvo y, entre risas, gritó:
—¡Mami! ¡Allí está mami! ¡La estoy viendo, Gab!
—Muy bien, yo también la veo... ¿Y qué? —gruñó Gabri, malhumorada.
Efectivamente, «mami» avanzaba hacia ellas. Era una mujer guapa,
delicada como una estatuilla: hecha de oro y porcelana, como las muñecas
de Sajonia. Su cabellera, su mirada y su sonrisa resplandecían casi tanto
como sus dientes, deslumbrantes, muy blancos y afilados, y que además
enseñaba a menudo. No estaba sola; iba acompañada de un joven alto,
desgarbado y muy elegante.
Michette quiso echarse a correr hacia la pareja, pero su hermana la agarró
del hombro.
—No te muevas —masculló—. Ahora mismo no le hacemos ninguna
falta.
Gabri sabía que si mami se alejaba lentamente entre los árboles con un
señor desconocido no debían correr a esconderse bajo sus faldas. Pero, al
verla absorta como una gata ante un cuenco de leche, avanzó hacia ella con
malicia.
—Anda, Miche, ve a jugar... ¡Vamos! —le ordenó a su hermana.
Michette, obediente, se marchó. Acto seguido, Gabri se acercó
sigilosamente a la pareja, se colocó detrás de su madre y se puso a escuchar
con toda tranquilidad.
Pero Francine no veía nada, ni a Gabri, que la espiaba con calmosa
desvergüenza, ni a Michette, que se arañaba las manos y se desgarraba el
vestido trepando por la verja.
Francine flirteaba.
Mientras tanto, la hora de comer había pasado hacía mucho rato. Cada
vez había menos gente. Sólo los trabajadores que habían salido a tomar el
aire después de comer se paseaban para hacer tiempo. Luego también ellos
se marcharon. El sol se derramaba sobre la avenida desierta. El estómago de
las colegialas, que se habían levantado a las siete de la mañana, rugía de
hambre. Michette volvió junto a su hermana.
—Tengo hambre... —gimió cogiéndole la mano.
—Yo también —respondió Gabri con expresión sombría.
No se atrevían a interrumpir la conversación de su madre; les daba
mucho miedo. Se limitaban a vigilarla de lejos con ansiedad, pero su bonito
y risueño rostro no se giraba hacia ellas. Francine había tomado un
chocolate a mediodía y, hacía un rato, dos oportos en el Pavillon Dauphine;
no tenía hambre y se había olvidado por completo de sus hijas.
—¿Por qué no nos vamos a casa ya? —lloriqueó Michette.
Gabri la apartó de un empujón.
—Deja de darme la lata... Si tienes hambre, te comes un puño y te
guardas el otro para luego. ¿No ves que le importamos un pito?
Una violetera, una chiquilla harapienta con un cesto en las rodillas,
almorzaba una manzana y un mendrugo de pan dorado sentada en un banco.
Las niñas la vieron. La mayor desvió la mirada, pero la pequeña soltó un
gran suspiro de envidia que hizo reír a la menesterosa adolescente.
Gabri miró con odio a su madre. Luego, apretó los puños y, con voz
ronca, masculló un insulto pueril:
—Cochina egoísta...
2
Desde que la chispa de la inteligencia había prendido en sus ojos verdes,
Gabri observaba a su madre con una profunda animadversión y ese
extraordinario talento de los niños para detectar lo secreto y lo anormal en
la vida de sus progenitores.
Hasta 1914 su padre había sido un simple empleado en un despacho de
abogados. A veces los domingos iba a casa de algún compañero de trabajo,
padre de familia como él, con su hija. La señora Bragance nunca los
acompañaba.
Gabri veía viviendas humildes, pero limpias como una patena; niños
pulcramente vestidos, alrededor de una sopera humeante que olía a gloria.
El mantel estaba zurcido; las baldosas, relucientes; las sillas, bien frotadas.
En casa, Gabri, con ojos misteriosamente perspicaces, veía manchas en la
alfombra, polvo en los muebles, sietes en las cortinas y tomates en sus
calcetines. Mami aún no era la mujer atractiva que frecuentaba las salas de
baile y el Bois. Todavía era muy joven. No conocía París. Sus recuerdos se
reducían a la mercería de Melun en la que había nacido. De casada, sus días
transcurrían entre el piano, la lima de uñas y un tapiz que Gabri nunca vería
acabado. De la mañana a la noche, deambulaba por casa en chinelas, sin
corsé, envuelta en una bata descolorida, con su hermoso rostro siempre
ensombrecido y agriado por una expresión colérica y despechada. Aquella
pequeña burguesa, lectora empedernida de novelas, estaba ávida de dinero,
de lujo; reprochaba a su marido que no la mimara, que no la distrajera lo
suficiente; lloraba durante horas como una niña malcriada. Léon Bragance
suspiraba y agachaba la cabeza en silencio, pero a veces perdía la paciencia
y también gritaba; echaba en cara a su mujer el desorden, sus gastos
absurdos, su pereza, y sus discusiones despertaban a la pequeña Michette,
que lloraba en la cuna.
Luego llegó la guerra. Bragance fue movilizado, partió al frente, y la vida
de Francine cambió de la noche a la mañana. Como tantas otras mujeres, la
contienda la puso a trabajar en una oficina, después en una ambulancia y,
por fin, en un consulado. Nunca había conocido a hombres como los que se
encontró allí. Hasta entonces había sido honesta, seguramente por atavismo,
por un vestigio de la áspera virtud de sus antepasadas, pero la virtud no la
protegió muchoveintitrés años largos, aunque
declaraba veinte y aparentaba dieciocho o treinta dependiendo del día. Era
una jovencita menuda, de rostro delgado y ambiguo, con unos ojos muy
bonitos y una boca extraña, de labios largos, sinuosos, elásticos y
admirablemente perfilados, y sin embargo desagradables y avejentados, en
cierta forma. En realidad, todo en ella hacía pensar en un capullo marchito
antes de madurar, pues tenía una apariencia juvenil y, al mismo tiempo, un
aire de profundo cansancio. Gabri la había conocido unos años antes en la
clase de dibujo a la que iba de vez en cuando. Miss Allan no le había
permitido intimar con ella porque no le parecía «una chica como es
debido», pero, al marcharse la institutriz, Gabri y Babette se hicieron
inseparables de inmediato. Y a la señora Bragance no sólo no le importaba,
sino que, secretamente, la halagaba que su hija se relacionara con una joven
de buena cuna. Gabri tenía una idea más ajustada a la realidad. La supuesta
baronetesa de Winter, presunta viuda de un baronet inglés, era simplemente
una antigua cortesana aficionada a la morfina. Babette, su única hija, criada
a la buena de Dios, arrastrada de palacio en palacio desde su más tierna
infancia, era más que libre en sus palabras y modales. Gabri sentía
curiosidad y atracción por ella, aunque también una ligera repulsión. Pero,
como Babette era más mayor y había tenido muchas y variadas
experiencias, le inspiraba respeto y la obedecía.
—¿Salimos? —preguntó Babette al entrar.
—De acuerdo —dijo Gabri.
—¿Y adónde vamos?
—Pues... no sé. Donde quieras.
—¿A la rue de La Boétie, como anteayer?
—Muy bien.
En la escalera, se cruzaron con la señora Bragance, que les sonrió
distraídamente.
—Buenos días, niñas. ¿Adónde vais?
—Al Collège de France, señora, a mi clase de Paleontología —respondió
Babette.
—¡Ah! ¡Pues que os divirtáis! —respondió Francine en el acto, sin
apenas escucharla.
—¡Vaya, tu madre no es nada severa! —comentó Babette cuando las dos
chicas se quedaron solas.
—¡Querrás decir que le trae todo sin cuidado!
Las dos amigas se miraron. Babette suspiró.
—¡Bah, como a todas las madres, cariño! —dijo con una mezcla de
ironía y lástima.
Se quedaron un momento calladas, entristecidas por una amarga oleada
de recuerdos similares.
—¡Bueno, ahora ya no las necesitamos! ¡Puede que pronto sean ellas las
que nos necesiten a nosotras! —dijo Babette encogiéndose de hombros.
Gabri comprendió que su amiga pensaba en la vieja baronetesa, que
vagaba por el hotelito de la rue de Prony vestida siempre de negro, con el
pelo teñido y los ojos demasiado brillantes y hundidos, grotesca y
atemorizadora como una bruja de Goya. Y el rostro de su madre, cansado,
tenso, le pareció envejecido.
Babette paró un taxi y dio la dirección de la sala de baile.
Casi todos los días, Roberte llevaba a Gabri a un nuevo dancing. La
primera vez entraron en uno, un día lluvioso, Gabri tuvo la extraña y
embriagadora sensación de estar pecando sin peligro. Salió encantada.
Desde entonces, las dos chicas pasaban muchas horas en los tés danzantes
de París. Gabri disfrutaba enormemente durante esas escapadas. Había que
tener mucho cuidado para no encontrarse con la señora Bragance, a la que
también le gustaba frecuentar esos lugares. Cada vez que creía reconocer de
lejos una silueta parecida a la de su madre, Gabri sentía un estremecimiento
delicioso. Era una mezcla de miedo e ingenuo placer anarquista por estar
desafiando al mundo entero y de admiración ante su propia desvergüenza.
Y, además, empezaba a encantarle aquella atmósfera febril y cálida hecha
de perfumes, polvo, humo de cigarrillo, vapores de alcohol, público
ambiguo y música estridente de los grupos de jazz. Pero, sobre todo,
adoraba bailar. Para aquella jovencita intacta, el baile era casi el amor que
no conocía. De los abrazos, el cuerpo a cuerpo, el lento y cadencioso
balanceo, de los roces, del silencio de las parejas, la música salvaje, de todo
aquello emanaba una voluptuosidad inofensiva, poetizada, velada, solapada.
Sin embargo, tenía la certeza de no estar haciendo nada malo. Sí, bailaba
con desconocidos, pero eludía las muchas y diversas proposiciones que le
lanzaban.
A veces, como una travesura, fingía aceptar una cita, aunque luego nunca
acudía. De todos modos, se estaba acostumbrando a aquella vida extraña sin
darse cuenta; cada vez le parecía más natural, más normal, todo lo que veía
alrededor. Las insólitas parejas que pasaban abrazadas, las gruesas señoras
maquilladas que, con espantosa ternura de ogresas, apretujaban a jovencitos
atildados contra su pecho, los demacrados rostros de los cocainómanos y
tantos otros vicios y taras entrevistos, imaginados, todas las aberraciones,
todo el libertinaje de esos ambientes peculiares... Nada la sorprendía, nada
la escandalizaba. Casi creía que aquélla era la vida normal y que no había
otra, y cada día el sentido del bien y del mal, que nunca había estado muy
definido en ella, se difuminaba y ensombrecía un poco más.
Por la noche, al volver a casa, sentada frente a sus padres durante la cena,
rememoraba el día con delectación y una turbia y abominable
complacencia. Su doble vida le proporcionaba una oscura e intensa
satisfacción; la misma sensación de venganza que de niña la había
consolado frente al desamparo y egoísmo de los suyos.
Llegaron.
Cruzaron la puerta, custodiada por dos porteros negros en librea
escarlata. La sala estaba tan abarrotada como de costumbre. Con el brazo
extendido y la bandeja oscilando, los camareros zigzagueaban entre los
grupos tarareando maquinalmente canciones de baile.
Gabri y Roberte sonrieron a las bailarinas del local, con las que ya tenían
confianza. Eran dos chicas italianas de piel dorada, Adelina y Felicia,
frioleras como aves tropicales. A veces las dos amigas las invitaban a un
oporto o a cigarrillos.
—Hoy voy a presentaros a un bailarín estupendo. ¿Qué os parece? —les
dijo Adelina.
—Es un profesional —explicó Felicia—, pero es un chico bien, un noble
ruso. Se metió a bailarín después de la Revolución para sobrevivir.
Le hicieron una seña a un joven que tomaba un refresco en un rincón. El
chico se acercó.
Adeline lo cogió de la mano.
—¿Sacarás a bailar a estas dos chicas tan guapas, mio caro? Ella es la
signorina Roberte y su amiga, la signorina Gabriella. —Luego, volviéndose
hacia el sonriente joven, acabó las presentaciones—: Y él es el conde
Nikitov.
—Antiguo teniente de la guardia imperial y, en la actualidad, bailarín en
el Tilbury-Montmartre —añadió el chico.
Era muy guapo, de estatura media pero esbelto, con una elegante cabecita
muy erguida y muy rubia, de un tono poco habitual, como plata
sobredorada, los ojos azul pálido y el cutis de una chica. En medio de tanta
blancura, sus labios, tan rojos que parecían pintados, llamaban
poderosamente la atención.
Se inclinó ante Gabri y la rodeó con los brazos. Mientras duró el baile
habló poco y sólo de cosas triviales y correctas, como si estuvieran en un
salón. Hablaba francés a la perfección, aunque a veces buscaba las palabras
y sus titubeos parecían pura coquetería.
Volvió a acompañarla a su sitio, se despidió con un gesto silencioso y se
marchó.
Sin embargo, al día siguiente la recibió con una sonrisa llena de
familiaridad y pidió permiso para sentarse a su mesa. Luego empezó a
hablar con gran desenvoltura y una naturalidad un poco burlona. Le contó
que, antes de la guerra, había vivido una temporada en París, que había
vuelto después de la Revolución, arruinado, y que había aceptado aquel
trabajo de bailarín para no morirse de hambre.
—Porque en realidad sólo sé hacer tres cosas —aseguró
despreocupadamente—: conducir un coche, montar a caballo y bailar. Mi
primo, el príncipe Alchersky, trabaja como chófer —añadió encendiendo un
cigarrillo—. Se gana bastante, pero las manos se estropean de un modo
horroroso...
Gabri lo encontró encantador.
—¿Viene aquí a menudo? —le preguntó.
Nikitov la miró bajando las largas pestañas.
—Vendría, si tuviera la certeza de encontrarla...
—¡Pues venga mañana!—respondió Gabri con tanta espontaneidad que
el joven sonrió.
—A sus órdenes, señorita... Gabri... Se llama así, ¿verdad?
Ese día acompañó a Gabri y Babette hasta un taxi y les besó la mano.
Cuando las dos amigas desaparecieron, lanzó cinco francos al portero que
miraba las musarañas bajo el porche y se fue a esperar el autobús a la
esquina.
3
El conde Genia Nikitov y Gabrielle se hicieron amigos con una rapidez
sorprendente. Al principio se encontraban en la sala de baile de la rue La
Boétie; luego, en otros locales similares, y más tarde en discretos barecitos
que conocía Nikitov. Como el restaurante de Montmartre en el que bailaba
no abría hasta medianoche, él estaba libre todo el día. Varias veces llevó a
las dos chicas a la rue de Prony o la place d’Iéna. Al principio, Babette salía
con ellos, pero no tardó en aburrirse, y a Gabri no le molestó que la dejara
sola con Genia. Tenía con él una relación extraña y ambigua. Genia parecía
encontrar sus citas y su camaradería tan normales que, por imitación, Gabri
las aceptaba con la misma naturalidad.
En el momento de despedirse, él le preguntaba simplemente:
—¿Dónde quedamos mañana, jovencita?
Y Gabri, sin sorprenderse y con tan poco pudor como él, le respondía que
«En tal sitio, a tal hora». Le había dicho su nombre completo y quién era,
pero a él parecía importarle muy poco.
—Eres encantadora —le decía a veces—. Estoy muy contento de que nos
hayamos conocido.
Eso halagaba infinitamente a Gabri, que apreciaba en gran manera la
delicadeza de Genia, sus modales anticuados y la elegante indolencia de su
conversación. Había viajado muchísimo, y a veces Gabri lo escuchaba
como una niña hojeando un libro ilustrado, con la misma ávida y vaga
curiosidad.
Quedaban casi siempre en la orilla izquierda, donde Gabri estaba segura
de que no se cruzaría con nadie conocido. Se sentaban en la sala baja de
cualquier tabernita, en la esquina de una calle tranquila, a la orilla del Sena.
Si hacía buen tiempo, echaban a andar sin rumbo fijo por los muelles.
El ruido de las embarcaciones bajo los arcos de los viejos puentes, el olor
del agua, los largos toques de silbato que desgarraban el apacible
atardecer... Para Genia, todo se traducía en recuerdos de países lejanos, de
vagabundeos por ciudades y puertos... Hablaba con frases precisas y
coloristas, y Gabri veía alzarse en la bruma rojiza regiones maravillosas,
pero más que sus historias la cautivaban sus silencios, aquella alma apenas
vislumbrada, despreocupada y melancólica, sencilla y a la vez complicada,
voluble, diferente, o que lo parecía simplemente porque era extranjera.
—¿Puedes salir por la noche? —le preguntó Genia un día.
—¿Por qué?
—Me ha invitado un amigo, el príncipe Twerskoi. El lunes ha organizado
en su casa un recital de canciones zíngaras para rusos sin recursos. Me
gustaría llevarte.
—Pero yo no conozco a tu amigo...
—¡Da igual, es un acto benéfico! Habrá un montón de gente en tu misma
situación. Y como todos serán rusos no habrá peligro de encontrar a ningún
conocido.
—Ya, pero, de todas formas, escaparme de noche no va a ser fácil.
—¡Qué pena! —murmuró Genia, decepcionado—. Me habría
encantado...
—¿Son bonitas las canciones zíngaras?
—Bonitas, no sé. Son salvajes, sinceras, especiales...
Gabri cavilaba.
—Bueno, en realidad... es factible —dijo al fin—. Diré en casa que la
señora de Winter nos lleva al teatro a Babette y a mí. Babette vendrá a
buscarme, y nos encontraremos en... La parada de autobús de la place
d’Iéna, por ejemplo, ¿te parece?
—Pero ¿nos acompañará Babette?
—Sí, yo me encargo de convencerla. ¿Te parece mal?
—Tu amiga Babette no me cae demasiado bien... Pero no importa.
Entonces, ¿quedamos así?
—Sí.
Era en Auteuil, en una mansión lúgubre precedida por un jardín sombrío.
El vestíbulo, enorme y glacial, estaba desnudo. Habían colocado las sillas
en el salón, una habitación inmensa con un papel pintado gris con florecillas
en las paredes.
—En otros tiempos —dijo Nikitov—, los suelos estaban revestidos con
alfombras maravillosas y las paredes con una antigua y preciosa seda de
Manchuria verde y azul, como tus ojos cuando hace sol, Gabri. Había
flores; era cálido y luminoso. Durante doce años, aquí se celebraron las
fiestas más espléndidas de París, pero poco a poco todo eso acabó, se fue
vendiendo todo... No sé cómo se las ha arreglado Twerskoi para conservar
la casa; pero, de todas formas, no seguirá siendo suya mucho tiempo. Y él
es muy mayor... Es una lástima, era un gran señor... Ya no quedan muchos
como él.
A su alrededor había varias mujeres que parloteaban en voz muy alta
mezclando dos o tres lenguas a la buena de Dios. Los tres amigos se
sentaron en primera fila.
—Esto va a ser un tostón, seguro —gruñó Babette.
En el pequeño estrado, rodeado de plantas, apareció una mujer. No era
joven. Era muy alta y corpulenta; tenía la tez pálida, los labios delgados y
exangües e iba totalmente de negro, con un vestido cerrado, austero, sin
adornos. Causaba una impresión extraña; un poco atemorizadora. Iba toda
negra y blanca, como si fuera de luto.
Saludó sin sonreír. Un joven lívido y desgarbado, como uno de esos
Pierrots de trapo que estaban de moda, se sentó a sus pies, cogió una
guitarra y tocó unos acordes.
La mujer empezó a cantar.
Desde las primeras notas, Gabri sintió que un escalofrío le recorría la
piel. La mujer cantaba sin moverse con una voz grave, lenta, desgarradora.
Gabri no comprendía la letra, que seguramente se parecía a la de todas las
canciones del mundo, pero aquella música enfebrecida y somnolienta no se
parecía a nada que hubiera oído antes. Cuando la zíngara lanzó su último
grito, salvaje y profundo, y volvieron a encenderse las luces, nadie dijo
nada, nadie aplaudió. Había hombres con los ojos llenos de lágrimas...
Luego el público aplaudió frenéticamente. Hubo un confuso barullo de
sillas arrastradas, de conversaciones, de risas...
Genia se volvió hacia Gabri.
—¿Te ha gustado? —le preguntó en voz baja y con cierta ansiedad.
—Gustar no es la palabra —respondió la chica lentamente—. Pero creo
que jamás olvidaré a esa mujer de negro.
Él la miró largamente, con agradecimiento.
—Me alegro de haberte hecho oír esto. Ahora casi siento que
comprendes mi lengua.
—Efectivamente, la comprendo —dijo Gabri.
Estaban subiendo al estrado un gran piano de cola. Genia miró su
programa de mano.
—Vayámonos —propuso—. Lo que viene ahora ya no tiene ningún
interés.
La mitad de la sala estaba vacía. La gente sólo había venido para oír a la
mujer alta vestida de negro, una cantante famosa en otros tiempos. Genia
vio que el vestíbulo estaba abarrotado.
—Saldremos por el jardín, será más fácil.
Abrió una puerta y se encontraron en el exterior. El jardín era enorme,
pero estaba descuidado, invadido por los hierbajos y las zarzas.
Tomaron un sendero que apenas era lo bastante ancho para una persona.
Había que apartar la vegetación con ambas manos mientras la ropa se
enganchaba en los arbustos bajos. Babette encabezaba la marcha, seguida
por Gabri y Genia.
Había llovido durante el día y olía a hierba mojada. Una gruesa gota que
temblaba en la punta de una hoja cayó en el cuello de Gabri, que se
estremeció y volvió la cabeza.
De pronto, Genia le cogió la cara con las dos manos, se la echó hacia
atrás y la besó en la boca con tanta fuerza y a la vez con tanta suavidad que
Gabri primero contuvo un grito y luego se detuvo sin aliento.
—Démonos prisa —dijo Babette—. Me parece que vuelve a llover.
Genia soltó a Gabri. Corrieron hasta la verja del jardín. Gabri, con flojera
y la mente en blanco, temblaba de pies a cabeza.
Un taxi los esperaba. Subieron. Babette parloteaba sin cesar, y su aguda
voz, falsamente infantil, era tan molesta como el sonido de una carraca.
De vez en cuando, con gesto maquinal, Gabri se tocaba la boca, que le
ardía, y de su interior surgía un confuso estremecimiento, un espasmo
animal y divino.
Genia indicó al taxista que parara en la esquina de la place d’Iéna. Gabri
se apresuró a apearse.
—¿Hasta mañana? —le preguntóGenia.
