Vista previa del material en texto
En memoria de nuestra abuela, Irène Némirovsky Los hijos de DENISE EPSTEIN DAUPLÉ (Emmanuel, Nicolas e Irène) y de ÉLISABETH GILLE (Fabrice y Marianne) Pensando en mamá, naturalmente NICOLAS DAUPLÉ PRIMERA PARTE 1 Gabri y Michette Bragance, paradas en medio de la avenue del Bois de Boulogne, buscaban a su madre entre la multitud. Pero esa gélida mañana de diciembre, clara y radiante, la avenida era un hervidero, y las pequeñas, que volvían la cabeza en todas direcciones, no veían nada. Se encaminaron lentamente hacia la puerta Dauphine. Una fina capa de nieve nocturna relucía a lo largo de las verjas y silueteaba con delicadeza los grandes árboles desnudos. El aire era fresco y tonificante. Gabri y Michette se abrían paso dando codazos a los transeúntes. Mujeres con la falda por la rodilla y el talle exageradamente alto, vestidas a la moda de ese diciembre de 1919, andaban presurosas con sus zapatos de tacón. Peripuestos jovencitos, embutidos en asfixiantes gabanes con martingala, avanzaban en cuadrilla con la cabeza descubierta, como adolescentes ingleses, pero arrugando la nariz por el frío mientras barrían la acera con los amplios molinetes de sus bastones. Algunos jinetes cruzaban la avenida al galope; la gente los miraba con cierta sorpresa. En cambio, los automóviles, más lustrosos que los purasangres, se deslizaban por la calzada. Era un cuadro espléndido, pintoresco, enmarcado a un lado por los plateados árboles del Bois, y al otro por la achaparrada mole del Arco de Triunfo, gris y rosa a la luz del sol. Entre tanta claridad, apenas se veían algunas sombras: unos niños enlutados, un soldado ciego, otro en silla de ruedas, mujeres que caminaban con prisa haciendo flotar un largo velo de crepé... Eso era todo lo que quedaba de la guerra. Gabri y Michette —once y seis años— no se molestaban en mirar nada. Todos los días al salir del colegio iban a esperar a su madre a la avenida; era su obligación, pero la odiaban tanto como las clases de piano. Gabri, con gesto huraño, clavaba sus codos puntiagudos en las costillas de la gente. Alta, flaca y vivaracha, estaba en la edad más ingrata. Llevaba un abrigo de paño verde con el que aún parecía más morena; un vestido demasiado corto hecho con una falda vieja de su madre; calcetines de lana que le dejaban al descubierto las rodillas, llenas de arañazos y moratones, y una boina de lana gris bajo la que danzaban unos rizos cortos alrededor de su delgado cuello. No era guapa; tenía la cara pequeña y salpicada de pecas, y la boca demasiado grande, pero también unos hermosos ojos verdes, profundos y cambiantes. En cuanto a Michette, se parecía a su madre: rubia y de tez blanca, tenía los bonitos ojos azules y la sonrisa mimosa y autoritaria de Francine Bragance. Agarrada con una mano a la manga de su hermana, saltaba a la pata coja esforzándose en hacer rodar un guijarro con la punta del botín, bastante gastado. De pronto se detuvo y, entre risas, gritó: —¡Mami! ¡Allí está mami! ¡La estoy viendo, Gab! —Muy bien, yo también la veo... ¿Y qué? —gruñó Gabri, malhumorada. Efectivamente, «mami» avanzaba hacia ellas. Era una mujer guapa, delicada como una estatuilla: hecha de oro y porcelana, como las muñecas de Sajonia. Su cabellera, su mirada y su sonrisa resplandecían casi tanto como sus dientes, deslumbrantes, muy blancos y afilados, y que además enseñaba a menudo. No estaba sola; iba acompañada de un joven alto, desgarbado y muy elegante. Michette quiso echarse a correr hacia la pareja, pero su hermana la agarró del hombro. —No te muevas —masculló—. Ahora mismo no le hacemos ninguna falta. Gabri sabía que si mami se alejaba lentamente entre los árboles con un señor desconocido no debían correr a esconderse bajo sus faldas. Pero, al verla absorta como una gata ante un cuenco de leche, avanzó hacia ella con malicia. —Anda, Miche, ve a jugar... ¡Vamos! —le ordenó a su hermana. Michette, obediente, se marchó. Acto seguido, Gabri se acercó sigilosamente a la pareja, se colocó detrás de su madre y se puso a escuchar con toda tranquilidad. Pero Francine no veía nada, ni a Gabri, que la espiaba con calmosa desvergüenza, ni a Michette, que se arañaba las manos y se desgarraba el vestido trepando por la verja. Francine flirteaba. Mientras tanto, la hora de comer había pasado hacía mucho rato. Cada vez había menos gente. Sólo los trabajadores que habían salido a tomar el aire después de comer se paseaban para hacer tiempo. Luego también ellos se marcharon. El sol se derramaba sobre la avenida desierta. El estómago de las colegialas, que se habían levantado a las siete de la mañana, rugía de hambre. Michette volvió junto a su hermana. —Tengo hambre... —gimió cogiéndole la mano. —Yo también —respondió Gabri con expresión sombría. No se atrevían a interrumpir la conversación de su madre; les daba mucho miedo. Se limitaban a vigilarla de lejos con ansiedad, pero su bonito y risueño rostro no se giraba hacia ellas. Francine había tomado un chocolate a mediodía y, hacía un rato, dos oportos en el Pavillon Dauphine; no tenía hambre y se había olvidado por completo de sus hijas. —¿Por qué no nos vamos a casa ya? —lloriqueó Michette. Gabri la apartó de un empujón. —Deja de darme la lata... Si tienes hambre, te comes un puño y te guardas el otro para luego. ¿No ves que le importamos un pito? Una violetera, una chiquilla harapienta con un cesto en las rodillas, almorzaba una manzana y un mendrugo de pan dorado sentada en un banco. Las niñas la vieron. La mayor desvió la mirada, pero la pequeña soltó un gran suspiro de envidia que hizo reír a la menesterosa adolescente. Gabri miró con odio a su madre. Luego, apretó los puños y, con voz ronca, masculló un insulto pueril: —Cochina egoísta... 2 Desde que la chispa de la inteligencia había prendido en sus ojos verdes, Gabri observaba a su madre con una profunda animadversión y ese extraordinario talento de los niños para detectar lo secreto y lo anormal en la vida de sus progenitores. Hasta 1914 su padre había sido un simple empleado en un despacho de abogados. A veces los domingos iba a casa de algún compañero de trabajo, padre de familia como él, con su hija. La señora Bragance nunca los acompañaba. Gabri veía viviendas humildes, pero limpias como una patena; niños pulcramente vestidos, alrededor de una sopera humeante que olía a gloria. El mantel estaba zurcido; las baldosas, relucientes; las sillas, bien frotadas. En casa, Gabri, con ojos misteriosamente perspicaces, veía manchas en la alfombra, polvo en los muebles, sietes en las cortinas y tomates en sus calcetines. Mami aún no era la mujer atractiva que frecuentaba las salas de baile y el Bois. Todavía era muy joven. No conocía París. Sus recuerdos se reducían a la mercería de Melun en la que había nacido. De casada, sus días transcurrían entre el piano, la lima de uñas y un tapiz que Gabri nunca vería acabado. De la mañana a la noche, deambulaba por casa en chinelas, sin corsé, envuelta en una bata descolorida, con su hermoso rostro siempre ensombrecido y agriado por una expresión colérica y despechada. Aquella pequeña burguesa, lectora empedernida de novelas, estaba ávida de dinero, de lujo; reprochaba a su marido que no la mimara, que no la distrajera lo suficiente; lloraba durante horas como una niña malcriada. Léon Bragance suspiraba y agachaba la cabeza en silencio, pero a veces perdía la paciencia y también gritaba; echaba en cara a su mujer el desorden, sus gastos absurdos, su pereza, y sus discusiones despertaban a la pequeña Michette, que lloraba en la cuna. Luego llegó la guerra. Bragance fue movilizado, partió al frente, y la vida de Francine cambió de la noche a la mañana. Como tantas otras mujeres, la contienda la puso a trabajar en una oficina, después en una ambulancia y, por fin, en un consulado. Nunca había conocido a hombres como los que se encontró allí. Hasta entonces había sido honesta, seguramente por atavismo, por un vestigio de la áspera virtud de sus antepasadas, pero la virtud no la protegió muchoveintitrés años largos, aunque declaraba veinte y aparentaba dieciocho o treinta dependiendo del día. Era una jovencita menuda, de rostro delgado y ambiguo, con unos ojos muy bonitos y una boca extraña, de labios largos, sinuosos, elásticos y admirablemente perfilados, y sin embargo desagradables y avejentados, en cierta forma. En realidad, todo en ella hacía pensar en un capullo marchito antes de madurar, pues tenía una apariencia juvenil y, al mismo tiempo, un aire de profundo cansancio. Gabri la había conocido unos años antes en la clase de dibujo a la que iba de vez en cuando. Miss Allan no le había permitido intimar con ella porque no le parecía «una chica como es debido», pero, al marcharse la institutriz, Gabri y Babette se hicieron inseparables de inmediato. Y a la señora Bragance no sólo no le importaba, sino que, secretamente, la halagaba que su hija se relacionara con una joven de buena cuna. Gabri tenía una idea más ajustada a la realidad. La supuesta baronetesa de Winter, presunta viuda de un baronet inglés, era simplemente una antigua cortesana aficionada a la morfina. Babette, su única hija, criada a la buena de Dios, arrastrada de palacio en palacio desde su más tierna infancia, era más que libre en sus palabras y modales. Gabri sentía curiosidad y atracción por ella, aunque también una ligera repulsión. Pero, como Babette era más mayor y había tenido muchas y variadas experiencias, le inspiraba respeto y la obedecía. —¿Salimos? —preguntó Babette al entrar. —De acuerdo —dijo Gabri. —¿Y adónde vamos? —Pues... no sé. Donde quieras. —¿A la rue de La Boétie, como anteayer? —Muy bien. En la escalera, se cruzaron con la señora Bragance, que les sonrió distraídamente. —Buenos días, niñas. ¿Adónde vais? —Al Collège de France, señora, a mi clase de Paleontología —respondió Babette. —¡Ah! ¡Pues que os divirtáis! —respondió Francine en el acto, sin apenas escucharla. —¡Vaya, tu madre no es nada severa! —comentó Babette cuando las dos chicas se quedaron solas. —¡Querrás decir que le trae todo sin cuidado! Las dos amigas se miraron. Babette suspiró. —¡Bah, como a todas las madres, cariño! —dijo con una mezcla de ironía y lástima. Se quedaron un momento calladas, entristecidas por una amarga oleada de recuerdos similares. —¡Bueno, ahora ya no las necesitamos! ¡Puede que pronto sean ellas las que nos necesiten a nosotras! —dijo Babette encogiéndose de hombros. Gabri comprendió que su amiga pensaba en la vieja baronetesa, que vagaba por el hotelito de la rue de Prony vestida siempre de negro, con el pelo teñido y los ojos demasiado brillantes y hundidos, grotesca y atemorizadora como una bruja de Goya. Y el rostro de su madre, cansado, tenso, le pareció envejecido. Babette paró un taxi y dio la dirección de la sala de baile. Casi todos los días, Roberte llevaba a Gabri a un nuevo dancing. La primera vez entraron en uno, un día lluvioso, Gabri tuvo la extraña y embriagadora sensación de estar pecando sin peligro. Salió encantada. Desde entonces, las dos chicas pasaban muchas horas en los tés danzantes de París. Gabri disfrutaba enormemente durante esas escapadas. Había que tener mucho cuidado para no encontrarse con la señora Bragance, a la que también le gustaba frecuentar esos lugares. Cada vez que creía reconocer de lejos una silueta parecida a la de su madre, Gabri sentía un estremecimiento delicioso. Era una mezcla de miedo e ingenuo placer anarquista por estar desafiando al mundo entero y de admiración ante su propia desvergüenza. Y, además, empezaba a encantarle aquella atmósfera febril y cálida hecha de perfumes, polvo, humo de cigarrillo, vapores de alcohol, público ambiguo y música estridente de los grupos de jazz. Pero, sobre todo, adoraba bailar. Para aquella jovencita intacta, el baile era casi el amor que no conocía. De los abrazos, el cuerpo a cuerpo, el lento y cadencioso balanceo, de los roces, del silencio de las parejas, la música salvaje, de todo aquello emanaba una voluptuosidad inofensiva, poetizada, velada, solapada. Sin embargo, tenía la certeza de no estar haciendo nada malo. Sí, bailaba con desconocidos, pero eludía las muchas y diversas proposiciones que le lanzaban. A veces, como una travesura, fingía aceptar una cita, aunque luego nunca acudía. De todos modos, se estaba acostumbrando a aquella vida extraña sin darse cuenta; cada vez le parecía más natural, más normal, todo lo que veía alrededor. Las insólitas parejas que pasaban abrazadas, las gruesas señoras maquilladas que, con espantosa ternura de ogresas, apretujaban a jovencitos atildados contra su pecho, los demacrados rostros de los cocainómanos y tantos otros vicios y taras entrevistos, imaginados, todas las aberraciones, todo el libertinaje de esos ambientes peculiares... Nada la sorprendía, nada la escandalizaba. Casi creía que aquélla era la vida normal y que no había otra, y cada día el sentido del bien y del mal, que nunca había estado muy definido en ella, se difuminaba y ensombrecía un poco más. Por la noche, al volver a casa, sentada frente a sus padres durante la cena, rememoraba el día con delectación y una turbia y abominable complacencia. Su doble vida le proporcionaba una oscura e intensa satisfacción; la misma sensación de venganza que de niña la había consolado frente al desamparo y egoísmo de los suyos. Llegaron. Cruzaron la puerta, custodiada por dos porteros negros en librea escarlata. La sala estaba tan abarrotada como de costumbre. Con el brazo extendido y la bandeja oscilando, los camareros zigzagueaban entre los grupos tarareando maquinalmente canciones de baile. Gabri y Roberte sonrieron a las bailarinas del local, con las que ya tenían confianza. Eran dos chicas italianas de piel dorada, Adelina y Felicia, frioleras como aves tropicales. A veces las dos amigas las invitaban a un oporto o a cigarrillos. —Hoy voy a presentaros a un bailarín estupendo. ¿Qué os parece? —les dijo Adelina. —Es un profesional —explicó Felicia—, pero es un chico bien, un noble ruso. Se metió a bailarín después de la Revolución para sobrevivir. Le hicieron una seña a un joven que tomaba un refresco en un rincón. El chico se acercó. Adeline lo cogió de la mano. —¿Sacarás a bailar a estas dos chicas tan guapas, mio caro? Ella es la signorina Roberte y su amiga, la signorina Gabriella. —Luego, volviéndose hacia el sonriente joven, acabó las presentaciones—: Y él es el conde Nikitov. —Antiguo teniente de la guardia imperial y, en la actualidad, bailarín en el Tilbury-Montmartre —añadió el chico. Era muy guapo, de estatura media pero esbelto, con una elegante cabecita muy erguida y muy rubia, de un tono poco habitual, como plata sobredorada, los ojos azul pálido y el cutis de una chica. En medio de tanta blancura, sus labios, tan rojos que parecían pintados, llamaban poderosamente la atención. Se inclinó ante Gabri y la rodeó con los brazos. Mientras duró el baile habló poco y sólo de cosas triviales y correctas, como si estuvieran en un salón. Hablaba francés a la perfección, aunque a veces buscaba las palabras y sus titubeos parecían pura coquetería. Volvió a acompañarla a su sitio, se despidió con un gesto silencioso y se marchó. Sin embargo, al día siguiente la recibió con una sonrisa llena de familiaridad y pidió permiso para sentarse a su mesa. Luego empezó a hablar con gran desenvoltura y una naturalidad un poco burlona. Le contó que, antes de la guerra, había vivido una temporada en París, que había vuelto después de la Revolución, arruinado, y que había aceptado aquel trabajo de bailarín para no morirse de hambre. —Porque en realidad sólo sé hacer tres cosas —aseguró despreocupadamente—: conducir un coche, montar a caballo y bailar. Mi primo, el príncipe Alchersky, trabaja como chófer —añadió encendiendo un cigarrillo—. Se gana bastante, pero las manos se estropean de un modo horroroso... Gabri lo encontró encantador. —¿Viene aquí a menudo? —le preguntó. Nikitov la miró bajando las largas pestañas. —Vendría, si tuviera la certeza de encontrarla... —¡Pues venga mañana!—respondió Gabri con tanta espontaneidad que el joven sonrió. —A sus órdenes, señorita... Gabri... Se llama así, ¿verdad? Ese día acompañó a Gabri y Babette hasta un taxi y les besó la mano. Cuando las dos amigas desaparecieron, lanzó cinco francos al portero que miraba las musarañas bajo el porche y se fue a esperar el autobús a la esquina. 3 El conde Genia Nikitov y Gabrielle se hicieron amigos con una rapidez sorprendente. Al principio se encontraban en la sala de baile de la rue La Boétie; luego, en otros locales similares, y más tarde en discretos barecitos que conocía Nikitov. Como el restaurante de Montmartre en el que bailaba no abría hasta medianoche, él estaba libre todo el día. Varias veces llevó a las dos chicas a la rue de Prony o la place d’Iéna. Al principio, Babette salía con ellos, pero no tardó en aburrirse, y a Gabri no le molestó que la dejara sola con Genia. Tenía con él una relación extraña y ambigua. Genia parecía encontrar sus citas y su camaradería tan normales que, por imitación, Gabri las aceptaba con la misma naturalidad. En el momento de despedirse, él le preguntaba simplemente: —¿Dónde quedamos mañana, jovencita? Y Gabri, sin sorprenderse y con tan poco pudor como él, le respondía que «En tal sitio, a tal hora». Le había dicho su nombre completo y quién era, pero a él parecía importarle muy poco. —Eres encantadora —le decía a veces—. Estoy muy contento de que nos hayamos conocido. Eso halagaba infinitamente a Gabri, que apreciaba en gran manera la delicadeza de Genia, sus modales anticuados y la elegante indolencia de su conversación. Había viajado muchísimo, y a veces Gabri lo escuchaba como una niña hojeando un libro ilustrado, con la misma ávida y vaga curiosidad. Quedaban casi siempre en la orilla izquierda, donde Gabri estaba segura de que no se cruzaría con nadie conocido. Se sentaban en la sala baja de cualquier tabernita, en la esquina de una calle tranquila, a la orilla del Sena. Si hacía buen tiempo, echaban a andar sin rumbo fijo por los muelles. El ruido de las embarcaciones bajo los arcos de los viejos puentes, el olor del agua, los largos toques de silbato que desgarraban el apacible atardecer... Para Genia, todo se traducía en recuerdos de países lejanos, de vagabundeos por ciudades y puertos... Hablaba con frases precisas y coloristas, y Gabri veía alzarse en la bruma rojiza regiones maravillosas, pero más que sus historias la cautivaban sus silencios, aquella alma apenas vislumbrada, despreocupada y melancólica, sencilla y a la vez complicada, voluble, diferente, o que lo parecía simplemente porque era extranjera. —¿Puedes salir por la noche? —le preguntó Genia un día. —¿Por qué? —Me ha invitado un amigo, el príncipe Twerskoi. El lunes ha organizado en su casa un recital de canciones zíngaras para rusos sin recursos. Me gustaría llevarte. —Pero yo no conozco a tu amigo... —¡Da igual, es un acto benéfico! Habrá un montón de gente en tu misma situación. Y como todos serán rusos no habrá peligro de encontrar a ningún conocido. —Ya, pero, de todas formas, escaparme de noche no va a ser fácil. —¡Qué pena! —murmuró Genia, decepcionado—. Me habría encantado... —¿Son bonitas las canciones zíngaras? —Bonitas, no sé. Son salvajes, sinceras, especiales... Gabri cavilaba. —Bueno, en realidad... es factible —dijo al fin—. Diré en casa que la señora de Winter nos lleva al teatro a Babette y a mí. Babette vendrá a buscarme, y nos encontraremos en... La parada de autobús de la place d’Iéna, por ejemplo, ¿te parece? —Pero ¿nos acompañará Babette? —Sí, yo me encargo de convencerla. ¿Te parece mal? —Tu amiga Babette no me cae demasiado bien... Pero no importa. Entonces, ¿quedamos así? —Sí. Era en Auteuil, en una mansión lúgubre precedida por un jardín sombrío. El vestíbulo, enorme y glacial, estaba desnudo. Habían colocado las sillas en el salón, una habitación inmensa con un papel pintado gris con florecillas en las paredes. —En otros tiempos —dijo Nikitov—, los suelos estaban revestidos con alfombras maravillosas y las paredes con una antigua y preciosa seda de Manchuria verde y azul, como tus ojos cuando hace sol, Gabri. Había flores; era cálido y luminoso. Durante doce años, aquí se celebraron las fiestas más espléndidas de París, pero poco a poco todo eso acabó, se fue vendiendo todo... No sé cómo se las ha arreglado Twerskoi para conservar la casa; pero, de todas formas, no seguirá siendo suya mucho tiempo. Y él es muy mayor... Es una lástima, era un gran señor... Ya no quedan muchos como él. A su alrededor había varias mujeres que parloteaban en voz muy alta mezclando dos o tres lenguas a la buena de Dios. Los tres amigos se sentaron en primera fila. —Esto va a ser un tostón, seguro —gruñó Babette. En el pequeño estrado, rodeado de plantas, apareció una mujer. No era joven. Era muy alta y corpulenta; tenía la tez pálida, los labios delgados y exangües e iba totalmente de negro, con un vestido cerrado, austero, sin adornos. Causaba una impresión extraña; un poco atemorizadora. Iba toda negra y blanca, como si fuera de luto. Saludó sin sonreír. Un joven lívido y desgarbado, como uno de esos Pierrots de trapo que estaban de moda, se sentó a sus pies, cogió una guitarra y tocó unos acordes. La mujer empezó a cantar. Desde las primeras notas, Gabri sintió que un escalofrío le recorría la piel. La mujer cantaba sin moverse con una voz grave, lenta, desgarradora. Gabri no comprendía la letra, que seguramente se parecía a la de todas las canciones del mundo, pero aquella música enfebrecida y somnolienta no se parecía a nada que hubiera oído antes. Cuando la zíngara lanzó su último grito, salvaje y profundo, y volvieron a encenderse las luces, nadie dijo nada, nadie aplaudió. Había hombres con los ojos llenos de lágrimas... Luego el público aplaudió frenéticamente. Hubo un confuso barullo de sillas arrastradas, de conversaciones, de risas... Genia se volvió hacia Gabri. —¿Te ha gustado? —le preguntó en voz baja y con cierta ansiedad. —Gustar no es la palabra —respondió la chica lentamente—. Pero creo que jamás olvidaré a esa mujer de negro. Él la miró largamente, con agradecimiento. —Me alegro de haberte hecho oír esto. Ahora casi siento que comprendes mi lengua. —Efectivamente, la comprendo —dijo Gabri. Estaban subiendo al estrado un gran piano de cola. Genia miró su programa de mano. —Vayámonos —propuso—. Lo que viene ahora ya no tiene ningún interés. La mitad de la sala estaba vacía. La gente sólo había venido para oír a la mujer alta vestida de negro, una cantante famosa en otros tiempos. Genia vio que el vestíbulo estaba abarrotado. —Saldremos por el jardín, será más fácil. Abrió una puerta y se encontraron en el exterior. El jardín era enorme, pero estaba descuidado, invadido por los hierbajos y las zarzas. Tomaron un sendero que apenas era lo bastante ancho para una persona. Había que apartar la vegetación con ambas manos mientras la ropa se enganchaba en los arbustos bajos. Babette encabezaba la marcha, seguida por Gabri y Genia. Había llovido durante el día y olía a hierba mojada. Una gruesa gota que temblaba en la punta de una hoja cayó en el cuello de Gabri, que se estremeció y volvió la cabeza. De pronto, Genia le cogió la cara con las dos manos, se la echó hacia atrás y la besó en la boca con tanta fuerza y a la vez con tanta suavidad que Gabri primero contuvo un grito y luego se detuvo sin aliento. —Démonos prisa —dijo Babette—. Me parece que vuelve a llover. Genia soltó a Gabri. Corrieron hasta la verja del jardín. Gabri, con flojera y la mente en blanco, temblaba de pies a cabeza. Un taxi los esperaba. Subieron. Babette parloteaba sin cesar, y su aguda voz, falsamente infantil, era tan molesta como el sonido de una carraca. De vez en cuando, con gesto maquinal, Gabri se tocaba la boca, que le ardía, y de su interior surgía un confuso estremecimiento, un espasmo animal y divino. Genia indicó al taxista que parara en la esquina de la place d’Iéna. Gabri se apresuró a apearse. —¿Hasta mañana? —le preguntóGenia. Ella asintió con la cabeza y se alejó a toda prisa. Tenía la sensación de caminar, de hablar, de actuar dentro de un extraño sueño que no sabía si era agradable o doloroso. Se acostó. Fue una noche rara, no la olvidaría jamás, una noche de fiebre y sueño ligero salpicado de imágenes, súbitamente interrumpido por recuerdos agudos como la punta de una flecha. En cuanto cerraba los párpados, aparecía de nuevo la cabeza rubia, tan pálida en la tenue claridad de la luna, y una y otra vez su mano, hechizada y dócil, buscaba en la comisura de los labios el lugar quemado por el ávido beso. 4 La suya fue una novela singular, sin palabras de amor, sin un solo proyecto de futuro. Gabri era demasiado sensata para soñar con la posibilidad de casarse con Genia o fugarse con él, en definitiva, para imaginar alguna solución para su aventura. Era consciente de que no la había. Él era un extranjero, un hombre que estaba de paso y podía desaparecer de su vida tan rápido como había entrado, y Gabri lo sabía. En realidad, ni siquiera estaba segura de quererlo. Cuando se decía que seguramente tenía otras amantes, no sentía nada. ¿Estaba enfermo?, ¿triste? Eso sólo la afectaba si él no se presentaba a una cita, o si estaba de mal humor, taciturno y huraño. Sin embargo, estaba hechizada por él, por la magia de los primeros besos, y a veces tenía la sensación de rodar por un camino en pendiente hacia un final que no veía... que no quería ver. Quedaban casi todos los días. Él le hablaba en un tono ligero y fraternal, pero de pronto se callaba y, en la oscuridad de un taxi o en la penumbra de un saloncito de té, se arrojaba sobre ella, la abrazaba y la apretujaba mientras le lastimaba los labios con besos furiosos. Después se quedaba quieto, con la cabeza apoyada en su pecho, oyendo sus latidos acelerados bajo la tela fina de su vestido, y murmuraba palabras en una lengua salvaje y dulce desconocida para ella. Gabri se acurrucaba en su ardor sin miedo ni vergüenza, como un animalillo doméstico, y él saboreaba en los labios nuevos de aquella chiquilla un profundo y sutil placer que ninguna otra mujer le había dado hasta entonces. Un día, después de caminar juntos largo rato por los Campos Elíseos en la claridad rosácea de un crepúsculo de mayo, Gabri le propuso acompañarlo hasta la rue Fontaine, donde vivía él. Esa tarde se sentía dominada por la sensualidad y una intensa ternura. Fue ella quien le cubrió las manos y los labios en el taxi. Últimamente Genia parecía nervioso, preo‐ cupado; había faltado a varias citas. Ella le había escrito largas cartas en las que se quejaba de su aislamiento. Decía sentirse «tan sola, tan sola» en aquella gran casa «en la que nadie me quiere», y le hablaba de su madre, egoísta e indiferente, y de su taciturno padre. Y a continuación le escribía palabras de amor llenas de un cinismo ingenuo. En todas sus cartas había un poco de sinceridad, pero, sobre todo, mucha literatura, mucho artificio inconsciente. Él volvía, pero cada vez más inquieto, más silencioso, con un ardor triste y apasionado. Esa tarde Genia la besó como nunca la había besado, y un orgullo nuevo, intenso, invadió a Gabri mientras jadeaba y desfallecía en sus labios. Al salir del taxi se tambaleaban un poco, como si hubieran bebido. Se había hecho de noche. Hombres y mujeres jóvenes se apresuraban a abandonar las oficinas y las tiendas. Bajo cada farola de gas se veía una pareja abrazándose en silencio a la salida del trabajo. Todas eran tan parecidas que semejaban la misma pareja reflejada en una fantástica sucesión de espejos. Genia tiraba de Gabri. —Ven a mi casa —le dijo en voz baja y ardiente. Ella lo dejaba hacer como en un sueño perturbador y delicioso. Genia casi la llevó en volandas por la escalera en penumbra. Ahora estaban de pie frente a frente en un cuartito a oscuras por las cortinas corridas. Detrás de un diván bajo, Gabri vio brillar la minúscula lámpara roja de un icono, como un rubí prendido en una tela negra. Con la cabeza gacha, Genia guardaba silencio. Gabri lo miró e hizo un brusco movimiento de retroceso, como si en lugar del rostro familiar de Genia hubiera visto el de un desconocido. Con la mirada turbia, parecía un animal peligroso a punto de saltar sobre ella. De repente, toda la alegría de Gabri, toda su impura felicidad, incluso ese orgullo tan nuevo ante su poder de mujer, todo desapareció. Comprendió que estaba a merced de aquel extraño, de su deseo, de su brutalidad, y tuvo miedo, un miedo horrible, instintivo. Y, extendiendo las manos como una niña pequeña a la que quieren pegar, gritó aterrada: —¡Déjame, déjame! ¡Quiero irme, quiero irme! ¡Déjame! Pero él la agarró de las muñecas y la atrajo hacia sí con tal violencia que Gabri chocó contra su pecho. Su inesperada resistencia sólo conseguía enardecerlo. Gabri se debatía, se contorsionaba, se indignaba, chillaba. Aquel hombre, al que tan a menudo se había abandonado con absoluta confianza, se había convertido en su atávico adversario: el macho. Arañó la cara pálida que se inclinaba hacia ella y mordió esos labios llenos de avidez. —No grites... —le dijo Genia entre jadeos—. Es inútil, créeme... Primero, porque no vendrá nadie y, segundo, porque, si viniera alguien, aún sería más terrible para ti... Piénsalo... Pequeña, pequeña... te deseo tanto... Si supieras... si supieras... Y, efectivamente, a ella le dio miedo provocar un escándalo, atraer a gente con sus gritos y que la condujeran a casa de sus padres. Genia la empujó hacia el diván; Gabri cayó de espaldas. Él le sujetaba las muñecas con puños férreos y la movía como a un objeto inanimado. Hubo una larga lucha brutal, encarnizada; pero Gabri sabía que él era más fuerte, y acabó por quedarse quieta, con los brazos extendidos y las manos abiertas, como clavada en una cruz. Era algo horrible, indescriptible, doloroso, una pesadilla... Luego, de golpe, Genia se separó de ella y se desplomó a su lado pesadamente. Gabri se apartó y lo miró. Una sensación parecida a la náusea le revolvió el estómago. Un solo instinto subsistía en ella: huir. Mecánicamente, se estiró la ropa y cogió el abrigo y el sombrero. Genia se movió. Despavorida, Gabri se precipitó a la puerta, volcó una silla a su paso, abrió la puerta, bajó la escalera corriendo y se lanzó a la calle como si huyera de un edificio en llamas. Entonces se detuvo, desfallecida. Un taxi se acercaba lentamente bordeando la acera. Le hizo una seña, subió y dio la dirección maquinalmente. Luego, una vez sentada, sintió que se desmayaba y se dejó caer en el respaldo, casi inconsciente. Poco a poco, reanimada por el aire que entraba por la ventanilla, volvió en sí. Se pasó la mano por la frente varias veces mientras murmuraba con desconcierto: —¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué repugnante, qué repugnante! Al llegar a casa se arrastró hasta su habitación y se acostó de inmediato. Por encima de todo, necesitaba paz y silencio. Sus padres no estaban. Mucho más tarde oyó ruido en el piso. Era su madre que volvía. De pronto la asaltó una visión del pasado tan nítida que, estremecida, abrió los ojos en la oscuridad como si hubiera visto una alucinación. La noche que murió Michette también oyó los pasos sigilosos de su madre, que, como siempre, volvía a casa canturreando en voz baja. Sintió que esa noche también había muerto algo precioso en ella... y que estaba sola, igual que Michette. Odió a su madre tanto como el día en que murió su hermana. La hacía responsable de todo. La culpa era de ella. ¿Por qué no la había vigilado y protegido? Si fuera una buena madre, ella jamás habría conocido aquel horror, aquella ignominia. Rompió a llorar deses peradamente en la oscuridad de su cuarto, mordiéndose las manos y las sábanas para que no la oyera... Y una y otra vez, con una sinceridad pueril y trágica, repetía: —¡Oh, cómo me gustaría estar muerta! ¡Dios mío, Dios mío, hazme morir! Pasó los siguientes días sumida en una sombría postración. Se pasaba horas en un sillón dándole vueltas a lo mismo una y otra vez con la miradaperdida. Pensaba con rencor en las salas de baile, su amistad con Babette —a la que se negaba a ver y a la que un día había puesto de patitas en la calle sin contemplaciones— y, sobre todo, el amor de Genia, ese hombre brutal, pero al final siempre emergía un mismo odio salvaje: «La culpa es de mi madre... La culpa es suya, sólo suya...» Recordaba sus sueños infantiles de venganza y los recuperaba con una voluptuosidad abominable. ¡Quería vengarse, vengar a Michette, hacer que aquella mujer egoísta y cobarde sufriera de una vez por todas! Un día Gabri tuvo un encuentro que exasperó su resentimiento hasta convertirlo en un frenético deseo de destrucción. Por fin se había decidido a salir a la calle. No había dado dos pasos cuando se topó con Genia. Él la agarró del brazo. —Vuelve a mi casa... Te deseo, Gabri... Te amo... —Déjame —balbuceó ella con los dientes apretados, temblando de cólera y terror—. Vas a dejarme tranquila, ¿entendido? Pero él ni siquiera la escuchaba. —Dime que volveré a verte —insistía—. Dime que vendrás... Te amo... —No volveré jamás, ¿me oyes? ¡Jamás! —Mira, Gabri, ten cuidado, no me conoces. Puedo hacerte mucho daño. Si alguna vez te veo con otro, te... Haré que te encierren... Ten cuidado... Gabri se soltó y huyó, pero aún oyó a su espalda: —Ten cuidado, Gabri... Se sentía llena de rabia, como un animal acosado. El ansia de hacer daño desencadenaba en ella una pasión destructiva. Una noche... Era una noche de primavera tan cálida que habían dejado entreabierta la ventana del salón. Francine tocaba el piano. Una sola lámpara rosa iluminaba la habitación. Gabri estaba de pie delante de la ventana. De vez en cuando, una ráfaga de viento traía el olor dulzón de un árbol del caucho que había florecido en el jardín vecino. Fuera, un globo eléctrico brillaba como una gran luna rosácea, nimbando el fino perfil de Gabri con una claridad fantasmagórica. Charles, medio tumbado en el sofá con un cigarrillo entre los dedos, observaba a la adolescente. —Es increíble cómo ha crecido Gabri en poco tiempo —dijo al fin—. No me había dado cuenta. Ahora ya es una mujer... ¿Cuántos años tienes, Gabri? ¿Dieciocho, no? —Diecisiete —lo corrigió Francine con voz seca. Gabrielle sonrió. Se le acababa de ocurrir una idea curiosa. Al cabo de unos instantes, como su madre seguía tocando con expresión absorta, rodeó lentamente el piano y se acercó a Charles. —¿Te encuentras bien? —le preguntó—. Estás muy pálido... No le hablaba casi nunca, y Charles, que conocía su tozuda hostilidad de niña e intuía sus causas profundas, quedó totalmente desconcertado por la caricia de su voz. —Me duele un poco la cabeza —dijo al fin. —¡Oh, pobrecito mío! Estaba de pie detrás de él. Tras un instante de duda, posó la mano en la frente del joven. Charles, con los ojos cerrados, guardaba silencio. Gabri lo supuso sorprendido, encantado por la sencilla caricia, por su perfume y la blancura de su vestido en la penumbra. Entonces, quiso saber más... Con el corazón palpitante, como un ladrón a punto de cometer un robo, se inclinó hacia él rápidamente. Charles sintió en los párpados cerrados el leve roce del pelo de Gabri y en la boca el de unos labios húmedos y deliciosamente frescos. Soltó un «¡Ah!», como quien cae al agua, y luego un profundo suspiro. Gabri vio brillar en la semioscuridad sus ojos, inmóviles y brillantes. Se irguió lentamente, cruzó el salón y se detuvo frente a la ventana. La señora Bragance no había visto ni adivinado nada. Una alegría malévola henchía el pecho de Gabri. Sonrió. Le habría gustado soltarle a su madre: «Ahí tienes mi venganza, al fin... ¿A que no ha sido tan terrible?» 5 El día siguiente, el otro y durante toda la semana, Charles, que podía llegar a estar quince días sin subir el puñado de peldaños que lo separaba del piso de sus primos, comió y cenó con ellos sistemáticamente. La rondaba con una expresión ansiosa e inquieta que divertía mucho a la adolescente. Naturalmente, pensaba que Gabri debía de estar enamorada de él desde hacía tiempo, y eso lo halagaba, lo conmovía, le encantaba... No sentía el menor remordimiento o temor sobre el futuro de esa relación porque sus expectativas eran nulas. Estaba convencido de que nunca la querría... No se daba cuenta de su indefensión frente a aquella chiquilla. «Pobrecita, ¿seré el primero que la hace sufrir por amor?», se preguntaba con una mezcla de lástima y orgullo que lo perturbaba deliciosamente. Y de aquella simpatía afectuosa con la que se acercaba aún más a ella nacía una emoción confusa y atormentada. La comedia duró semanas. Gabri obtenía múltiples y sutiles satisfacciones. Jugaba al amor... Le encantaba tener en sus manos los hilos de aquel gran títere al que hacía bailar a su antojo. Era un juego cruel, exquisito. Se había propuesto conquistar a Charles para vengarse y llenar de lágrimas los duros ojos azules de su madre —aquellos ojos que nunca habían llorado, o eso creía ella—, pero el placer de la caza le estaba haciendo perder de vista el verdadero objetivo. En cuanto a Charles, se dejaba engañar como un pipiolo. Gabri, creía él, era tan cándida, tan ingenua, tan niña... Por supuesto, Francine se había percatado de los nuevos modales de su hija, pero más que enfadada estaba satisfecha. Ahora Charles venía tanto a casa... a su edad, tal vez necesitaba un hogar, tratar con niños... Porque Francine, con esa mirada distorsionada de las madres que no quieren envejecer, seguía viendo a Gabri como una niña; para ella, su hija había dejado de crecer el día en que se había convertido en una jovencita. Ni se le había pasado por la cabeza que un hombre quisiera besar a su hija partiendo de otro sentimiento que no fuera el cariño de un hermano mayor. Entretanto, el juego continuaba. Charles, nervioso, acosado, luchaba contra un deseo oscuro, inconfesable. Se sentía tan aturdido como en sus inicios con Francine. Entonces nada había frenado su pasión desbocada; furiosa como un ataque de locura salvaje. Eso había conquistado y sometido a Francine, y Gabri, que se parecía a su madre más de lo que creía, también parecía extrañamente subyugada y entregada. Ahora, siempre que salía de casa, Gabri se encontraba con Charles en la escalera como por casualidad. Él se hacía el sorprendido, pero la llevaba al Bois de Boulogne o al cine y le hacía regalos, sin abandonar esa jovial actitud protectora y paternal. Pero, de común acuerdo, no le decían nada a Francine, que se devanaba los sesos intentando adivinar dónde se metía Charles y por qué parecía tan voluble últimamente: ahora cariñoso y suave, como atormentado por un remordimiento secreto, y un minuto después, hosco y duro sin motivo. ¿La engañaba? ¿Y con quién? Pasaba noches en blanco llorando, lamentándose, desesperándose, buscando ávidamente en el espejo, con una angustia horrible, las primeras canas, las primeras arrugas, maquillándolas, arreglándose, tragándose las lágrimas, adentrándose, en definitiva, en ese largo calvario que recorren las mujeres maduras enamoradas. Mientras tanto, como si fuera un juego, su hija se adueñaba del corazón de Charles, tan vulnerable, fácil de retener y tan débil desde el punto de vista de Gabri. Una mañana, al volver de un paseo con Charles, la doncella salió a su encuentro. —Señorita... —dijo susurrando con un aire misterioso—. Señorita, hay un señor que desea hablar con usted... Baje un momento, señorita... Ese caballero la espera en la calle. Gabri imaginaba quién era. Su madre todavía dormía. Temiendo un escándalo, bajó. Vio avanzar hacia ella a un joven alto y pálido con los labios demasiado rojos. Habló la primera. —¿Qué has venido a hacer aquí? No me das miedo, ¿sabes? Sólo me aburres. Vete... Pero él parecía resuelto a quedarse. Tenía una mirada extraña, vaga y huidiza. —Te pido perdón —dijo—. Necesitaba hablar contigo. Escúchame... Me voy... Me marcho a Holanda, con el Gran Duque, que me reclama. No volveré jamás. —Gabri hizo un movimiento. Genia continuó—: No nos veremos nunca más. Por eso, Gabri, antes de que mevaya... Una última vez... sólo una... Dime, ¿vendrás? Después me marcharé, y todo habrá acabado... Sólo una vez. —No. —Gabri, no puedo olvidar tu cuerpo... Una última vez, sólo una, por compasión... una hora... —No. —Pero ¿por qué? ¿Por qué, Gabri? No se puede jugar con un hombre como si fuera una muñeca. Y te deseo tanto... Si tú supieras... ¿Por qué te niegas? —Porque me das asco —respondió lentamente Ga bri con voz tranquila. Genia palideció. —Y ese chico alto y moreno con el que sales todos los días, después de asegurarte de que las ventanas