Ella asintió con la cabeza y se alejó a toda prisa. Tenía la sensación de
caminar, de hablar, de actuar dentro de un extraño sueño que no sabía si era
agradable o doloroso.
Se acostó. Fue una noche rara, no la olvidaría jamás, una noche de fiebre
y sueño ligero salpicado de imágenes, súbitamente interrumpido por
recuerdos agudos como la punta de una flecha. En cuanto cerraba los
párpados, aparecía de nuevo la cabeza rubia, tan pálida en la tenue claridad
de la luna, y una y otra vez su mano, hechizada y dócil, buscaba en la
comisura de los labios el lugar quemado por el ávido beso.
4
La suya fue una novela singular, sin palabras de amor, sin un solo proyecto
de futuro. Gabri era demasiado sensata para soñar con la posibilidad de
casarse con Genia o fugarse con él, en definitiva, para imaginar alguna
solución para su aventura. Era consciente de que no la había. Él era un
extranjero, un hombre que estaba de paso y podía desaparecer de su vida
tan rápido como había entrado, y Gabri lo sabía. En realidad, ni siquiera
estaba segura de quererlo. Cuando se decía que seguramente tenía otras
amantes, no sentía nada. ¿Estaba enfermo?, ¿triste? Eso sólo la afectaba si
él no se presentaba a una cita, o si estaba de mal humor, taciturno y huraño.
Sin embargo, estaba hechizada por él, por la magia de los primeros besos, y
a veces tenía la sensación de rodar por un camino en pendiente hacia un
final que no veía... que no quería ver.
Quedaban casi todos los días. Él le hablaba en un tono ligero y fraternal,
pero de pronto se callaba y, en la oscuridad de un taxi o en la penumbra de
un saloncito de té, se arrojaba sobre ella, la abrazaba y la apretujaba
mientras le lastimaba los labios con besos furiosos. Después se quedaba
quieto, con la cabeza apoyada en su pecho, oyendo sus latidos acelerados
bajo la tela fina de su vestido, y murmuraba palabras en una lengua salvaje
y dulce desconocida para ella. Gabri se acurrucaba en su ardor sin miedo ni
vergüenza, como un animalillo doméstico, y él saboreaba en los labios
nuevos de aquella chiquilla un profundo y sutil placer que ninguna otra
mujer le había dado hasta entonces.
Un día, después de caminar juntos largo rato por los Campos Elíseos en
la claridad rosácea de un crepúsculo de mayo, Gabri le propuso
acompañarlo hasta la rue Fontaine, donde vivía él. Esa tarde se sentía
dominada por la sensualidad y una intensa ternura. Fue ella quien le cubrió
las manos y los labios en el taxi. Últimamente Genia parecía nervioso, preo‐ 
cupado; había faltado a varias citas. Ella le había escrito largas cartas en las
que se quejaba de su aislamiento. Decía sentirse «tan sola, tan sola» en
aquella gran casa «en la que nadie me quiere», y le hablaba de su madre,
egoísta e indiferente, y de su taciturno padre. Y a continuación le escribía
palabras de amor llenas de un cinismo ingenuo. En todas sus cartas había un
poco de sinceridad, pero, sobre todo, mucha literatura, mucho artificio
inconsciente. Él volvía, pero cada vez más inquieto, más silencioso, con un
ardor triste y apasionado.
Esa tarde Genia la besó como nunca la había besado, y un orgullo nuevo,
intenso, invadió a Gabri mientras jadeaba y desfallecía en sus labios.
Al salir del taxi se tambaleaban un poco, como si hubieran bebido.
Se había hecho de noche. Hombres y mujeres jóvenes se apresuraban a
abandonar las oficinas y las tiendas. Bajo cada farola de gas se veía una
pareja abrazándose en silencio a la salida del trabajo. Todas eran tan
parecidas que semejaban la misma pareja reflejada en una fantástica
sucesión de espejos.
Genia tiraba de Gabri.
—Ven a mi casa —le dijo en voz baja y ardiente.
Ella lo dejaba hacer como en un sueño perturbador y delicioso. Genia
casi la llevó en volandas por la escalera en penumbra.
Ahora estaban de pie frente a frente en un cuartito a oscuras por las
cortinas corridas. Detrás de un diván bajo, Gabri vio brillar la minúscula
lámpara roja de un icono, como un rubí prendido en una tela negra.
Con la cabeza gacha, Genia guardaba silencio. Gabri lo miró e hizo un
brusco movimiento de retroceso, como si en lugar del rostro familiar de
Genia hubiera visto el de un desconocido. Con la mirada turbia, parecía un
animal peligroso a punto de saltar sobre ella. De repente, toda la alegría de
Gabri, toda su impura felicidad, incluso ese orgullo tan nuevo ante su poder
de mujer, todo desapareció. Comprendió que estaba a merced de aquel
extraño, de su deseo, de su brutalidad, y tuvo miedo, un miedo horrible,
instintivo. Y, extendiendo las manos como una niña pequeña a la que
quieren pegar, gritó aterrada:
—¡Déjame, déjame! ¡Quiero irme, quiero irme! ¡Déjame!
Pero él la agarró de las muñecas y la atrajo hacia sí con tal violencia que
Gabri chocó contra su pecho. Su inesperada resistencia sólo conseguía
enardecerlo. Gabri se debatía, se contorsionaba, se indignaba, chillaba.
Aquel hombre, al que tan a menudo se había abandonado con absoluta
confianza, se había convertido en su atávico adversario: el macho. Arañó la
cara pálida que se inclinaba hacia ella y mordió esos labios llenos de
avidez.
—No grites... —le dijo Genia entre jadeos—. Es inútil, créeme...
Primero, porque no vendrá nadie y, segundo, porque, si viniera alguien, aún
sería más terrible para ti... Piénsalo... Pequeña, pequeña... te deseo tanto...
Si supieras... si supieras...
Y, efectivamente, a ella le dio miedo provocar un escándalo, atraer a
gente con sus gritos y que la condujeran a casa de sus padres.
Genia la empujó hacia el diván; Gabri cayó de espaldas. Él le sujetaba las
muñecas con puños férreos y la movía como a un objeto inanimado. Hubo
una larga lucha brutal, encarnizada; pero Gabri sabía que él era más fuerte,
y acabó por quedarse quieta, con los brazos extendidos y las manos
abiertas, como clavada en una cruz. Era algo horrible, indescriptible,
doloroso, una pesadilla...
Luego, de golpe, Genia se separó de ella y se desplomó a su lado
pesadamente. Gabri se apartó y lo miró. Una sensación parecida a la náusea
le revolvió el estómago. Un solo instinto subsistía en ella: huir.
Mecánicamente, se estiró la ropa y cogió el abrigo y el sombrero. Genia se
movió. Despavorida, Gabri se precipitó a la puerta, volcó una silla a su
paso, abrió la puerta, bajó la escalera corriendo y se lanzó a la calle como si
huyera de un edificio en llamas. Entonces se detuvo, desfallecida.
Un taxi se acercaba lentamente bordeando la acera. Le hizo una seña,
subió y dio la dirección maquinalmente. Luego, una vez sentada, sintió que
se desmayaba y se dejó caer en el respaldo, casi inconsciente.
Poco a poco, reanimada por el aire que entraba por la ventanilla, volvió
en sí. Se pasó la mano por la frente varias veces mientras murmuraba con
desconcierto:
—¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué repugnante, qué repugnante!
Al llegar a casa se arrastró hasta su habitación y se acostó de inmediato.
Por encima de todo, necesitaba paz y silencio. Sus padres no estaban.
Mucho más tarde oyó ruido en el piso. Era su madre que volvía. De pronto
la asaltó una visión del pasado tan nítida que, estremecida, abrió los ojos en
la oscuridad como si hubiera visto una alucinación. La noche que murió
Michette también oyó los pasos sigilosos de su madre, que, como siempre,
volvía a casa canturreando en voz baja. Sintió que esa noche también había
muerto algo precioso en ella... y que estaba sola, igual que Michette. Odió a
su madre tanto como el día en que murió su hermana. La hacía responsable
de todo. La culpa era de ella. ¿Por qué no la había vigilado y protegido? Si
fuera una buena madre, ella jamás habría conocido aquel horror, aquella
ignominia. Rompió a llorar deses peradamente en la oscuridad de su cuarto,
mordiéndose las manos y las sábanas para que no la oyera... Y una y otra
vez, con una sinceridad pueril y trágica, repetía:
—¡Oh, cómo me gustaría estar muerta! ¡Dios mío, Dios mío, hazme
morir!
Pasó los siguientes días sumida en una sombría postración. Se pasaba horas
en un sillón dándole vueltas a lo mismo una y otra vez con la miradaperdida.
Pensaba con rencor en las salas de baile, su amistad con Babette —a la
que se negaba a ver y a la que un día había puesto de patitas en la calle sin
contemplaciones— y, sobre todo, el amor de Genia, ese hombre brutal, pero
al final siempre emergía un mismo odio salvaje: «La culpa es de mi madre...
La culpa es suya, sólo suya...» Recordaba sus sueños infantiles de venganza
y los recuperaba con una voluptuosidad abominable. ¡Quería vengarse,
vengar a Michette, hacer que aquella mujer egoísta y cobarde sufriera de
una vez por todas!
Un día Gabri tuvo un encuentro que exasperó su resentimiento hasta
convertirlo en un frenético deseo de destrucción. Por fin se había decidido a
salir a la calle. No había dado dos pasos cuando se topó con Genia.
Él la agarró del brazo.
—Vuelve a mi casa... Te deseo, Gabri... Te amo...
—Déjame —balbuceó ella con los dientes apretados, temblando de
cólera y terror—. Vas a dejarme tranquila, ¿entendido?
Pero él ni siquiera la escuchaba.
—Dime que volveré a verte —insistía—. Dime que vendrás... Te amo...
—No volveré jamás, ¿me oyes? ¡Jamás!
—Mira, Gabri, ten cuidado, no me conoces. Puedo hacerte mucho daño.
Si alguna vez te veo con otro, te... Haré que te encierren... Ten cuidado...
Gabri se soltó y huyó, pero aún oyó a su espalda:
—Ten cuidado, Gabri...
Se sentía llena de rabia, como un animal acosado. El ansia de hacer daño
desencadenaba en ella una pasión destructiva.
Una noche...
Era una noche de primavera tan cálida que habían dejado entreabierta la
ventana del salón. Francine tocaba el piano. Una sola lámpara rosa
iluminaba la habitación. Gabri estaba de pie delante de la ventana. De vez
en cuando, una ráfaga de viento traía el olor dulzón de un árbol del caucho
que había florecido en el jardín vecino. Fuera, un globo eléctrico brillaba
como una gran luna rosácea, nimbando el fino perfil de Gabri con una
claridad fantasmagórica. Charles, medio tumbado en el sofá con un
cigarrillo entre los dedos, observaba a la adolescente.
—Es increíble cómo ha crecido Gabri en poco tiempo —dijo al fin—. No
me había dado cuenta. Ahora ya es una mujer... ¿Cuántos años tienes,
Gabri? ¿Dieciocho, no?
—Diecisiete —lo corrigió Francine con voz seca.
Gabrielle sonrió. Se le acababa de ocurrir una idea curiosa. Al cabo de
unos instantes, como su madre seguía tocando con expresión absorta, rodeó
lentamente el piano y se acercó a Charles.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó—. Estás muy pálido...
No le hablaba casi nunca, y Charles, que conocía su tozuda hostilidad de
niña e intuía sus causas profundas, quedó totalmente desconcertado por la
caricia de su voz.
—Me duele un poco la cabeza —dijo al fin.
—¡Oh, pobrecito mío!
Estaba de pie detrás de él. Tras un instante de duda, posó la mano en la
frente del joven. Charles, con los ojos cerrados, guardaba silencio. Gabri lo
supuso sorprendido, encantado por la sencilla caricia, por su perfume y la
blancura de su vestido en la penumbra. Entonces, quiso saber más... Con el
corazón palpitante, como un ladrón a punto de cometer un robo, se inclinó
hacia él rápidamente. Charles sintió en los párpados cerrados el leve roce
del pelo de Gabri y en la boca el de unos labios húmedos y deliciosamente
frescos. Soltó un «¡Ah!», como quien cae al agua, y luego un profundo
suspiro. Gabri vio brillar en la semioscuridad sus ojos, inmóviles y
brillantes.
Se irguió lentamente, cruzó el salón y se detuvo frente a la ventana. La
señora Bragance no había visto ni adivinado nada. Una alegría malévola
henchía el pecho de Gabri. Sonrió. Le habría gustado soltarle a su madre:
«Ahí tienes mi venganza, al fin... ¿A que no ha sido tan terrible?»
5
El día siguiente, el otro y durante toda la semana, Charles, que podía llegar
a estar quince días sin subir el puñado de peldaños que lo separaba del piso
de sus primos, comió y cenó con ellos sistemáticamente. La rondaba con
una expresión ansiosa e inquieta que divertía mucho a la adolescente.
Naturalmente, pensaba que Gabri debía de estar enamorada de él desde
hacía tiempo, y eso lo halagaba, lo conmovía, le encantaba... No sentía el
menor remordimiento o temor sobre el futuro de esa relación porque sus
expectativas eran nulas. Estaba convencido de que nunca la querría... No se
daba cuenta de su indefensión frente a aquella chiquilla. «Pobrecita, ¿seré el
primero que la hace sufrir por amor?», se preguntaba con una mezcla de
lástima y orgullo que lo perturbaba deliciosamente.
Y de aquella simpatía afectuosa con la que se acercaba aún más a ella
nacía una emoción confusa y atormentada.
La comedia duró semanas. Gabri obtenía múltiples y sutiles
satisfacciones. Jugaba al amor... Le encantaba tener en sus manos los hilos
de aquel gran títere al que hacía bailar a su antojo. Era un juego cruel,
exquisito. Se había propuesto conquistar a Charles para vengarse y llenar de
lágrimas los duros ojos azules de su madre —aquellos ojos que nunca
habían llorado, o eso creía ella—, pero el placer de la caza le estaba
haciendo perder de vista el verdadero objetivo. En cuanto a Charles, se
dejaba engañar como un pipiolo. Gabri, creía él, era tan cándida, tan
ingenua, tan niña... Por supuesto, Francine se había percatado de los nuevos
modales de su hija, pero más que enfadada estaba satisfecha. Ahora Charles
venía tanto a casa... a su edad, tal vez necesitaba un hogar, tratar con
niños... Porque Francine, con esa mirada distorsionada de las madres que no
quieren envejecer, seguía viendo a Gabri como una niña; para ella, su hija
había dejado de crecer el día en que se había convertido en una jovencita.
Ni se le había pasado por la cabeza que un hombre quisiera besar a su hija
partiendo de otro sentimiento que no fuera el cariño de un hermano mayor.
Entretanto, el juego continuaba. Charles, nervioso, acosado, luchaba
contra un deseo oscuro, inconfesable. Se sentía tan aturdido como en sus
inicios con Francine. Entonces nada había frenado su pasión desbocada;
furiosa como un ataque de locura salvaje. Eso había conquistado y sometido
a Francine, y Gabri, que se parecía a su madre más de lo que creía, también
parecía extrañamente subyugada y entregada.
Ahora, siempre que salía de casa, Gabri se encontraba con Charles en la
escalera como por casualidad. Él se hacía el sorprendido, pero la llevaba al
Bois de Boulogne o al cine y le hacía regalos, sin abandonar esa jovial
actitud protectora y paternal. Pero, de común acuerdo, no le decían nada a
Francine, que se devanaba los sesos intentando adivinar dónde se metía
Charles y por qué parecía tan voluble últimamente: ahora cariñoso y suave,
como atormentado por un remordimiento secreto, y un minuto después,
hosco y duro sin motivo. ¿La engañaba? ¿Y con quién? Pasaba noches en
blanco llorando, lamentándose, desesperándose, buscando ávidamente en el
espejo, con una angustia horrible, las primeras canas, las primeras arrugas,
maquillándolas, arreglándose, tragándose las lágrimas, adentrándose, en
definitiva, en ese largo calvario que recorren las mujeres maduras
enamoradas.
Mientras tanto, como si fuera un juego, su hija se adueñaba del corazón
de Charles, tan vulnerable, fácil de retener y tan débil desde el punto de
vista de Gabri.
Una mañana, al volver de un paseo con Charles, la doncella salió a su
encuentro.
—Señorita... —dijo susurrando con un aire misterioso—. Señorita, hay
un señor que desea hablar con usted... Baje un momento, señorita... Ese
caballero la espera en la calle.
Gabri imaginaba quién era. Su madre todavía dormía. Temiendo un
escándalo, bajó.
Vio avanzar hacia ella a un joven alto y pálido con los labios demasiado
rojos. Habló la primera.
—¿Qué has venido a hacer aquí? No me das miedo, ¿sabes? Sólo me
aburres. Vete...
Pero él parecía resuelto a quedarse. Tenía una mirada extraña, vaga y
huidiza.
—Te pido perdón —dijo—. Necesitaba hablar contigo. Escúchame... Me
voy... Me marcho a Holanda, con el Gran Duque, que me reclama. No
volveré jamás. —Gabri hizo un movimiento. Genia continuó—: No nos
veremos nunca más. Por eso, Gabri, antes de que mevaya... Una última
vez... sólo una... Dime, ¿vendrás? Después me marcharé, y todo habrá
acabado... Sólo una vez.
—No.
—Gabri, no puedo olvidar tu cuerpo... Una última vez, sólo una, por
compasión... una hora...
—No.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué, Gabri? No se puede jugar con un hombre
como si fuera una muñeca. Y te deseo tanto... Si tú supieras... ¿Por qué te
niegas?
—Porque me das asco —respondió lentamente Ga bri con voz tranquila.
Genia palideció.
—Y ese chico alto y moreno con el que sales todos los días, después de
asegurarte de que las ventanas de tu madre están cerradas, ¿no te lo da?
—No.
—Gabri, no quiero... No quiero que ningún otro te tenga...
—¿Y crees que podrás impedirlo?
—Sí, lo creo —dijo Genia en un tono extraño.
Gabri lo encontraba tan patético que se encogió de hombros.
—No me das miedo, ¿sabes? Buenas tardes —dijo con voz clara, y dio
media vuelta.
Él volvió a erguir su delicada cabeza.
—Estás cometiendo un error. Adiós.
Gabri subió a casa, más inquieta de lo que habría estado dispuesta a
admitir. Quizá había hecho mal despidiéndolo de aquel modo. Podía
vengarse. Pero ¿cómo? ¡Bah, lo único que quería era asustarla! De pronto
sintió una ligera punzada en el corazón; recordó que le había escrito cartas,
¡y qué cartas! Subía la escalera lentamente, cabizbaja. ¿Sería capaz de
semejante vileza? ¿Y por qué no? ¿Acaso lo conocía? No era más que un
aventurero, un desclasado... Volvió a ver sus peligrosos ojos azul pálido.
Pero ¿de qué servía torturarse por adelantado?
El tiempo pondría las cosas en su sitio. A sus diecisiete años no le costó
ahuyentar la angustia que las palabras de Genia habían hecho brotar en su
interior. A los diecisiete años, tienes toda la fuerza del mundo.
A la mañana siguiente, Gabri acompañó a Charles a probar su coche nuevo
en el Bois. Era una mañana de primavera extremadamente agradable. Una
tenue bruma envolvía con una fina niebla dorada las casas, los árboles y la
blanca tribu de estatuas de los jardines. La ciudad olía a asfalto recalentado,
polvo y rosas tempranas. El cielo, de un azul resplandeciente y muy nuevo,
parecía una inmensa pieza de seda perfectamente extendida, sin un pliegue
de sombra.
El coche de Charles, dócil, ligero, circulaba por los paseos del Bois.
Había mucha gente. El ruido de los motores, el galope de los caballos y los
lejanos acordes de una orquesta ahogaban el canto de los pájaros en las
ramas de los árboles.
—Vamos a bajar —ordenó Gabri ante el jardín del Pré Catelan.
Le ardían las mejillas, arreboladas por el viento.
Entraron en la gran galería, llena de sol y mujeres elegantes. En un
entarimado rodeado de plantas, unos músicos afinaban sus instrumentos. En
el techo, los inmensos ventiladores zumbaban como enormes avispas
cautivas.
Gabri y Charles se sentaron cerca de una de las grandes puertas vidrieras.
El sol entraba a raudales y la luz bañaba los manteles, de un blanco crudo y
con la rigidez de la tela demasiado nueva; incendiaba la cristalería y
arrancaba destellos a un diamante en una mano desnuda; cubría de manchas
cegadoras los vientres de plata de los grandes calientaplatos con ruedas que
los camareros paseaban de mesa en mesa. Y todo el parque, los árboles, los
macizos de césped, el cielo, un sombrío tejo, un lilo cargado de pesados
racimos de flores, se reflejaba en los espejos colocados frente a las anchas
puertas vidrieras, que parecían prolongar más allá de las paredes el cálido
esplendor de aquel hermoso día de junio.
Charles pidió bebidas frías y unas fresas para Gabri, que acababa de
verlas servidas en unos cestillos de mimbre.
—Me gustaría probarlas... —había dicho con avidez infantil—. ¿Puedo
pedirlas?
—Claro que sí, querida, y todo lo que te apetezca —se había apresurado
a responder él.
La observaba comer alegremente su aperitivo de fresas con azúcar y nata
olvidando que el día anterior le había montado una escena tremenda a
Francine porque Gabri había tenido un antojo similar y a él le había
parecido un capricho estúpido. Hoy, en cambio, encontraba aquel otro
encantador.
Gabri parloteaba y contaba mil tonterías que salpicaba de agudas risas.
La gente la observaba, y ella estaba un poco embriagada por las miradas de
los hombres, por el aire fresco y por el sherry cobbler helado que se estaba
tomando.
—Estás un poquito loca —le dijo Charles con divertida y tierna
indulgencia—. No hables tan alto, por favor... Estás borracha, Dios me
perdone. ¿Qué dirá tu mami?
—¡Bah, me trae sin cuidado!
—Acábate las fresas y acompáñame. Daremos un pequeño paseo antes de
volver.
Charles la condujo fuera. El jardín estaba desierto, como adormilado,
como atontado por ese agradable sopor. Gabri iba de aquí para allá
corriendo por los senderos de arena punteados de sol. La tibia brisa,
saturada por el aroma de las lilas, agitaba en el suelo delicadas sombras
móviles. Entre la vegetación, brillaban pequeños lagos, oscuros y
misteriosos bajo los sauces.
Charles seguía dócilmente a Gabri con el corazón lleno de una felicidad
indescriptible.
Ella volvió a su lado de un brinco y lo cogió de la mano.
—¿Quieres que corramos un poco?
Charles respondió riendo que tenía el alma de una niña de seis años. Ella
se encogió de hombros y rió a su vez.
—¡Qué tontería! A los seis años era vieja, vieja... Es ahora cuando sé
que, a pesar de todo, la vida es bella... —Tozuda, volvió a suplicar—:
Corramos un poco, anda... Sólo hasta el lilo. Y robaremos una rama...
—Ya sabes que está prohibido...
—Pero ¡qué bobo eres, pobrecito mío! ¡Eso da igual!
—No, querida, yo te compraré todas las lilas que quieras.
Gabri lo miró con pena.
—Pero ¡mira que eres viejo! Lo divertido es robarlas, no comprarlas...
¡Venga, vamos!
Él se resistía sin dejar de reír. Gabri acabó arrastrándolo a la fuerza. El
aire olía tan fuerte a lilas que estaban un poco mareados. Gabri alargó la
mano. Charles, divertido, quiso agarrársela. Lucharon un poco entre risas.
Charles recordaba confusamente su propia adolescencia, las grandes
carreras en el mas familiar, aquella saludable vida al aire libre que había
olvidado.
Pero, poco a poco, se puso serio. Lo exasperaba no poder vencer a aquel
cuerpecillo indócil, milagrosamente flexible, que conseguía curvar con
facilidad, pero que volvía a enderezarse enseguida, elástico y fuerte como
un florete bien templado.
Gabri acabó arrancando una rama y, con gesto triunfal, le azotó el rostro
varias veces con las fragantes, frescas y húmedas flores. Charles la soltó
bruscamente.
—Qué joven eres... —murmuró con voz más grave, como enronquecida
por un pesar repentino—. Qué joven eres...
Gabri soltó una risa alegre.
—Claro, tengo diecisiete años...
Charles permanecía silencioso, fascinado, indeciso, inquieto. Diecisiete
años... A veces las palabras más simples, las más cotidianas, adquieren de
pronto un significado extraordinario. Aquella frasecilla lo deslumbró como
si contuviese toda la primavera.
Lentamente, la atrajo hacia sí.
—Vamos, dame esas flores... —dijo con la voz totalmente cambiada—.
Quiero olerlas, olerlas bien...
Y hundió su rostro encendido en el delicado hueco de su hombro. En
silencio, embriagado, aturdido por aquel olor, empezó a besarla sin saber
muy bien si lo que besaba eran flores o mejillas.
Ella le dejó hacer. A su alrededor, un poco de viento deshojó las lilas.
Luego, Charles se inclinó hacia su boca. Ella se estremeció al reconocer el
sabor de unos labios de hombre. Pero Charles la besaba con una emoción y
una timidez extraordinarias. Gabri le parecía frágil como un pájaro. Le daba
miedo hacerle daño deslizando los labios entre los suyos con demasiada
avidez. Su robusto cuerpo de hombre temblaba de pies a cabeza.
Se soltaron y se quedaron en silencio un buen rato, pálidos e incómodos,
asustados, casi aterrados, tan mudos como si acabara de producirse un
milagro.
CUARTA PARTE
1
Esa mañana Francine, que como de costumbre se había levantado tarde,
estaba remoloneando en su cuarto de baño cuando la doncella entró con una
carta.
—¿Esperan respuesta? —preguntó al ver que el sobreno llevaba sello.
—No, señora, un caballero la ha traído y se ha marchado de inmediato.
Pero me ha aconsejado que se la entregara a la señora en persona.
Francine miró la letra desconocida con un poco de recelo y abrió la carta
pensando: «Una cuenta de un proveedor, seguramente... A no ser que se
trate de... una carta anónima...»
Aunque ya había recibido varias, eso nunca la perturbaba demasiado.
Pero no, sólo era una tarjeta de visita acompañada de dos cuartillas azules
manuscritas con una letra que le pareció reconocer.
Primero le echó un vistazo a la tarjeta. «Conde Nikitov», leyó, y más
abajo, con letra grande y clara: «Professional Dancer, Tilbury’s, place
Pigalle, 21.»
¿Publicidad, tal vez?
Pero, en el dorso de la tarjeta, leyó:
Estimada señora,
Creo que es mi deber devolverle estas notas que su hija tuvo a bien enviarme. He
considerado que, si no agradable, su lectura al menos le resultará útil; y en este sentido, me
atrevo a aconsejarle que preste más atención a la educación de la señorita Gabrielle.
Respetuosamente suyo,
Conde Nikitov
La carta se deslizó entre los dedos súbitamente helados de Francine y
cayó a la alfombra. Un estupor indescriptible la mantenía clavada al suelo.
Gabri... Ni hablar, no era posible... Estaba soñando... Gabri... y aquel
hombre, aquel desconocido... ¿Qué podía tener en común su hija, Su Hija,
con el Professional Dancer del Tilbury’s?
Se percató de que la doncella la miraba con curiosidad. Hizo un ademán
brusco.
—Déjeme. Ya la llamaré.
Una vez sola, Francine recogió del suelo las notas que acompañaban a la
tarjeta. Sí, efectivamente, era la letra de Gabri, la misma con la que todos
los veranos le escribía en un papel parecido cuatro frases que apenas
variaban en su fría corrección: «Estoy bien. Hace buen tiempo. Te mando
un beso. Gabrielle.»
Estaba abatida. Cuando empezó a leer, las palabras danzaban sin cesar
ante sus ojos: «Amor mío... Tus labios... El beso tan tierno que me has
dado...»; y un poco más abajo: «Tus brazos me estrechan con tanta fuerza
que me hacen mal y bien al mismo tiempo»; y seguía: «Estoy tan sola, tan
sola, si supieras...», «Me aburro... ¡Oh, estas insoportables veladas
familiares! El silencio de toda esta gente, que sin embargo son mi padre y
mi madre, de todos estos esclavos de la vida corriente... Son extraños para
mí...»; y luego: «Me gustaría irme, a cualquier sitio, con tal de estar lejos de
ellos...»; y más abajo: «Tus labios... tu olor... tus manos... tus caricias...»
Toda una ardiente e ingenua letanía amorosa salpicada de lamentaciones
pueriles y desesperadas: «Estoy tan sola, tan sola... Me gustaría marcharme
lejos...»
Francine tuvo que acodarse en un mueble para no caer. Se sentía como si
hubiera recibido un fuerte mazazo en la nuca y, al mismo tiempo, abrumada
por una espantosa sensación de irrealidad. Le habría gustado gritar, como en
una horrible pesadilla: «Vamos, estoy soñando, sólo es un sueño.»
Con la cabeza entre las manos, la garganta seca y las sienes palpitantes,
se desplomó en un sillón con una enorme angustia. No dejaba de repetir:
«Mi hija, Dios mío, Dios mío, mi hija...», como la mañana de la muerte de
Michette, y también, como entonces, estaba conmocionada por el intenso
estupor.
Nunca se había parado a observar a Gabri, nunca había intentado
comprender sus sueños, sus deseos, sus penas. No la conocía. Cuando un
hijo es pequeño nos forjamos una imagen ideal de lo que será más adelante,
y esa imagen oculta como una máscara su verdadero rostro, que no
conoceremos jamás. Para Francine, Gabri era, debía ser, una chiquilla
ignorante y pura. ¿Qué si no? Así la habían educado aquellos últimos años,
protegida de todos los peligros, de las malas compañías... Porque antes,
naturalmente, antes de la fortuna y las institutrices, era una criatura y no
veía nada, no comprendía nada. Luego le había dado mucha libertad, sí,
pero era porque confiaba en ella, simplemente. Había cumplido con su
deber, con todos sus deberes, no tenía culpa de nada...
Y estupefacta, aterrada, abatida, se preguntaba por qué tenía que pasarle
eso precisamente a ella y cómo había podido ocurrir sin que ella se enterase
de nada. Poco a poco, del caos de ideas que bullían en su cabeza, surgieron
algunos recuerdos, al principio confusos pero luego extraordinariamente
nítidos. Se acordó de ciertas expresiones que había visto en la cara de su
hija, de ciertas sonrisas ambiguas, de ciertas miradas... La fisonomía
humana está compuesta de mil detalles apenas perceptibles, excesivamente
sutiles y tenues, absolutamente insignificantes, o, por el contrario, de una
claridad que ciega, dependiendo de si se mira con indiferencia o con pasión.
Por primera vez en su vida, Francine se puso a buscar con todas sus fuerzas
el alma agazapada en el fondo de aquella carne de su carne. Pero sólo vio
incertidumbre y tinieblas.
—Dios mío, Dios mío, es espantoso... —dijo en voz alta, como si se
dirigiera a un interlocutor invisible.
Sin embargo, lo que la desesperaba de aquel modo no era lo que
sospechaba que había hecho Gabri, porque, en lo referente al amor, las
mujeres son secreta y extremadamente indulgentes, de un modo a veces
inesperado incluso para ellas mismas. No, lo que torturaba a Francine era la
capacidad de disimulo de Gabri, su turbia segunda vida, pero aquel súbito
horror ante la mentira resultaba de lo más cómico y patético, puesto que ella
había engañado a su marido durante años y no había tenido ni un molesto
atisbo de remordimiento.
Releyó las cartas maquinalmente. Lo que ahora la hería ya no eran las
palabras de amor. Leyó: «... tan sola, tan sola en esta inmensa casa donde
nadie me quiere», e, indignada, estupefacta, como golpeada por una
bofetada brutal, soltó un «¡Oh!». ¡Gabri se consideraba desgraciada!
¡Maldita cría desagradecida! Aquella niña mimada, vestida como una
princesa, que gastaba sin rendir cuentas a nadie... Sofocada, Francine
recordaba su propia adolescencia, la trastienda en la que había nacido, esa
pequeña ciudad que tanto odiaba, las penurias... ¡Y Gabri se atrevía a
quejarse! Le invadió la cólera, sentía tanta rabia que le chirriaban los
dientes y le temblaban las manos; necesitaba estallar, insultar y dar golpes,
como las mujeres de pueblo.
Levantándose de un salto, corrió a la habitación de Gabri, empujó la
puerta con violencia y se detuvo en seco en el umbral, cohibida. El silencio,
la paz de aquel dormitorio vacío —Gabri aún no había vuelto—, tenía algo
de burlón, de inquietante.
Francine caminó lentamente por la habitación.
Con atención, como si fuera la primera vez que los veía, miró la estrecha
cama, virginal, lacada de blanco bajo el crucifijo de la primera comunión,
los muebles tapizados con telas claras, las mil inocentes chucherías. De
forma mecánica, con la mente en otra cosa, se acercó al escritorio. En el
fondo había varios libros alineados. Los cogió, los miró del derecho y del
revés, y leyó los títulos con recelo: Pablo y Virginia, Mi párroco y mi tío, El
abate Constantin... De pronto se estremeció, se quedó atónita: bajo las tapas
se ocultaban infames novelas ilustradas con las palabras «Hambourg, À
fond de cale», en la primera página.
Francine permaneció inmóvil largo rato; hasta su cólera había cesado.
Gruesas lágrimas, pesadas y redondas, le hinchaban los párpados y le
resbalaban por las mejillas. Pero no se las secaba. Quizá, por primera vez en
su vida, había olvidado que llorar envejece y estropea la cara.
2
Así la encontró Gabri cuando entró un poco más tarde.
—¡Mami! ¿Tú?
De pie ante Francine, la joven miraba estupefacta el rostro descompuesto
de su madre. Las lágrimas resbalaban y se mezclaban con el maquillaje. Lo
primero que pensó fue que a su padre le había ocurrido una desgracia.
—¿Papá? —exclamó con una horrible angustia que le retorcía el corazón.
Francine recuperó la voz de golpe para gritar:
—¡Papá! ¡Papá! ¡Haces bien en nombrarlo! Ya verás cuando lo sepa,
cuando se entere, lo contento que se pondrá... Porque te juro que lo sabrá
todo, desgraciada, desvergonzada...Tartamudeaba de furia y gritaba. Su voz chillona hacía tintinear las
cuentas de cristal de la araña. Le enseñó las cartas.
—Toma, mira, mira esto y esto... Mira. ¡Ay, me vas a matar, desgraciada!
¿Cómo te has atrevido? ¿Es tu amante? Pero ¿cómo has podido? Haré que
te encierren, te mandaré a un convento, ¿me oyes? ¡Miserable! ¡Perdida! Mi
hija... ¡Me vas a matar!
Francine sacudía los hombros con todas sus fuerzas. Gabri, un poco
pálida, absolutamente inmóvil, como una sonámbula, miraba fijamente su
cara desencajada y lívida de rabia.
—¡Es tu amante! ¡Es tu amante! —gritó Francine.
Gabri se apartó con un movimiento brusco.
—Para empezar, no hace falta que vociferes de ese modo...
—¿Es que ahora me vas a enseñar a hablar?
—Si quieres que todos los criados se agolpen detrás de las puertas... —Y,
con descaro, aseguró—: Además, yo no tengo ningún amante.
—Mientes.
—No —respondió Gabri, consciente de que en esas cartas, que había
reconocido, no había nada que la acusara claramente—. No.
—Entonces, ¿quieres decirme quién es ese hombre al que besabas, con el
que te encontrabas a mis espaldas? ¿Quieres decírmelo?
A punto de perder la paciencia, Gabri se encogió de hombros.
—Tienes su tarjeta de visita en la mano.
—¿Dónde lo conociste?
No hubo respuesta.
—¡Gabri!
—¡Uy, sería muy largo de explicar, mami! —respondió la chica con
suavidad.
—¿Te burlas de mí?
—En absoluto.
—Te has lanzado a los brazos de un desconocido, de un aventurero,
porque seguramente es...
Gabri la interrumpió.
—Bien, admito todo eso de buen grado. Dios mío, sí, lo hice.
—¿Por qué?
El lenguaje populachero, olvidado muchos años atrás, regresó de pronto a
los labios de Gabri.
—Porque me dio la gana, y se acabó.
—Pero ¿es que no tienes dignidad, ni pudor, ni principios?
—Dios mío, no, creo que no. ¡Me pregunto dónde los puedo haber
aprendido!
Francine se estremeció. Se quedó callada unos instantes.
—Gabri... Te lo suplico. Cuéntamelo todo —le pidió con voz más suave.
Entonces le habló más o menos de todo lo que había pasado, toda la
turbia historia de los últimos meses: Babette, las salas de fiesta, Genia, las
citas, los besos, e incluso de la habitación oscura a la que había ido una vez.
Pero juró que se había defendido, y Francine la creyó. Gabri hablaba muy
despacio salpicando su relato de detalles, recreándose con crueldad. Luego,
clavando los ojos en los de su madre, concluyó:
—En el fondo, ¿qué he hecho de malo? Me aburría... Me dejas sola todo
el día. Tú te diviertes a tu manera, ¿no?, y yo no te pregunto cuál es —dejó
caer con un inquietante tono de amenaza en la voz—. ¡Bueno, pues yo
también! ¿Por qué quieres que sea mejor que tú, mamá?
—Gabri, ¿ni siquiera te das cuenta de que lo que has hecho está mal?
La joven se encogió de hombros.
—¿Qué está mal? ¿Qué está bien? —murmuró con voz suave y la mirada
perdida—. Yo no lo sé, te lo aseguro. Nadie me lo ha enseñado. —Hizo una
pausa, y continuó—: Nadie lo sabe, ¿verdad? ¿Entonces? ¡Bah! Eso no me
impedirá casarme, yo me encargo. No voy a quedarme aquí como una
partida de nacimiento viviente, tranquila...
Con un movimiento espontáneo, Francine puso las manos en los hombros
de su hija y, tratando de atraerla hacia sí, dijo lentamente:
—Me das miedo, Gabri. ¿No comprendes que no te reprocho tanto lo que
hiciste con... con ese hombre como tus mentiras? —dijo y, pese a todo, en
su voz había sufrimiento—. Lo espantoso es esa horrible sospecha de que
todas tus palabras y tus gestos eran mentira.
—Nadie me enseñó que hay que decir la verdad... —repitió Gabri, terca.
Un estremecimiento de cólera crispó las facciones de Francine, que, no
obstante, consiguió contenerse.
—¡Yo confiaba en ti!
—Hacías mal. Nunca hay que confiar en alguien a quien no se conoce.
—¡Gabri!
—Porque no me conoces —continuó la adolescente, furiosa—. Nunca
has intentado conocerme. Acuérdate, acuérdate. Desde que me trajiste al
mundo, ¿alguna vez hemos hablado con cariño, con confianza? Si quisiera
contar todas las palabras que me has dicho desde que nací, acabaría muy
pronto... «Buenos días, buenas noches... Déjame tranquila, me duele la
cabeza...» ¡Ah, y también: «No me beses, que vas a quitarme los polvos»!
Francine extendió las manos, como si la estuviera golpeando.
—¡Gabri, Gabri! —balbuceó mientras las lágrimas resbalaban por su
rostro afligido—. ¡No sabes el daño que me estás haciendo! Ahora lo veo,
ahora lo comprendo... Me odias... Ahora veo claramente que me odias...
Por toda respuesta, Gabri bajó la cabeza. No se atrevía a abrir la boca.
—No, no te odio —dijo al fin en voz muy baja—. Pero... pero tampoco te
quiero. De todas formas, supongo que te da igual. —Una profunda
amargura le alteraba la voz—. Sí, debe de darte completamente igual. El
cariño de aquellos a los que no queremos nos es indiferente... lo contrario
sería tener mucha desfachatez... perdón, mucha inconsciencia... Nunca me
has querido... Me has dejado vivir porque sí, igual que dejaste morir a
Michette. ¿Recuerdas? Porque, y lo sabes perfectamente, si hubieras
cumplido con tu deber de madre, Michette aún viviría, yo no te estaría
diciendo esto hoy, aunque me alegro de poder decírtelo al fin porque hace
muchos años que me ahoga... No, nunca has buscado más que tu propia
felicidad, tu propio placer... Egoísta... Nos dejabas solas días enteros.
Cuando la criada se iba y se olvidaba de prepararnos la cena, nos moríamos
de hambre. Nos comíamos la ropa... nuestros zapatos destaconados,
nuestras medias agujereadas... y tus peinadores de encaje, tus medias de
seda, tus hermosos vestidos... Michette murió porque, en lugar de cuidarla,
de vigilarla... —Se interrumpió, soltó un suspiro y continuó con voz más
suave—: En fin, si has podido olvidar su pobre carita, mejor para ti. Yo no
la he olvidado, ni tampoco su vocecilla rota, que te llamaba en vano:
«Mami, mami...» Pero tú no venías. ¿Yo? ¡Oh, sí! He tenido un montón de
profesores, institutrices, ¿verdad? Que te costaron muy caros. ¿Y entonces,
qué? ¿No puedo reprocharte nada? ¿Nada? Hiciste todo lo que debías, todo.
Sólo que Michette está muerta... y yo... Yo he deseado estarlo también
muchas veces. ¿Y ahora pretendes que te quiera? ¡Ah, no! ¡Sólo faltaría!
Toma y daca... Se recoge lo que se siembra...
—Pero yo te he querido... —murmuró Francine, con un tono humilde,
con sentimiento de culpa—. Te he querido...
—¿Tú? ¡Por Dios santo! ¡Tú nunca has querido a nadie más que a ti
misma!
De pronto, Francine cogió las manos de su hija.
—Pequeña mía, pequeña mía, escúchame... La culpa no es mía... Te juro
que os he querido a ti y a mi pobrecita Michette... Yo no sabía... Te juro que
nunca pensé... no podía imaginar que erais tan desgraciadas. Créeme, hija.
Compréndeme. Te he querido. Te quiero... ¡Ay, me has dicho tantas cosas
malas, hirientes! Me has hecho daño... y sin embargo, mira, no te guardo
rencor. Te pido perdón... Perdóname, hija...
Era sincera. Por primera vez sentía que quería a Gabri, porque por
primera vez sufría por ella. A menudo, el amor, como una herida, tan sólo
se revela a través del sufrimiento. Gabri lo comprendía oscuramente, y
sentía una emoción especial, que emergía de las misteriosas profundidades
del ser, donde germinan los sentimientos, tan confusos, tan irracionales que
parecen tener sus raíces en la carne misma. Sin embargo, se rebelaba con
todas sus fuerzas contra esa compasión, que le parecía absurda, mientras su
madre repetía:
—Si te he hecho daño, perdóname...
Respondió con cólera y dolor, un dolor extraño, sutil, inconfesable:
—Sería más fácil perdonar tu negligencia, tu indiferencia, todo antes
que...
—¿Qué quieres decir? —balbuceó Francine.
—No me preguntes.
—Sí, quiero, quiero saber.
—Pues bien, son cosas... cosas de tu vida que conozco y que te quitan el
derecho de juzgarme o culparme haga lo que haga, ¿comprendes? Haga lo
que haga...
—Pero ¿de qué se trata? —repitió Francine maquinalmente, pero Gabri
advirtió que, como a su pesar, desviaba la mirada y palidecía aún más.
Entonces, como si lanzara una piedra, dijo:
—Charles.
Francineni siquiera trató de negarlo.
—¿Lo sabes? —murmuró, abrumada.
—Lo sé. Y lo que es peor, lo he visto. Os vi una vez, a ti y a él. Él dormía
y tú estabas de pie junto a la cama y... ¡Oh, qué porquería! Ya te lo he dicho,
lo vi, lo vi...
Gabri vio que una oleada de sangre invadía el rostro de su madre y lo
enrojecía desde lo alto de la frente hasta el cuello. Sobrecogida, se calló.
Francine ocultó el rostro entre las manos, y ese gesto, ese silencio,
conmovió a Gabri más que cualquier palabra.
Con un movimiento espontáneo, corrió hacia ella y le apartó las manos
de la cara.
—Escucha, he... he hecho mal... —balbuceó—. Me meto en lo que, al fin
y al cabo, no es asunto mío. Pero ¿qué esperabas? Querías saber por qué me
cuesta soportar ciertos reproches tuyos... Así que te lo he dicho... No sabía
que te dolería tanto... Pero ¿qué esperabas? Ahora todo eso tiene menos
importancia. Ya no soy una niña. Ya no necesito que me cuiden, ni que sean
cariñosos conmigo. Déjame vivir a mi manera, yo no te juzgaré. ¿Para qué
atormentarnos inútilmente?
Francine negó con la cabeza tristemente.
—No, no acepto ese trato. Quiero que me comprendas.
Gabri la interrumpió:
—Te lo ruego, no digas nada. No puedes imaginarte lo extraña y penosa
que es para mí esta conversación...
—Bueno, ¿y para mí no, Gabri? —De nuevo, su voz cansada tocó en el
corazón de Gabri fibras desconocidas para ella, y guardó silencio—.