de tu madre están cerradas, ¿no te lo da? —No. —Gabri, no quiero... No quiero que ningún otro te tenga... —¿Y crees que podrás impedirlo? —Sí, lo creo —dijo Genia en un tono extraño. Gabri lo encontraba tan patético que se encogió de hombros. —No me das miedo, ¿sabes? Buenas tardes —dijo con voz clara, y dio media vuelta. Él volvió a erguir su delicada cabeza. —Estás cometiendo un error. Adiós. Gabri subió a casa, más inquieta de lo que habría estado dispuesta a admitir. Quizá había hecho mal despidiéndolo de aquel modo. Podía vengarse. Pero ¿cómo? ¡Bah, lo único que quería era asustarla! De pronto sintió una ligera punzada en el corazón; recordó que le había escrito cartas, ¡y qué cartas! Subía la escalera lentamente, cabizbaja. ¿Sería capaz de semejante vileza? ¿Y por qué no? ¿Acaso lo conocía? No era más que un aventurero, un desclasado... Volvió a ver sus peligrosos ojos azul pálido. Pero ¿de qué servía torturarse por adelantado? El tiempo pondría las cosas en su sitio. A sus diecisiete años no le costó ahuyentar la angustia que las palabras de Genia habían hecho brotar en su interior. A los diecisiete años, tienes toda la fuerza del mundo. A la mañana siguiente, Gabri acompañó a Charles a probar su coche nuevo en el Bois. Era una mañana de primavera extremadamente agradable. Una tenue bruma envolvía con una fina niebla dorada las casas, los árboles y la blanca tribu de estatuas de los jardines. La ciudad olía a asfalto recalentado, polvo y rosas tempranas. El cielo, de un azul resplandeciente y muy nuevo, parecía una inmensa pieza de seda perfectamente extendida, sin un pliegue de sombra. El coche de Charles, dócil, ligero, circulaba por los paseos del Bois. Había mucha gente. El ruido de los motores, el galope de los caballos y los lejanos acordes de una orquesta ahogaban el canto de los pájaros en las ramas de los árboles. —Vamos a bajar —ordenó Gabri ante el jardín del Pré Catelan. Le ardían las mejillas, arreboladas por el viento. Entraron en la gran galería, llena de sol y mujeres elegantes. En un entarimado rodeado de plantas, unos músicos afinaban sus instrumentos. En el techo, los inmensos ventiladores zumbaban como enormes avispas cautivas. Gabri y Charles se sentaron cerca de una de las grandes puertas vidrieras. El sol entraba a raudales y la luz bañaba los manteles, de un blanco crudo y con la rigidez de la tela demasiado nueva; incendiaba la cristalería y arrancaba destellos a un diamante en una mano desnuda; cubría de manchas cegadoras los vientres de plata de los grandes calientaplatos con ruedas que los camareros paseaban de mesa en mesa. Y todo el parque, los árboles, los macizos de césped, el cielo, un sombrío tejo, un lilo cargado de pesados racimos de flores, se reflejaba en los espejos colocados frente a las anchas puertas vidrieras, que parecían prolongar más allá de las paredes el cálido esplendor de aquel hermoso día de junio. Charles pidió bebidas frías y unas fresas para Gabri, que acababa de verlas servidas en unos cestillos de mimbre. —Me gustaría probarlas... —había dicho con avidez infantil—. ¿Puedo pedirlas? —Claro que sí, querida, y todo lo que te apetezca —se había apresurado a responder él. La observaba comer alegremente su aperitivo de fresas con azúcar y nata olvidando que el día anterior le había montado una escena tremenda a Francine porque Gabri había tenido un antojo similar y a él le había parecido un capricho estúpido. Hoy, en cambio, encontraba aquel otro encantador. Gabri parloteaba y contaba mil tonterías que salpicaba de agudas risas. La gente la observaba, y ella estaba un poco embriagada por las miradas de los hombres, por el aire fresco y por el sherry cobbler helado que se estaba tomando. —Estás un poquito loca —le dijo Charles con divertida y tierna indulgencia—. No hables tan alto, por favor... Estás borracha, Dios me perdone. ¿Qué dirá tu mami? —¡Bah, me trae sin cuidado! —Acábate las fresas y acompáñame. Daremos un pequeño paseo antes de volver. Charles la condujo fuera. El jardín estaba desierto, como adormilado, como atontado por ese agradable sopor. Gabri iba de aquí para allá corriendo por los senderos de arena punteados de sol. La tibia brisa, saturada por el aroma de las lilas, agitaba en el suelo delicadas sombras móviles. Entre la vegetación, brillaban pequeños lagos, oscuros y misteriosos bajo los sauces. Charles seguía dócilmente a Gabri con el corazón lleno de una felicidad indescriptible. Ella volvió a su lado de un brinco y lo cogió de la mano. —¿Quieres que corramos un poco? Charles respondió riendo que tenía el alma de una niña de seis años. Ella se encogió de hombros y rió a su vez. —¡Qué tontería! A los seis años era vieja, vieja... Es ahora cuando sé que, a pesar de todo, la vida es bella... —Tozuda, volvió a suplicar—: Corramos un poco, anda... Sólo hasta el lilo. Y robaremos una rama... —Ya sabes que está prohibido... —Pero ¡qué bobo eres, pobrecito mío! ¡Eso da igual! —No, querida, yo te compraré todas las lilas que quieras. Gabri lo miró con pena. —Pero ¡mira que eres viejo! Lo divertido es robarlas, no comprarlas... ¡Venga, vamos! Él se resistía sin dejar de reír. Gabri acabó arrastrándolo a la fuerza. El aire olía tan fuerte a lilas que estaban un poco mareados. Gabri alargó la mano. Charles, divertido, quiso agarrársela. Lucharon un poco entre risas. Charles recordaba confusamente su propia adolescencia, las grandes carreras en el mas familiar, aquella saludable vida al aire libre que había olvidado. Pero, poco a poco, se puso serio. Lo exasperaba no poder vencer a aquel cuerpecillo indócil, milagrosamente flexible, que conseguía curvar con facilidad, pero que volvía a enderezarse enseguida, elástico y fuerte como un florete bien templado. Gabri acabó arrancando una rama y, con gesto triunfal, le azotó el rostro varias veces con las fragantes, frescas y húmedas flores. Charles la soltó bruscamente. —Qué joven eres... —murmuró con voz más grave, como enronquecida por un pesar repentino—. Qué joven eres... Gabri soltó una risa alegre. —Claro, tengo diecisiete años... Charles permanecía silencioso, fascinado, indeciso, inquieto. Diecisiete años... A veces las palabras más simples, las más cotidianas, adquieren de pronto un significado extraordinario. Aquella frasecilla lo deslumbró como si contuviese toda la primavera. Lentamente, la atrajo hacia sí. —Vamos, dame esas flores... —dijo con la voz totalmente cambiada—. Quiero olerlas, olerlas bien... Y hundió su rostro encendido en el delicado hueco de su hombro. En silencio, embriagado, aturdido por aquel olor, empezó a besarla sin saber muy bien si lo que besaba eran flores o mejillas. Ella le dejó hacer. A su alrededor, un poco de viento deshojó las lilas. Luego, Charles se inclinó hacia su boca. Ella se estremeció al reconocer el sabor de unos labios de hombre. Pero Charles la besaba con una emoción y una timidez extraordinarias. Gabri le parecía frágil como un pájaro. Le daba miedo hacerle daño deslizando los labios entre los suyos con demasiada avidez. Su robusto cuerpo de hombre temblaba de pies a cabeza. Se soltaron y se quedaron en silencio un buen rato, pálidos e incómodos, asustados, casi aterrados, tan mudos como si acabara de producirse un milagro. CUARTA PARTE 1 Esa mañana Francine, que como de costumbre se había levantado tarde, estaba remoloneando en su cuarto de baño cuando la doncella entró con una carta. —¿Esperan respuesta? —preguntó al ver que el sobreno llevaba sello. —No, señora, un caballero la ha traído y se ha marchado de inmediato. Pero me ha aconsejado que se la entregara a la señora en persona. Francine miró la letra desconocida con un poco de recelo y abrió la carta pensando: «Una cuenta de un proveedor, seguramente... A no ser que se trate de... una carta anónima...» Aunque ya había recibido varias, eso nunca la perturbaba demasiado. Pero no, sólo era una tarjeta de visita acompañada de dos cuartillas azules manuscritas con una letra que le pareció reconocer. Primero le echó un vistazo a la tarjeta. «Conde Nikitov», leyó, y más abajo, con letra grande y clara: «Professional Dancer, Tilbury’s, place Pigalle, 21.» ¿Publicidad, tal vez? Pero, en el dorso de la tarjeta, leyó: Estimada señora, Creo que es mi deber devolverle estas notas que su hija tuvo a bien enviarme. He considerado que, si no agradable, su lectura al menos le resultará útil; y en este sentido, me atrevo a aconsejarle que preste más atención a la educación de la señorita Gabrielle. Respetuosamente suyo, Conde Nikitov La carta se deslizó entre los dedos súbitamente helados de Francine y cayó a la alfombra. Un estupor indescriptible la mantenía clavada al suelo. Gabri... Ni hablar, no era posible... Estaba soñando... Gabri... y aquel hombre, aquel desconocido... ¿Qué podía tener en común su hija, Su Hija, con el Professional Dancer del Tilbury’s? Se percató de que la doncella la miraba con curiosidad. Hizo un ademán brusco. —Déjeme. Ya la llamaré. Una vez sola, Francine recogió del suelo las notas que acompañaban a la tarjeta. Sí, efectivamente, era la letra de Gabri, la misma con la que todos los veranos le escribía en un papel parecido cuatro frases que apenas variaban en su fría corrección: «Estoy bien. Hace buen tiempo. Te mando un beso. Gabrielle.» Estaba abatida. Cuando empezó a leer, las palabras danzaban sin cesar ante sus ojos: «Amor mío... Tus labios... El beso tan tierno que me has dado...»; y un poco más abajo: «Tus brazos me estrechan con tanta fuerza que me hacen mal y bien al mismo tiempo»; y seguía: «Estoy tan sola, tan sola, si supieras...», «Me aburro... ¡Oh, estas insoportables veladas familiares! El silencio de toda esta gente, que sin embargo son mi padre y mi madre, de todos estos esclavos de la vida corriente... Son extraños para mí...»; y luego: «Me gustaría irme, a cualquier sitio, con tal de estar lejos de ellos...»; y más abajo: «Tus labios... tu olor... tus manos... tus caricias...» Toda una ardiente e ingenua letanía amorosa salpicada de lamentaciones pueriles y desesperadas: «Estoy tan sola, tan sola... Me gustaría marcharme lejos...» Francine tuvo que acodarse en un mueble para no caer. Se sentía como si hubiera recibido un fuerte mazazo en la nuca y, al mismo tiempo, abrumada por una espantosa sensación de irrealidad. Le habría gustado gritar, como en una horrible pesadilla: «Vamos, estoy soñando, sólo es un sueño.» Con la cabeza entre las manos, la garganta seca y las sienes palpitantes, se desplomó en un sillón con una enorme angustia. No dejaba de repetir: «Mi hija, Dios mío, Dios mío, mi hija...», como la mañana de la muerte de Michette, y también, como entonces, estaba conmocionada por el intenso estupor. Nunca se había parado a observar a Gabri, nunca había intentado comprender sus sueños, sus deseos, sus penas. No la conocía. Cuando un hijo es pequeño nos forjamos una imagen ideal de lo que será más adelante, y esa imagen oculta como una máscara su verdadero rostro, que no conoceremos jamás. Para Francine, Gabri era, debía ser, una chiquilla ignorante y pura. ¿Qué si no? Así la habían educado aquellos últimos años, protegida de todos los peligros, de las malas compañías... Porque antes, naturalmente, antes de la fortuna y las institutrices, era una criatura y no veía nada, no comprendía nada. Luego le había dado mucha libertad, sí, pero era porque confiaba en ella, simplemente. Había cumplido con su deber, con todos sus deberes, no tenía culpa de nada... Y estupefacta, aterrada, abatida, se preguntaba por qué tenía que pasarle eso precisamente a ella y cómo había podido ocurrir sin que ella se enterase de nada. Poco a poco, del caos de ideas que bullían en su cabeza, surgieron algunos recuerdos, al principio confusos pero luego extraordinariamente nítidos. Se acordó de ciertas expresiones que había visto en la cara de su hija, de ciertas sonrisas ambiguas, de ciertas miradas... La fisonomía humana está compuesta de mil detalles apenas perceptibles, excesivamente sutiles y tenues, absolutamente insignificantes, o, por el contrario, de una claridad que ciega, dependiendo de si se mira con indiferencia o con pasión. Por primera vez en su vida, Francine se puso a buscar con todas sus fuerzas el alma agazapada en el fondo de aquella carne de su carne. Pero sólo vio incertidumbre y tinieblas. —Dios mío, Dios mío, es espantoso... —dijo en voz alta, como si se dirigiera a un interlocutor invisible. Sin embargo, lo que la desesperaba de aquel modo no era lo que sospechaba que había hecho Gabri, porque, en lo referente al amor, las mujeres son secreta y extremadamente indulgentes, de un modo a veces inesperado incluso para ellas mismas. No, lo que torturaba a Francine era la capacidad de disimulo de Gabri, su turbia segunda vida, pero aquel súbito horror ante la mentira resultaba de lo más cómico y patético, puesto que ella había engañado a su marido durante años y no había tenido ni un molesto atisbo de remordimiento. Releyó las cartas maquinalmente. Lo que ahora la hería ya no eran las palabras de amor. Leyó: «... tan sola, tan sola en esta inmensa casa donde nadie me quiere», e, indignada, estupefacta, como golpeada por una bofetada brutal, soltó un «¡Oh!». ¡Gabri se consideraba desgraciada! ¡Maldita cría desagradecida! Aquella niña mimada, vestida como una princesa, que gastaba sin rendir cuentas a nadie... Sofocada, Francine recordaba su propia adolescencia, la trastienda en la que había nacido, esa pequeña ciudad que tanto odiaba, las penurias... ¡Y Gabri se atrevía a quejarse! Le invadió la cólera, sentía tanta rabia que le chirriaban los dientes y le temblaban las manos; necesitaba estallar, insultar y dar golpes, como las mujeres de pueblo. Levantándose de un salto, corrió a la habitación de Gabri, empujó la puerta con violencia y se detuvo en seco en el umbral, cohibida. El silencio, la paz de aquel dormitorio vacío —Gabri aún no había vuelto—, tenía algo de burlón, de inquietante. Francine caminó lentamente por la habitación. Con atención, como si fuera la primera vez que los veía, miró la estrecha cama, virginal, lacada de blanco bajo el crucifijo de la primera comunión, los muebles tapizados con telas claras, las mil inocentes chucherías. De forma mecánica, con la mente en otra cosa, se acercó al escritorio. En el fondo había varios libros alineados. Los cogió, los miró del derecho y del revés, y leyó los títulos con recelo: Pablo y Virginia, Mi párroco y mi tío, El abate Constantin... De pronto se estremeció, se quedó atónita: bajo las tapas se ocultaban infames novelas ilustradas con las palabras «Hambourg, À fond de cale», en la primera página. Francine permaneció inmóvil largo rato; hasta su cólera había cesado. Gruesas lágrimas, pesadas y redondas, le hinchaban los párpados y le resbalaban por las mejillas. Pero no se las secaba. Quizá, por primera vez en su vida, había olvidado que llorar envejece y estropea la cara. 2 Así la encontró Gabri cuando entró un poco más tarde. —¡Mami! ¿Tú? De pie ante Francine, la joven miraba estupefacta el rostro descompuesto de su madre. Las lágrimas resbalaban y se mezclaban con el maquillaje. Lo primero que pensó fue que a su padre le había ocurrido una desgracia. —¿Papá? —exclamó con una horrible angustia que le retorcía el corazón. Francine recuperó la voz de golpe para gritar: —¡Papá! ¡Papá! ¡Haces bien en nombrarlo! Ya verás cuando lo sepa, cuando se entere, lo contento que se pondrá... Porque te juro que lo sabrá todo, desgraciada, desvergonzada...Tartamudeaba de furia y gritaba. Su voz chillona hacía tintinear las cuentas de cristal de la araña. Le enseñó las cartas. —Toma, mira, mira esto y esto... Mira. ¡Ay, me vas a matar, desgraciada! ¿Cómo te has atrevido? ¿Es tu amante? Pero ¿cómo has podido? Haré que te encierren, te mandaré a un convento, ¿me oyes? ¡Miserable! ¡Perdida! Mi hija... ¡Me vas a matar! Francine sacudía los hombros con todas sus fuerzas. Gabri, un poco pálida, absolutamente inmóvil, como una sonámbula, miraba fijamente su cara desencajada y lívida de rabia. —¡Es tu amante! ¡Es tu amante! —gritó Francine. Gabri se apartó con un movimiento brusco. —Para empezar, no hace falta que vociferes de ese modo... —¿Es que ahora me vas a enseñar a hablar? —Si quieres que todos los criados se agolpen detrás de las puertas... —Y, con descaro, aseguró—: Además, yo no tengo ningún amante. —Mientes. —No —respondió Gabri, consciente de que en esas cartas, que había reconocido, no había nada que la acusara claramente—. No. —Entonces, ¿quieres decirme quién es ese hombre al que besabas, con el que te encontrabas a mis espaldas? ¿Quieres decírmelo? A punto de perder la paciencia, Gabri se encogió de hombros. —Tienes su tarjeta de visita en la mano. —¿Dónde lo conociste? No hubo respuesta. —¡Gabri! —¡Uy, sería muy largo de explicar, mami! —respondió la chica con suavidad. —¿Te burlas de mí? —En absoluto. —Te has lanzado a los brazos de un desconocido, de un aventurero, porque seguramente es... Gabri la interrumpió. —Bien, admito todo eso de buen grado. Dios mío, sí, lo hice. —¿Por qué? El lenguaje populachero, olvidado muchos años atrás, regresó de pronto a los labios de Gabri. —Porque me dio la gana, y se acabó. —Pero ¿es que no tienes dignidad, ni pudor, ni principios? —Dios mío, no, creo que no. ¡Me pregunto dónde los puedo haber aprendido! Francine se estremeció. Se quedó callada unos instantes. —Gabri... Te lo suplico. Cuéntamelo todo —le pidió con voz más suave. Entonces le habló más o menos de todo lo que había pasado, toda la turbia historia de los últimos meses: Babette, las salas de fiesta, Genia, las citas, los besos, e incluso de la habitación oscura a la que había ido una vez. Pero juró que se había defendido, y Francine la creyó. Gabri hablaba muy despacio salpicando su relato de detalles, recreándose con crueldad. Luego, clavando los ojos en los de su madre, concluyó: —En el fondo, ¿qué he hecho de malo? Me aburría... Me dejas sola todo el día. Tú te diviertes a tu manera, ¿no?, y yo no te pregunto cuál es —dejó caer con un inquietante tono de amenaza en la voz—. ¡Bueno, pues yo también! ¿Por qué quieres que sea mejor que tú, mamá? —Gabri, ¿ni siquiera te das cuenta de que lo que has hecho está mal? La joven se encogió de hombros. —¿Qué está mal? ¿Qué está bien? —murmuró con voz suave y la mirada perdida—. Yo no lo sé, te lo aseguro. Nadie me lo ha enseñado. —Hizo una pausa, y continuó—: Nadie lo sabe, ¿verdad? ¿Entonces? ¡Bah! Eso no me impedirá casarme, yo me encargo. No voy a quedarme aquí como una partida de nacimiento viviente, tranquila... Con un movimiento espontáneo, Francine puso las manos en los hombros de su hija y, tratando de atraerla hacia sí, dijo lentamente: —Me das miedo, Gabri. ¿No comprendes que no te reprocho tanto lo que hiciste con... con ese hombre como tus mentiras? —dijo y, pese a todo, en su voz había sufrimiento—. Lo espantoso es esa horrible sospecha de que todas tus palabras y tus gestos eran mentira. —Nadie me enseñó que hay que decir la verdad... —repitió Gabri, terca. Un estremecimiento de cólera crispó las facciones de Francine, que, no obstante, consiguió contenerse. —¡Yo confiaba en ti! —Hacías mal. Nunca hay que confiar en alguien a quien no se conoce. —¡Gabri! —Porque no me conoces —continuó la adolescente, furiosa—. Nunca has intentado conocerme. Acuérdate, acuérdate. Desde que me trajiste al mundo, ¿alguna vez hemos hablado con cariño, con confianza? Si quisiera contar todas las palabras que me has dicho desde que nací, acabaría muy pronto... «Buenos días, buenas noches... Déjame tranquila, me duele la cabeza...» ¡Ah, y también: «No me beses, que vas a quitarme los polvos»! Francine extendió las manos, como si la estuviera golpeando. —¡Gabri, Gabri! —balbuceó mientras las lágrimas resbalaban por su rostro afligido—. ¡No sabes el daño que me estás haciendo! Ahora lo veo, ahora lo comprendo... Me odias... Ahora veo claramente que me odias... Por toda respuesta, Gabri bajó la cabeza. No se atrevía a abrir la boca. —No, no te odio —dijo al fin en voz muy baja—. Pero... pero tampoco te quiero. De todas formas, supongo que te da igual. —Una profunda amargura le alteraba la voz—. Sí, debe de darte completamente igual. El cariño de aquellos a los que no queremos nos es indiferente... lo contrario sería tener mucha desfachatez... perdón, mucha inconsciencia... Nunca me has