Necesito que me escuches —murmuró Francine—. No puedo dejar que
tengas esa opinión de mí. Es demasiado horrible, demasiado injusta. ¿Qué
es lo que quieres? Puede que no haya sabido ser una buena madre. No, no
he sabido. Hay mujeres que no han nacido para eso, Gabri, no es culpa mía.
Pero tienes razón... y me da miedo que, como madre e hija, nunca nos
comprendamos... Pero, si quieres, si puedes, olvida que soy tu madre. Voy a
hablarte simplemente como a una mujer, como a una amiga... Puesto que no
he sabido darte la protección ni el cariño que te debía... como me has hecho
comprender muy cruelmente... deja al menos que ahora te dé todo lo que
puedo darte, mi confianza... y... ten piedad de mí... La necesito, Gabri... Yo
tampoco soy feliz... Estoy sola, como tú, más que tú. Me reprochas mi
relación con Charles... Pero lo amo... Tú aún no sabes lo que es eso... Es
terrible. Voy a tratar de explicártelo... Es casi mi hijo... ¡Ay, mi pobre
pequeña! Por él, primero, me he sentido con el corazón, con la abnegación,
con la ternura de una madre... No me culpes. Es el último amor, tú no
puedes comprenderlo. Y él me hace sufrir tanto, tanto, que, aunque sólo
fuera por eso, creo que habría que perdonarme. Soy tan desgraciada,
Gabri... ¿Quieres ser mi amiga? ¿Quieres que te deje ver todas esas cosas
que me ahogan? Soy tu madre, por supuesto, pero también soy una pobre
mujer completamente sola. Consuélame, a mí que no he sabido protegerte.
Y, luego, déjame amarlo sólo un poquito más, sólo un poco, no tengas celos,
vamos... Ya no durará mucho tiempo. Me recuperarás pronto, seré vieja,
estaré sola, y ya no te tendré más que a ti en el mundo...
Decía todo eso con palabras torpes, humildes, entrecortadas por sollozos.
Y una piedad inmensa, un inmenso remordimiento, henchía el corazón de
Gabri. Pensaba en lo que había hecho esa misma mañana, en los besos de
Charles, en aquella monstruosa venganza, que golpeaba tan dolorosamente
aquel corazón tan maltratado. Era como una niña que, sin querer, mata
jugando con un cuchillo. Pero ¿ella qué sabía? ¿Podía sospechar que
también «mami» era capaz de sufrir como ella, más que ella?
Qué dura y complicada era la vida, Dios mío...
Se acercó, se arrodilló, cogió entre las suyas las manos húmedas de
lágrimas de su madre y murmuró tierna, maternalmente:
—Vamos, ya está, ya está, mami. Seremos amigas. Te lo prometo, te lo
juro. Y hay que dejar a un lado esas malas ideas sobre la vejez y el
abandono. Eres hermosa, eres joven. Vamos, no llores, no llores. No me
pidas perdón. No tengo nada que perdonarte. Abrázame.
Y, por primera vez en su vida, Gabri pudo estar así, sin decir nada, con la
frente apoyada en el hombro materno. Una paz, un alivio delicioso la
inundaban. Le parecía que una monstruosa bolsa de hiel, que se había
hinchado durante años y años en su alma, acababa de reventar de
improviso... Y era algo tan nuevo, tan dulce...
3
En la pequeña y violenta alma de Gabri, el amor filial floreció súbita y
tardíamente, pero con una fuerza extraña.
Sin embargo, no volvió a sentir la dulzura y la paz que había disfrutado
una vez, sólo una, en los brazos de su madre.
Al contrario: mil tormentos confusos, indefinidos, le roían el corazón.
Sobre todo se daba cuenta de que la relación con su madre no era normal, y
eso le producía un extraño e insoportable malestar. Efectivamente, se había
convertido en la hermana mayor, en la protectora, y Francine, en una niña
pequeña, una niña enternecedora pero tiránica. Ahora Francine no podía
prescindir de su hija. Ella, que antaño no sabía qué decirle cuando se
quedaban un momento a solas, ahora pasaba veladas enteras hablando con
ella sin parar, y esas conversaciones acababan indefectiblemente con
alusiones apenas veladas a Charles. Estaba tan obsesionada con él que, sin
darse cuenta, hacía que todas las conversaciones convergieran en su
nombre. Era todo un poco cómico y amargo, a la vez impúdico e ingenuo;
aquella eterna ansiedad, aquel deseo de pronunciar esas dos sílabas que,
para ella, contenían todo un universo y le hacían olvidar de buena fe que
estaba hablando con una niña, su hija. A Gabri todo eso le causaba daño,
pero también vergüenza. Sin embargo, comprendiendo que su madre
encontraba consuelo y alivio en esas confidencias, no se atrevía a rehuirlas.
Por la noche, cuando Gabri ya estaba en la cama, su madre llamaba
suavemente a su puerta.
—¿Estás durmiendo?
—No, todavía no.
Francine entraba, se sentaba en el borde de la cama, se quedaba callada y,
luego, suspiraba.
—¿Qué te pasa? —le preguntaba Gabri casi a su pesar, pero sentía que al
final se vería obligada a pronunciar la frasecita que esperaba su madre.
Entonces, Francine comenzaba. Siempre eran las mismas quejas: Charles
ya no la amaba. Seguramente, la engañaba. Ella sufría. Y, en ocasiones,
decía: «Imagínate, hemos estado juntos tanto tiempo que a veces me parece
que mi marido es él.» Mientras tanto, Léon, que había trabajado duramente
todo el día para proporcionarle más joyas, más vestidos, dormía en la
habitación de al lado. Si aguzaba el oído, Gabri podía oír su tos nerviosa de
fumador en medio del silencio de la casa. Le habría gustado sonreír, pero se
le encogía el corazón. Sin embargo, no tenía fuerzas para enfadarse con su
madre; empezaba a sentir hacia aquella inconsciente una resignada
indulgencia, como una madre ante las travesuras de su hijo. Y a veces
pensaba: «¿Cómo voy a juzgarla? ¿Acaso no me parezco a ella?»
—Si supieras... —decía Francine—. No me explico cómo sigo viviendo.
Los días se me hacen eternos, eternos... A tu edad, tú no puedes
comprenderlo. Pero si supieras... Es espantosa esa sensación de vacío en la
existencia... Cuando se niega a verme, y eso ocurre a menudo, ¿sabes?,
intento olvidar, aturdirme. Salgo, doy vueltas por la calle... Voy a tiendas,
encargo vestidos, me los pruebo. ¡Con lo que me gustaba todo eso antes!
Pero ahora es como si en el fondo de mi corazón hubiera una pregunta,
siempre la misma pregunta, remachada allí como un clavo: «¿Para qué?
¿Para quién?»
Luego, se quedaba callada, retorciéndose las manos con ese gesto tan
suyo un poco teatral. El maquillaje, que olvidaba retocar, se le
desmoronaba, ya no se cuidaba; parecía devastada, cansada, con los
párpados pesados y la expresión triste. De forma mecánica, Gabri miraba la
fotografía de «mami» de la chimenea, esa que había contemplado tantas
veces de niña con un odio feroz. Mami, vestida de noche, con los hombros
desnudos y una sonrisa ingenua y triunfal, parecía decir: «¡Miradme! ¿A
que soy hermosa? ¡No sabéis cuánto me gusta serlo!»
Y ahora sus ojos, que durante tanto tiempoGabri había considerado fríos
y duros, estaban simplemente vacíos, y bajo aquella frente que antes
imaginaba repleta de pensamientos malvados, perversos, no había más que
la preocupación de seguir siendo fina, estar delgada y sonreír al fotógrafo.
Y sin embargo, ¡cómo la había odiado! ¡Cuántas veces había imaginado con
dura y morosa delectación el día en que mami sería vieja, por fin, y fea y se
quedaría sola! Ha bía soñado tantas veces con su primera arruga, con su
primera cana... eso siempre la apaciguaba. Sabía que la maliciosa e
insoslayable mano del tiempo la vengaría y vengaría a Michette. Y ahora
esa derrota la aterraba. Sentía piedad y un singular y desgarrador
sufrimiento. Le habría gustado poder regalarle su juventud, su gracia, el
vigor de sus diecisiete años, del mismo modo que habría donado sangre a
una enferma...
Sin embargo, a veces, Francine decía:
—¡Pero nunca me dejará! Me ha querido demasiado. Nadie tendrá jamás
lo que he tenido yo. Todo su amor, sus veinte años... Fíjate, a veces incluso
me parece que no tendré celos de la mujer que venga después de mí... No
merece la pena. No podrá darle lo que me ha dado a mí. —Se interrumpía, y
Gabri, con un breve y doloroso suspiro, volvía a dejar caer la cabeza en la
almohada—. ¿Estás cansada? —le preguntaba su madre con suavidad.
—Un poco.
Francine se inclinaba hacia ella. Con torpeza, hacía el gesto de subirle el
embozo; luego, le rozaba los párpados con sendos besos y se iba. Una vez
sola, Gabri sentía manar en el fondo de su corazón una angustia espantosa
que se negaba a admitir, un sufrimiento que parecía un dolor físico, que
crecía, se amplificaba, la ahogaba como si una ola de sangre le ascendiera
por la garganta. Se debatía como quien lucha contra una enfermedad,
empapada en sudor, apretando los dientes y clavando las uñas en la sábana.
Cuando al final se dormía, el rostro de Charles la perseguía toda la noche.
Inmediatamente después de reconciliarse con su madre, Gabri había
decidido poner fin a ese juego cruel y peligroso. La decisión había sido tan
rápida e irreflexiva como el impulso que nos impide matar o robar, pero
Gabri sufría, y eso la sorprendía y a la vez la avergonzaba.
Al principio quiso explicárselo todo a Charles, pero luego reflexionó y
decidió no hacerlo. Le daba pudor desnudarle el alma de su madre.
Consideró que bastaba con evitarlo, con no quedarse nunca a solas con él. Y
Charles, en un primer momento, tampoco intentó acercarse a ella; parecía
haber comprendido la fatalidad de aquella pasión por la hija de su amante.
Torturaba a Francine con sus silencios, sus enfados, su frialdad, pero
todavía sentía afecto por ella y no se atrevió a contarle la verdad. La rehuyó
una temporada hasta que, como antes, por cobardía, por debilidad, acabó
otra vez en sus brazos, lo que no hacía más que avivar su tierno y furioso
deseo por la niña a la que no podía tener.
Francine creía que era más fácil retener a su amante con las conyugales
cadenas de la costumbre que con los lazos de la carne. Quería que Charles
pasara las noches con ella; tenerlo delante durante la cena. Al principio,
Charles se negaba, convencido de que la única forma de escapar de su
deseo era no ver a Gabri, pero Francine lo acosaba, le suplicaba, lo cubría
de reproches, de súplicas, de lágrimas, y el recuerdo de Gabri le quemaba.
«Parece la fuerza del destino», pensaba con rabia. Poco a poco, volvió a las
antiguas costumbres, y su amor floreció de nuevo. Una vez, estando solo
con Gabri, se abalanzó sobre ella, la estrechó entre sus brazos y le mordió la
mejilla y la comisura de los labios. Ella decidió no volver a verlo. Cuando
él llegaba, Gabri decía que estaba indispuesta y se encerraba en su
habitación, de la que no se movía hasta que Charles se iba. Pero, en cuando
percibió que Gabri lo evitaba, la terrible obstinación del macho, esa
brutalidad que le hace, como a un cazador, acorralar a toda costa a su presa,
aniquiló sus últimos escrúpulos. Podía pasarse horas sin hablar, sin
moverse, hosco, pálido, sentado frente a Francine, con la mirada clavada en
la puerta de Gabri, obstinadamente cerrada. Un rencor salvaje crecía en su
interior. Aquella mujer... ¿Por qué tenía que sacrificar su vida y su felicidad
por ella? Le decía cosas feas, hirientes, y ella se exasperaba y le soltaba
esas frases que enfurecen a un hombre más que un latigazo: «No tienes
derecho a dejarme, no lo tienes.» Y entonces venían las escenas, los insultos
dichos en voz baja para no llamar la atención del criado en la habitación
contigua. A veces, mientras Francine sollozaba, Charles se levantaba
lentamente y, con el corazón desbocado, se acercaba a la puerta cerrada. La
miraba, suplicante y colérico, murmurando en voz muy baja: «¡Gabri!
¡Gabri!», como si ella pudiera oírlo. Gabri no oía, pero se lo imaginaba.
Sólo que no acudía. Era la más fuerte. Aquello se había acabado. Entonces,
él volvía con la otra, que seguía llorando, se sentaba a su lado y le cogía la
mano en silencio.
Un egoísmo pueril le hacía buscar las caricias de aquella mujer, que al
menos lo quería, que lo adoraba, y olvidarse del odioso papel que
interpretaba. Se acurrucaba contra ella con un sentimiento de desamparo y
desdicha tan profundo y desesperado que se conformaba con una sola
palabra amable. Entonces las lágrimas de Francine empezaban a
conmoverlo; lo invadía una vaga sensación de gratitud, junto con el oscuro
deseo de vengarse de Gabri. Y, al verlo tan dócil, tan afectuoso de repente,
Francine se decía: «Aún me ama.» Y lo abrazaba y aceptaba sus besos.
Pero una noche, cuando Francine le dijo a Gabri que llegaba Charles, y
vio que en el acto su hija se dirigía hacia la puerta de su habitación, la
detuvo con un gesto.
—¿Por qué nunca pasas la velada con nosotros, Gabri? —le preguntó, y
como su hija guardaba silencio y palidecía un poco, exclamó—: ¡Claro,
ahora lo entiendo! Estás celosa... ¡No, no lo niegues! Estás celosa porque
crees que le quiero más que a ti. ¿Es eso, verdad, boba? Pues quiero que
sepas que son sentimientos que no se pueden comparar, te lo juro.
Prométeme que no volverás a tener celos.
—Yo... No, no volveré a tenerlos —balbuceó Gabri.
—Entonces, quédate con nosotros.
—No, por favor, me siento incómoda.
—Pero ¿por qué? —preguntó Francine ingenuamente sorprendida. Y, en
tono de reproche, añadió—: Eso no está bien, Gabri. Y yo que creía que
éramos amigas... Quédate con nosotros, por favor. Cuando estamos solos,
enseguida nos peleamos. Si estás tú, hablamos de cosas sin importancia, y
eso evita las fricciones, ¿comprendes? Siento que, si seguimos peleándonos
a todas horas, Charles se cansará y dejará de venir. Y me gustaría tanto que
siguiera viniendo a casa... A su edad, un hombre necesita algo que se
parezca a un hogar. Me da tanto miedo que se case... ¡Oh, si ocurriera eso,
creo que me moriría!
E igual que había hecho Charles, Gabri cedió, con la confusa sensación
de que los unía una oscura fatalidad.
Léon, cuyos negocios estaban bastante embarullados en ese momento,
casi nunca se encontraba en París. Charles volvió a convertirse en el
visitante asiduo de Francine. Todas las noches subía a cenar con ella y,
después, se sentaba en el saloncito, entre Francine y Gabri. Y, pese a todo,
esas veladas eran extrañamente apacibles. Por las ventanas, abiertas de par
en par, entraban el olor de los árboles recién regados, el ruido lejano de los
coches y las voces tranquilas de las porteras, que tomaban el fresco delante
de la puerta de los inmuebles, como en provincias. Hacía calor. Una plácida
languidez se apoderaba de los tres. Charles se acercaba insensiblemente a
Gabri. Era una sensación deliciosa, a la vez voluptuosa y casta: el calor del
cuerpo de Charles cerca del suyo, aquel silencio, aquella quietud, aquel
corazón que oía latir más deprisa en la penumbra... Y Francine, feliz,
apaciguada, se congratulaba de haber conseguido al fin aquella tranquilidad.
Cuando regresaba a su habitación, Gabri se cogía la cabeza con las
manos.
—Pero ¿qué estoy haciendo, qué estoy haciendo?—gemía en voz alta.
Lo que la atormentaba era la confianza ciega de su madre. Sin embargo,
Francine no carecía de ese olfato femenino que detecta a las rivales tan
certeramente como un buen perro de caza a las perdices, pero era evidente
que la consideraba tan incapaz de quitarle a Charles como de matar o robar.
Y para Gabri esa fe absoluta en su honradez era el peor de los
remordimientos, el castigo más humillante. Se consolaba diciéndose que, en
realidad, ni Charles ni ella hacían nada malo. Era cierto. Él ya no la besaba
y, cuando Francine no estaba, no intercambiaban más de dos frases. Pero
todo lo que habrían podido decirse era la traición más completa.
4
Durante la canícula estival, los Bragance abandonaban París la tarde del
sábado y no regresaban hasta el lunes por la mañana. Recorrían Bretaña,
Normandía, Turena. Por el día hacían kilómetros de carretera, y por la
noche dormían en pueblecitos tranquilos. Gabri, que nunca había
acompañado a sus padres, ese verano no se perdió ninguna salida,
naturalmente. Eran viajes cortos pero deliciosos. En París te asfixiabas; la
ciudad humeaba como una estufa y una especie de siroco achicharraba los
castaños. Pero, nada más cruzar una de las puertas de la capital, empezabas
a ver árboles verdes, llenos de sombras y pájaros, y ríos fríos y cristalinos.
El coche iba más deprisa, cada vez más deprisa. El viento silbaba, la
carretera se extendía recta, larga y blanca, como dibujada con tiza entre dos
masas verdes. La loca carrera y el calor atroz te tostaban la piel; el polvo
crujía entre los dientes; el ruido del motor, monótono y rítmico, zumbaba en
los oídos. Luego llegaba el anochecer, y el aire, deliciosamente fresco, se
llenaba de aromas persistentes llegados de no se sabía dónde; a veces
parecía que atravesaras campos de rosas en la oscuridad. En los pueblos, los
perros se despertaban y ladraban en todas las casas. No pensabas en nada;
estabas borracho de cansancio y aire libre.
Un día, a media tarde, llegaron a la costa de Grâce. Frente al estuario se
alzaba una casa blanca mitad granja, mitad hotel. Ese sábado había tanta
gente que la dueña a duras penas pudo encontrar una habitación para
Francine y Léon, y dos pequeñas buhardillas, ambas en el segundo piso,
para Charles y Gabri. La tarde era de una pureza maravillosa. El Havre
brillaba en la penumbra violeta del estuario; boyas rojas y verdes danzaban
en el agua como fuegos fatuos.
Después de cenar, bajaron a la place du Calvaire. Era día de feria; había
barracas alrededor de la iglesia. El aire estaba lleno de clamores vagos,
discordantes, en los que se mezclaban las voces estridentes de los títeres, un
barítono acatarrado que entonaba una romanza, la monótona y ronca
llamada de la echadora de cartas, los rugidos de las fieras en el circo y el
incesante chunda-chunda de un baile de pueblo.
A las diez, cada cual subió a su habitación.
De madrugada, Gabri, que todavía dormía, oyó un débil repiqueteo en la
puerta que separaba su habitación de la de Charles.
—Gabri, ¿estás dormida? —dijo una voz vacilante.
—¿Qué hora es? —preguntó ella despertándose sobresaltada.
—No lo sé, muy temprano. Vístete. Iremos a dar una vuelta antes del
desayuno.
—Sí —respondió Gabri maquinalmente, pero, tras echar un vistazo a su
reloj, exclamó—: Las cuatro... ¡Tú estás loco!
—¿Y qué importa? —Gabri se desperezó lentamente riendo por lo bajo.
Seguía oyendo la rápida respiración de Charles detrás de la puerta—. ¿Te
decides?
—Sí... Espera...
Saltó fuera de la cama, se vistió, se aseó un poco salpicando el suelo a su
alrededor y, en cuanto se puso el vestido, dijo alzando la voz:
—Puedes entrar, Charles.
Gabri descorrió el cerrojo. Charles, pálido, con los ojos bajos, entró
lentamente.
—¿Has dormido bien? —preguntó con una actitud extraña, apurada.
—Sí, ¿y tú?
—Yo no he pegado ojo —respondió Charles—. Te oía respirar. Me daban
ganas de echar abajo la puerta y arrojarme sobre ti. No sé por qué no lo he
hecho. No, no lo sé. —Sin embargo, no se movía; soltó un breve sollozo
que reprimió enseguida—. Te amo tanto, Gabri, tanto... —murmuró con voz
ahogada.
Gabri empezó a hablar deprisa mientras retrocedía instintivamente ante
las manos que se extendían hacia ella.
—Por favor, Charles, esto no está bien, no puede ser. Sabes
perfectamente que no está bien. Déjame, no quiero, no puedo, Charles...
Mientras hablaba se acordaba de Genia. En los ojos de Charles veía la
misma mirada turbia; sólo que esta vez no tenía fuerzas para defenderse.
Una dulce y terrible languidez le aflojaba los miembros.
Esa mañana, Charles sólo la besó, pero ella constató con terror que nunca
conseguiría rechazarlo. Cuando la besaba, sentía que toda la vida, que todo
el sentido de la vida estaba en esos labios que la bebían.
Permanecieron abrazados de pie ante la ventana mucho rato. El campo
estaba adormecido, como paralizado en el vacilante amanecer color perla.
En los árboles, los pájaros aún estaban callados. Lo único que rompía aquel
extraño silencio de la mañana, triste y dulce, eran los silbidos de los barcos
en el estuario.
No obstante, a esa derrota de Gabri le siguió un súbito arranque de
energía. En cuanto volvieron a París, la joven anunció que, como todos los
años, quería ir a Plombières con la señorita Boyer, que era quien la
acompañaba en verano tras la marcha de miss Allan.
Se las ingenió para no volver a ver a Charles hasta el momento de la
partida, pero él, en el andén de la estación, le dijo con una sonrisita
malévola y obstinada:
—Hasta pronto.
En la pequeña ciudad dormida entre las montañas, el mes de agosto se
hacía eterno. Gabri se pasaba el día en la tumbona con un libro entre las
manos, que no leía. El recuerdo de Charles, la añoranza y el tedio la
reconcomían. Él estaba en Biarritz, con Francine, y, a su pesar, la torturaban
unos celos salvajes. No respondía a las cartas de su madre; se reprochaba su
lealtad como si fuera una estupidez; se sentía sin coraje, rota y cobarde
como una esclava.
Un día apareció Charles.
Gabri volvía de un paseo por la montaña con la señorita Boyer. La
mañana había sido sofocante, bochornosa; los mosquitos le acribillaban las
mejillas y los brazos. Caminaba abatida y cabizbaja, como una presa por el
patio de una cárcel, por el borde de la carretera. De pronto vio al portero del
hotel corriendo hacia ella.