querido... Me has dejado vivir porque sí, igual que dejaste morir a Michette. ¿Recuerdas? Porque, y lo sabes perfectamente, si hubieras cumplido con tu deber de madre, Michette aún viviría, yo no te estaría diciendo esto hoy, aunque me alegro de poder decírtelo al fin porque hace muchos años que me ahoga... No, nunca has buscado más que tu propia felicidad, tu propio placer... Egoísta... Nos dejabas solas días enteros. Cuando la criada se iba y se olvidaba de prepararnos la cena, nos moríamos de hambre. Nos comíamos la ropa... nuestros zapatos destaconados, nuestras medias agujereadas... y tus peinadores de encaje, tus medias de seda, tus hermosos vestidos... Michette murió porque, en lugar de cuidarla, de vigilarla... —Se interrumpió, soltó un suspiro y continuó con voz más suave—: En fin, si has podido olvidar su pobre carita, mejor para ti. Yo no la he olvidado, ni tampoco su vocecilla rota, que te llamaba en vano: «Mami, mami...» Pero tú no venías. ¿Yo? ¡Oh, sí! He tenido un montón de profesores, institutrices, ¿verdad? Que te costaron muy caros. ¿Y entonces, qué? ¿No puedo reprocharte nada? ¿Nada? Hiciste todo lo que debías, todo. Sólo que Michette está muerta... y yo... Yo he deseado estarlo también muchas veces. ¿Y ahora pretendes que te quiera? ¡Ah, no! ¡Sólo faltaría! Toma y daca... Se recoge lo que se siembra... —Pero yo te he querido... —murmuró Francine, con un tono humilde, con sentimiento de culpa—. Te he querido... —¿Tú? ¡Por Dios santo! ¡Tú nunca has querido a nadie más que a ti misma! De pronto, Francine cogió las manos de su hija. —Pequeña mía, pequeña mía, escúchame... La culpa no es mía... Te juro que os he querido a ti y a mi pobrecita Michette... Yo no sabía... Te juro que nunca pensé... no podía imaginar que erais tan desgraciadas. Créeme, hija. Compréndeme. Te he querido. Te quiero... ¡Ay, me has dicho tantas cosas malas, hirientes! Me has hecho daño... y sin embargo, mira, no te guardo rencor. Te pido perdón... Perdóname, hija... Era sincera. Por primera vez sentía que quería a Gabri, porque por primera vez sufría por ella. A menudo, el amor, como una herida, tan sólo se revela a través del sufrimiento. Gabri lo comprendía oscuramente, y sentía una emoción especial, que emergía de las misteriosas profundidades del ser, donde germinan los sentimientos, tan confusos, tan irracionales que parecen tener sus raíces en la carne misma. Sin embargo, se rebelaba con todas sus fuerzas contra esa compasión, que le parecía absurda, mientras su madre repetía: —Si te he hecho daño, perdóname... Respondió con cólera y dolor, un dolor extraño, sutil, inconfesable: —Sería más fácil perdonar tu negligencia, tu indiferencia, todo antes que... —¿Qué quieres decir? —balbuceó Francine. —No me preguntes. —Sí, quiero, quiero saber. —Pues bien, son cosas... cosas de tu vida que conozco y que te quitan el derecho de juzgarme o culparme haga lo que haga, ¿comprendes? Haga lo que haga... —Pero ¿de qué se trata? —repitió Francine maquinalmente, pero Gabri advirtió que, como a su pesar, desviaba la mirada y palidecía aún más. Entonces, como si lanzara una piedra, dijo: —Charles. Francineni siquiera trató de negarlo. —¿Lo sabes? —murmuró, abrumada. —Lo sé. Y lo que es peor, lo he visto. Os vi una vez, a ti y a él. Él dormía y tú estabas de pie junto a la cama y... ¡Oh, qué porquería! Ya te lo he dicho, lo vi, lo vi... Gabri vio que una oleada de sangre invadía el rostro de su madre y lo enrojecía desde lo alto de la frente hasta el cuello. Sobrecogida, se calló. Francine ocultó el rostro entre las manos, y ese gesto, ese silencio, conmovió a Gabri más que cualquier palabra. Con un movimiento espontáneo, corrió hacia ella y le apartó las manos de la cara. —Escucha, he... he hecho mal... —balbuceó—. Me meto en lo que, al fin y al cabo, no es asunto mío. Pero ¿qué esperabas? Querías saber por qué me cuesta soportar ciertos reproches tuyos... Así que te lo he dicho... No sabía que te dolería tanto... Pero ¿qué esperabas? Ahora todo eso tiene menos importancia. Ya no soy una niña. Ya no necesito que me cuiden, ni que sean cariñosos conmigo. Déjame vivir a mi manera, yo no te juzgaré. ¿Para qué atormentarnos inútilmente? Francine negó con la cabeza tristemente. —No, no acepto ese trato. Quiero que me comprendas. Gabri la interrumpió: —Te lo ruego, no digas nada. No puedes imaginarte lo extraña y penosa que es para mí esta conversación... —Bueno, ¿y para mí no, Gabri? —De nuevo, su voz cansada tocó en el corazón de Gabri fibras desconocidas para ella, y guardó silencio—. Necesito que me escuches —murmuró Francine—. No puedo dejar que tengas esa opinión de mí. Es demasiado horrible, demasiado injusta. ¿Qué es lo que quieres? Puede que no haya sabido ser una buena madre. No, no he sabido. Hay mujeres que no han nacido para eso, Gabri, no es culpa mía. Pero tienes razón... y me da miedo que, como madre e hija, nunca nos comprendamos... Pero, si quieres, si puedes, olvida que soy tu madre. Voy a hablarte simplemente como a una mujer, como a una amiga... Puesto que no he sabido darte la protección ni el cariño que te debía... como me has hecho comprender muy cruelmente... deja al menos que ahora te dé todo lo que puedo darte, mi confianza... y... ten piedad de mí... La necesito, Gabri... Yo tampoco soy feliz... Estoy sola, como tú, más que tú. Me reprochas mi relación con Charles... Pero lo amo... Tú aún no sabes lo que es eso... Es terrible. Voy a tratar de explicártelo... Es casi mi hijo... ¡Ay, mi pobre pequeña! Por él, primero, me he sentido con el corazón, con la abnegación, con la ternura de una madre... No me culpes. Es el último amor, tú no puedes comprenderlo. Y él me hace sufrir tanto, tanto, que, aunque sólo fuera por eso, creo que habría que perdonarme. Soy tan desgraciada, Gabri... ¿Quieres ser mi amiga? ¿Quieres que te deje ver todas esas cosas que me ahogan? Soy tu madre, por supuesto, pero también soy una pobre mujer completamente sola. Consuélame, a mí que no he sabido protegerte. Y, luego, déjame amarlo sólo un poquito más, sólo un poco, no tengas celos, vamos... Ya no durará mucho tiempo. Me recuperarás pronto, seré vieja, estaré sola, y ya no te tendré más que a ti en el mundo... Decía todo eso con palabras torpes, humildes, entrecortadas por sollozos. Y una piedad inmensa, un inmenso remordimiento, henchía el corazón de Gabri. Pensaba en lo que había hecho esa misma mañana, en los besos de Charles, en aquella monstruosa venganza, que golpeaba tan dolorosamente aquel corazón tan maltratado. Era como una niña que, sin querer, mata jugando con un cuchillo. Pero ¿ella qué sabía? ¿Podía sospechar que también «mami» era capaz de sufrir como ella, más que ella? Qué dura y complicada era la vida, Dios mío... Se acercó, se arrodilló, cogió entre las suyas las manos húmedas de lágrimas de su madre y murmuró tierna, maternalmente: —Vamos, ya está, ya está, mami. Seremos amigas. Te lo prometo, te lo juro. Y hay que dejar a un lado esas malas ideas sobre la vejez y el abandono. Eres hermosa, eres joven. Vamos, no llores, no llores. No me pidas perdón. No tengo nada que perdonarte. Abrázame. Y, por primera vez en su vida, Gabri pudo estar así, sin decir nada, con la frente apoyada en el hombro materno. Una paz, un alivio delicioso la inundaban. Le parecía que una monstruosa bolsa de hiel, que se había hinchado durante años y años en su alma, acababa de reventar de improviso... Y era algo tan nuevo, tan dulce... 3 En la pequeña y violenta alma de Gabri, el amor filial floreció súbita y tardíamente, pero con una fuerza extraña. Sin embargo, no volvió a sentir la dulzura y la paz que había disfrutado una vez, sólo una, en los brazos de su madre. Al contrario: mil tormentos confusos, indefinidos, le roían el corazón. Sobre todo se daba cuenta de que la relación con su madre no era normal, y eso le producía un extraño e insoportable malestar. Efectivamente, se había convertido en la hermana mayor, en la protectora, y Francine, en una niña pequeña, una niña enternecedora pero tiránica. Ahora Francine no podía prescindir de su hija. Ella, que antaño no sabía qué decirle cuando se quedaban un momento a solas, ahora pasaba veladas enteras hablando con ella sin parar, y esas conversaciones acababan indefectiblemente con alusiones apenas veladas a Charles. Estaba tan obsesionada con él que, sin darse cuenta, hacía que todas las conversaciones convergieran en su nombre. Era todo un poco cómico y amargo, a la vez impúdico e ingenuo; aquella eterna ansiedad, aquel deseo de pronunciar esas dos sílabas que, para ella, contenían todo un universo y le hacían olvidar de buena fe que estaba hablando con una niña, su hija. A Gabri todo eso le causaba daño, pero también vergüenza. Sin embargo, comprendiendo que su madre encontraba consuelo y alivio en esas confidencias, no se atrevía a rehuirlas. Por la noche, cuando Gabri ya estaba en la cama, su madre llamaba suavemente a su puerta. —¿Estás durmiendo? —No, todavía no. Francine entraba, se sentaba en el borde de la cama, se quedaba callada y, luego, suspiraba. —¿Qué te pasa? —le preguntaba Gabri casi a su pesar, pero sentía que al final se vería obligada a pronunciar la frasecita que esperaba su madre. Entonces, Francine comenzaba. Siempre eran las mismas quejas: Charles ya no la amaba. Seguramente, la engañaba. Ella sufría. Y, en ocasiones, decía: «Imagínate, hemos estado juntos tanto tiempo que a veces me parece que mi marido es él.» Mientras tanto, Léon, que había trabajado duramente todo el día para proporcionarle más joyas, más vestidos, dormía en la habitación de al lado. Si aguzaba el oído, Gabri podía oír su tos nerviosa de fumador en medio del silencio de la casa. Le habría gustado sonreír, pero se le encogía el corazón. Sin embargo, no tenía fuerzas para enfadarse con su madre; empezaba a sentir hacia aquella inconsciente una resignada indulgencia, como una madre ante las travesuras de su hijo. Y a veces pensaba: «¿Cómo voy a juzgarla? ¿Acaso no me parezco a ella?» —Si supieras... —decía Francine—. No me explico cómo sigo viviendo. Los días se me hacen eternos, eternos... A tu edad, tú no puedes comprenderlo. Pero si supieras... Es espantosa esa sensación de vacío en la existencia... Cuando se niega a verme, y eso ocurre a menudo, ¿sabes?, intento olvidar, aturdirme. Salgo, doy vueltas por la calle... Voy a tiendas, encargo vestidos, me los pruebo. ¡Con lo que me gustaba todo eso antes! Pero ahora es como si en el fondo de mi corazón hubiera una pregunta, siempre la misma pregunta, remachada allí como un clavo: «¿Para qué? ¿Para quién?» Luego, se quedaba callada, retorciéndose las manos con ese gesto tan suyo un poco teatral. El maquillaje, que olvidaba retocar, se le desmoronaba, ya no se cuidaba; parecía devastada, cansada, con los párpados pesados y la expresión triste. De forma mecánica, Gabri miraba la fotografía de «mami» de la chimenea, esa que había contemplado tantas veces de niña con un odio feroz. Mami, vestida de noche, con los hombros desnudos y una sonrisa ingenua y triunfal, parecía decir: «¡Miradme! ¿A que soy hermosa? ¡No sabéis cuánto me gusta serlo!» Y ahora sus ojos, que durante tanto tiempoGabri había considerado fríos y duros, estaban simplemente vacíos, y bajo aquella frente que antes imaginaba repleta de pensamientos malvados, perversos, no había más que la preocupación de seguir siendo fina, estar delgada y sonreír al fotógrafo. Y sin embargo, ¡cómo la había odiado! ¡Cuántas veces había imaginado con dura y morosa delectación el día en que mami sería vieja, por fin, y fea y se quedaría sola! Ha bía soñado tantas veces con su primera arruga, con su primera cana... eso siempre la apaciguaba. Sabía que la maliciosa e insoslayable mano del tiempo la vengaría y vengaría a Michette. Y ahora esa derrota la aterraba. Sentía piedad y un singular y desgarrador sufrimiento. Le habría gustado poder regalarle su juventud, su gracia, el vigor de sus diecisiete años, del mismo modo que habría donado sangre a una enferma... Sin embargo, a veces, Francine decía: —¡Pero nunca me dejará! Me ha querido demasiado. Nadie tendrá jamás lo que he tenido yo. Todo su amor, sus veinte años... Fíjate, a veces incluso me parece que no tendré celos de la mujer que venga después de mí... No merece la pena. No podrá darle lo que me ha dado a mí. —Se interrumpía, y Gabri, con un breve y doloroso suspiro, volvía a dejar caer la cabeza en la almohada—. ¿Estás cansada? —le preguntaba su madre con suavidad. —Un poco. Francine se inclinaba hacia ella. Con torpeza, hacía el gesto de subirle el embozo; luego, le rozaba los párpados con sendos besos y se iba. Una vez sola, Gabri sentía manar en el fondo de su corazón una angustia espantosa que se negaba a admitir, un sufrimiento que parecía un dolor físico, que crecía, se amplificaba, la ahogaba como si una ola de sangre le ascendiera por la garganta. Se debatía como quien lucha contra una enfermedad, empapada en sudor, apretando los dientes y clavando las uñas en la sábana. Cuando al final se dormía, el rostro de Charles la perseguía toda la noche. Inmediatamente después de reconciliarse con su madre, Gabri había decidido poner fin a ese juego cruel y peligroso. La decisión había sido tan rápida e irreflexiva como el impulso que nos impide matar o robar, pero Gabri sufría, y eso la sorprendía y a la vez la avergonzaba. Al principio quiso explicárselo todo a Charles, pero luego reflexionó y decidió no hacerlo. Le daba pudor desnudarle el alma de su madre. Consideró que bastaba con evitarlo, con no quedarse nunca a solas con él. Y Charles, en un primer momento, tampoco intentó acercarse a ella; parecía haber comprendido la fatalidad de aquella pasión por la hija de su amante. Torturaba a Francine con sus silencios, sus enfados, su frialdad, pero todavía sentía afecto por ella y no se atrevió a contarle la verdad. La rehuyó una temporada hasta que, como antes, por cobardía, por debilidad, acabó otra vez en sus brazos, lo que no hacía más que avivar su tierno y furioso deseo por la niña a la que no podía tener. Francine creía que era más fácil retener a su amante con las conyugales cadenas de la costumbre que con los lazos de la carne. Quería que Charles pasara las noches con ella; tenerlo delante durante la cena. Al principio, Charles se negaba, convencido de que la única forma de escapar de su deseo era no ver a Gabri, pero Francine lo acosaba, le suplicaba, lo cubría de reproches, de súplicas, de lágrimas, y el recuerdo de Gabri le quemaba. «Parece la fuerza del destino», pensaba con rabia. Poco a poco, volvió a las antiguas costumbres, y su amor floreció de nuevo. Una vez, estando solo con Gabri, se abalanzó sobre ella, la estrechó entre sus brazos y le mordió la mejilla y la comisura de los labios. Ella decidió no volver a verlo. Cuando él llegaba, Gabri decía que estaba indispuesta y se encerraba en su habitación, de la que no se movía hasta que Charles se iba. Pero, en cuando percibió que Gabri lo evitaba, la terrible obstinación del macho, esa brutalidad que le hace, como a un cazador, acorralar a toda costa a su presa, aniquiló sus últimos escrúpulos. Podía pasarse horas sin hablar, sin moverse, hosco, pálido, sentado frente a Francine, con la mirada clavada en la puerta de Gabri, obstinadamente cerrada. Un rencor salvaje crecía en su interior. Aquella mujer... ¿Por qué tenía que sacrificar su vida y su felicidad por ella? Le decía cosas feas, hirientes, y ella se exasperaba y le soltaba esas frases que enfurecen a un hombre más que un latigazo: «No tienes derecho a dejarme, no lo tienes.» Y entonces venían las escenas, los insultos dichos en voz baja para no llamar la atención del criado en la habitación contigua. A veces, mientras Francine sollozaba, Charles se levantaba lentamente y, con el corazón desbocado, se acercaba a la puerta cerrada. La miraba, suplicante y colérico, murmurando en voz muy baja: «¡Gabri! ¡Gabri!», como si ella pudiera oírlo. Gabri no oía, pero se lo imaginaba. Sólo que no acudía. Era la más fuerte. Aquello se había acabado. Entonces, él volvía con la otra, que seguía llorando, se sentaba a su lado y le cogía la mano en silencio. Un egoísmo pueril le hacía buscar las caricias de aquella mujer, que al menos lo quería, que lo adoraba, y olvidarse del odioso papel que interpretaba. Se acurrucaba contra ella con un sentimiento de desamparo y desdicha tan profundo y desesperado que se conformaba con una sola palabra amable. Entonces las lágrimas de Francine empezaban a conmoverlo; lo invadía una vaga sensación de gratitud, junto con el oscuro deseo de vengarse de Gabri. Y, al verlo tan dócil, tan afectuoso de repente, Francine se decía: «Aún me ama.» Y lo abrazaba y aceptaba sus besos. Pero una noche, cuando Francine le dijo a Gabri que llegaba Charles, y vio que en el acto su hija se dirigía hacia la puerta de su habitación, la detuvo con un gesto. —¿Por qué nunca pasas la velada con nosotros, Gabri? —le preguntó, y como su hija guardaba silencio y palidecía un poco, exclamó—: ¡Claro, ahora lo entiendo! Estás celosa... ¡No, no lo niegues! Estás celosa porque crees que le quiero más que a ti. ¿Es eso, verdad, boba? Pues quiero que sepas que son sentimientos que no se pueden comparar, te lo juro. Prométeme que no volverás a tener celos. —Yo... No, no volveré a tenerlos —balbuceó Gabri. —Entonces, quédate con nosotros. —No, por favor, me siento incómoda. —Pero ¿por qué? —preguntó Francine ingenuamente sorprendida. Y, en tono de reproche, añadió—: Eso no está bien, Gabri. Y yo que creía que éramos amigas... Quédate con nosotros, por favor. Cuando estamos solos, enseguida nos peleamos. Si estás tú, hablamos de cosas sin importancia, y eso evita las fricciones, ¿comprendes? Siento que, si seguimos peleándonos a todas horas, Charles se cansará y dejará de venir. Y me gustaría tanto que siguiera viniendo a casa... A su edad, un hombre necesita algo que se parezca a un hogar. Me da tanto miedo que se case... ¡Oh, si ocurriera eso, creo que me moriría! E igual que había hecho Charles, Gabri cedió, con la confusa sensación de que los unía una oscura fatalidad. Léon, cuyos negocios estaban bastante embarullados en ese momento, casi nunca se encontraba en París. Charles volvió a convertirse en el visitante asiduo de Francine. Todas las noches subía a cenar con ella y, después, se sentaba en el saloncito, entre Francine y Gabri. Y, pese a todo, esas veladas eran extrañamente apacibles. Por las ventanas, abiertas de par en par, entraban el olor de los árboles recién regados, el ruido lejano de los coches y las voces tranquilas de las porteras, que tomaban el fresco delante de la puerta de los inmuebles, como en provincias. Hacía calor. Una plácida languidez se apoderaba de los tres. Charles se acercaba insensiblemente a Gabri. Era una sensación deliciosa, a la vez voluptuosa y casta: el calor del cuerpo de Charles cerca del suyo, aquel silencio, aquella quietud, aquel corazón que oía latir más deprisa en la penumbra... Y Francine, feliz, apaciguada, se congratulaba de haber conseguido al fin aquella tranquilidad. Cuando regresaba a su habitación, Gabri se cogía la cabeza con las manos. —Pero ¿qué estoy haciendo, qué estoy haciendo?—gemía en voz alta. Lo que la atormentaba era la confianza ciega de su madre. Sin embargo, Francine no carecía de ese olfato femenino que detecta a las rivales tan certeramente como un buen perro de caza a las perdices, pero era evidente que la consideraba tan incapaz de quitarle a Charles como de matar o robar. Y para Gabri esa fe absoluta en su honradez era el peor de los remordimientos, el castigo más humillante. Se consolaba diciéndose que, en realidad, ni Charles ni ella hacían nada malo. Era cierto. Él ya no la besaba y, cuando Francine no estaba, no intercambiaban más de dos frases. Pero todo lo que habrían podido decirse era la traición más completa. 4 Durante la canícula estival, los Bragance abandonaban París la tarde del sábado y no regresaban hasta el lunes por la mañana. Recorrían Bretaña, Normandía, Turena. Por el día hacían kilómetros de carretera, y por la noche dormían en pueblecitos tranquilos. Gabri, que nunca había acompañado a sus padres, ese verano no se perdió ninguna salida, naturalmente. Eran viajes cortos pero deliciosos. En París te asfixiabas; la ciudad humeaba como una estufa y una especie de siroco achicharraba los castaños. Pero, nada más cruzar una de las puertas de la capital, empezabas a ver árboles verdes, llenos de sombras y pájaros, y ríos fríos y cristalinos. El coche iba más deprisa, cada vez más deprisa. El viento silbaba, la carretera se extendía recta, larga y blanca, como dibujada con tiza entre dos masas verdes. La loca carrera y el calor atroz te tostaban la piel; el polvo crujía entre los dientes; el ruido del motor, monótono y rítmico, zumbaba en los oídos. Luego llegaba el anochecer, y el aire, deliciosamente fresco, se llenaba de aromas persistentes llegados de no se sabía dónde; a veces parecía que atravesaras campos de rosas en la oscuridad. En los pueblos, los perros se despertaban y ladraban en todas las casas. No pensabas en nada; estabas borracho de cansancio y aire libre. Un día, a media tarde, llegaron a la costa de Grâce. Frente al estuario se alzaba una casa blanca mitad granja, mitad hotel. Ese sábado había tanta gente que la dueña a duras penas pudo encontrar una habitación para Francine y Léon, y dos pequeñas buhardillas, ambas en el segundo piso, para Charles y Gabri. La tarde era de una pureza maravillosa. El Havre brillaba en la penumbra violeta del estuario; boyas rojas y verdes danzaban en el agua como fuegos fatuos. Después de cenar, bajaron a la place du Calvaire. Era día de feria; había barracas alrededor de la iglesia. El aire estaba lleno de clamores vagos, discordantes, en los que se mezclaban las voces estridentes de los títeres, un barítono acatarrado que entonaba una romanza, la monótona y ronca llamada de la echadora de cartas, los rugidos de las fieras en el circo y el incesante chunda-chunda de un baile de pueblo. A las diez, cada cual subió a su habitación. De madrugada, Gabri, que todavía dormía, oyó un débil repiqueteo en la puerta que separaba su habitación de la de Charles. —Gabri, ¿estás dormida? —dijo una voz vacilante. —¿Qué hora es? —preguntó ella despertándose sobresaltada. —No lo sé, muy temprano. Vístete. Iremos a dar una vuelta antes del desayuno. —Sí —respondió Gabri maquinalmente, pero, tras echar un vistazo a su reloj, exclamó—: Las cuatro... ¡Tú estás loco! —¿Y qué importa? —Gabri se desperezó lentamente riendo por lo bajo. Seguía oyendo la rápida respiración de Charles detrás de la puerta—. ¿Te decides? —Sí... Espera... Saltó fuera de la cama, se vistió, se aseó un poco salpicando el suelo a su alrededor y, en cuanto se puso el vestido, dijo alzando la voz: —Puedes entrar, Charles. Gabri descorrió el cerrojo. Charles, pálido, con los ojos bajos, entró lentamente. —¿Has dormido bien? —preguntó con una actitud extraña, apurada. —Sí, ¿y tú? —Yo no he pegado ojo —respondió Charles—. Te oía respirar. Me daban ganas de echar abajo la puerta y arrojarme sobre ti. No sé por qué no lo he hecho. No, no lo sé. —Sin embargo, no se movía; soltó un breve sollozo que reprimió enseguida—. Te amo tanto, Gabri, tanto... —murmuró con voz ahogada. Gabri empezó a hablar deprisa mientras retrocedía instintivamente ante las manos que se extendían hacia ella. —Por favor, Charles, esto no está bien, no puede ser. Sabes perfectamente que no está bien. Déjame, no quiero, no puedo, Charles... Mientras hablaba se acordaba de Genia. En los ojos de Charles veía la misma mirada turbia; sólo que esta vez no tenía fuerzas para defenderse. Una dulce y terrible languidez le aflojaba los miembros. Esa mañana, Charles sólo la besó, pero ella constató con terror que nunca conseguiría rechazarlo. Cuando la besaba, sentía que toda la vida, que todo el sentido de la vida estaba en esos labios que la bebían. Permanecieron abrazados de pie ante la ventana mucho rato. El campo estaba adormecido, como paralizado en el vacilante amanecer color perla. En los árboles, los pájaros aún estaban callados. Lo único que rompía aquel extraño silencio de la mañana, triste y dulce, eran los silbidos de los barcos en el estuario. No obstante, a esa derrota de Gabri le siguió un súbito arranque de energía. En cuanto volvieron a París, la joven anunció que, como todos los años, quería ir a Plombières con la señorita Boyer, que era quien la acompañaba en verano tras la marcha de miss Allan. Se las ingenió para no volver a ver a Charles hasta el momento de la partida, pero él, en el andén de la estación, le dijo con una sonrisita malévola y obstinada: —Hasta pronto. En la pequeña ciudad dormida entre las montañas, el mes de agosto se hacía eterno. Gabri se pasaba el día en la tumbona con un libro entre las manos, que no leía. El recuerdo de Charles, la añoranza y el tedio la reconcomían. Él estaba en Biarritz, con Francine, y, a su pesar, la torturaban unos celos salvajes. No respondía a las cartas de su madre; se reprochaba su lealtad como si fuera una estupidez; se sentía sin coraje, rota y cobarde como una esclava. Un día apareció Charles. Gabri volvía de un paseo por la montaña con la señorita Boyer. La mañana había sido sofocante, bochornosa; los mosquitos le acribillaban las mejillas y los brazos. Caminaba abatida y cabizbaja, como una presa por el patio de una cárcel, por el borde de la carretera. De pronto vio al portero del hotel corriendo hacia ella. —¡Señorita! —gritó el hombre desde lejos en cuanto la reconoció—. ¡Un caballero la espera! Con el corazón palpitante, Gabri echó a correr hacia su habitación. Charles estaba de pie en el estrecho balcón. Se volvió y le cogió las manos. —Te prometí que vendría —dijo, aunque nunca había hecho semejante cosa. —¡Sabía que lo harías! —respondió ella, aunque no lo había esperado ni por un momento. —He venido a buscarte —le anunció Charles, y como Gabri hizo un gesto de sorpresa, mirándolo con aquellos ojos de terciopelo y fuego que lo fascinaban, repitió—: Vengo a buscarte. Nos iremos enseguida, enseguida... Esta tarde. —Y añadió tras un silencio—: Me ha enviado tu madre. Gabri lo observó e imaginó todo lo que habría tenido que hacer Charles ese último mes para conseguir que Francine le pidiera que la llevara a Biarritz. E imaginárselo, en lugar de perturbarla, le llenó el alma de una alegría perversa. Así que, cuando Charles, temblando como una hoja, murmuró: —Dime, ¿vendrás? ¿Vendrás? Gabri se apresuró a responder: —Haré todo lo que tú quieras. Un destello iluminó los ojos de Charles. —Nos iremos después de comer. Esta noche estaremos en París. He reservado dos plazas para el expreso de las diez. —¿No vendrá con nosotros la señorita Boyer? —Sólo hasta París. Luego no hace falta, ¿verdad? —No es necesario —repitió ella con un tono monocorde, como un eco, y luego, como si se entregara, dijo de nuevo—: Haré todo lo que tú quieras, ¿me oyes? Salieron ese mismo día, acompañados por la señorita Boyer, desconcertada por lo precipitado de la partida. La doncella se reuniría con ellos en Biarritz con los baúles. Llegaron a París sobre las seis. Gabri tuvo que invitar a cenartiempo. Muertos sus padres, era una mujer libre. Durante sus breves permisos, su marido no se daba cuenta de nada, o fingía no hacerlo, y sus hijas crecían solas. Francine aprendió muy pronto a maquillarse y arreglarse. Se volvió más guapa, adoptó un aire lánguido y sensual, y siempre estaba contenta. En 1917, Bragance, herido y, luego, licenciado, regresó a París. No se quedó mucho tiempo. Le ofrecieron un buen empleo en Polonia y se marchó. Su mujer siguió bailando y flirteando. No tenía madera de gran cortesana —le gustaba demasiado el placer, todos los placeres—, pero se divertía de lo lindo. Así que Gabri y Michette crecieron como hasta entonces, a la buena de Dios. Y, ciertamente, viendo pasear por la avenue del Bois a aquella encantadora muñeca que tan a menudo cambiaba de compañero y a aquel par de chiquillas pálidas, nadie sospechaba que vivían acorde con las normas sociales, que tenían un marido y un padre en algún sitio, que formaban, por extraño que pudiera parecer, algo semejante a una familia. 3 Los Bragance vivían en un pisito de la quinta planta de un destartalado edificio en una vieja calle del barrio de Les Ternes. A Gabri le encantaba aquel vecindario lleno de ajetreo y bullicio en el que la opulencia coexistía con la miseria; hermosas casas de nueva construcción y grandes avenidas profusamente iluminadas con sórdidas callejas flanqueadas por antiguas barandillas de hierro oxidado en las que a cada trecho se encendía discretamente la palabra «Hotel» en cuanto empezaba a anochecer. El colegio de las niñas estaba en la avenue de la Grande-Armée, encima de un gran café. Aquellas señoritas —de entre seis y trece años— sabían ya melindrear y mirar de reojo a los parroquianos sentados en la terraza. Las alumnas se dividían en dos grupos: las hijas de los comerciantes del barrio —coletas y blusones negros— y la descendencia de las jóvenes busconas (rizos y vestidos demasiado cortos he chos a partir de una bata vieja de mamá). Gabri aprendía a balbucear las fechas de la historia de Francia y un poco de geografía y aritmética, y Michette, a leer, y ambas, durante los recreos, cómo vienen al mundo los niños, el estribillo de La Madelon y alguna que otra palabra gruesa. Alrededor de las seis, después de clase, las niñas callejeaban un buen rato. Veían los escaparates y oían la música de orquesta que salía de los restaurantes, los cines y los bailes populares. Inconscientemente, retrasaban todo lo que podían la llegada a casa y a sus tres exiguas habitaciones sin aire ni luz donde el olor a fritanga se mezclaba con los penetrantes perfumes de mamá. Mamá nunca estaba en casa. Desayunaba, se vestía y se iba; a veces volvía para comer, se arreglaba de nuevo y se iba otra vez. A menudo, Gabri la oía regresar ya entrada la noche canturreando en voz baja y seguida de alguien que caminaba sigilosamente de puntillas. Cuando la señora Bragance no estaba a la hora de las comidas, era Eugénie, la chica para todo, quien daba de comer a las niñas. Les ponía una sopa fría y un par de chuletas quemadas sobre el mantel lleno de agujeros y manchas de salsa mientras les repetía: —¡Venga, espabilad, lentas, que sois unas lentas! Y luego, sin recoger la mesa, se iba volando, como la señora. Pero a veces Eugénie se quedaba y entonces se las ingeniaba para entretener a Gabri y Michette. Les enseñaba canciones de amor o estribillos picantes, les contaba los chismes del barrio y a la primera de cambio les soltaba que su madre era «una cualquiera que engañaba a su marido y las tenía abandonadas; una desvergonzada y la comidilla de todo el edificio». Naturalmente, la señora Bragance no sospechaba nada. Y Gabri se lo callaba, porque mientras Eugénie estaba Dios sabe dónde ella tampoco perdía el tiempo: hacía mil y una tonterías, metía en el horno comistrajos indescriptibles, leía todas las novelas que encontraba en la habitación de mami y vagabundeaba por el barrio con los hijos de la portera. Y Michette, que adoraba, temía y reverenciaba a su hermana mayor, la imitaba en todo y mantenía la boca cerrada. Pero el juego favorito de las dos niñas era entrar en la habitación de mami y registrar a conciencia todos los cajones. Los jueves Gabri y Michette se quedaban allí horas. Abrían todos los armarios; se probaban todos los sombreros, que sobre sus cabezas infantiles —sobre los rizos danzantes de Gabri y el pelo rubio y liso de Michette, cortado a lo paje— resultaban de lo más estrafalario; jugaban con las joyas sin valor apiladas en la mesilla de noche; se maquillaban y se miraban en el espejo sacando la lengua; abrían sus bolsos y leían sus cartas, llenas de frases que dejaban a Gabri soñando despierta un buen rato. Un día las dos estaban sentadas en la cama de la señora Bragance mientras Gabri daba caladas a un cigarrillo a medio fumar que había encontrado en el tocador. El humo se le metía en los ojos y la hacía llorar, pero seguía fumando, un poco por cabezonería y un poco porque ya le agradaba el gusto amargo del tabaco. Michette, sentada a su lado con las piernas colgando, se miraba encantada en el espejo: se había pintado la redonda carita con burdas y exageradas manchas de colorete. —¡Fíjate, fíjate! —exclamó tirándole del brazo a su hermana—. ¿A que me parezco a mami? ¿A que sí? —¡Déjame en paz! —gruñó Gabri. Aunque adoraba a su hermana pequeña, nunca le hablaba con ternura ni le hacía mimos. La empujaba, la hacía rabiar y, a veces, le pegaba. Sin embargo, le compraba caramelos con el dinero de su merienda y, si hacía falta, la defendía con uñas y dientes frente a sus compañeras de clase. No era consciente de cuánto la quería. Michette saltó al suelo y se colocó delante del espejo del armario. Riendo a carcajadas, se puso un vestido de su madre. Lo arrastraba por el suelo y, como era muy escotado, dejaba al descubierto la blusa festoneada que cubría su frágil torso infantil. El bajo se le enroscaba en los pies y tropezaba a cada paso. Se lo arremangó con una mano y se puso a fisgonear por la habitación hablando sola. Gabri había apagado el cigarrillo. Tumbada en la cama, restregaba adrede sus botines manchados de barro en la colcha de satén rosa. Estaba triste y no sabía por qué. Ese cielo gris de invierno le producía una vaga y pesada melancolía. Cogió de la mesilla un libro con grabados obscenos y los examinó con frialdad. Aquellas cosas solían divertirla, pero hoy le daban asco. Michette se le acercó corriendo con los ojos brillantes de alegría. —¡Mira, Gab! —exclamó agitando una prenda de seda—. ¡Mira qué vestido más elegante para mi muñeca! Con condescendencia, Gabri extendió los dedos. —Déjame ver. Era una blusa de mami, corta, de crepé de China rosa, adornada con encajes a la altura de los pechos. En silencio, Gabri la cogió, la miró del derecho y del revés, la palpó... Era muy suave, aún estaba tibia y arrugada... ¡Arrugada por una mano impaciente! Sin duda la misma que había desgarrado el encaje y descosido las cintas de la hombrera. Aquella pieza de seda olía al perfume de mami, pero mezclado con otro aroma más fuerte y misterioso... Michette quiso recuperar su nuevo juguete. —Anda, devuélvemela... ¡Vamos, es mía! Gabri arrojó lejos la pieza de seda. No entendía qué la había turbado tanto. Era una confusa mezcla de vergüenza y cólera. De repente no podía soportar ver a Michette pintarrajeada y disfrazada. —Vámonos... Esto es muy aburrido... —dijo, e intentó quitarle el vestido, pero la pequeña se debatía con todas sus fuerzas—. ¿Quieres que te dé una torta? —le gritó. Michette, sobresaltada, rompió a llorar. Las lágrimas resbalaban por su carita pintada y abrían curiosos surcos en su maquillaje. Con el corazón henchido de una ternura y desesperación abrumadoras, Gabri la dejaba sollozar sin decir nada. En su vocabulario infantil, no había palabras lo bastante sutiles y profundas para expresar lo que en ese instante sentía con tanta claridad. Torpemente, rodeó el cuello de la pequeña con los dos brazos. Michette, más acostumbrada a sus sopapos que a sus caricias,a la señorita Boyer; el piso vacío, con los muebles cubiertos con fundas y las arañas envueltas en gasa, era demasiado lúgubre. La vieja solterona hablaba sin parar. Gabri guardaba silencio. Charles, nervioso, preocupado, mordía el cigarrillo apagado con una expresión ausente. En cuanto la señorita Boyer se marchó, Charles pidió un taxi. Les sobraba tiempo, pero parecían temer quedarse solos. En el coche, ni siquiera se miraron, como cómplices incómodos. Se apearon ante la estación del Quai d’Orsay, llena de gente y de ruido. Gabri se acordó de esa mañana lluviosa en que, en un andén similar, había esperado con su madre a su padre y su primo, que volvían de Polonia. Recordaba la irritación y el malestar que le habían causado aquellos ojos negros que habían posado en ella una mirada insistente y luego se habían vuelto hacia el rostro maquillado y los cabellos rubios de Francine. Cuántas veces la había hecho llorar... Y ahora lo amaba, amaba a su enemigo de la infancia. Charles la había dejado con revistas y dulces en el compartimento y había ido a comprar cigarrillos. Por un momento, Gabri deseó absurdamente que no volviera; pero, poco antes de la salida del tren, Charles saltó al estribo. Se oyeron cerrarse las puertas y los gritos del revisor: —¡Viajeros al tren! ¡Viajeros al tren! Gabri vio menguar y luego desaparecer las luces de la estación. El convoy se adentró en una tiniebla opaca. Veía a Charles de pie en el pasillo, con las manos crispadas sobre la barra de apoyo de la ventanilla. Un empleado vino a bajar las literas de su compartimento y, llevando la mano a la gorra, dijo: —Si la señora desea descansar... Las camas están hechas. Gabri le dio las gracias y, cuando estuvo sola, se desnudó a toda prisa y se metió entre las sábanas. Tiritaba de frío y a causa de una extraña emoción. Esperaba verlo aparecer de inmediato, pero se hizo esperar. Estuvo sola un buen rato. Cuando Charles entró, lo hizo con infinita precaución, como si temiera despertarla. Ella lo observaba con los párpados entrecerrados. Charles se detuvo y la miró; una expresión de lástima y ternura suavizó sus facciones. Luego se dio la vuelta, y Gabri comprendió que no la tocaría. Entonces —y más tarde fue eso lo que más la torturó—, ella lo llamó en voz baja: —¡Charles! Sorprendido, él se volvió rápidamente. —¿No duermes? —Todavía no. Baja un poco la tulipa, por favor. Charles obedeció y bajó la pantalla de tela azul a ambos lados de la lámpara. Luego se arrodilló ante la litera, reclinó la cabeza en la sábana y permaneció así largo rato, sin decir nada. Gabri comprendió que la ternura había inhibido el deseo de Charles, que podría pasarse la noche así, a sus pies, sin rozarla siquiera con los labios. Así que le rodeó el cuello con los brazos desnudos. —¡Gabri, Gabri! —dijo él temblando de pies a cabeza—. ¡Ten cuidado, sólo soy un pobre hombre de carne y hueso! Ella no respondía; se limitaba a negar con la cabeza. La salvaje sensualidad que le turbaba las facciones lo asustó; la cara de Francine, aterradoramente similar a la de su hija en el momento del amor, se le apareció como un fogonazo. —Ahora ya es demasiado tarde... —murmuró Gabri—. Soy tan tuya como la fruta que te llevas a la boca. Haré todo lo que me pidas, ¿me oyes? Todo lo que tú quieras... Pero que ella no se entere jamás... Júrame que no sabrá nada por ti. Júralo por mi vida... Espera... El matrimonio, la sinceridad, una vida libre y honesta... no son para nosotros. No, espera... Si alguna vez llega a saberlo, te juro que, tan cierto como que voy a convertirme en tu amante, me mato. —¡Gabri, para! —le suplicó Charles—. Me asustas. Gabri se calló. Sus ojos se cerraron lentamente. —No te asustes... —dijo con una débil sonrisa—. Te amo... Poco después, mientras Charles se dormía tumbado junto a ella, Gabri, como dentro de un sueño obsesivo, repitió: —Júrame que ella no sabrá nada. Charles lo juró. Llegaron a Biarritz al amanecer. En el andén, los esperaban Francine y Léon. Ella, vestida de blanco, sostenía sobre su cabeza una gran sombrilla roja que hacía girar con movimientos rápidos mientras por sus mejillas y su cuello desnudo se deslizaban fugaces sombras rosáceas. De lejos parecía encantadora; de cerca, el implacable sol delataba las arrugas de su piel. —¡Aleluya! Sabía que te traería... Subieron al coche. Un landó alquilado los condujo a través de la ciudad con un alegre cascabeleo. Gabri, deslumbrada, parpadeaba al pasar frente a las casas, blancas como sábanas recién lavadas. Los cafés estaban llenos. Salía música de baile por las ventanas entreabiertas. Los Bragance se alojaban en el Hôtel du Palais. Desde su habitación, Gabri veía las terrazas enarenadas de rojo, el jardín descubierto, barrido por el viento, los tamarindos y sus ramas, tan largas y finas como cabelleras, y a lo lejos el mágico océano, lleno de sombras y reflejos, de olores salinos y rudos cantos. 