—¡Señorita! —gritó el hombre desde lejos en cuanto la reconoció—. ¡Un
caballero la espera!
Con el corazón palpitante, Gabri echó a correr hacia su habitación.
Charles estaba de pie en el estrecho balcón. Se volvió y le cogió las manos.
—Te prometí que vendría —dijo, aunque nunca había hecho semejante
cosa.
—¡Sabía que lo harías! —respondió ella, aunque no lo había esperado ni
por un momento.
—He venido a buscarte —le anunció Charles, y como Gabri hizo un
gesto de sorpresa, mirándolo con aquellos ojos de terciopelo y fuego que lo
fascinaban, repitió—: Vengo a buscarte. Nos iremos enseguida, enseguida...
Esta tarde. —Y añadió tras un silencio—: Me ha enviado tu madre.
Gabri lo observó e imaginó todo lo que habría tenido que hacer Charles
ese último mes para conseguir que Francine le pidiera que la llevara a
Biarritz. E imaginárselo, en lugar de perturbarla, le llenó el alma de una
alegría perversa. Así que, cuando Charles, temblando como una hoja,
murmuró:
—Dime, ¿vendrás? ¿Vendrás?
Gabri se apresuró a responder:
—Haré todo lo que tú quieras.
Un destello iluminó los ojos de Charles.
—Nos iremos después de comer. Esta noche estaremos en París. He
reservado dos plazas para el expreso de las diez.
—¿No vendrá con nosotros la señorita Boyer?
—Sólo hasta París. Luego no hace falta, ¿verdad?
—No es necesario —repitió ella con un tono monocorde, como un eco, y
luego, como si se entregara, dijo de nuevo—: Haré todo lo que tú quieras,
¿me oyes?
Salieron ese mismo día, acompañados por la señorita Boyer, desconcertada
por lo precipitado de la partida. La doncella se reuniría con ellos en Biarritz
con los baúles. Llegaron a París sobre las seis. Gabri tuvo que invitar a
cenartiempo. Muertos sus padres, era una mujer libre. Durante
sus breves permisos, su marido no se daba cuenta de nada, o fingía no
hacerlo, y sus hijas crecían solas. Francine aprendió muy pronto a
maquillarse y arreglarse. Se volvió más guapa, adoptó un aire lánguido y
sensual, y siempre estaba contenta. En 1917, Bragance, herido y, luego,
licenciado, regresó a París. No se quedó mucho tiempo. Le ofrecieron un
buen empleo en Polonia y se marchó.
Su mujer siguió bailando y flirteando. No tenía madera de gran cortesana
—le gustaba demasiado el placer, todos los placeres—, pero se divertía de
lo lindo. Así que Gabri y Michette crecieron como hasta entonces, a la
buena de Dios. Y, ciertamente, viendo pasear por la avenue del Bois a
aquella encantadora muñeca que tan a menudo cambiaba de compañero y a
aquel par de chiquillas pálidas, nadie sospechaba que vivían acorde con las
normas sociales, que tenían un marido y un padre en algún sitio, que
formaban, por extraño que pudiera parecer, algo semejante a una familia.
3
Los Bragance vivían en un pisito de la quinta planta de un destartalado
edificio en una vieja calle del barrio de Les Ternes. A Gabri le encantaba
aquel vecindario lleno de ajetreo y bullicio en el que la opulencia coexistía
con la miseria; hermosas casas de nueva construcción y grandes avenidas
profusamente iluminadas con sórdidas callejas flanqueadas por antiguas
barandillas de hierro oxidado en las que a cada trecho se encendía
discretamente la palabra «Hotel» en cuanto empezaba a anochecer.
El colegio de las niñas estaba en la avenue de la Grande-Armée, encima
de un gran café. Aquellas señoritas —de entre seis y trece años— sabían ya
melindrear y mirar de reojo a los parroquianos sentados en la terraza. Las
alumnas se dividían en dos grupos: las hijas de los comerciantes del barrio
—coletas y blusones negros— y la descendencia de las jóvenes busconas
(rizos y vestidos demasiado cortos he chos a partir de una bata vieja de
mamá).
Gabri aprendía a balbucear las fechas de la historia de Francia y un poco
de geografía y aritmética, y Michette, a leer, y ambas, durante los recreos,
cómo vienen al mundo los niños, el estribillo de La Madelon y alguna que
otra palabra gruesa.
Alrededor de las seis, después de clase, las niñas callejeaban un buen
rato. Veían los escaparates y oían la música de orquesta que salía de los
restaurantes, los cines y los bailes populares. Inconscientemente, retrasaban
todo lo que podían la llegada a casa y a sus tres exiguas habitaciones sin
aire ni luz donde el olor a fritanga se mezclaba con los penetrantes
perfumes de mamá.
Mamá nunca estaba en casa. Desayunaba, se vestía y se iba; a veces
volvía para comer, se arreglaba de nuevo y se iba otra vez. A menudo,
Gabri la oía regresar ya entrada la noche canturreando en voz baja y seguida
de alguien que caminaba sigilosamente de puntillas.
Cuando la señora Bragance no estaba a la hora de las comidas, era
Eugénie, la chica para todo, quien daba de comer a las niñas. Les ponía una
sopa fría y un par de chuletas quemadas sobre el mantel lleno de agujeros y
manchas de salsa mientras les repetía:
—¡Venga, espabilad, lentas, que sois unas lentas!
Y luego, sin recoger la mesa, se iba volando, como la señora.
Pero a veces Eugénie se quedaba y entonces se las ingeniaba para
entretener a Gabri y Michette. Les enseñaba canciones de amor o estribillos
picantes, les contaba los chismes del barrio y a la primera de cambio les
soltaba que su madre era «una cualquiera que engañaba a su marido y las
tenía abandonadas; una desvergonzada y la comidilla de todo el edificio».
Naturalmente, la señora Bragance no sospechaba nada. Y Gabri se lo
callaba, porque mientras Eugénie estaba Dios sabe dónde ella tampoco
perdía el tiempo: hacía mil y una tonterías, metía en el horno comistrajos
indescriptibles, leía todas las novelas que encontraba en la habitación de
mami y vagabundeaba por el barrio con los hijos de la portera. Y Michette,
que adoraba, temía y reverenciaba a su hermana mayor, la imitaba en todo y
mantenía la boca cerrada.
Pero el juego favorito de las dos niñas era entrar en la habitación de
mami y registrar a conciencia todos los cajones. Los jueves Gabri y
Michette se quedaban allí horas. Abrían todos los armarios; se probaban
todos los sombreros, que sobre sus cabezas infantiles —sobre los rizos
danzantes de Gabri y el pelo rubio y liso de Michette, cortado a lo paje—
resultaban de lo más estrafalario; jugaban con las joyas sin valor apiladas en
la mesilla de noche; se maquillaban y se miraban en el espejo sacando la
lengua; abrían sus bolsos y leían sus cartas, llenas de frases que dejaban a
Gabri soñando despierta un buen rato.
Un día las dos estaban sentadas en la cama de la señora Bragance
mientras Gabri daba caladas a un cigarrillo a medio fumar que había
encontrado en el tocador. El humo se le metía en los ojos y la hacía llorar,
pero seguía fumando, un poco por cabezonería y un poco porque ya le
agradaba el gusto amargo del tabaco.
Michette, sentada a su lado con las piernas colgando, se miraba
encantada en el espejo: se había pintado la redonda carita con burdas y
exageradas manchas de colorete.
—¡Fíjate, fíjate! —exclamó tirándole del brazo a su hermana—. ¿A que
me parezco a mami? ¿A que sí?
—¡Déjame en paz! —gruñó Gabri.
Aunque adoraba a su hermana pequeña, nunca le hablaba con ternura ni
le hacía mimos. La empujaba, la hacía rabiar y, a veces, le pegaba. Sin
embargo, le compraba caramelos con el dinero de su merienda y, si hacía
falta, la defendía con uñas y dientes frente a sus compañeras de clase. No
era consciente de cuánto la quería.
Michette saltó al suelo y se colocó delante del espejo del armario. Riendo
a carcajadas, se puso un vestido de su madre. Lo arrastraba por el suelo y,
como era muy escotado, dejaba al descubierto la blusa festoneada que
cubría su frágil torso infantil. El bajo se le enroscaba en los pies y tropezaba
a cada paso. Se lo arremangó con una mano y se puso a fisgonear por la
habitación hablando sola.
Gabri había apagado el cigarrillo. Tumbada en la cama, restregaba adrede
sus botines manchados de barro en la colcha de satén rosa. Estaba triste y
no sabía por qué. Ese cielo gris de invierno le producía una vaga y pesada
melancolía. Cogió de la mesilla un libro con grabados obscenos y los
examinó con frialdad. Aquellas cosas solían divertirla, pero hoy le daban
asco.
Michette se le acercó corriendo con los ojos brillantes de alegría.
—¡Mira, Gab! —exclamó agitando una prenda de seda—. ¡Mira qué
vestido más elegante para mi muñeca!
Con condescendencia, Gabri extendió los dedos.
—Déjame ver.
Era una blusa de mami, corta, de crepé de China rosa, adornada con
encajes a la altura de los pechos. En silencio, Gabri la cogió, la miró del
derecho y del revés, la palpó... Era muy suave, aún estaba tibia y arrugada...
¡Arrugada por una mano impaciente! Sin duda la misma que había
desgarrado el encaje y descosido las cintas de la hombrera. Aquella pieza de
seda olía al perfume de mami, pero mezclado con otro aroma más fuerte y
misterioso...
Michette quiso recuperar su nuevo juguete.
—Anda, devuélvemela... ¡Vamos, es mía!
Gabri arrojó lejos la pieza de seda. No entendía qué la había turbado
tanto. Era una confusa mezcla de vergüenza y cólera. De repente no podía
soportar ver a Michette pintarrajeada y disfrazada.
—Vámonos... Esto es muy aburrido... —dijo, e intentó quitarle el
vestido, pero la pequeña se debatía con todas sus fuerzas—. ¿Quieres que te
dé una torta? —le gritó.
Michette, sobresaltada, rompió a llorar. Las lágrimas resbalaban por su
carita pintada y abrían curiosos surcos en su maquillaje. Con el corazón
henchido de una ternura y desesperación abrumadoras, Gabri la dejaba
sollozar sin decir nada. En su vocabulario infantil, no había palabras lo
bastante sutiles y profundas para expresar lo que en ese instante sentía con
tanta claridad. Torpemente, rodeó el cuello de la pequeña con los dos
brazos. Michette, más acostumbrada a sus sopapos que a sus caricias,a la señorita Boyer; el piso vacío, con los muebles cubiertos con
fundas y las arañas envueltas en gasa, era demasiado lúgubre. La vieja
solterona hablaba sin parar. Gabri guardaba silencio. Charles, nervioso,
preocupado, mordía el cigarrillo apagado con una expresión ausente. En
cuanto la señorita Boyer se marchó, Charles pidió un taxi. Les sobraba
tiempo, pero parecían temer quedarse solos. En el coche, ni siquiera se
miraron, como cómplices incómodos. Se apearon ante la estación del Quai
d’Orsay, llena de gente y de ruido.
Gabri se acordó de esa mañana lluviosa en que, en un andén similar,
había esperado con su madre a su padre y su primo, que volvían de Polonia.
Recordaba la irritación y el malestar que le habían causado aquellos ojos
negros que habían posado en ella una mirada insistente y luego se habían
vuelto hacia el rostro maquillado y los cabellos rubios de Francine. Cuántas
veces la había hecho llorar... Y ahora lo amaba, amaba a su enemigo de la
infancia.
Charles la había dejado con revistas y dulces en el compartimento y
había ido a comprar cigarrillos. Por un momento, Gabri deseó
absurdamente que no volviera; pero, poco antes de la salida del tren,
Charles saltó al estribo. Se oyeron cerrarse las puertas y los gritos del
revisor:
—¡Viajeros al tren! ¡Viajeros al tren!
Gabri vio menguar y luego desaparecer las luces de la estación. El
convoy se adentró en una tiniebla opaca.
Veía a Charles de pie en el pasillo, con las manos crispadas sobre la barra
de apoyo de la ventanilla. Un empleado vino a bajar las literas de su
compartimento y, llevando la mano a la gorra, dijo:
—Si la señora desea descansar... Las camas están hechas.
Gabri le dio las gracias y, cuando estuvo sola, se desnudó a toda prisa y
se metió entre las sábanas. Tiritaba de frío y a causa de una extraña
emoción. Esperaba verlo aparecer de inmediato, pero se hizo esperar.
Estuvo sola un buen rato. Cuando Charles entró, lo hizo con infinita
precaución, como si temiera despertarla. Ella lo observaba con los párpados
entrecerrados. Charles se detuvo y la miró; una expresión de lástima y
ternura suavizó sus facciones. Luego se dio la vuelta, y Gabri comprendió
que no la tocaría.
Entonces —y más tarde fue eso lo que más la torturó—, ella lo llamó en
voz baja:
—¡Charles!
Sorprendido, él se volvió rápidamente.
—¿No duermes?
—Todavía no. Baja un poco la tulipa, por favor.
Charles obedeció y bajó la pantalla de tela azul a ambos lados de la
lámpara. Luego se arrodilló ante la litera, reclinó la cabeza en la sábana y
permaneció así largo rato, sin decir nada. Gabri comprendió que la ternura
había inhibido el deseo de Charles, que podría pasarse la noche así, a sus
pies, sin rozarla siquiera con los labios. Así que le rodeó el cuello con los
brazos desnudos.
—¡Gabri, Gabri! —dijo él temblando de pies a cabeza—. ¡Ten cuidado,
sólo soy un pobre hombre de carne y hueso!
Ella no respondía; se limitaba a negar con la cabeza. La salvaje
sensualidad que le turbaba las facciones lo asustó; la cara de Francine,
aterradoramente similar a la de su hija en el momento del amor, se le
apareció como un fogonazo.
—Ahora ya es demasiado tarde... —murmuró Gabri—. Soy tan tuya
como la fruta que te llevas a la boca. Haré todo lo que me pidas, ¿me oyes?
Todo lo que tú quieras... Pero que ella no se entere jamás... Júrame que no
sabrá nada por ti. Júralo por mi vida... Espera... El matrimonio, la
sinceridad, una vida libre y honesta... no son para nosotros. No, espera... Si
alguna vez llega a saberlo, te juro que, tan cierto como que voy a
convertirme en tu amante, me mato.
—¡Gabri, para! —le suplicó Charles—. Me asustas.
Gabri se calló. Sus ojos se cerraron lentamente.
—No te asustes... —dijo con una débil sonrisa—. Te amo...
Poco después, mientras Charles se dormía tumbado junto a ella, Gabri,
como dentro de un sueño obsesivo, repitió:
—Júrame que ella no sabrá nada.
Charles lo juró.
Llegaron a Biarritz al amanecer. En el andén, los esperaban Francine y
Léon. Ella, vestida de blanco, sostenía sobre su cabeza una gran sombrilla
roja que hacía girar con movimientos rápidos mientras por sus mejillas y su
cuello desnudo se deslizaban fugaces sombras rosáceas. De lejos parecía
encantadora; de cerca, el implacable sol delataba las arrugas de su piel.
—¡Aleluya! Sabía que te traería...
Subieron al coche. Un landó alquilado los condujo a través de la ciudad
con un alegre cascabeleo. Gabri, deslumbrada, parpadeaba al pasar frente a
las casas, blancas como sábanas recién lavadas. Los cafés estaban llenos.
Salía música de baile por las ventanas entreabiertas.
Los Bragance se alojaban en el Hôtel du Palais. Desde su habitación,
Gabri veía las terrazas enarenadas de rojo, el jardín descubierto, barrido por
el viento, los tamarindos y sus ramas, tan largas y finas como cabelleras, y a
lo lejos el mágico océano, lleno de sombras y reflejos, de olores salinos y
rudos cantos.
5
Durante tres semanas, Gabri disfrutó de aquella vida ajetreada, lujosa y
febril que te deja la mente nublada, como en un perpetuo estado de
embriaguez. Todo parecía tan sencillo y ligero entre aquella muchedumbre
de marionetas que bailaba y hacía el amor con encantadora inconsciencia...
El ritmo endiablado de la música negra, que vibraba eternamente bajo un
cielo demasiado azul, convertía el cerebro en un cascabel vacío y sonoro.
Los días pasaban como un suspiro, sin dejar huella, como agua entre los
dedos.
Sumidos en esa ceguera, las traiciones más viles y las peores infamias
parecían normales y simples. Ahora Gabri mentía y engañaba sin pudor. Por
la noche, mientras Léon jugaba en el casino, ellos tres —Francine, Gabri y
Charles— se quedaban agazapados en la sombra perfumada de la terraza.
Los globos eléctricos relucían suavemente sobre la arena rosa. Mujeres de
gesto lánguido se balanceaban perezosamente en sus mecedoras como si
fueran hamacas. Los cigarrillos salpicaban la oscuridad con sus puntas de
fuego. Las flores eran más fragantes.
En la oscuridad, Charles cogía la mano de Gabri y le rozaba con los
labios la muñeca y sus dedos temblorosos. Entretanto, Francine hablaba y
Gabri respondía, «Sí, mami», y, más tarde, cuando llegaba la hora de
separarse hasta el día siguiente, Charles besaba tranquilamente a la mujer
que estaba engañando.
A menudo, Gabri salía a cabalgar campo a través solo con Charles. Una
mañana, en la tenue sombra de un bosquecillo de tamarindos, él la tomó de
nuevo, y a partir de ahí toda la vida de Gabri giró alrededor de esos
momentos de voluptuosidad casi dolorosa. Un día se quedaron a comer en
un hostal; las habitaciones eran frescas y estaban limpias, y caminar
descalzo por el suelo de madera, entibiado por el sol de la mañana, era
sumamente agradable. Por la estrecha ventana se veía un jardincillo en el
que crecían girasoles. Un gallo cantaba. Cuando se fueron, el crepúsculo se
deslizaba por la montaña.
No hablaban del tema; de común acuerdo, evitaban darse explicaciones,
las muestras de arrepentimiento y los lamentos. Las palabras que hubieran
podido decirse eran demasiado hirientes, demasiado serias, e implicaban
consecuencias terribles, así que preferían callar, cobardes como todos los
que son felices —porque, pese a todo, eran felices—, y gozar de la extraña
felicidad de los locos.
El 15 de septiembre se celebraba con gran solemnidad la visita del rey y la
reina de España a Biarritz. Ese día, la ciudad estaba llena de flores,
empavesada, resplandeciente. Las banderas restallaban al viento; las
aclamaciones, los cantos y los gritos llenaban el aire. El sol cayó en el mar,
enorme y rojo. Un viento caliente atormentaba las olas.
—Escucha... —le dijo Gabri a Charles—. Esta noche iré a tu habitación.
«Ella» va a ir al baile, y papá la acompaña. Yo me quedaré... Fingiré que
estoy indispuesta. Sal del casino hacia las dos y ven aquí. Te esperaré en tu
habitación.
Tuvieron la conversación en un pasillo, rápida y en voz baja. Charles
agachó la cabeza.
—Estamos locos —murmuró.
—Bueno, ¿y qué? —exclamó ella, enfadada—. ¿Vendrás,sí o no?
—Sí —respondió Charles—. A las dos.
—¿En tu habitación?
—En mi habitación.
Esa noche Gabri subió a la suya alrededor de las once y se acostó.
Cuando Francine, en traje de baile, arrastrando tras ella el regio abrigo de
cibelina, fue a buscarla para ir al casino y la vio en la cama, exclamó:
—Pero ¿no vienes con nosotros? ¿Por qué? ¿Qué te pasa?
—No me encuentro bien, mami.
—¡Vamos, mujer, anímate! Haz un esfuerzo... A tu edad, yo me habría
levantado para ir a bailar aunque hubiera estado in articulo mortis... Esta
noche en el casino será maravillosa.
Efectivamente, esa noche se celebraba un gran baile en honor del rey y la
reina, y Gabri contaba precisamente con eso para convencer a su madre de
que fuera al casino sin ella. No le costó conseguirlo. Francine aún no había
cambiado tanto como para renunciar a una fiesta por una indisposición de
su hija. Se deshizo en frases de lástima, posó la perfumada mano en la
frente caliente de Gabri y, besándola, dijo:
—Que te mejores, cariño mío, y llama a la doncella si necesitas cualquier
cosa.
Y se marchó, haciendo centellear las joyas y crujir la seda del vestido, y
olvidando cerrar la puerta.
En cuanto se quedó sola, Gabrielle se durmió. Hacía tres semanas que no
se acostaba tan temprano y una deliciosa relajación se apoderó de sus
cansados miembros. Pero, apenas cerró los ojos, empezaron a acosarla
imágenes confusas, turbias, enfebrecidas.
Hacia las dos, como sacudida por una mano invisible, se desveló y saltó
fuera de la cama. Como ocurre a veces cuando nos despertamos de ese
modo en plena noche, se sentía débil, desmadejada, rendida, con ganas de
llorar sin motivo. Dio unos pasos vacilantes y se llevó las manos a las
sienes, que le palpitaban, calientes y doloridas.
—Estoy mal —dijo en voz alta con una vocecilla quejumbrosa,
lamentable—. Muy mal.
Toda la impura alegría que había sostenido su cuerpo durante las tres
últimas semanas la abandonaba rápidamente, como una fiebre. Se acercó al
espejo y, un poco sorprendida de su palidez, se puso un abrigo so bre el
camisón y, descalza, se deslizó a lo largo del pasillo, débilmente iluminado,
hasta la habitación de Charles. La llave estaba en la puerta; la habitación,
vacía. Sin encender la luz, Gabri fue directa hasta el balcón abierto, apartó
las cortinas y salió fuera. De pie en el voladizo, acurrucada en el ángulo del
muro, permaneció inmóvil, mirando fijamente frente a ella.
Era una noche muy cálida y bochornosa. El aire del mar estaba cargado
de aromas vagos y pesados; de la playa subía un rumor confuso de pasos, de
voces, de risas. Esa noche se lanzarían fuegos artificiales sobre el mar para
la población. Gabri los había visto congregarse en el arenal desde media
tarde. Burgueses de Bayona e Irún, marineros, criadas y pastores vascos
llegados de la montaña con sus boinas azules y sus grandes cayados
formaban ahora una multitud oscura, una masa que hormigueaba en la
noche, súbitamente iluminada por resplandores lívidos, sobrenaturales
como los pálidos relámpagos de un día de tormenta. Los cohetes
chisporroteaban, ascendían hacia el cielo negro y volvían a caer como los
chorros de agua de una fuente al romperse. La muchedumbre oscilaba, y un
gran «¡Ah!» prolongado de asombro y admiración ascendía en la oscuridad;
las rocas y el jardín, negros como la tinta, parecían dibujados con una
precisión extraordinaria, como un aguafuerte. Luego, todo se apagaba, y en
el súbito silencio se oían las olas, que rodaban con un ruido monótono,
triste y sordo.
Una desesperanza indecible se apoderó de Gabri. Por primera vez en
mucho tiempo, el loco torbellino que la aturdía se calmaba, cesaba, y sentía
que una oscuridad y un silencio infinitos inundaban su alma como una
pesada paz de cementerio. Se retorcía las manos con una desolación
inmensa. Y sin embargo, seguía allí, sin fuerzas para irse, con el corazón
acongojado y los ojos llenos de lágrimas.
Fuera, finalizados los fuegos artificiales, la muchedumbre se dispersaba
lentamente. En la noche, de nuevo silenciosa y oscura, el mar respiraba
como un pecho. De pronto, Gabri dio un respingo y ahogó con ambas
manos el grito que brotaba de su garganta. La puerta de la habitación se
había abierto, y la luz, encendida de pronto, iluminaba la silueta de
Francine, de pie en el umbral.
Apretada contra el muro, pegada a él, Gabri, permanecía inmóvil,
aterrada. ¡Su madre! ¿Qué hacía allí? Pues, sencillamente, había venido a
pasar la noche con Charles, como ella... Porque Charles iba a venir... Y ella
no podía huir. Estaba atrapada en aquel balcón como en una ratonera. De
pie en medio de la habitación, Francine alzó la cabeza. Gabri vio a plena
luz, como por primera vez, su rostro devastado y marchito. Y aquella tez
ajada, aquellas arrugas, parecían gritarle: «¡Matricida! ¡Matricida!»
Francine dio un paso. Gabri, despavorida, creyó que se dirigía al balcón.
Instintivamente, se echó atrás y chocó con la barandilla baja. La oscuridad
estaba allí, ciega, opaca, silenciosa, atrayéndola como un precipicio. Por un
instante, inclinado sobre la barandilla, con los brazos colgando fuera como
los de una muñeca rota, hubo un pálido y menudo fantasma inmóvil.
Luego saltó y desapareció. La noche se lo había tragado.
Cuando la recogieron, ya no respiraba. Subieron el cadáver de Gabri a su
habitación y buscaron a Francine por todas partes, como el día que murió
Michette. Un criado la había visto entrar en la habitación de Charles. Allí la
encontraron. Había oído el ruido de una caída, pero no imaginaba...
—¡No es verdad! ¡No es verdad! —gritó, como el día que perdió a
Michette.
Pero Gabri estaba allí, tendida en la cama. A toda prisa, le habían atado
un pañuelo a la cabeza para ocultar la horrible herida de la frente. Ya no se
movía, ya no respiraba. En sus labios cerrados flotaba un rictus extraño; una
sonrisa tenue, llena de amargura y de la fría sabiduría de los muertos... Y,
arrodillada, la mujer en traje de noche gritaba y se golpeaba la frente contra
la madera de la cama.
—¡Mi hija! ¡Dios mío, Dios mío, mi hija! —repetía; y luego, con un
estupor inmenso, exclamaba—: Señor, Señor, ¿por qué me haces esto?
Un retrato del París de los años veinte a través de
los ojos de una madre y su hija. La novela más
autobiográfica de la autora de Suite francesa.
En julio de 1928, la revista literaria francesa Les Oeuvres Libres publicó
una novela breve de «Pierre Nérey»; se trataba de La enemiga, de una joven
y aún desconocida Irène Némirovsky. El pseudónimo era un anagrama de
su nombre (Nérey-Yrène), y la obra, un texto con un marcado fondo
autobiográfico de una escritora que se haría conocida apenas un año
después con David Golder y alcanzaría la gloria literaria póstumamente con
Suite francesa.
La trama empieza en París, en 1919. Gabri, de once años, y su hermanita
Michette, de seis, pasan la mayor parte del tiempo solas en el apartamento
familiar. El padre, Léon Bragance, aún no ha vuelto de la guerra, y la
madre, Francine, vanidosa y cruel, vive más pendiente de sus devaneos
mundanos que del cuidado de sus hijas. A menudo incluso se olvida de
ellas, hasta que un buen día la pequeña Michette sufre un terrible accidente.
Gabri nunca perdonará a su madre, y el odio hacia ella la acompañará
durante años, hasta bien entrada la adolescencia. ¿Serán capaces madre e
hija de hablarse con franqueza? ¿Llegarán con el tiempo a quererse un
poco? ¿Encontrará Gabri el amor?
Con el París de los locos años veinte como marco, La enemiga no es sólo
una historia conmovedora sobre la ausencia de los padres y las vicisitudes
de una niña enfrentada a la muerte y a la soledad a una edad muy temprana,
sino también el retrato de una sociedad ejecutado por la ácida pluma de una
escritora emblemática del período de entreguerras.
La crítica ha dicho:
«Toda la atmósfera eléctrica de los años locos está contenida en este libro,
en el que aflora la vida de Irène Némirovsky con toda su intensidad.»
Libération
«Una novela que no ha perdido nada de su agudeza ni de su mordacidad
psicológica.»La Cause Littéraire
«Desde las primeras páginas, la autora muestra su don deslumbrante para
esbozar la época, las personas y los sentimientos en unas cuantas frases
incisivas y afiladas.»
L'Express
Irène Némirovsky nació en Kiev en 1903 en el seno de una familia
acaudalada que huyó de la revolución bolchevique para establecerse en
París en 1919. Hija única, Irène recibió una educación exquisita, aunque
padeció una infancia infeliz y solitaria. Años antes de obtener la
licenciatura en Letras por la Sorbona, su precoz carrera literaria se inicia en
1921 con la publicación del texto Nonoche chez l'extralucide en la revista
bimensual Fantasio. Pero su salto a la fama se produce en 1929 con su
segunda novela, David Golder, la primera que vio la luz en forma de libro.
Fue el inicio de una deslumbrante trayectoria que consagraría a Némirovsky
como una de las escritoras de mayor prestigio de Francia, elogiada por
personajes de la talla de Jean Cocteau, Paul Morand, Robert Brasillach y
Joseph Kessel. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial marcó
trágicamente su destino. Denegada en varias ocasiones por el régimen de
Vichy su solicitud de nacionalidad francesa, Némirovsky fue deportada y
murió asesinada en Auschwitz en 1942, igual que su marido, Michel
Epstein. Sesenta años más tarde, el azar quiso que Irène Némirovsky
regresara al primer plano de la actualidad literaria con el enorme éxito de
Suite francesa, su obra cumbre, descubierta casualmente por sus hijas,
publicada en 2004 y galardonada a título póstumo con el premio Renaudot,
entre otras muchas distinciones. Las novelas de Irène Némirovsky,
publicadas en español por Salamandra, han sido traducidas a treinta y nueve
idiomas.
Título original: L’Ennemie
Primera edición: febrero de 2025
© 2025, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2025, José Antonio Soriano Marco, por la traducción
Esta obra se benefició del apoyo de los Programas de Ayuda a la Publicación del Institut Français
Imagen de la cubierta: © Maurice-Louis Branger / Roger-Viollet
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Índice
La enemiga
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Segunda parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Tercera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Cuarta parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Sobre este libro
Sobre Irène Némirovsky
Créditos
	La enemiga
	Primera parte
	Capítulo 1
	Capítulo 2
	Capítulo 3
	Capítulo 4
	Capítulo 5
	Segunda parte
	Capítulo 1
	Capítulo 2
	Capítulo 3
	Capítulo 4
	Capítulo 5
	Tercera parte
	Capítulo 1
	Capítulo 2
	Capítulo 3
	Capítulo 4
	Capítulo 5
	Cuarta parte
	Capítulo 1
	Capítulo 2
	Capítulo 3
	Capítulo 4
	Capítulo 5
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calló y, con expresión sorprendida, se sorbió la nariz. Con los dedos
manchados de tinta, Gabri rozó suave y tímidamente los cabellos de
Michette.
—Vamos, no llores, tontorrona... No llores, que yo te quiero mucho.
La emoción, que le parecía estúpida, le enronquecía la voz, pero Michette
dejó de llorar. Gabrielle, incómoda como tras una declaración amorosa,
volvió la cabeza y murmuró muy bajito:
—Yo te quiero, ¿sabes, Miche?, te quiero como si fuésemos huérfanas.
4
Gabri corría por la rue d’Armaillé bajo un aguacero que azotaba sus flacas
pantorrillas. Iba como una flecha, abriéndose paso entre la gente con la
cabeza por delante.
Caía una lluvia densa y fuerte. Las luces de las farolas de gas
reverberaban en el asfalto, lustroso como un espejo negro. Gabri se detuvo
delante del quiosco. Le resbalaban gotas de agua helada por el cuello.
Olfateó el aire húmedo y tibio.
—¡Maldita lluvia! —dijo en voz alta.
La quiosquera descorrió un poco la cortinilla de hule, se asomó y sonrió
al reconocer a Gabri.
—¿Qué me compras hoy, reina?
—La Semaine de Suzette, señora Béju.
Con los dedos mojados, sacó con dificultad un poco de calderilla del
fondo del bolsillo.
—¿Por qué no te pones guantes con este tiempo? —dijo la mujer.
—Los perdí hace tiempo —respondió Gabri con despreocupación.
—¿Y un paraguas?
—No tengo... Nunca he tenido...
—¿Hoy no te acompaña tu hermanita? —le preguntó la señora Béju
mientras descolgaba el tebeo del expositor.
—Está resfriada. No la he dejado salir —explicó Gabri dándose
importancia.
—¿Y está sola en casa, resfriada?
—No, sola del todo, no... Creo... Mamá debe de estar... Y la criada
también —respondió Gabri con un ataque de pudor incontrolable.
La señora Béju negó con la cabeza.
—A tu mamá la he visto salir después de comer, pero estoy segura de que
no la he visto volver. Y la criada se ha largado hace rato. Yo no dejaría a tu
hermanita sola. A esa edad no piensan las cosas, hay que estar siempre
encima de ellas... ¡Se les ocurre cada una!
Gabri se echó a reír.
—¡A ver, que no es de porcelana!
—En fin, tú ya sabes lo que quiero decir...
—Bueno, adiós, señora Béju.
—Adiós, hija.
Gabri salió disparada. En la puerta del edificio, se sacudió como un perro
mojado y entró. La escalera, mal iluminada por un quinqué humeante,
estaba sucia. Se oían niños llorando, voces roncas de mujeres discutiendo;
el triste y monótono guirigay de los pisos habitados por familias humildes.
Gabri iba subiendo los peldaños de tres en tres y silbando como un chico.
Le hacía ilusión darle a Michette el tebeo que había comprado con el dinero
de la merienda. Estaba llegando al rellano del cuarto cuando se detuvo en
seco, helada. Había oído un grito... ¡y qué grito! Parecía un perro al que le
han pisado la cola. Gabri no sabía qué pasaba, pero sintió que se le paraba
el corazón. Se abrieron las puertas y se asomaron las caras inquietas de las
vecinas...
—Es en casa de la pelandusca del quinto —oyó decir a alguien.
Se lanzó escaleras arriba y entró como una loca en el piso. Los gritos no
parecían humanos; era un aullido continuo, salvaje... Guiado por él, Gabri
se precipitó en la cocina. En cuanto entró, cesaron los gritos. La lavadora
estaba volcada y echando humo en el suelo embaldosado. Michette, tirada a
su lado, apenas se movía; sólo se estremecía, como una pobre lombriz
cortada a trozos.
Más adelante, Gabri recordará lo que ocurrió a continuación como una
confusa y horrible pesadilla, como irreal de tan espantoso. Sus gritos
desesperados, el piso de pronto lleno de gente, los lamentos, las
recriminaciones, las incesantes idas y venidas... En medio de todo eso, sólo
destacan dos cosas con claridad. Primero, el rostro lívido de Michette, tan
cambiado que no lo reconoce, y después una pregunta, la pregunta que
repite todo el mundo y que zumba a su alrededor:
—¿Y tu mamá? ¿Dónde está tu mamá, pobrecita mía?
Les repite que no lo sabe, pero las mujeres insisten, la atosigan, menean
la cabeza con cara de pena y, finalmente, aunque apenas las conoce, la
cubren de besos. También le impiden entrar en la habitación donde el
médico examina a Michette.
Por fin se van todas. Gabri se precipita hacia la puerta cerrada e intenta
abrirla a la fuerza, pero aparece alguien con un dedo en los labios:
—No hagas ruido... La pequeña está muy mal...
Gabri la oye gritar.
—¡Déjeme! ¡Quiero verla!
Y luego una voz de hombre que responde.
—Déjela, será lo mejor... Pobrecita, ya no gritará más... Entra, hija.
Michette está tumbada en la cama, rígida e inmóvil, con el cuerpo
totalmente envuelto en paños blancos. Gabri distingue vagamente al médico
y la enfermera, que hablan en voz baja. Oye un susurro:
—El hospital... no... es inútil... se acabó... una hora, quizá... se acabó...
Y comprende que su hermana pequeña va a morir.
Gabri se quedó de pie delante de la cama, sin llorar, aturdida. El médico
se marchó. La enfermera recogió los instrumentos y las palanganas. Luego,
se acercó a ella y le puso la mano en el hombro con suavidad.
—Cariño, ¿tendrás abuelos o primos en algún sitio, no?
—No tengo a nadie.
—¿Y amigos?
—Nadie.
—Escucha, no debes quedarte aquí —dijo la enfermera, incómoda—.
Baja a la portería. Tu mamá volverá. No te quedes aquí. No haces falta para
cuidar a tu hermanita. Yo estoy aquí. Estará bien cuidada. Se curará.
—No.
—Vete, cariño, aquí no puedes hacer nada, vete...
—No. —Gabri cogió una silla, la colocó junto a la cama con infinito
cuidado y se sentó—. No se preo cupe, no voy a llorar. No diré nada, pero
quiero verla hasta el final. Sé que se va a morir...
Se oía hablar a sí misma con una voz inexpresiva, sin timbre, como desde
el fondo de un sueño. La enfermera se alejó y se sentó en un sillón sin hacer
ruido. Poco después entró la portera, de puntillas, aunque el parquet gemía
con el peso de su robusto cuerpo.
—Han ido a buscar a un sacerdote —susurró, y se volvió hacia Gabri—.
Nadie sabe dónde está tu madre... —murmuró—. Qué pena tan grande,
Dios mío, angelito... ¿nos dejará pronto?
—En cualquier momento —susurró la enfermera.
Las dos mujeres bajaron aún más la voz para seguir hablando.
—Pobres criaturas...
Entretanto, Gabri, inclinada sobre la cama, no podía dejar de mirar a
aquella extraña muñeca de cera. La observaba con una curiosidad atroz.
¿Era Michette, de verdad? Su Michette, rubia y sonrosada; un torbellino de
carne lozana y cabellos dorados. No, era imposible, completamente
imposible. Había momentos en que, medio dormida, amodorrada por el
terrible cansancio, se decía: «Pero ¿qué hago aquí?» Y otros en que su
recuerdo la laceraba como un cuchillo y, en voz baja, repetía estúpidamente:
«Se va a morir, sí, se va a morir... La meterán en una gran caja negra,
sola...» Intentaba recordar las clases de catecismo, pero por más que se
esforzaba las imágenes de los ángeles y el cielo permanecían lejanas y
débiles, mientras que aquello, el cementerio, el enterrador, los ataúdes de
niños, pequeños y negros como estuches de violín, eran verdaderos, reales y
terriblemente cercanos. Luego volvía a decirse: «No, no es posible, es un
sueño, me despertaré y Michette estará ahí, viva, y se reirá.»
Entretanto, Michette agonizaba.
En un rincón, la portera musitaba oraciones arrodillada. Se oía el suave
repiqueteo de la lluvia y los tranvías que pasaban. Michette agonizaba, y la
noche caía como todos los días.
De pronto, Michette hizo un movimiento: su carita se contrajo un poco y
abrió los ojos; su mirada deambuló unos instantes por la estancia y se
detuvo vagamente en la ventana. Moviendo los labios con esfuerzo, gimió y
pronunció algunas palabras incomprensibles. Gabri, que no la entendía, se
inclinó hasta rozar con la mejilla la sien de Michette, empapada de un
horrible sudor frío. La niña miraba a Gabri, pero no parecía verla. Michette
movió los labios y, en voz muy baja, pero esta vez con toda claridad, dijo:
—Ma... mami...
Luego, sus brazos, que había levantado un poco con infinito esfuerzo,
cayeron sobre la sábana como los de una muñeca rota, y dejó este mundo.
5La desesperación de Francine por la muerte de Michette fue tan arrebatada
que se temió que enfermara gravemente. Se negaba a comer, a dormir, a
salir de casa. Pasaba horas enteras derrumbada al pie de la camita vacía y
lloraba sin cesar.
—¡No, no, es tan injusto, tan cruel! —repetía con una mezcla de cólera e
indignación, como si acusara a Dios de haber inventado la muerte con el
único fin de hacerle daño a ella, Francine Bragance.
No obstante, su dolor le valió el perdón de todo el mundo, de toda
aquella tropa de vecinos y porteras, humilde pero temible, pródiga en cartas
anónimas y peligrosas habladurías. Le perdonaron el escándalo de que
hubiera regresado a esa casa fúnebre al amanecer, le perdonaron los
amantes, su belleza, el abandono en que había tenido a sus hijas. Lo
olvidaron todo, porque su dolor fue violento y locuaz.
Pero Gabri no la perdonó.
Gabri odiaba los ruidosos sollozos de su madre; su voz aguda, que
clamaba cosas altisonantes; las lágrimas que reprimía por la vieja
costumbre del rímel, que irrita los ojos cuando lloras. Gabri siempre
desconfiaba del dolor que se exhibe con excesiva autocomplacencia y, con
la terrible intransigencia propia de su edad, ignoraba lo que pudiera haber
de sincero en aquella desesperación, digna del quinto acto de un
melodrama. La condenaba sin paliativos. La consideraba falsa, fingida para
ablandar a los demás. Ella nunca lloraba, pero llevaba en su corazón la
imagen de Michette agonizante, de sus bracitos extendidos abrazando el
vacío. Y un rencor feroz, un odio monstruoso germinaba en su interior.
Una lluviosa y cálida noche de marzo, las dos estaban sentadas a la mesa
del comedor, ya recogida. Se oía a la criada canturreando en voz baja
mientras iba de aquí para allá en la cocina. La señora Bragance, aún más
blanca y rubia con la ropa de luto, se limaba las uñas. Cada vez que el
autobús pasaba por la calle, los cristales tintineaban con un ruido de vidrio
resquebrajado.
Gabri tenía un libro abierto, pero la mirada perdida, absorta. Desde la
muerte de Michette, la niña bulliciosa se había transformado en una
viejecilla abatida y silenciosa. Seguía siendo víctima de ese estado febril
que, tras la muerte de un ser querido, nos empuja a buscarlo cada vez que
entramos en una habitación. ¿Cuándo llegaría Michette, con su vocecilla
clara y fresca, y se pondría a saltar a la pata coja o a reír sacudiendo el
pelo? No. Había muerto. La lluvia mojaba su tumba solitaria. Llamaron a la
puerta. La criada fue a abrir y volvió con un sobre.
Francine lo rasgó a toda prisa. Era una breve carta de Polonia: «Llegamos
el lunes. Besos. Léon Bragance.»
—Tu padre regresa —dijo Francine sin ningún entusiasmo.
Doblaba el fino papel azul con hastío.
Gabri echó un vistazo a la misiva y preguntó:
—¿Por qué dice «llegamos»? ¿No viene solo?
—Se trata de tu primo, Charles Bragance —le explicó Francine—. Lo
conoces. Vino una vez, de permiso. Entonces, era muy joven... un
muchacho... ¿No lo recuerdas?
—No. ¿Se quedará en París?
—No lo sé. Antes de la guerra vivía en algún lugar de Provenza, con tus
abuelos... Tenían una granja, un mas, como dicen allí.
—¿Tú los conoces?
Francine hizo un mohín.
—Vinieron a París una vez. Eran campesinos, naturalmente. Ya han
muerto.
—¿Por qué Charles estaba en Polonia con papá? —quiso saber Gabri.
—Se reunió allí con él el año pasado. Estaba convencido de que allí se
podía hacer fortuna. Tu padre también lo decía... ¡Menudo chiste! Y ahí los
tienes: volviendo igual de pobres que antes, seguro... Otra vez habrá que
matarse a trabajar y total para estar a dos velas... ¡Qué fastidio!
Francine se calló.
Gabri le vio en la cara esa antigua expresión de cólera, de
enfurruñamiento, y suspiró descorazonada, consciente de que, con el
regreso de su padre, volverían inevitablemente los gritos, las escenas y las
discusiones.
Pocos días después, Francine y Gabri estaban esperando la llegada del
tren de Polonia en un andén de la Gare du Nord. Gabri temblaba por el frío
y por una penosa y extraña emoción. El viento, áspero y húmedo, anunciaba
tormenta, y unos resplandores pálidos iluminaban el cielo nocturno.
El reencuentro se produjo de la forma más natural. De repente, mientras
Francine lo buscaba entre la multitud, su marido apareció a su lado. Era un
hombre bajo y cargado de espaldas. Lo seguía un chico alto y moreno muy
guapo. Gabri no reconoció a su padre hasta que lo vio inclinarse y abrazar a
Francine. La tuvo entre sus brazos un buen rato. Luego agarró a Gabri, la
besó en las mejillas y, alejándose un poco, se quedó mirando su vestido
negro. Soltó un profundo suspiro, pero no dijo nada. Su silencio y las dos
diminutas lágrimas que brillaban en sus ojos emocionaron tanto a Gabri que
le cogió furtivamente la mano y se la besó.
Pero Léon ya estaba ocupado con los billetes y el equipaje.
Luego, por fin, se acercó a su primo.
—¿Cenas en casa, Charles? —le preguntó, y se volvió hacia su mujer—:
Se quedará con nosotros unos días, Francine. Luego, Dios dirá. ¡Hay
muchas novedades, Francine, muchas! —añadió con expresión de júbilo.
En el taxi que los llevaba a la rue d’Armaillé, los adultos hablaban
animadamente todos a la vez. Gabri los escuchaba con perplejidad.
¿Cómo podían reír, sabiendo que Michette ya no estaba?
Durante la cena pudo observar con calma a los dos viajeros. Veía a su
padre avejentado, pero con una seguridad en la voz y los gestos que no le
recordaba. En cuanto a su primo, era un provenzal de pura cepa, pero de
esos que parecen jóvenes emperadores romanos. Como ellos, tenía el rostro
lampiño y un poco abotagado, la nariz grande y recta, unos labios finos de
rictus insolente y, sobre todo, unos ojos magníficos, negros, brillantes y
aterciopelados. Unos ojos meridionales, demasiado bonitos para inspirar
confianza.