5 Durante tres semanas, Gabri disfrutó de aquella vida ajetreada, lujosa y febril que te deja la mente nublada, como en un perpetuo estado de embriaguez. Todo parecía tan sencillo y ligero entre aquella muchedumbre de marionetas que bailaba y hacía el amor con encantadora inconsciencia... El ritmo endiablado de la música negra, que vibraba eternamente bajo un cielo demasiado azul, convertía el cerebro en un cascabel vacío y sonoro. Los días pasaban como un suspiro, sin dejar huella, como agua entre los dedos. Sumidos en esa ceguera, las traiciones más viles y las peores infamias parecían normales y simples. Ahora Gabri mentía y engañaba sin pudor. Por la noche, mientras Léon jugaba en el casino, ellos tres —Francine, Gabri y Charles— se quedaban agazapados en la sombra perfumada de la terraza. Los globos eléctricos relucían suavemente sobre la arena rosa. Mujeres de gesto lánguido se balanceaban perezosamente en sus mecedoras como si fueran hamacas. Los cigarrillos salpicaban la oscuridad con sus puntas de fuego. Las flores eran más fragantes. En la oscuridad, Charles cogía la mano de Gabri y le rozaba con los labios la muñeca y sus dedos temblorosos. Entretanto, Francine hablaba y Gabri respondía, «Sí, mami», y, más tarde, cuando llegaba la hora de separarse hasta el día siguiente, Charles besaba tranquilamente a la mujer que estaba engañando. A menudo, Gabri salía a cabalgar campo a través solo con Charles. Una mañana, en la tenue sombra de un bosquecillo de tamarindos, él la tomó de nuevo, y a partir de ahí toda la vida de Gabri giró alrededor de esos momentos de voluptuosidad casi dolorosa. Un día se quedaron a comer en un hostal; las habitaciones eran frescas y estaban limpias, y caminar descalzo por el suelo de madera, entibiado por el sol de la mañana, era sumamente agradable. Por la estrecha ventana se veía un jardincillo en el que crecían girasoles. Un gallo cantaba. Cuando se fueron, el crepúsculo se deslizaba por la montaña. No hablaban del tema; de común acuerdo, evitaban darse explicaciones, las muestras de arrepentimiento y los lamentos. Las palabras que hubieran podido decirse eran demasiado hirientes, demasiado serias, e implicaban consecuencias terribles, así que preferían callar, cobardes como todos los que son felices —porque, pese a todo, eran felices—, y gozar de la extraña felicidad de los locos. El 15 de septiembre se celebraba con gran solemnidad la visita del rey y la reina de España a Biarritz. Ese día, la ciudad estaba llena de flores, empavesada, resplandeciente. Las banderas restallaban al viento; las aclamaciones, los cantos y los gritos llenaban el aire. El sol cayó en el mar, enorme y rojo. Un viento caliente atormentaba las olas. —Escucha... —le dijo Gabri a Charles—. Esta noche iré a tu habitación. «Ella» va a ir al baile, y papá la acompaña. Yo me quedaré... Fingiré que estoy indispuesta. Sal del casino hacia las dos y ven aquí. Te esperaré en tu habitación. Tuvieron la conversación en un pasillo, rápida y en voz baja. Charles agachó la cabeza. —Estamos locos —murmuró. —Bueno, ¿y qué? —exclamó ella, enfadada—. ¿Vendrás,sí o no? —Sí —respondió Charles—. A las dos. —¿En tu habitación? —En mi habitación. Esa noche Gabri subió a la suya alrededor de las once y se acostó. Cuando Francine, en traje de baile, arrastrando tras ella el regio abrigo de cibelina, fue a buscarla para ir al casino y la vio en la cama, exclamó: —Pero ¿no vienes con nosotros? ¿Por qué? ¿Qué te pasa? —No me encuentro bien, mami. —¡Vamos, mujer, anímate! Haz un esfuerzo... A tu edad, yo me habría levantado para ir a bailar aunque hubiera estado in articulo mortis... Esta noche en el casino será maravillosa. Efectivamente, esa noche se celebraba un gran baile en honor del rey y la reina, y Gabri contaba precisamente con eso para convencer a su madre de que fuera al casino sin ella. No le costó conseguirlo. Francine aún no había cambiado tanto como para renunciar a una fiesta por una indisposición de su hija. Se deshizo en frases de lástima, posó la perfumada mano en la frente caliente de Gabri y, besándola, dijo: —Que te mejores, cariño mío, y llama a la doncella si necesitas cualquier cosa. Y se marchó, haciendo centellear las joyas y crujir la seda del vestido, y olvidando cerrar la puerta. En cuanto se quedó sola, Gabrielle se durmió. Hacía tres semanas que no se acostaba tan temprano y una deliciosa relajación se apoderó de sus cansados miembros. Pero, apenas cerró los ojos, empezaron a acosarla imágenes confusas, turbias, enfebrecidas. Hacia las dos, como sacudida por una mano invisible, se desveló y saltó fuera de la cama. Como ocurre a veces cuando nos despertamos de ese modo en plena noche, se sentía débil, desmadejada, rendida, con ganas de llorar sin motivo. Dio unos pasos vacilantes y se llevó las manos a las sienes, que le palpitaban, calientes y doloridas. —Estoy mal —dijo en voz alta con una vocecilla quejumbrosa, lamentable—. Muy mal. Toda la impura alegría que había sostenido su cuerpo durante las tres últimas semanas la abandonaba rápidamente, como una fiebre. Se acercó al espejo y, un poco sorprendida de su palidez, se puso un abrigo so bre el camisón y, descalza, se deslizó a lo largo del pasillo, débilmente iluminado, hasta la habitación de Charles. La llave estaba en la puerta; la habitación, vacía. Sin encender la luz, Gabri fue directa hasta el balcón abierto, apartó las cortinas y salió fuera. De pie en el voladizo, acurrucada en el ángulo del muro, permaneció inmóvil, mirando fijamente frente a ella. Era una noche muy cálida y bochornosa. El aire del mar estaba cargado de aromas vagos y pesados; de la playa subía un rumor confuso de pasos, de voces, de risas. Esa noche se lanzarían fuegos artificiales sobre el mar para la población. Gabri los había visto congregarse en el arenal desde media tarde. Burgueses de Bayona e Irún, marineros, criadas y pastores vascos llegados de la montaña con sus boinas azules y sus grandes cayados formaban ahora una multitud oscura, una masa que hormigueaba en la noche, súbitamente iluminada por resplandores lívidos, sobrenaturales como los pálidos relámpagos de un día de tormenta. Los cohetes chisporroteaban, ascendían hacia el cielo negro y volvían a caer como los chorros de agua de una fuente al romperse. La muchedumbre oscilaba, y un gran «¡Ah!» prolongado de asombro y admiración ascendía en la oscuridad; las rocas y el jardín, negros como la tinta, parecían dibujados con una precisión extraordinaria, como un aguafuerte. Luego, todo se apagaba, y en el súbito silencio se oían las olas, que rodaban con un ruido monótono, triste y sordo. Una desesperanza indecible se apoderó de Gabri. Por primera vez en mucho tiempo, el loco torbellino que la aturdía se calmaba, cesaba, y sentía que una oscuridad y un silencio infinitos inundaban su alma como una pesada paz de cementerio. Se retorcía las manos con una desolación inmensa. Y sin embargo, seguía allí, sin fuerzas para irse, con el corazón acongojado y los ojos llenos de lágrimas. Fuera, finalizados los fuegos artificiales, la muchedumbre se dispersaba lentamente. En la noche, de nuevo silenciosa y oscura, el mar respiraba como un pecho. De pronto, Gabri dio un respingo y ahogó con ambas manos el grito que brotaba de su garganta. La puerta de la habitación se había abierto, y la luz, encendida de pronto, iluminaba la silueta de Francine, de pie en el umbral. Apretada contra el muro, pegada a él, Gabri, permanecía inmóvil, aterrada. ¡Su madre! ¿Qué hacía allí? Pues, sencillamente, había venido a pasar la noche con Charles, como ella... Porque Charles iba a venir... Y ella no podía huir. Estaba atrapada en aquel balcón como en una ratonera. De pie en medio de la habitación, Francine alzó la cabeza. Gabri vio a plena luz, como por primera vez, su rostro devastado y marchito. Y aquella tez ajada, aquellas arrugas, parecían gritarle: «¡Matricida! ¡Matricida!» Francine dio un paso. Gabri, despavorida, creyó que se dirigía al balcón. Instintivamente, se echó atrás y chocó con la barandilla baja. La oscuridad estaba allí, ciega, opaca, silenciosa, atrayéndola como un precipicio. Por un instante, inclinado sobre la barandilla, con los brazos colgando fuera como los de una muñeca rota, hubo un pálido y menudo fantasma inmóvil. Luego saltó y desapareció. La noche se lo había tragado. Cuando la recogieron, ya no respiraba. Subieron el cadáver de Gabri a su habitación y buscaron a Francine por todas partes, como el día que murió Michette. Un criado la había visto entrar en la habitación de Charles. Allí la encontraron. Había oído el ruido de una caída, pero no imaginaba... —¡No es verdad! ¡No es verdad! —gritó, como el día que perdió a Michette. Pero Gabri estaba allí, tendida en la cama. A toda prisa, le habían atado un pañuelo a la cabeza para ocultar la horrible herida de la frente. Ya no se movía, ya no respiraba. En sus labios cerrados flotaba un rictus extraño; una sonrisa tenue, llena de amargura y de la fría sabiduría de los muertos... Y, arrodillada, la mujer en traje de noche gritaba y se golpeaba la frente contra la madera de la cama. —¡Mi hija! ¡Dios mío, Dios mío, mi hija! —repetía; y luego, con un estupor inmenso, exclamaba—: Señor, Señor, ¿por qué me haces esto? Un retrato del París de los años veinte a través de los ojos de una madre y su hija. La novela más autobiográfica de la autora de Suite francesa. En julio de 1928, la revista literaria francesa Les Oeuvres Libres publicó una novela breve de «Pierre Nérey»; se trataba de La enemiga, de una joven y aún desconocida Irène Némirovsky. El pseudónimo era un anagrama de su nombre (Nérey-Yrène), y la obra, un texto con un marcado fondo autobiográfico de una escritora que se haría conocida apenas un año después con David Golder y alcanzaría la gloria literaria póstumamente con Suite francesa. La trama empieza en París, en 1919. Gabri, de once años, y su hermanita Michette, de seis, pasan la mayor parte del tiempo solas en el apartamento familiar. El padre, Léon Bragance, aún no ha vuelto de la guerra, y la madre, Francine, vanidosa y cruel, vive más pendiente de sus devaneos mundanos que del cuidado de sus hijas. A menudo incluso se olvida de ellas, hasta que un buen día la pequeña Michette sufre un terrible accidente. Gabri nunca perdonará a su madre, y el odio hacia ella la acompañará durante años, hasta bien entrada la adolescencia. ¿Serán capaces madre e hija de hablarse con franqueza? ¿Llegarán con el tiempo a quererse un poco? ¿Encontrará Gabri el amor? Con el París de los locos años veinte como marco, La enemiga no es sólo una historia conmovedora sobre la ausencia de los padres y las vicisitudes de una niña enfrentada a la muerte y a la soledad a una edad muy temprana, sino también el retrato de una sociedad ejecutado por la ácida pluma de una escritora emblemática del período de entreguerras. La crítica ha dicho: «Toda la atmósfera eléctrica de los años locos está contenida en este libro, en el que aflora la vida de Irène Némirovsky con toda su intensidad.» Libération «Una novela que no ha perdido nada de su agudeza ni de su mordacidad psicológica.»La Cause Littéraire «Desde las primeras páginas, la autora muestra su don deslumbrante para esbozar la época, las personas y los sentimientos en unas cuantas frases incisivas y afiladas.» L'Express Irène Némirovsky nació en Kiev en 1903 en el seno de una familia acaudalada que huyó de la revolución bolchevique para establecerse en París en 1919. Hija única, Irène recibió una educación exquisita, aunque padeció una infancia infeliz y solitaria. Años antes de obtener la licenciatura en Letras por la Sorbona, su precoz carrera literaria se inicia en 1921 con la publicación del texto Nonoche chez l'extralucide en la revista bimensual Fantasio. Pero su salto a la fama se produce en 1929 con su segunda novela, David Golder, la primera que vio la luz en forma de libro. Fue el inicio de una deslumbrante trayectoria que consagraría a Némirovsky como una de las escritoras de mayor prestigio de Francia, elogiada por personajes de la talla de Jean Cocteau, Paul Morand, Robert Brasillach y Joseph Kessel. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial marcó trágicamente su destino. Denegada en varias ocasiones por el régimen de Vichy su solicitud de nacionalidad francesa, Némirovsky fue deportada y murió asesinada en Auschwitz en 1942, igual que su marido, Michel Epstein. Sesenta años más tarde, el azar quiso que Irène Némirovsky regresara al primer plano de la actualidad literaria con el enorme éxito de Suite francesa, su obra cumbre, descubierta casualmente por sus hijas, publicada en 2004 y galardonada a título póstumo con el premio Renaudot, entre otras muchas distinciones. Las novelas de Irène Némirovsky, publicadas en español por Salamandra, han sido traducidas a treinta y nueve idiomas. Título original: L’Ennemie Primera edición: febrero de 2025 © 2025, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U. Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona © 2025, José Antonio Soriano Marco, por la traducción Esta obra se benefició del apoyo de los Programas de Ayuda a la Publicación del Institut Français Imagen de la cubierta: © Maurice-Louis Branger / Roger-Viollet Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección de la propiedad intelectual. La propiedad intelectual estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes de propiedad intelectual al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. De conformidad con lo dispuesto en el art. 67.3 del Real Decreto Ley 24/2021, de 2 de noviembre, nos reservamos expresamente la reproducción y el uso de esta obra y de todos sus elementos mediante medios de lectura mecánica y otros medios adecuados a tal fin. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. ISBN: 978-84-10340-47-3 Compuesto en: Comptex & Ass., S.L. Facebook: PenguinEbooks Facebook: SalamandraEd X: @SalamandraEd Instagram: @SalamandraEd YouTube: PenguinLibros Spotify: PenguinLibros TikTok: PenguinLibros Índice La enemiga Primera parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Segunda parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Tercera parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Cuarta parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Sobre este libro Sobre Irène Némirovsky Créditos La enemiga Primera parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Segunda parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Tercera parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Cuarta parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Sobre este libro Sobre Irène Némirovsky Créditosse calló y, con expresión sorprendida, se sorbió la nariz. Con los dedos manchados de tinta, Gabri rozó suave y tímidamente los cabellos de Michette. —Vamos, no llores, tontorrona... No llores, que yo te quiero mucho. La emoción, que le parecía estúpida, le enronquecía la voz, pero Michette dejó de llorar. Gabrielle, incómoda como tras una declaración amorosa, volvió la cabeza y murmuró muy bajito: —Yo te quiero, ¿sabes, Miche?, te quiero como si fuésemos huérfanas. 4 Gabri corría por la rue d’Armaillé bajo un aguacero que azotaba sus flacas pantorrillas. Iba como una flecha, abriéndose paso entre la gente con la cabeza por delante. Caía una lluvia densa y fuerte. Las luces de las farolas de gas reverberaban en el asfalto, lustroso como un espejo negro. Gabri se detuvo delante del quiosco. Le resbalaban gotas de agua helada por el cuello. Olfateó el aire húmedo y tibio. —¡Maldita lluvia! —dijo en voz alta. La quiosquera descorrió un poco la cortinilla de hule, se asomó y sonrió al reconocer a Gabri. —¿Qué me compras hoy, reina? —La Semaine de Suzette, señora Béju. Con los dedos mojados, sacó con dificultad un poco de calderilla del fondo del bolsillo. —¿Por qué no te pones guantes con este tiempo? —dijo la mujer. —Los perdí hace tiempo —respondió Gabri con despreocupación. —¿Y un paraguas? —No tengo... Nunca he tenido... —¿Hoy no te acompaña tu hermanita? —le preguntó la señora Béju mientras descolgaba el tebeo del expositor. —Está resfriada. No la he dejado salir —explicó Gabri dándose importancia. —¿Y está sola en casa, resfriada? —No, sola del todo, no... Creo... Mamá debe de estar... Y la criada también —respondió Gabri con un ataque de pudor incontrolable. La señora Béju negó con la cabeza. —A tu mamá la he visto salir después de comer, pero estoy segura de que no la he visto volver. Y la criada se ha largado hace rato. Yo no dejaría a tu hermanita sola. A esa edad no piensan las cosas, hay que estar siempre encima de ellas... ¡Se les ocurre cada una! Gabri se echó a reír. —¡A ver, que no es de porcelana! —En fin, tú ya sabes lo que quiero decir... —Bueno, adiós, señora Béju. —Adiós, hija. Gabri salió disparada. En la puerta del edificio, se sacudió como un perro mojado y entró. La escalera, mal iluminada por un quinqué humeante, estaba sucia. Se oían niños llorando, voces roncas de mujeres discutiendo; el triste y monótono guirigay de los pisos habitados por familias humildes. Gabri iba subiendo los peldaños de tres en tres y silbando como un chico. Le hacía ilusión darle a Michette el tebeo que había comprado con el dinero de la merienda. Estaba llegando al rellano del cuarto cuando se detuvo en seco, helada. Había oído un grito... ¡y qué grito! Parecía un perro al que le han pisado la cola. Gabri no sabía qué pasaba, pero sintió que se le paraba el corazón. Se abrieron las puertas y se asomaron las caras inquietas de las vecinas... —Es en casa de la pelandusca del quinto —oyó decir a alguien. Se lanzó escaleras arriba y entró como una loca en el piso. Los gritos no parecían humanos; era un aullido continuo, salvaje... Guiado por él, Gabri se precipitó en la cocina. En cuanto entró, cesaron los gritos. La lavadora estaba volcada y echando humo en el suelo embaldosado. Michette, tirada a su lado, apenas se movía; sólo se estremecía, como una pobre lombriz cortada a trozos. Más adelante, Gabri recordará lo que ocurrió a continuación como una confusa y horrible pesadilla, como irreal de tan espantoso. Sus gritos desesperados, el piso de pronto lleno de gente, los lamentos, las recriminaciones, las incesantes idas y venidas... En medio de todo eso, sólo destacan dos cosas con claridad. Primero, el rostro lívido de Michette, tan cambiado que no lo reconoce, y después una pregunta, la pregunta que repite todo el mundo y que zumba a su alrededor: —¿Y tu mamá? ¿Dónde está tu mamá, pobrecita mía? Les repite que no lo sabe, pero las mujeres insisten, la atosigan, menean la cabeza con cara de pena y, finalmente, aunque apenas las conoce, la cubren de besos. También le impiden entrar en la habitación donde el médico examina a Michette. Por fin se van todas. Gabri se precipita hacia la puerta cerrada e intenta abrirla a la fuerza, pero aparece alguien con un dedo en los labios: —No hagas ruido... La pequeña está muy mal... Gabri la oye gritar. —¡Déjeme! ¡Quiero verla! Y luego una voz de hombre que responde. —Déjela, será lo mejor... Pobrecita, ya no gritará más... Entra, hija. Michette está tumbada en la cama, rígida e inmóvil, con el cuerpo totalmente envuelto en paños blancos. Gabri distingue vagamente al médico y la enfermera, que hablan en voz baja. Oye un susurro: —El hospital... no... es inútil... se acabó... una hora, quizá... se acabó... Y comprende que su hermana pequeña va a morir. Gabri se quedó de pie delante de la cama, sin llorar, aturdida. El médico se marchó. La enfermera recogió los instrumentos y las palanganas. Luego, se acercó a ella y le puso la mano en el hombro con suavidad. —Cariño, ¿tendrás abuelos o primos en algún sitio, no? —No tengo a nadie. —¿Y amigos? —Nadie. —Escucha, no debes quedarte aquí —dijo la enfermera, incómoda—. Baja a la portería. Tu mamá volverá. No te quedes aquí. No haces falta para cuidar a tu hermanita. Yo estoy aquí. Estará bien cuidada. Se curará. —No. —Vete, cariño, aquí no puedes hacer nada, vete... —No. —Gabri cogió una silla, la colocó junto a la cama con infinito cuidado y se sentó—. No se preo cupe, no voy a llorar. No diré nada, pero quiero verla hasta el final. Sé que se va a morir... Se oía hablar a sí misma con una voz inexpresiva, sin timbre, como desde el fondo de un sueño. La enfermera se alejó y se sentó en un sillón sin hacer ruido. Poco después entró la portera, de puntillas, aunque el parquet gemía con el peso de su robusto cuerpo. —Han ido a buscar a un sacerdote —susurró, y se volvió hacia Gabri—. Nadie sabe dónde está tu madre... —murmuró—. Qué pena tan grande, Dios mío, angelito... ¿nos dejará pronto? —En cualquier momento —susurró la enfermera. Las dos mujeres bajaron aún más la voz para seguir hablando. —Pobres criaturas... Entretanto, Gabri, inclinada sobre la cama, no podía dejar de mirar a aquella extraña muñeca de cera. La observaba con una curiosidad atroz. ¿Era Michette, de verdad? Su Michette, rubia y sonrosada; un torbellino de carne lozana y cabellos dorados. No, era imposible, completamente imposible. Había momentos en que, medio dormida, amodorrada por el terrible cansancio, se decía: «Pero ¿qué hago aquí?» Y otros en que su recuerdo la laceraba como un cuchillo y, en voz baja, repetía estúpidamente: «Se va a morir, sí, se va a morir... La meterán en una gran caja negra, sola...» Intentaba recordar las clases de catecismo, pero por más que se esforzaba las imágenes de los ángeles y el cielo permanecían lejanas y débiles, mientras que aquello, el cementerio, el enterrador, los ataúdes de niños, pequeños y negros como estuches de violín, eran verdaderos, reales y terriblemente cercanos. Luego volvía a decirse: «No, no es posible, es un sueño, me despertaré y Michette estará ahí, viva, y se reirá.» Entretanto, Michette agonizaba. En un rincón, la portera musitaba oraciones arrodillada. Se oía el suave repiqueteo de la lluvia y los tranvías que pasaban. Michette agonizaba, y la noche caía como todos los días. De pronto, Michette hizo un movimiento: su carita se contrajo un poco y abrió los ojos; su mirada deambuló unos instantes por la estancia y se detuvo vagamente en la ventana. Moviendo los labios con esfuerzo, gimió y pronunció algunas palabras incomprensibles. Gabri, que no la entendía, se inclinó hasta rozar con la mejilla la sien de Michette, empapada de un horrible sudor frío. La niña miraba a Gabri, pero no parecía verla. Michette movió los labios y, en voz muy baja, pero esta vez con toda claridad, dijo: —Ma... mami... Luego, sus brazos, que había levantado un poco con infinito esfuerzo, cayeron sobre la sábana como los de una muñeca rota, y dejó este mundo. 