Gabrielle lo odió de inmediato. Él la provocó varias veces y Gabri le
respondió tan bruscamente, con tanta viveza e insolencia, que su madre le
espetó:
—Pero ¿te quieres callar, so boba?
Y ella se calló, con el corazón lleno de rabia y rencor.
Entretanto, los hombres hablaban con Francine, que los escuchaba con la
boca abierta y los ojos brillantes. Le explicaban que se les había ocurrido
aprovechar la diferencia de cambio y comprar a bajo precio fábricas
confiscadas a los alemanes durante la guerra. Varios hombres de negocios
franceses les habían prestado los fondos necesarios.
Con mucho empeño y trabajo, habían puesto de nuevo en funcionamiento
fábricas medio destruidas y contratado a trabajadores. Lo más difícil ya
estaba hecho. La empresa prosperaría. Francine escuchaba mientras por su
cabeza pasaban imágenes de joyas y vestidos caros... Léon Bragance se
había levantado de la mesa y se paseaba por la pequeña sala con la cabeza
baja.
De pronto, Gabri lo vio venir hacia ella. Su padre cogió su delgada cara
entre ambas manos, la acarició y, con íntimo y profundo orgullo, murmuró
para sí:
—Ésta será rica.
Gabri, muy pálida, reflexionaba. Rica... Sería rica... Tendría buenos
libros, ropa bonita... Viajaría... Con el corazón encogido, pensó en Michette,
a la que también le habrían gustado los dulces, los juguetes caros y
sofisticados... Pobre Michette... Lo único que había conocido de la vida
eran los días malos... Y ya la habían olvidado... Con ingenua y apasionada
desesperación, repitió entre dientes: «Tranquila, Michette, yo no te
olvidaré... Los odio... Sé que moriste por su culpa, por culpa de estos
malvados, de estos sucios egoístas... Jamás lo olvidaré, no te preocupes...»
Al rato, más calmada, levantó la mirada, que había mantenido baja
mientras se entregaba a su rencorosa ensoñación, y los vio sentados delante
de los cafés, que empezaban a enfriarse.
Su padre revisaba un fajo de cartas; Charles, con la cabeza echada hacia
atrás, fumaba en silencio; y Francine, absorta en sus sueños, canturreaba
suavemente con la barbilla apoyada en sus hermosas manos entrelazadas.
Pero Gabri advirtió que los ojos de Charles, aquellos bonitos y peligrosos
ojos, brillantes, oscuros y misteriosos como unanoche italiana, no se
apartaban de Francine. Él no se movía, no hablaba. Su madre, fascinada,
inclinaba la cabeza: su mirada relampagueaba, provocadora e inquieta, sin
dejar de remolonear. De pronto abrió los párpados, como si se desnudara, y
por un segundo sus ojos azules y esos ojos negros se encontraron, llenos de
deseo, desafío y cólera. Luego, hipócritas, se separaron totalmente.
SEGUNDA PARTE
1
Gabri se levantó educadamente para acompañar a la señorita Boyer hasta la
puerta de la sala de estudio. La señorita Boyer, su profesora de piano, era
una soltera bigotuda que tanto en invierno como en verano llevaba un
impermeable gris y un polvoriento sombrero de terciopelo en el que
temblaba un racimo de uvas artificiales.
Antes de salir se detenía en el umbral y desgranaba el interminable
rosario de sus observaciones cotidianas.
—No pones suficiente sentimiento en tu interpretación, hija. Y, sobre
todo, no trabajas lo suficiente. El otro día se lo dije a tu señora madre.
Todas mis alumnas progresan más rápidamente que tú... Y eso es porque no
trabajas lo suficiente. Además, tus interpretaciones son frías... El
sentimiento, hija...
Lo repitió varias veces para que a su alumna, que la escuchaba con la
mirada perdida, se le grabara en la cabeza, o tal vez para retrasar el
momento de marcharse y salir del piso caldeado a la calle, sumida en la
triste penumbra del anochecer otoñal.
Pero la señorita Boyer acabó yéndose. De todos modos, Gabri tampoco
se impacientaba; con precoz estoicismo, sabía que todo tiene un final,
incluso las cosas molestas. Además, después de la señorita Boyer, vendría
fraulein, y luego, cuando se hubiera ido fraulein, le tocaría escribir una
redacción en inglés bajo la atenta mirada de miss Allan. ¿Para qué acelerar
el tiempo, que se deslizaba como un lento río gris, si traía con desesperante
regularidad las mismas ocupaciones odiosas y las mismas distracciones,
peores que obligaciones, igual que las olas arrojan a la orilla siempre las
mismas algas?
Gabri guardó las partituras en el musiquero. Luego se sentó con las
manos apoyadas en las rodillas, muy recta, muy modosa, con la postura
forzada de una niña que está de visita.
Hacía tres años que había abandonado la casa de la rue d’Armaillé.
Ahora sus padres vivían en un elegante piso de la avenue d’Iéna. Charles se
alojaba en la planta baja del mismo edificio, de modo que toda la familia
estaba junta y el joven podía hacer casi todas las comidas en casa de sus
primos. En realidad, como Léon Bragance pasaba seis meses al año en
Polonia para vigilar sus fábricas, Charles, director del consejo de
administración de París, se había convertido en cierta forma en el cabeza de
familia. Tres años... Y la pequeña Gabri, que hasta los once años había
vagabundeado por las calles de París como una rapazuela, se había
convertido en una jovencita bien educada que hablaba poco, rara vez
levantaba la mirada y vivía una acotada existencia rodeada de libros y
profesores particulares.
Porque era rica y ahora, a sus catorce años, sabía que la riqueza no
significa sólo comodidades, juguetes y vestidos bonitos, sino también y
sobre todo: tomar clases aburridas, tener institutrices tiranas que no te dejan
ni a sol ni a sombra, cumplir con una disciplina digna de una prisión, hacer
deberes, que podrían llegar a gustarte si la estúpida obligación no los hiciera
odiosos, permitirse placeres idiotas y sentir la espantosa monotonía de los
días, un limbo en el que los tuyos te mantienen y te asfixian con la mejor
intención del mundo... Porque su madre había empezado a ocuparse de su
hija demasiado tarde como para no hacerlo de forma ejemplar. Porque con
el automóvil y los millones también habían llegado los principios, y
olvidando sin mala fe el modo en que había crecido Gabri hasta los doce
años, ahora, muy seria, repetía a todo aquel que quisiera escucharla:
—Yo desapruebo totalmente esas ideas modernas sobre la educación de
los niños... Mi hija no leerá una novela hasta que esté casada... Mi hija no
tiene amigas; hoy en día, es tan difícil encontrar niñas bien educadas... Es
mucho mejor dejarlas crecer solas que arriesgarse a verlas contaminadas
por el mal ejemplo... No, mi hija no saldrá sola hasta que se case.
Ahora Gabri añoraba con toda el alma su desgraciada infancia.
Ciertamente, la escuela de la avenue de la Grande-Armée era poco ortodoxa
y sus compañeras no pertenecían a la «buena sociedad», como decía la
señora Bragance, pero al menos tenía amigas que eran niñas, como ella.
Desde que era rica, no había vuelto a conocer a ninguna. El pisito de la rue
d’Armaillé era muy triste y muy oscuro, pero al menos no tenía a su lado y
a todas horas —durante la noche, las comidas, los paseos— la larga cara
equina de miss Allan. Lo que más añoraba era vagabundear sola por las
calles. Le encantaba mirar a la gente, los árboles y el cielo mientras pensaba
en montones de cosas sin orden ni concierto. Pero miss Allan, en cuanto la
veía absorta, le decía:
—¿Se puede saber en qué piensa? Ya sabe que su madre quiere que hable
inglés durante los paseos. No eche la cabeza atrás de ese modo. ¿Se puede
saber qué mira? ¿El cielo? Don’t be silly, will you? Hay gente. Compórtese
y camine más deprisa.
Por la puerta entreabierta, Gabri veía a aquella terrible miss Allan
escribiendo sin inclinar su torso rígido. Llevaba una blusa pasada de moda
con el cuello almidonado, alto como una gorguera, y unos an teojos a
caballo de la nariz. Parecía una yegua. Gabri la detestaba. Pero ¿había
alguien a quien no detestara? Vivía en un estado de odio perpetuo, llena de
rabia y tristeza... Suspiró y acercó a la chimenea sus desmesurados pies de
adolescente. Empezaba a sumirse en una vaga ensoñación carente de
alegría, pero con cierto encanto melancólico, cuando la sobresaltaron unos
golpes en la puerta.
Entró fraulein. Fraulein Singer, la alsaciana, con su paraguas viejo y esa
nariz enrojecida por el frío de la que salían un montón de pelos negros,
venía tres veces por semana para enseñarle alemán.
La pobre Gabri se estaba convirtiendo en una jovencita perfectamente
educada e instruida. Con despreocupado orgullo, ahora su madre podía
decir de ella:
—Mi hija aún no ha cumplido los catorce, pero habla inglés y alemán
con fluidez y ya toca con bastante soltura el piano, ¿saben?
Para llegar a ese extraordinario resultado, tenía que pasarse muchas horas
con los codos hincados en el pupitre mientras los perros y los rapazuelos se
divertían de lo lindo vagando por las calles.
2
A las siete y media en punto, miss Allan entró en la sala de estudio.
—Lávese las manos —le ordenó.
Gabri obedeció en silencio. Después se cepilló la melena, corta y rizada,
que se obstinaba en no crecer, y se cambió de vestido. Eran los rituales
cotidianos previos a la cena. A continuación, la institutriz y su alumna se
sentaron a izquierda y derecha de la chimenea, y esperaron en silencio.
El señor y la señora Bragance eran bastante impuntuales. La hora de las
comidas variaba diariamente en función de sus obligaciones o
divertimentos. El cabeza de familia solía aparecer pasadas las nueve y
preguntaba inocentemente: «¿Llego tarde?» En cuanto a Francine, entraba
como una exhalación, se dejaba caer en la silla suspirando y decía: «Estoy
muerta... Las tiendas... las pruebas...», mientras sus ojos brillantes y
cansados parecían perseguir un recuerdo dulce y culpable en el vacío.
En consecuencia, la sopa estaba fría, el asado, quemado, y los criados,
malhumorados. En aquella bella morada, todo iba manga por hombro, como
antaño en el pisito de la rue d’Armaillé. Sin embargo, miss Allan
consideraba que Gabri debía estar lista a las siete y media y esperar a que
sus padres se dignaran aparecer. Tanto daba si la espera duraba diez minutos
o una hora: la institutriz permanecía muda y tiesa como un palo en la silla,
puesto que su jornada de trabajo había acabado.
Por suerte, esa noche Charles cenaba en casa, y cuando venía él siempre
se comía más o menos a la hora.
Gabri siguió a miss Allanal comedor. Era todo blanco y dorado; tan
blanco y tan dorado que ofendía a la vista. La señora Bragance no había
tenido tiempo de familiarizarse con el Art Nouveau, seguía prefiriendo el
estilo Louis XVI-Exposición de 1900, los revestimientos de madera de
color nata montada y las cortinas amarillo huevo, así que el piso de la
avenue d’Iéna parecía un gigantesco merengue.
Al entrar en el comedor, Gabri encontró a su padre y su primo hablando
de pie. El primero la besó sin interrumpir la charla; el segundo le tendió la
punta de los dedos sin siquiera mirarla. Luego apareció la señora Bragance,
y todos se sentaron a la mesa.
Las conversaciones de los adultos le resultaban tan ininteligibles como el
sánscrito. Ellos hablaban de libras esterlinas, marcos y acciones de nombres
rebuscados. Y la señora Bragance, que los escuchaba con atención, lo
traducía todo en cifras e imágenes concretas de joyas y vestidos. Mientras
tanto, a Gabri no le hacían ningún caso, y eso, aunque parezca extraño, la
afectaba profundamente. Se sentía sola, desamparada y perdida. Entonces,
con el ansia de vengarse, se dejaba llevar por pensamientos prohibidos y
abominables. Trataba de imaginar de dónde había venido su madre,
despeinada de aquel modo y con los ojos brillantes; o se recreaba, con
maliciosa y amarga delectación, en la trama de una de esas noveluchas que
devoraba a escondidas. Por lo general, eso bastaba para aliviar su sensación
de abandono; le daba la impresión de estar gozando de cierta forma de
independencia que se había forjado ella misma, y eso le producía una
oscura y resentida satisfacción. Pero había noches, como aquélla, en las que
no podía evitar estar triste y dolida, casi al borde de las lágrimas. Se esforzó
al máximo en interesarse por lo que decían sus padres. Ese estado de
atención ansiosa le crispaba las facciones y sólo consiguió que miss Allan
la regañara en voz baja.
—Coma y deje de intentar comprender lo que dicen los mayores. No es
asunto suyo.
Después de cenar, pasaron al saloncito contiguo. En la chimenea ardía un
fuego resplandeciente. Una lámpara rosa encendida en una esquina
suavizaba los tonos chillones del flamante mobiliario.
Miss Allan subió a su habitación y Gabri se sentó en un rincón en
penumbra. Eran las nueve. Léon Bragance acabó su cigarro y se levantó.
—Voy a salir. Me esperan en casa de los Blum. Acuéstate sin esperarme,
Francine. Adiós, Charles. Buenas noches, mi pequeña Gabri.
Y, con ese gesto suyo tan habitual, se alisó el pelo, cada día más ralo en
las sienes. Era uno de esos hombres que, minado por la fiebre de los
negocios, como otros por el alcohol o el juego, estaba envejeciendo deprisa.
Salió. Francine y Charles escucharon sin hablar el ruido de los pasos que se
alejaban y compartieron una sonrisa rápidamente reprimida: Gabri estaba
allí, inmóvil y atenta.
Francine miró el reloj de pared.
—¿Aún no te vas a la cama, Gabri? —le preguntó a su hija con fingida
indiferencia.
—Si siempre me acuesto a las nueve y media... —se apresuró a responder
la adolescente, sabiendo que les estorbaba.
Quería seguir allí, cerca del fuego, de las flores, en el cálido saloncito...
Volvió la cabeza para no ver la expresión de rabia reprimida que alteró
brevemente el rostro de su madre. Sin embargo, la señora Bragance no dijo
nada: a una chica de catorce años no se la manda a jugar a la habitación
como si fuera una criatura.
Francine se acercó al piano y, con un suspiro exasperado, le arrancó unos
acordes. Luego se sentó y empezó a tocar.
Gabri adoraba la música, aunque ella tocaba bastante mal. Escuchar a su
madre era un placer sublime del que raras veces disfrutaba. Francine había
nacido música; bajo sus mágicas manos, el piano, instrumento de tortura
para su hija, parecía cantar y llorar.
Estaba tocando el Poema erótico de Grieg, tan tierno y tan apasionado,
carnal y triste como una queja de amor.
Poco a poco, con los nervios en tensión y los ojos arrasados en lágrimas,
la muchacha se acercó al piano.
Francine dejó caer las manos. Su mirada más profunda, más dulce, buscó
en la penumbra el rostro de Charles. En el silencio de la sala, el reloj sonó
una vez.
—Son las nueve y media, Gabri.
—Pero mami...
—¿Mami, qué? —replicó Francine, irritada.
Gabri, sorprendida, no contestó. Su alma seguía sangrando, desgarrada
por aquella música divina y cruel.
—Deja que me quede contigo cinco minutos más, mami... —suplicó al
fin—. Por favor... Me gustaría escucharte sólo otros cinco minutos, ¿eh,
mami?
Gabri imploraba, pueril y desesperada. Francine cerró la tapa del piano
con un golpe seco.
—¡Tú no estás bien de la cabeza! —exclamó con la horrible voz chillona
que empleaba cuando la contrariaban—. ¿Qué son estas tonterías, estos
caprichos estúpidos? ¿Ahora la señorita se cree una chica mayor? ¿La
señorita quiere pasar la velada en el salón con los adultos? Sube ahora
mismo a acostarte, ¿me oyes? ¡Sube inmediatamente!
Francine señalaba la puerta con gesto imperioso. ¡Aquella cría había
tenido el descaro de robarle una hora a solas con Charles! Con enorme
esfuerzo, contuvo la bofetada que hacía temblar su mano. Charles fumaba y
parecía completamente indiferente a la escena. Gabri no quiso llorar delante
de «ellos». Sin decir nada, agachó la cabeza y los miró de soslayo con esa
terrible expresión torva de los niños castigados que recuerda el destello de
odio impotente en los ojos del esclavo y que los padres nunca ven. Luego,
salió.
En su bonita habitación, a unos pasos de la cama donde roncaba miss
Allan, Gabri se pasó gran parte de la noche llorando de humillación y pena.
Musitaba «Michette, Michette», como si su hermanita muerta pudiera oírla,
y deseaba con todas sus fuerzas morirse ella también. Antes de dormirse
seguía murmurando:
—Cómo me gustaría vengarme, Michette... Cómo me gustaría vengarnos.
3
En verano, Gabri pasaba dos meses en Plombières con miss Allan, mientras
Francine recorría los balnearios y playas de moda acompañada de Charles,
y Léon Bragance, en París o en Polonia, trabajaba como un esclavo.
Así transcurrieron dos veranos y dos monótonos inviernos. Gabri estaba
cada día más guapa. Se le había pegado una pizca de la rigidez británica de
su institutriz inglesa; cierta parquedad de palabra y gesto que la hacía aún
más encantadora. En su rostro, más lleno, más tranquilo, sus magníficos
ojos verdes, un poco tristes, captaban las miradas de los hombres en la
calle.
Sin embargo, su vida apenas había cambiado. En verano se aburría
mortalmente en la lóbrega población balnearia de los Vosgos, encerrada
entre dos montañas de un verde de cementerio, y en invierno seguía
confinada en la sala de estudio bajo la vigilancia de miss Allan, que cada
vez era más severa y más rígida con ella.
Dos domingos al mes, miss Allan salía de cuatro a siete de la tarde, con
la exactitud de un reloj: iba a tomar el té a casa de dos ancianas inglesas
amigas suyas. Durante quince días, Gabri esperaba ese bendito domingo
con impaciencia. Sus padres también salían: iban a las carreras, a alguna
sala de baile o, menos a menudo, de visita, porque la señora Bragance aún
no tenía muchas amistades. Era demasiado perezosa para eso. Pero,
naturalmente, fuera adonde fuese, nunca se llevaba a su hija con ella. Gabri
se regocijaba de placer cuando la oía salir. Los criados se quedaban en la
cocina o el office, y ella campaba a sus anchas en el piso desierto. Como
antaño en la rue d’Armaillé, pasaba horas muertas asomada a la ventana y
disfrutando de la paz que se respiraba los domingos en París. Si hacía buen
tiempo, la avenue d’Iéna, más tranquila que una calle de provincias, se
llenaba de palomas que paseaban tranquilamente por la calzada. Luego se
sentaba un poco al piano e intentaba reproducir las extrañas melodías que
sonaban en su cabeza. Pero, sobre todo, leía.
Sin la lectura se habría muerto de aburrimiento. Para ella los libros
sustituían la vida real.
Esos maravillosos domingos de soledad los pasaba casi enteros en la
biblioteca, pues había robado la llave de la vitrina de loslibros con la
astucia y el sigilo de una piel roja. La biblioteca, adquirida tal cual en una
sala de subastas, contenía hermosas obras antiguas, relatos de viajes,
algunos libertinos narradores del siglo XVIII y muchas novelas modernas,
unas mejores que otras, aunque Gabri leía todo lo que encontraba. Luego, al
final del día, se llevaba el libro a su habitación, donde lo devoraba a la luz
de su lamparita, en las narices de la institutriz, entonces ya dormida, y
temblando con delicioso terror cada vez que miss Allan cambiaba de
postura.
Pero un día, cuando ya no quedaba un solo libro en la biblioteca que no
se supiera de memoria, se le ocurrió bajar a curiosear en casa de Charles.
Como Léon Bragance estaba en Polonia desde hacía una semana, a la hora
de almorzar Charles y Francine habían decidido ir a las carreras.
Se marcharon justo después de comer. En cuanto miss Allan cerró la
puerta, Gabri bajó de puntillas por la escalera de servicio hasta el piso de
soltero de Charles. Sabía que el criado tenía el día libre. Entró en la cocina
con una llave maestra que había encontrado en el office de los Bragance y
penetró con sigilo en la sala de fumar. Sabía que la vivienda estaba vacía,
pero no podía evitar sentir cierta angustia. Reinaba el silencio y las
habitaciones le parecían hostiles y misteriosas. Una penumbra prematura
invadía la planta baja. En esa semioscuridad, brilló el brazo de un sillón
adornado con una cabeza de león de bronce. Más que verla, Gabri adivinó
la vitrina de los libros. Una colgadura argelina medio corrida dejaba
entrever la hilera de habitaciones. La última estaba totalmente a oscuras,
con los postigos cerrados y las lámparas apagadas.
Con la cautela de una gata, Gabri alargó la mano hacia el mueble. La
inquietante calma del piso le crispaba los nervios. De pronto se estremeció
de pies a cabeza y se detuvo en seco, petrificada por el terror. Alguien
acababa de encender la luz en la habitación del fondo.
Vio a su madre y a Charles. Él estaba acostado. La cama se encontraba
justo enfrente de la puerta. De pie junto a ella, Francine, semidesnuda, se
peinaba con un espejo en la mano. Se alisó la media melena; tras dudar un
instante, se desperezó y bostezó; luego soltó el espejo, que cayó en la
alfombra, levantó una pierna por encima del borde de la cama, se tumbó y
apagó la luz. La habitación volvió a quedar a oscuras y en silencio.
Gabri seguía allí, con la mente en ebullición. Presa del pánico, sólo podía
pensar en huir. Arrimada a la pared, fue a tientas hasta la cocina y corrió
como una loca escaleras arriba hasta su habitación, donde se desplomó
temblando en un sillón. Estuvo sentada un buen rato, inmóvil, tratando en
vano de poner un poco de orden en el tumulto de sus ideas. Le ardían las
mejillas. Le invadía una vergüenza extraña y dolorosa mezclada con un
asco espantoso. No estaba sorprendida, en absoluto, en realidad hacía
mucho tiempo que lo sospechaba, pero haberlo visto con sus propios ojos la
hacía sentir sucia y turbada. Y, al mismo tiempo, confundida por la
aparición de unos celos y envidia inconfesables. ¿Cuándo la amarían al fin
también a ella?