5La desesperación de Francine por la muerte de Michette fue tan arrebatada que se temió que enfermara gravemente. Se negaba a comer, a dormir, a salir de casa. Pasaba horas enteras derrumbada al pie de la camita vacía y lloraba sin cesar. —¡No, no, es tan injusto, tan cruel! —repetía con una mezcla de cólera e indignación, como si acusara a Dios de haber inventado la muerte con el único fin de hacerle daño a ella, Francine Bragance. No obstante, su dolor le valió el perdón de todo el mundo, de toda aquella tropa de vecinos y porteras, humilde pero temible, pródiga en cartas anónimas y peligrosas habladurías. Le perdonaron el escándalo de que hubiera regresado a esa casa fúnebre al amanecer, le perdonaron los amantes, su belleza, el abandono en que había tenido a sus hijas. Lo olvidaron todo, porque su dolor fue violento y locuaz. Pero Gabri no la perdonó. Gabri odiaba los ruidosos sollozos de su madre; su voz aguda, que clamaba cosas altisonantes; las lágrimas que reprimía por la vieja costumbre del rímel, que irrita los ojos cuando lloras. Gabri siempre desconfiaba del dolor que se exhibe con excesiva autocomplacencia y, con la terrible intransigencia propia de su edad, ignoraba lo que pudiera haber de sincero en aquella desesperación, digna del quinto acto de un melodrama. La condenaba sin paliativos. La consideraba falsa, fingida para ablandar a los demás. Ella nunca lloraba, pero llevaba en su corazón la imagen de Michette agonizante, de sus bracitos extendidos abrazando el vacío. Y un rencor feroz, un odio monstruoso germinaba en su interior. Una lluviosa y cálida noche de marzo, las dos estaban sentadas a la mesa del comedor, ya recogida. Se oía a la criada canturreando en voz baja mientras iba de aquí para allá en la cocina. La señora Bragance, aún más blanca y rubia con la ropa de luto, se limaba las uñas. Cada vez que el autobús pasaba por la calle, los cristales tintineaban con un ruido de vidrio resquebrajado. Gabri tenía un libro abierto, pero la mirada perdida, absorta. Desde la muerte de Michette, la niña bulliciosa se había transformado en una viejecilla abatida y silenciosa. Seguía siendo víctima de ese estado febril que, tras la muerte de un ser querido, nos empuja a buscarlo cada vez que entramos en una habitación. ¿Cuándo llegaría Michette, con su vocecilla clara y fresca, y se pondría a saltar a la pata coja o a reír sacudiendo el pelo? No. Había muerto. La lluvia mojaba su tumba solitaria. Llamaron a la puerta. La criada fue a abrir y volvió con un sobre. Francine lo rasgó a toda prisa. Era una breve carta de Polonia: «Llegamos el lunes. Besos. Léon Bragance.» —Tu padre regresa —dijo Francine sin ningún entusiasmo. Doblaba el fino papel azul con hastío. Gabri echó un vistazo a la misiva y preguntó: —¿Por qué dice «llegamos»? ¿No viene solo? —Se trata de tu primo, Charles Bragance —le explicó Francine—. Lo conoces. Vino una vez, de permiso. Entonces, era muy joven... un muchacho... ¿No lo recuerdas? —No. ¿Se quedará en París? —No lo sé. Antes de la guerra vivía en algún lugar de Provenza, con tus abuelos... Tenían una granja, un mas, como dicen allí. —¿Tú los conoces? Francine hizo un mohín. —Vinieron a París una vez. Eran campesinos, naturalmente. Ya han muerto. —¿Por qué Charles estaba en Polonia con papá? —quiso saber Gabri. —Se reunió allí con él el año pasado. Estaba convencido de que allí se podía hacer fortuna. Tu padre también lo decía... ¡Menudo chiste! Y ahí los tienes: volviendo igual de pobres que antes, seguro... Otra vez habrá que matarse a trabajar y total para estar a dos velas... ¡Qué fastidio! Francine se calló. Gabri le vio en la cara esa antigua expresión de cólera, de enfurruñamiento, y suspiró descorazonada, consciente de que, con el regreso de su padre, volverían inevitablemente los gritos, las escenas y las discusiones. Pocos días después, Francine y Gabri estaban esperando la llegada del tren de Polonia en un andén de la Gare du Nord. Gabri temblaba por el frío y por una penosa y extraña emoción. El viento, áspero y húmedo, anunciaba tormenta, y unos resplandores pálidos iluminaban el cielo nocturno. El reencuentro se produjo de la forma más natural. De repente, mientras Francine lo buscaba entre la multitud, su marido apareció a su lado. Era un hombre bajo y cargado de espaldas. Lo seguía un chico alto y moreno muy guapo. Gabri no reconoció a su padre hasta que lo vio inclinarse y abrazar a Francine. La tuvo entre sus brazos un buen rato. Luego agarró a Gabri, la besó en las mejillas y, alejándose un poco, se quedó mirando su vestido negro. Soltó un profundo suspiro, pero no dijo nada. Su silencio y las dos diminutas lágrimas que brillaban en sus ojos emocionaron tanto a Gabri que le cogió furtivamente la mano y se la besó. Pero Léon ya estaba ocupado con los billetes y el equipaje. Luego, por fin, se acercó a su primo. —¿Cenas en casa, Charles? —le preguntó, y se volvió hacia su mujer—: Se quedará con nosotros unos días, Francine. Luego, Dios dirá. ¡Hay muchas novedades, Francine, muchas! —añadió con expresión de júbilo. En el taxi que los llevaba a la rue d’Armaillé, los adultos hablaban animadamente todos a la vez. Gabri los escuchaba con perplejidad. ¿Cómo podían reír, sabiendo que Michette ya no estaba? Durante la cena pudo observar con calma a los dos viajeros. Veía a su padre avejentado, pero con una seguridad en la voz y los gestos que no le recordaba. En cuanto a su primo, era un provenzal de pura cepa, pero de esos que parecen jóvenes emperadores romanos. Como ellos, tenía el rostro lampiño y un poco abotagado, la nariz grande y recta, unos labios finos de rictus insolente y, sobre todo, unos ojos magníficos, negros, brillantes y aterciopelados. Unos ojos meridionales, demasiado bonitos para inspirar confianza. Gabrielle lo odió de inmediato. Él la provocó varias veces y Gabri le respondió tan bruscamente, con tanta viveza e insolencia, que su madre le espetó: —Pero ¿te quieres callar, so boba? Y ella se calló, con el corazón lleno de rabia y rencor. Entretanto, los hombres hablaban con Francine, que los escuchaba con la boca abierta y los ojos brillantes. Le explicaban que se les había ocurrido aprovechar la diferencia de cambio y comprar a bajo precio fábricas confiscadas a los alemanes durante la guerra. Varios hombres de negocios franceses les habían prestado los fondos necesarios. Con mucho empeño y trabajo, habían puesto de nuevo en funcionamiento fábricas medio destruidas y contratado a trabajadores. Lo más difícil ya estaba hecho. La empresa prosperaría. Francine escuchaba mientras por su cabeza pasaban imágenes de joyas y vestidos caros... Léon Bragance se había levantado de la mesa y se paseaba por la pequeña sala con la cabeza baja. De pronto, Gabri lo vio venir hacia ella. Su padre cogió su delgada cara entre ambas manos, la acarició y, con íntimo y profundo orgullo, murmuró para sí: —Ésta será rica. Gabri, muy pálida, reflexionaba. Rica... Sería rica... Tendría buenos libros, ropa bonita... Viajaría... Con el corazón encogido, pensó en Michette, a la que también le habrían gustado los dulces, los juguetes caros y sofisticados... Pobre Michette... Lo único que había conocido de la vida eran los días malos... Y ya la habían olvidado... Con ingenua y apasionada desesperación, repitió entre dientes: «Tranquila, Michette, yo no te olvidaré... Los odio... Sé que moriste por su culpa, por culpa de estos malvados, de estos sucios egoístas... Jamás lo olvidaré, no te preocupes...» Al rato, más calmada, levantó la mirada, que había mantenido baja mientras se entregaba a su rencorosa ensoñación, y los vio sentados delante de los cafés, que empezaban a enfriarse. Su padre revisaba un fajo de cartas; Charles, con la cabeza echada hacia atrás, fumaba en silencio; y Francine, absorta en sus sueños, canturreaba suavemente con la barbilla apoyada en sus hermosas manos entrelazadas. Pero Gabri advirtió que los ojos de Charles, aquellos bonitos y peligrosos ojos, brillantes, oscuros y misteriosos como unanoche italiana, no se apartaban de Francine. Él no se movía, no hablaba. Su madre, fascinada, inclinaba la cabeza: su mirada relampagueaba, provocadora e inquieta, sin dejar de remolonear. De pronto abrió los párpados, como si se desnudara, y por un segundo sus ojos azules y esos ojos negros se encontraron, llenos de deseo, desafío y cólera. Luego, hipócritas, se separaron totalmente. SEGUNDA PARTE 1 Gabri se levantó educadamente para acompañar a la señorita Boyer hasta la puerta de la sala de estudio. La señorita Boyer, su profesora de piano, era una soltera bigotuda que tanto en invierno como en verano llevaba un impermeable gris y un polvoriento sombrero de terciopelo en el que temblaba un racimo de uvas artificiales. Antes de salir se detenía en el umbral y desgranaba el interminable rosario de sus observaciones cotidianas. —No pones suficiente sentimiento en tu interpretación, hija. Y, sobre todo, no trabajas lo suficiente. El otro día se lo dije a tu señora madre. Todas mis alumnas progresan más rápidamente que tú... Y eso es porque no trabajas lo suficiente. Además, tus interpretaciones son frías... El sentimiento, hija... Lo repitió varias veces para que a su alumna, que la escuchaba con la mirada perdida, se le grabara en la cabeza, o tal vez para retrasar el momento de marcharse y salir del piso caldeado a la calle, sumida en la triste penumbra del anochecer otoñal. Pero la señorita Boyer acabó yéndose. De todos modos, Gabri tampoco se impacientaba; con precoz estoicismo, sabía que todo tiene un final, incluso las cosas molestas. Además, después de la señorita Boyer, vendría fraulein, y luego, cuando se hubiera ido fraulein, le tocaría escribir una redacción en inglés bajo la atenta mirada de miss Allan. ¿Para qué acelerar el tiempo, que se deslizaba como un lento río gris, si traía con desesperante regularidad las mismas ocupaciones odiosas y las mismas distracciones, peores que obligaciones, igual que las olas arrojan a la orilla siempre las mismas algas? Gabri guardó las partituras en el musiquero. Luego se sentó con las manos apoyadas en las rodillas, muy recta, muy modosa, con la postura forzada de una niña que está de visita. Hacía tres años que había abandonado la casa de la rue d’Armaillé. Ahora sus padres vivían en un elegante piso de la avenue d’Iéna. Charles se alojaba en la planta baja del mismo edificio, de modo que toda la familia estaba junta y el joven podía hacer casi todas las comidas en casa de sus primos. En realidad, como Léon Bragance pasaba seis meses al año en Polonia para vigilar sus fábricas, Charles, director del consejo de administración de París, se había convertido en cierta forma en el cabeza de familia. Tres años... Y la pequeña Gabri, que hasta los once años había vagabundeado por las calles de París como una rapazuela, se había convertido en una jovencita bien educada que hablaba poco, rara vez levantaba la mirada y vivía una acotada existencia rodeada de libros y profesores particulares. Porque era rica y ahora, a sus catorce años, sabía que la riqueza no significa sólo comodidades, juguetes y vestidos bonitos, sino también y sobre todo: tomar clases aburridas, tener institutrices tiranas que no te dejan ni a sol ni a sombra, cumplir con una disciplina digna de una prisión, hacer deberes, que podrían llegar a gustarte si la estúpida obligación no los hiciera odiosos, permitirse placeres idiotas y sentir la espantosa monotonía de los días, un limbo en el que los tuyos te mantienen y te asfixian con la mejor intención del mundo... Porque su madre había empezado a ocuparse de su hija demasiado tarde como para no hacerlo de forma ejemplar. Porque con el automóvil y los millones también habían llegado los principios, y olvidando sin mala fe el modo en que había crecido Gabri hasta los doce años, ahora, muy seria, repetía a todo aquel que quisiera escucharla: —Yo desapruebo totalmente esas ideas modernas sobre la educación de los niños... Mi hija no leerá una novela hasta que esté casada... Mi hija no tiene amigas; hoy en día, es tan difícil encontrar niñas bien educadas... Es mucho mejor dejarlas crecer solas que arriesgarse a verlas contaminadas por el mal ejemplo... No, mi hija no saldrá sola hasta que se case. Ahora Gabri añoraba con toda el alma su desgraciada infancia. Ciertamente, la escuela de la avenue de la Grande-Armée era poco ortodoxa y sus compañeras no pertenecían a la «buena sociedad», como decía la señora Bragance, pero al menos tenía amigas que eran niñas, como ella. Desde que era rica, no había vuelto a conocer a ninguna. El pisito de la rue d’Armaillé era muy triste y muy oscuro, pero al menos no tenía a su lado y a todas horas —durante la noche, las comidas, los paseos— la larga cara equina de miss Allan. Lo que más añoraba era vagabundear sola por las calles. Le encantaba mirar a la gente, los árboles y el cielo mientras pensaba en montones de cosas sin orden ni concierto. Pero miss Allan, en cuanto la veía absorta, le decía: —¿Se puede saber en qué piensa? Ya sabe que su madre quiere que hable inglés durante los paseos. No eche la cabeza atrás de ese modo. ¿Se puede saber qué mira? ¿El cielo? Don’t be silly, will you? Hay gente. Compórtese y camine más deprisa. Por la puerta entreabierta, Gabri veía a aquella terrible miss Allan escribiendo sin inclinar su torso rígido. Llevaba una blusa pasada de moda con el cuello almidonado, alto como una gorguera, y unos an teojos a caballo de la nariz. Parecía una yegua. Gabri la detestaba. Pero ¿había alguien a quien no detestara? Vivía en un estado de odio perpetuo, llena de rabia y tristeza... Suspiró y acercó a la chimenea sus desmesurados pies de adolescente. Empezaba a sumirse en una vaga ensoñación carente de alegría, pero con cierto encanto melancólico, cuando la sobresaltaron unos golpes en la puerta. Entró fraulein. Fraulein Singer, la alsaciana, con su paraguas viejo y esa nariz enrojecida por el frío de la que salían un montón de pelos negros, venía tres veces por semana para enseñarle alemán. La pobre Gabri se estaba convirtiendo en una jovencita perfectamente educada e instruida. Con despreocupado orgullo, ahora su madre podía decir de ella: —Mi hija aún no ha cumplido los catorce, pero habla inglés y alemán con fluidez y ya toca con bastante soltura el piano, ¿saben? Para llegar a ese extraordinario resultado, tenía que pasarse muchas horas con los codos hincados en el pupitre mientras los perros y los rapazuelos se divertían de lo lindo vagando por las calles. 2 A las siete y media en punto, miss Allan entró en la sala de estudio. —Lávese las manos —le ordenó. Gabri obedeció en silencio. Después se cepilló la melena, corta y rizada, que se obstinaba en no crecer, y se cambió de vestido. Eran los rituales cotidianos previos a la cena. A continuación, la institutriz y su alumna se sentaron a izquierda y derecha de la chimenea, y esperaron en silencio. El señor y la señora Bragance eran bastante impuntuales. La hora de las comidas variaba diariamente en función de sus obligaciones o divertimentos. El cabeza de familia solía aparecer pasadas las nueve y preguntaba inocentemente: «¿Llego tarde?» En cuanto a Francine, entraba como una exhalación, se dejaba caer en la silla suspirando y decía: «Estoy muerta... Las tiendas... las pruebas...», mientras sus ojos brillantes y cansados parecían perseguir un recuerdo dulce y culpable en el vacío. En consecuencia, la sopa estaba fría, el asado, quemado, y los criados, malhumorados. En aquella bella morada, todo iba manga por hombro, como antaño en el pisito de la rue d’Armaillé. Sin embargo, miss Allan consideraba que Gabri debía estar lista a las siete y media y esperar a que sus padres se dignaran aparecer. Tanto daba si la espera duraba diez minutos o una hora: la institutriz permanecía muda y tiesa como un palo en la silla, puesto que su jornada de trabajo había acabado. Por suerte, esa noche Charles cenaba en casa, y cuando venía él siempre se comía más o menos a la hora. Gabri siguió a miss Allanal comedor. Era todo blanco y dorado; tan blanco y tan dorado que ofendía a la vista. La señora Bragance no había tenido tiempo de familiarizarse con el Art Nouveau, seguía prefiriendo el estilo Louis XVI-Exposición de 1900, los revestimientos de madera de color nata montada y las cortinas amarillo huevo, así que el piso de la avenue d’Iéna parecía un gigantesco merengue. Al entrar en el comedor, Gabri encontró a su padre y su primo hablando de pie. El primero la besó sin interrumpir la charla; el segundo le tendió la punta de los dedos sin siquiera mirarla. Luego apareció la señora Bragance, y todos se sentaron a la mesa. Las conversaciones de los adultos le resultaban tan ininteligibles como el sánscrito. Ellos hablaban de libras esterlinas, marcos y acciones de nombres rebuscados. Y la señora Bragance, que los escuchaba con atención, lo traducía todo en cifras e imágenes concretas de joyas y vestidos. Mientras tanto, a Gabri no le hacían ningún caso, y eso, aunque parezca extraño, la afectaba profundamente. Se sentía sola, desamparada y perdida. Entonces, con el ansia de vengarse, se dejaba llevar por pensamientos prohibidos y abominables. Trataba de imaginar de dónde había venido su madre, despeinada de aquel modo y con los ojos brillantes; o se recreaba, con maliciosa y amarga delectación, en la trama de una de esas noveluchas que devoraba a escondidas. Por lo general, eso bastaba para aliviar su sensación de abandono; le daba la impresión de estar gozando de cierta forma de independencia que se había forjado ella misma, y eso le producía una oscura y resentida satisfacción. Pero había noches, como aquélla, en las que no podía evitar estar triste y dolida, casi al borde de las lágrimas. Se esforzó al máximo en interesarse por lo que decían sus padres. Ese estado de atención ansiosa le crispaba las facciones y sólo consiguió que miss Allan la regañara en voz baja. —Coma y deje de intentar comprender lo que dicen los mayores. No es asunto suyo. Después de cenar, pasaron al saloncito contiguo. En la chimenea ardía un fuego resplandeciente. Una lámpara rosa encendida en una esquina suavizaba los tonos chillones del flamante mobiliario. Miss Allan subió a su habitación y Gabri se sentó en un rincón en penumbra. Eran las nueve. Léon Bragance acabó su cigarro y se levantó. —Voy a salir. Me esperan en casa de los Blum. Acuéstate sin esperarme, Francine. Adiós, Charles. Buenas noches, mi pequeña Gabri. Y, con ese gesto suyo tan habitual, se alisó el pelo, cada día más ralo en las