4
«Pero ¿y si se entera de que lo sé?», se repetía Gabri a todas horas. Era
consciente de la importancia de que su madre siguiera ignorando su
inoportuna perspicacia, porque, a la menor sospecha, se apresuraría a
mandarla a un internado, y Léon Bragance estaba demasiado sometido a los
caprichos de su mujer para oponerse. Gabri callaba, pero tenía la intensa y
embriagadora sensación de que, a pesar de todo, era la más fuerte, de que el
sosiego y la felicidad de aquellos orgullosos adultos, que ni siquiera
reparaban en ella, estaba en sus manos. «¿Y si se entera de que lo sé?»,
pensaba constantemente, en apariencia impasible ante la desdeñosa y
distraída Francine. A veces el súbito deseo de gritarle a la cara «¡Lo sé, lo
vi!» era tan irritante e intenso que resultaba casi voluptuoso. Había
momentos en que su madre le inspiraba un odio tan salvaje e irracional que
sus miradas, sus palabras o sus pasos bastaban para exasperarla. Pero no se
daba cuenta de que su actitud era ruin y sus pensamientos, execrables. Los
adolescentes necesitan sentir pasiones excesivas. Para agradarles, la vida
debe vestirse con sus colores más estridentes. Del mismo modo que los
niños pequeños sólo reconocen la naturaleza en sus álbumes de cromos
cuando es tan abigarrada como una imagen de Épinal. Entretanto, la
tentación de pronunciar en voz alta las palabras que le quemaban en los
labios —«Lo sé, lo vi...»— cobraba visos de obsesión enfermiza. Sobre
todo la perseguía cuando estaba en presencia de su padre. Gabri imaginaba
lo maravilloso que sería vivir sola con él, sin su madre y sin Charles, y le
habría abierto los ojos sin el menor escrúpulo, sin importarle hacerle sufrir,
si hu biera sido tan osada como sus secretos pensamientos. Por suerte, no lo
era.
Pero un día, mientras estaba sola en la sala de estudio peleándose con un
problema de álgebra, su mano arrancó distraídamente una hoja del cuaderno
y, como dando rienda suelta a sus pensamientos íntimos, trazó, casi sin
querer, la siguiente frase: «Si quiere confirmar que su mujer lo engaña con
su primo, Charles Bragance, regrese de improviso...»
No siguió; miró lo que acababa de escribir con un leve estremecimiento
voluptuoso. Sabía perfectamente que nunca se atrevería a enviar aquella
nota, que la rompería de inmediato, pero tener aquella hoja de papel entre
las manos le producía el mismo terrible placer que una pistola cargada. Leía
y volvía a leer, pero no se decidía a romper el peligroso mensaje; estaba
fascinada por la forma misma de las palabras, que había trazado
instintivamente con una letra alta e impersonal, procurando disfrazarla.
De pronto se abrió la puerta y entró la señora Bragance.
—Oye, Gabrielle... —empezó a decir.
Se interrumpió. La adolescente se había levantado de un salto y ahora,
con la espalda apoyada en el pupitre, estrujaba la carta entre los dedos
nerviosamente. Estaba tan pálida, tan descompuesta, que su madre fue
directa hacia ella, pese a su escasa perspicacia.
—¿Qué tienes en la mano?
—Nada.
—Dámelo ahora mismo.
Francine le arrancó el papel, lo desplegó y leyó. Gabri vio que su madre
palidecía bajo el maquillaje.
—¿Dónde has encontrado esto? —preguntó al fin con voz no muy
segura.
Gabri guardaba silencio, demasiado azorada para responder.
—¿Quieres decirme de dónde has sacado esta repugnante carta? —
insistió la señora Bragance con irritación y cada vez más aterrorizada.
Gabri comprendió que el error de su madre iba a salvarla.
—Del suelo, la he cogido del suelo —se apresuró a responder.
—¿Aquí?
—Aquí, sí.
La señora Bragance miró a su alrededor con una expresión recelosa,
inquieta.
—Miss Allan, estaba aquí hace un momento. ¿La has visto escribir? —
preguntó al fin—. ¡Responde! ¡Parece que haya que sacarte las palabras con
pinzas! ¿Lo ha escrito ella? Vamos, Gabri, contesta... ¿La has visto escribir?
—Sí... no... sí... —balbuceó Gabri.
La señora Bragance cavilaba: «Está claro, ha perdido el borrador de una
carta anónima...» Volvió a la carga:
—Y después, ¿has visto que escribiera algo más? Contesta, cariño —dijo
procurando adoptar una actitud indiferente.
—No, estaba sentada ahí y escribía eso, estoy segura —respondió Gabri
—. De hecho, parecía que quisiera esconderse de mí, mamá... Luego, la
doncella ha venido a buscarla, no sé para qué. Ella ha guardado el papel en
su cartapacio rápidamente... Pero... hace un momento, no te he dicho la
verdad, mamá... He abierto el cartapacio para ver qué estaba escribiendo...
Ya sé que he hecho mal...
—En absoluto, has hecho muy bien —murmuró distraídamente la señora
Bragance—. ¿Y seguro que no ha escrito nada más? —insistió.
—Seguro, mamá.
—Gabri, esta noche, después de cenar, le dirás a tu padre que no quieres
que miss Allan siga viniendo. ¿De acuerdo?
El corazón de la adolescente daba brincos de alegría, pero se contuvo y
murmuró:
—¡Oh! Pero ¿por qué? Si es muy buena...
—No, es mala persona,una mentirosa —dijo Francine—. Tú aún no
puedes entenderlo, afortunadamente. Pero no merece la pena explicarle
todos los detalles a tu padre... Se enfadaría... Sería complicar las cosas...
Dile simplemente que miss Allan te aburre... Al fin y al cabo, ya eres
demasiado mayor para tener institutriz. ¡Ay, ya me habían advertido que ni
las mejores valían nada! Unas víboras... Entonces, ¿puedo contar contigo?
Dócil e indiferente, Gabri respondió con una voz suave, de hija ejemplar:
—Como tú quieras, mami.
—Y... no le contarás nada a tu padre, ¿verdad?
—Pues claro que no, mamá, ¿para qué?
Francine sonrió, más tranquila.
—Exacto, ¿para qué? Eres una buena niña, Gabri. Ahora no pensemos
más en eso... En el fondo, no es más que una tontería.
Le dio un beso a Gabri y se marchó llevándose la hoja manuscrita.
Cuando desapareció, Gabri se quedó petrificada unos instantes. No sentía el
menor remordimiento por lo que había hecho. ¡Se había librado de miss
Allan! ¡Era una felicidad que no se pagaba con nada! ¡Y cómo se la había
pegado a todos! Su madre no había pensado ni por un instante que la
culpable podía ser ella, su hija... Eso, en lugar de conmoverla, sólo la hacía
reír. Por primera vez en mucho tiempo, toda su infancia olvidada inundó de
nuevo su corazón como una gran ola de júbilo. Con la boca abierta en un
grito de triunfo, que, no obstante, reprimía prudentemente, empezó a girar
sobre sí misma como una peonza, con el pelo azotándole la cara.
No se le ocurría otra forma de expresar su loca y malvada alegría que
aquella chiquillada, aquella danza de salvaje.
Dos días más tarde, miss Allan fue informada de que Gabri ya era
demasiado mayor para continuar bajo la vigilancia de una institutriz y que,
en adelante, la guiaría y aconsejaría sólo su madre. Miss Allan, digna y
desdeñosa, hizo las maletas y se marchó. Durante dos días, Francine
interceptó hábilmente el correo de su marido; luego olvidó el asunto. Y la
vida de Gabri cambió por tercera vez.
5
Los tres primeros días la doncella de Francine se encargó de acompañarla a
clase y durante los paseos, pero el cuarto la señora Bragance necesitó sus
servicios y Gabri se quedó en casa. Al día siguiente, Francine se llevó a su
hija al Ritz, pero Gabri era bonita y no pocas miradas se deslizaron de su
madre a ella. Así que la señora Bragance, como Gabri no podía pasarse el
día encerrada ni hacer sombra a la belleza de su madre, optó por un término
medio y permitió que la niña saliera sola. ¡Al fin y al cabo eso fortalecía la
personalidad y la seguridad en una misma! Gracias a Dios, los tiempos de
las niñitas pánfilas quedaban ya muy lejos.
—Siempre he pensado que las jovencitas deben acostumbrarse a ser
independientes cuanto antes... Mis convicciones al respecto se deben a... —
decía Francine.
Porque el material del que estaban hechas sus convicciones era dúctil y
maleable y se podía trabajar y adaptar a voluntad.
Y de un día para otro Gabri se vio suelta por las calles de París, como un
potro en un prado, sin que nadie le pidiera cuenta de sus actos ni se
preocupara de lo que hacía en todo el día.
Tampoco nadie advirtió que Gabri estaba cambiando y se transformaba
en mujer con una rapidez extraordinaria. Siempre había estado sola en la
pena. Siguió estándolo en la alegría.
Un día, alrededor de las seis, Gabri bajaba lentamente por los Campos
Elíseos. Era una tarde de febrero, atemperada por una falsa pero maravillosa
sensación de primavera. Los árboles aún estaban desnudos y hacía frío, pero
un aroma indefinible y dulce flotaba en el aire, como cargado de un ligero
olor a flores. Alrededor de Gabri, hombres y mujeres pasaban cogidos de la
mano y se desvanecían rápidamente en la penumbra del atardecer. Luego,
una noche clara y pura, toda azul, se extendió lentamente sobre la ciudad.
De pronto —Gabri jamás olvidaría aquella súbita y ligera sensación de
sufrimiento—, en la esquina de una calle, oyó el melancólico y frágil
sonido de una flauta, triste, límpido... Aflojó el paso todavía más, invadida
por una dulzura inexplicable... Aquella noche y su lánguida belleza, la
música de aquella flauta, que se perdía a lo lejos... todo le ablandaba el
corazón y le infundía una vaga ternura, una felicidad sin motivo, mezclada
con una tristeza deliciosa. Sintió que un velo de luto se desgarraba en su
corazón. Una extraña alegría inundó su espíritu. Como si recuperase su
infancia, como si, al salir de la larga pesadilla de la adolescencia, despertara
siendo de nuevo una niña, pero con una mirada más penetrante, los sentidos
más agudos y sutiles y un poder oscuro y nuevo. Durante años había sido
huraña y silenciosa, pero a partir de ese día su personalidad llenó la casa de
ruido y alegría. Parecía ebria de un vino misterioso. En la calle, acariciaba a
los niños, daba limosna con un placer desconocido y miraba a los
transeúntes con indulgente curiosidad. Disfrutaba con intensidad de los
acontecimientos más insignificantes de la vida cotidiana. «Pero ¿por qué
soy tan feliz? ¿A santo de qué, esta felicidad?», se preguntaba a veces. Y se
reía de sí misma con una vergüenza deliciosa.
Gabri albergaba en su interior una enorme necesidad de ternura. Empezó
a ser cariñosa con su padre. Lo colmaba de mil menudas atenciones, de
agasajos, de mimos. Hasta entonces había sido tan poco expresiva, tan fría,
que Bragance recibió su repentino afecto como un hermoso e imprevisto
regalo. A medida que envejecía, él también había empezado a sentirse muy
solo. Compartían momentos deliciosos. Léon entraba en la habitación de su
hija, se sentaba, la veía moverse de aquí para allá, la oía parlotear... Con una
coquetería inconsciente, con el fin de agradarle, Gabri se las ingeniaba para
hacer más confortable su habitación y se ponía los vestidos preferidos de su
padre. Incluso se atrevía con sencillas labores de costura. Intuía que su
padre se dejaría cautivar por el casto y delicado encanto, desconocido para
él, de un hogar bonito y ordenado, de la gracia amable de una mujer que
cose bajo la lámpara.
Una noche Gabri le habló de Michette. En esa casa ya nadie se acordaba
de la pobre niña muerta. La señora Bragance se había esforzado tanto en
olvidar el terrible drama que lo había conseguido sin excesiva dificultad.
Todo lo que quedaba de Michette era una gran fotografía en un marco
demasiado bonito sobre la repisa de la chimenea del salón. Sólo Gabri le
rendía el mismo culto ferviente, aunque nunca la mencionaba. Esa vez se
sintió tremendamente incómoda al pronunciar su nombre. Le parecía que
sus labios habían perdido la costumbre de hacerlo, y el par de sílabas sonó
de un modo extraño en sus oídos, como si pertenecieran a una lengua
extranjera. De pronto fue consciente de que habían transcurrido cinco largos
años desde la muerte de su hermana. Bragance dijo unas cuantas frases
torpes y se calló. La había conocido tan poco y hacía tanto tiempo... En ese
momento Gabri pensó por primera vez que a pesar de todo su padre nunca
estaría suficientemente cerca de ella. Pero siguió envolviéndolo con su
ternura. Una ternura que cada vez se volvía más interesada. A veces Gabri
se decía que no había razones para que su padre se negara a divorciarse y
que si ella se lo sugiriera... Y se esforzaba en conquistarlo con ingenua
picardía, como a un novio.
Un día se atrevió a preguntarle:
—Papá, ¿no te gustaría vivir conmigo en un sitio donde hiciera sol y
hubiera flores?
—¿Te refieres a Niza?
—A Niza u otro sitio, no importa dónde, con tal de que siempre haga
buen tiempo.
—Si quieres, el año que viene podemos ir a Niza. Y te compraré un
coche pequeño para que puedas conducirlo tú misma.
—¿Iremos? ¿De verdad?
—De verdad.
—¿Los dos solos?
Léon, un poco sorprendido, no respondió.
—Pues claro que no... Con mami —dijo luego con la voz ligeramente
alterada.
—¡Ah!
Durante el súbito silencio que se hizo entre ellos, padre e hija se miraron
con una desconfianza indefinible.
Gabri posó la cabeza en el hombro de Léon.
—Papá, mi querido papá... —empezó a decir—. ¿Acaso no me quieres lo
bastante paravivir solo conmigo, sin nadie que se entrometa entre nosotros,
sin mamá? Si supieras cuánto te querría, cómo te cuidaría... Mejor que ella.
Vámonos juntos, los dos solos, ¿eh?
—No sabes lo que dices —respondió Léon lentamente con una voz
extraña.
Entonces, Gabri exclamó:
—¡Oh, papá, papá, si tú supieras!
Léon le tapó la boca con la mano.
—Cállate, cállate, por favor... —se apresuró a murmurar—. No me digas
nada...
Gabri no comprendió hasta qué punto era sincero y digno de lástima; sólo
dijo amargamente:
—¡La quieres más que a mí!
—Es que son dos sentimientos distintos... —respondió su padre, como si
pidiera clemencia.
—Ya lo verás —continuó ella, implacable—, te haré más feliz de lo que
ella jamás ha sabido ni querido hacerte. Es una egoísta, es mala, es...
—Basta —la interrumpió Léon—. No sabes lo que dices, hija. No debes
hablar así de tu madre jamás. Tiene sus defectos, pero tú no eres quién para
juzgarla... Y...
A medida que pronunciaba esas frases que los padres repiten como si se
las supieran de memoria, Bragance se fue calmando. Gabri comprendió que
lo estaba perdiendo.
Sin decir nada, volvió a coger la labor y siguió perforando la tela con la
aguja con gesto maquinal. Su padre encendió un cigarrillo. De pronto se
sentían incómodos, como dos extraños.
—Un día te casarás... —dijo al fin Bragance.
«Te casarás, me dejarás, y me quedaré solo, aún más solo que antes. No,
no, prefiero esperar. Pronto será vieja y sólo me tendrá a mí. ¿Quién sabe?,
quizá entonces seré feliz», pensaba.
Pero no dijo nada más, y Gabri no supo comprender.
TERCERA PARTE
1
Francine se arreglaba el pelo de pie ante el espejo de la chimenea. A unos
pasos de ella, Charles, repantigado en un sillón hondo, mordisqueaba un
cigarrillo y guardaba un silencio hosco, inmóvil como un animal astuto. El
prematuro crepúsculo de un día lluvioso llenaba de sombras la habitación
en la que acababan de hacer el amor y la gran cama se extendía revuelta
bajo las colgaduras. Había ropa por todas partes: un abrigo de pieles
descansaba en la alfombra; el sombrero de Francine, colocado sobre el reloj
de pared, ahogaba el ruido del péndulo dorado. En el cuarto cerrado, de
atmósfera asfixiante, flotaba un olor violento.
—Aquí no se puede respirar... —murmuró al fin Charles con el rostro
crispado.
—¡Pues abre la ventana! —respondió Francine con la voz súbitamente
alterada, colérica, pese a la aparente inocuidad de las frases que acababan
de in tercambiar.
Charles se levantó del sillón, se acercó a la ventana y la abrió de par en
par. Una bocanada de frescor húmedo penetró en el dormitorio junto con el
suave ruido de la lluvia. Charles suspiró aliviado y permaneció inmóvil.
Entretanto, con la cara pegada al espejo, Francine se observaba
detenidamente. Se había decolorado el pelo. Sólo ella sabía cuántas canas
tenía en las sienes y detrás de las orejas, cuántas finas arrugas le estriaban
las comisuras de la boca y los ojos a pesar de las capas de maquillaje, a
pesar de los masajes expertos.
Charles cerró la ventana y corrió las cortinas antes de volver junto a ella.
Francine vio en sus ojos esa mirada que conocía y temía más que a nada en
este mundo, una mirada llena de cólera y de un rencor inexplicable.
Y en el acto, con la torpeza perversa de ciertas mujeres, pronunció las
palabras equivocadas.
—¿Ya no te gusta mi perfume? Pues no ha cambiado...
—Pero todo lo demás sí —respondió él con crueldad y añadió—: Tú y
yo...
De pie, uno frente a otro, se escrutaban con dureza.
Esos cinco años habían erosionado la relación. La belleza de Francine,
hecha sobre todo de lozanía y vigor, deslumbrante, magnífica, había tenido
la misma breve madurez que una fruta rebosante de savia. Y ya había
empezado a marchitarse. Charles sentía que esa imagen también se ajustaba
a su amor, demasiado violento, demasiado ardiente. Igual que esos jugosos
melocotones que maduran demasiado pronto, empiezan a pudrirse por
dentro y un buen día se estropean sin motivo aparente.
Toda su relación desfiló en su cabeza. Cinco años de escenas, de peleas...
de celos feroces, de una enfermiza necesidad de torturarse, de doblegar al
otro, de cargarlo de cadenas... Unos sedimentos que ahora volvían a
ascender a la superficie lentamente. Charles había llegado a aborrecer a su
amante hasta tal punto que su perfume, el tacto de sus manos, su voz,
incluso su recuerdo cuando ella no estaba, agitaban en el fondo de su alma
un odio tan salvaje e irracional como antes lo había sido su deseo.
A veces, después de sus citas, el olor de Francine, el recuerdo de sus
caricias, lo perseguía como el espantoso regusto del vino después de una
orgía. Sin embargo, por la terrible fuerza de la costumbre y de los vicios
que compartían, volvía a caer una y otra vez entre aquellos brazos que
intentaban encerrarlo y aprisionarlo, y aún la odiaba más por ello. Ella, con
su ingenuidad de mujer enamorada, no veía en todo eso más que la amenaza
de una posible traición, y lo agobiaba aún más con sus celos, su presencia y
sus tiránicos besos.
—¿Cenas en casa esta noche? —dijo al fin para romper un silencio que
adivinaba peligroso.
—No... no puedo.
—¿Y eso?
—¿Es que no puedo tener un compromiso sin pedirte autorización?
—Antes...
—Deja el pasado tranquilo, por favor.
—Entonces, ¿no quieres venir? —le preguntó Francine con una voz cada
vez más áspera y chillona—. ¿Es eso, verdad?
—No puedo.
—Mientes. Desde hace una semana todos los días te inventas una excusa
para evitarme.
—Evito tu casa.
—¿Y a qué se debe este nuevo capricho?
Charles se enfadó.
—¿Crees que cenar en tu casa delante de tu marido y tu hija resulta muy
agradable?
—Hace cinco años que vienes y nunca me ha parecido que te resultara
desagradable...
—Eso vuelve a demostrar que todo acaba cansando y te repito...
—¡Ah, me tienes harta! —Francine gritó tan fuerte que Charles, con los
nervios a flor de piel, dio un respingo—. ¡No paras de inventar cosas
absurdas! ¡Pues adelante, querido! ¡Ve adonde quieras y con quien quieras!
—Sabes perfectamente que mentía —contestó Charles con rabia y
tristeza—. Si no ceno en tu casa me quedaré aquí, junto a la chimenea, solo
como un perro, o me iré a Montmartre a beber y bailar hasta perder el
sentido... Sabes... Sabes que lo más terrible es precisamente eso —continuó
—. Aparte de ti, no tengo nada, ni familia ni amigos. No tengo un solo
amigo. Estabas celosa de todos. Has alejado de mí a todo el mundo. Estoy
solo. No te puedes imaginar lo horrible que es estar en este piso vacío por la
noche, sentir que estoy solo en el mundo, ¡solo en el mundo contigo!
—¿Ah, sí? ¿Y yo qué? —replicó Francine—. ¿Qué tengo yo aparte de ti?
¿Un marido al que no quiero? ¿Una hija que seguramente no tardará en
dejarme para casarse? Además, ¿qué quieres?, yo no soy una esposa, ni una
madre... O, mejor dicho, mi marido, mi hijo, eres tú... No tienes derecho a
dejarme, ¿me oyes? Juraste que estarías a mi lado toda la vida, recuérdalo,
Charles, recuérdalo...
—Es lo que se jura siempre —masculló él con rencor y luego,
encogiéndose de hombros, añadió—: El amor... una cárcel que nos
construimos nosotros mismos.
Sin decir nada, Francine cogió el abrigo de pieles de la alfombra.
—Adiós... ¿Quieres que sea para siempre?
Él volvió a encogerse de hombros.
—Es difícil —murmuró con una expresión ambigua.
—Acabas de decirme cosas imperdonables.
—Nosotros ya no podemos decirnos cosas imperdonables, mi pobre
Francine. Nos las dijimos hace mucho tiempo...
De pronto, Francine rompió a llorar; suprema estrategia de las mujeres.
Al principio, sus lágrimas lo irritaron. Luego le encogieron el corazón.
Acabó abrazándola.
—Francine, por Dios, es ridículo.
—¡Oh, mi niño, mi niño! Ámame, te lo suplico... —gemía ella
acurrucada contra su pecho.
Él bebió sus lágrimas con melancólica sensualidad y, una vez más, la
deseó con un poso de lástima turbia. Y, una vez más, la tomó.
2
La doncella anunció a la señorita de Winter. Babet te entró en la habitación
de Gabri como un torbellino.
Babette —Roberte de Winter— tenía