sienes. Era uno de esos hombres que, minado por la fiebre de los negocios, como otros por el alcohol o el juego, estaba envejeciendo deprisa. Salió. Francine y Charles escucharon sin hablar el ruido de los pasos que se alejaban y compartieron una sonrisa rápidamente reprimida: Gabri estaba allí, inmóvil y atenta. Francine miró el reloj de pared. —¿Aún no te vas a la cama, Gabri? —le preguntó a su hija con fingida indiferencia. —Si siempre me acuesto a las nueve y media... —se apresuró a responder la adolescente, sabiendo que les estorbaba. Quería seguir allí, cerca del fuego, de las flores, en el cálido saloncito... Volvió la cabeza para no ver la expresión de rabia reprimida que alteró brevemente el rostro de su madre. Sin embargo, la señora Bragance no dijo nada: a una chica de catorce años no se la manda a jugar a la habitación como si fuera una criatura. Francine se acercó al piano y, con un suspiro exasperado, le arrancó unos acordes. Luego se sentó y empezó a tocar. Gabri adoraba la música, aunque ella tocaba bastante mal. Escuchar a su madre era un placer sublime del que raras veces disfrutaba. Francine había nacido música; bajo sus mágicas manos, el piano, instrumento de tortura para su hija, parecía cantar y llorar. Estaba tocando el Poema erótico de Grieg, tan tierno y tan apasionado, carnal y triste como una queja de amor. Poco a poco, con los nervios en tensión y los ojos arrasados en lágrimas, la muchacha se acercó al piano. Francine dejó caer las manos. Su mirada más profunda, más dulce, buscó en la penumbra el rostro de Charles. En el silencio de la sala, el reloj sonó una vez. —Son las nueve y media, Gabri. —Pero mami... —¿Mami, qué? —replicó Francine, irritada. Gabri, sorprendida, no contestó. Su alma seguía sangrando, desgarrada por aquella música divina y cruel. —Deja que me quede contigo cinco minutos más, mami... —suplicó al fin—. Por favor... Me gustaría escucharte sólo otros cinco minutos, ¿eh, mami? Gabri imploraba, pueril y desesperada. Francine cerró la tapa del piano con un golpe seco. —¡Tú no estás bien de la cabeza! —exclamó con la horrible voz chillona que empleaba cuando la contrariaban—. ¿Qué son estas tonterías, estos caprichos estúpidos? ¿Ahora la señorita se cree una chica mayor? ¿La señorita quiere pasar la velada en el salón con los adultos? Sube ahora mismo a acostarte, ¿me oyes? ¡Sube inmediatamente! Francine señalaba la puerta con gesto imperioso. ¡Aquella cría había tenido el descaro de robarle una hora a solas con Charles! Con enorme esfuerzo, contuvo la bofetada que hacía temblar su mano. Charles fumaba y parecía completamente indiferente a la escena. Gabri no quiso llorar delante de «ellos». Sin decir nada, agachó la cabeza y los miró de soslayo con esa terrible expresión torva de los niños castigados que recuerda el destello de odio impotente en los ojos del esclavo y que los padres nunca ven. Luego, salió. En su bonita habitación, a unos pasos de la cama donde roncaba miss Allan, Gabri se pasó gran parte de la noche llorando de humillación y pena. Musitaba «Michette, Michette», como si su hermanita muerta pudiera oírla, y deseaba con todas sus fuerzas morirse ella también. Antes de dormirse seguía murmurando: —Cómo me gustaría vengarme, Michette... Cómo me gustaría vengarnos. 3 En verano, Gabri pasaba dos meses en Plombières con miss Allan, mientras Francine recorría los balnearios y playas de moda acompañada de Charles, y Léon Bragance, en París o en Polonia, trabajaba como un esclavo. Así transcurrieron dos veranos y dos monótonos inviernos. Gabri estaba cada día más guapa. Se le había pegado una pizca de la rigidez británica de su institutriz inglesa; cierta parquedad de palabra y gesto que la hacía aún más encantadora. En su rostro, más lleno, más tranquilo, sus magníficos ojos verdes, un poco tristes, captaban las miradas de los hombres en la calle. Sin embargo, su vida apenas había cambiado. En verano se aburría mortalmente en la lóbrega población balnearia de los Vosgos, encerrada entre dos montañas de un verde de cementerio, y en invierno seguía confinada en la sala de estudio bajo la vigilancia de miss Allan, que cada vez era más severa y más rígida con ella. Dos domingos al mes, miss Allan salía de cuatro a siete de la tarde, con la exactitud de un reloj: iba a tomar el té a casa de dos ancianas inglesas amigas suyas. Durante quince días, Gabri esperaba ese bendito domingo con impaciencia. Sus padres también salían: iban a las carreras, a alguna sala de baile o, menos a menudo, de visita, porque la señora Bragance aún no tenía muchas amistades. Era demasiado perezosa para eso. Pero, naturalmente, fuera adonde fuese, nunca se llevaba a su hija con ella. Gabri se regocijaba de placer cuando la oía salir. Los criados se quedaban en la cocina o el office, y ella campaba a sus anchas en el piso desierto. Como antaño en la rue d’Armaillé, pasaba horas muertas asomada a la ventana y disfrutando de la paz que se respiraba los domingos en París. Si hacía buen tiempo, la avenue d’Iéna, más tranquila que una calle de provincias, se llenaba de palomas que paseaban tranquilamente por la calzada. Luego se sentaba un poco al piano e intentaba reproducir las extrañas melodías que sonaban en su cabeza. Pero, sobre todo, leía. Sin la lectura se habría muerto de aburrimiento. Para ella los libros sustituían la vida real. Esos maravillosos domingos de soledad los pasaba casi enteros en la biblioteca, pues había robado la llave de la vitrina de loslibros con la astucia y el sigilo de una piel roja. La biblioteca, adquirida tal cual en una sala de subastas, contenía hermosas obras antiguas, relatos de viajes, algunos libertinos narradores del siglo XVIII y muchas novelas modernas, unas mejores que otras, aunque Gabri leía todo lo que encontraba. Luego, al final del día, se llevaba el libro a su habitación, donde lo devoraba a la luz de su lamparita, en las narices de la institutriz, entonces ya dormida, y temblando con delicioso terror cada vez que miss Allan cambiaba de postura. Pero un día, cuando ya no quedaba un solo libro en la biblioteca que no se supiera de memoria, se le ocurrió bajar a curiosear en casa de Charles. Como Léon Bragance estaba en Polonia desde hacía una semana, a la hora de almorzar Charles y Francine habían decidido ir a las carreras. Se marcharon justo después de comer. En cuanto miss Allan cerró la puerta, Gabri bajó de puntillas por la escalera de servicio hasta el piso de soltero de Charles. Sabía que el criado tenía el día libre. Entró en la cocina con una llave maestra que había encontrado en el office de los Bragance y penetró con sigilo en la sala de fumar. Sabía que la vivienda estaba vacía, pero no podía evitar sentir cierta angustia. Reinaba el silencio y las habitaciones le parecían hostiles y misteriosas. Una penumbra prematura invadía la planta baja. En esa semioscuridad, brilló el brazo de un sillón adornado con una cabeza de león de bronce. Más que verla, Gabri adivinó la vitrina de los libros. Una colgadura argelina medio corrida dejaba entrever la hilera de habitaciones. La última estaba totalmente a oscuras, con los postigos cerrados y las lámparas apagadas. Con la cautela de una gata, Gabri alargó la mano hacia el mueble. La inquietante calma del piso le crispaba los nervios. De pronto se estremeció de pies a cabeza y se detuvo en seco, petrificada por el terror. Alguien acababa de encender la luz en la habitación del fondo. Vio a su madre y a Charles. Él estaba acostado. La cama se encontraba justo enfrente de la puerta. De pie junto a ella, Francine, semidesnuda, se peinaba con un espejo en la mano. Se alisó la media melena; tras dudar un instante, se desperezó y bostezó; luego soltó el espejo, que cayó en la alfombra, levantó una pierna por encima del borde de la cama, se tumbó y apagó la luz. La habitación volvió a quedar a oscuras y en silencio. Gabri seguía allí, con la mente en ebullición. Presa del pánico, sólo podía pensar en huir. Arrimada a la pared, fue a tientas hasta la cocina y corrió como una loca escaleras arriba hasta su habitación, donde se desplomó temblando en un sillón. Estuvo sentada un buen rato, inmóvil, tratando en vano de poner un poco de orden en el tumulto de sus ideas. Le ardían las mejillas. Le invadía una vergüenza extraña y dolorosa mezclada con un asco espantoso. No estaba sorprendida, en absoluto, en realidad hacía mucho tiempo que lo sospechaba, pero haberlo visto con sus propios ojos la hacía sentir sucia y turbada. Y, al mismo tiempo, confundida por la aparición de unos celos y envidia inconfesables. ¿Cuándo la amarían al fin también a ella? 4 «Pero ¿y si se entera de que lo sé?», se repetía Gabri a todas horas. Era consciente de la importancia de que su madre siguiera ignorando su inoportuna perspicacia, porque, a la menor sospecha, se apresuraría a mandarla a un internado, y Léon Bragance estaba demasiado sometido a los caprichos de su mujer para oponerse. Gabri callaba, pero tenía la intensa y embriagadora sensación de que, a pesar de todo, era la más fuerte, de que el sosiego y la felicidad de aquellos orgullosos adultos, que ni siquiera reparaban en ella, estaba en sus manos. «¿Y si se entera de que lo sé?», pensaba constantemente, en apariencia impasible ante la desdeñosa y distraída Francine. A veces el súbito deseo de gritarle a la cara «¡Lo sé, lo vi!» era tan irritante e intenso que resultaba casi voluptuoso. Había momentos en que su madre le inspiraba un odio tan salvaje e irracional que sus miradas, sus palabras o sus pasos bastaban para exasperarla. Pero no se daba cuenta de que su actitud era ruin y sus pensamientos, execrables. Los adolescentes necesitan sentir pasiones excesivas. Para agradarles, la vida debe vestirse con sus colores más estridentes. Del mismo modo que los niños pequeños sólo reconocen la naturaleza en sus álbumes de cromos cuando es tan abigarrada como una imagen de Épinal. Entretanto, la tentación de pronunciar en voz alta las palabras que le quemaban en los labios —«Lo sé, lo vi...»— cobraba visos de obsesión enfermiza. Sobre todo la perseguía cuando estaba en presencia de su padre. Gabri imaginaba lo maravilloso que sería vivir sola con él, sin su madre y sin Charles, y le habría abierto los ojos sin el menor escrúpulo, sin importarle hacerle sufrir, si hu biera sido tan osada como sus secretos pensamientos. Por suerte, no lo era. Pero un día, mientras estaba sola en la sala de estudio peleándose con un problema de álgebra, su mano arrancó distraídamente una hoja del cuaderno y, como dando rienda suelta a sus pensamientos íntimos, trazó, casi sin querer, la siguiente frase: «Si quiere confirmar que su mujer lo engaña con su primo, Charles Bragance, regrese de improviso...» No siguió; miró lo que acababa de escribir con un leve estremecimiento voluptuoso. Sabía perfectamente que nunca se atrevería a enviar aquella nota, que la rompería de inmediato, pero tener aquella hoja de papel entre las manos le producía el mismo terrible placer que una pistola cargada. Leía y volvía a leer, pero no se decidía a romper el peligroso mensaje; estaba fascinada por la forma misma de las palabras, que había trazado instintivamente con una letra alta e impersonal, procurando disfrazarla. De pronto se abrió la puerta y entró la señora Bragance. —Oye, Gabrielle... —empezó a decir. Se interrumpió. La adolescente se había levantado de un salto y ahora, con la espalda apoyada en el pupitre, estrujaba la carta entre los dedos nerviosamente. Estaba tan pálida, tan descompuesta, que su madre fue directa hacia ella, pese a su escasa perspicacia. —¿Qué tienes en la mano? —Nada. —Dámelo ahora mismo. Francine le arrancó el papel, lo desplegó y leyó. Gabri vio que su madre palidecía bajo el maquillaje. —¿Dónde has encontrado esto? —preguntó al fin con voz no muy segura. Gabri guardaba silencio, demasiado azorada para responder. —¿Quieres decirme de dónde has sacado esta repugnante carta? — insistió la señora Bragance con irritación y cada vez más aterrorizada. Gabri comprendió que el error de su madre iba a salvarla. —Del suelo, la he cogido del suelo —se apresuró a responder. —¿Aquí? —Aquí, sí. La señora Bragance miró a su alrededor con una expresión recelosa, inquieta. —Miss Allan, estaba aquí hace un momento. ¿La has visto escribir? — preguntó al fin—. ¡Responde! ¡Parece que haya que sacarte las palabras con pinzas! ¿Lo ha escrito ella? Vamos, Gabri, contesta... ¿La has visto escribir? —Sí... no... sí... —balbuceó Gabri. La señora Bragance cavilaba: «Está claro, ha perdido el borrador de una carta anónima...» Volvió a la carga: —Y después, ¿has visto que escribiera algo más? Contesta, cariño —dijo procurando adoptar una actitud indiferente. —No, estaba sentada ahí y escribía eso, estoy segura —respondió Gabri —. De hecho, parecía que quisiera esconderse de mí, mamá... Luego, la doncella ha venido a buscarla, no sé para qué. Ella ha guardado el papel en su cartapacio rápidamente... Pero... hace un momento, no te he dicho la verdad, mamá... He abierto el cartapacio para ver qué estaba escribiendo... Ya sé que he hecho mal... —En absoluto, has hecho muy bien —murmuró distraídamente la señora Bragance—. ¿Y seguro que no ha escrito nada más? —insistió. —Seguro, mamá. —Gabri, esta noche, después de cenar, le dirás a tu padre que no quieres que miss Allan siga viniendo. ¿De acuerdo? El corazón de la adolescente daba brincos de alegría, pero se contuvo y murmuró: —¡Oh! Pero ¿por qué? Si es muy buena... —No, es mala persona,una mentirosa —dijo Francine—. Tú aún no puedes entenderlo, afortunadamente. Pero no merece la pena explicarle todos los detalles a tu padre... Se enfadaría... Sería complicar las cosas... Dile simplemente que miss Allan te aburre... Al fin y al cabo, ya eres demasiado mayor para tener institutriz. ¡Ay, ya me habían advertido que ni las mejores valían nada! Unas víboras... Entonces, ¿puedo contar contigo? Dócil e indiferente, Gabri respondió con una voz suave, de hija ejemplar: —Como tú quieras, mami. —Y... no le contarás nada a tu padre, ¿verdad? —Pues claro que no, mamá, ¿para qué? Francine sonrió, más tranquila. —Exacto, ¿para qué? Eres una buena niña, Gabri. Ahora no pensemos más en eso... En el fondo, no es más que una tontería. Le dio un beso a Gabri y se marchó llevándose la hoja manuscrita. Cuando desapareció, Gabri se quedó petrificada unos instantes. No sentía el menor remordimiento por lo que había hecho. ¡Se había librado de miss Allan! ¡Era una felicidad que no se pagaba con nada! ¡Y cómo se la había pegado a todos! Su madre no había pensado ni por un instante que la culpable podía ser ella, su hija... Eso, en lugar de conmoverla, sólo la hacía reír. Por primera vez en mucho tiempo, toda su infancia olvidada inundó de nuevo su corazón como una gran ola de júbilo. Con la boca abierta en un grito de triunfo, que, no obstante, reprimía prudentemente, empezó a girar sobre sí misma como una peonza, con el pelo azotándole la cara. No se le ocurría otra forma de expresar su loca y malvada alegría que aquella chiquillada, aquella danza de salvaje. Dos días más tarde, miss Allan fue informada de que Gabri ya era demasiado mayor para continuar bajo la vigilancia de una institutriz y que, en adelante, la guiaría y aconsejaría sólo su madre. Miss Allan, digna y desdeñosa, hizo las maletas y se marchó. Durante dos días, Francine interceptó hábilmente el correo de su marido; luego olvidó el asunto. Y la vida de Gabri cambió por tercera vez. 5 Los tres primeros días la doncella de Francine se encargó de acompañarla a clase y durante los paseos, pero el cuarto la señora Bragance necesitó sus servicios y Gabri se quedó en casa. Al día siguiente, Francine se llevó a su hija al Ritz, pero Gabri era bonita y no pocas miradas se deslizaron de su madre a ella. Así que la señora Bragance, como Gabri no podía pasarse el día encerrada ni hacer sombra a la belleza de su madre, optó por un término medio y permitió que la niña saliera sola. ¡Al fin y al cabo eso fortalecía la personalidad y la seguridad en una misma! Gracias a Dios, los tiempos de las niñitas pánfilas quedaban ya muy lejos. —Siempre he pensado que las jovencitas deben acostumbrarse a ser independientes cuanto antes... Mis convicciones al respecto se deben a... — decía Francine. Porque el material del que estaban hechas sus convicciones era dúctil y maleable y se podía trabajar y adaptar a voluntad. Y de un día para otro Gabri se vio suelta por las calles de París, como un potro en un prado, sin que nadie le pidiera cuenta de sus actos ni se preocupara de lo que hacía en todo el día. Tampoco nadie advirtió que Gabri estaba cambiando y se transformaba en mujer con una rapidez extraordinaria. Siempre había estado sola en la pena. Siguió estándolo en la alegría. Un día, alrededor de las seis, Gabri bajaba lentamente por los Campos Elíseos. Era una tarde de febrero, atemperada por una falsa pero maravillosa sensación de primavera. Los árboles aún estaban desnudos y hacía frío, pero un aroma indefinible y dulce flotaba en el aire, como cargado de un ligero olor a flores. Alrededor de Gabri, hombres y mujeres pasaban cogidos de la mano y se desvanecían rápidamente en la penumbra del atardecer. Luego, una noche clara y pura, toda azul, se extendió lentamente sobre la ciudad. De pronto —Gabri jamás olvidaría aquella súbita y ligera sensación de sufrimiento—, en la esquina de una calle, oyó el melancólico y frágil sonido de una flauta, triste, límpido... Aflojó el paso todavía más, invadida por una dulzura inexplicable... Aquella noche y su lánguida belleza, la música de aquella flauta, que se perdía a lo lejos... todo le ablandaba el corazón y le infundía una vaga ternura, una felicidad sin motivo, mezclada con una tristeza deliciosa. Sintió que un velo de luto se desgarraba en su corazón. Una extraña alegría inundó su espíritu. Como si recuperase su infancia, como si, al salir de la larga pesadilla de la adolescencia, despertara siendo de nuevo una niña, pero con una mirada más penetrante, los sentidos más agudos y sutiles y un poder oscuro y nuevo. Durante años había sido huraña y silenciosa, pero a partir de ese día su personalidad llenó la casa de ruido y alegría. Parecía ebria de un vino misterioso. En la calle, acariciaba a los niños, daba limosna con un placer desconocido y miraba a los transeúntes con indulgente curiosidad. Disfrutaba con intensidad de los acontecimientos más insignificantes de la vida cotidiana. «Pero ¿por qué soy tan feliz? ¿A santo de qué, esta felicidad?», se preguntaba a veces. Y se reía de sí misma con una vergüenza deliciosa. Gabri albergaba en su interior una enorme necesidad de ternura. Empezó a ser cariñosa con su padre. Lo colmaba de mil menudas atenciones, de agasajos, de mimos. Hasta entonces había sido tan poco expresiva, tan fría, que Bragance recibió su repentino afecto como un hermoso e imprevisto regalo. A medida que envejecía, él también había empezado a sentirse muy solo. Compartían momentos deliciosos. Léon entraba en la habitación de su hija, se sentaba, la veía moverse de aquí para allá, la oía parlotear... Con una coquetería inconsciente, con el fin de agradarle, Gabri se las ingeniaba para hacer más confortable su habitación y se ponía los vestidos preferidos de su padre. Incluso se atrevía con sencillas labores de costura. Intuía que su padre se dejaría cautivar por el casto y delicado encanto, desconocido para él, de un hogar bonito y ordenado, de la gracia amable de una mujer que cose bajo la lámpara. Una noche Gabri le habló de Michette. En esa casa ya nadie se acordaba de la pobre niña muerta. La señora Bragance se había esforzado tanto en olvidar el terrible drama que lo había conseguido sin excesiva dificultad. Todo lo que quedaba de Michette era una gran fotografía en un marco demasiado bonito sobre la repisa de la chimenea del salón. Sólo Gabri le rendía el mismo culto ferviente, aunque nunca la mencionaba. Esa vez se sintió tremendamente incómoda al pronunciar su nombre. Le parecía que sus labios habían perdido la costumbre de hacerlo, y el par de sílabas sonó de un modo extraño en sus oídos, como si pertenecieran a una lengua extranjera. De pronto fue consciente de que habían transcurrido cinco largos años desde la muerte de su hermana. Bragance dijo unas cuantas frases torpes y se calló. La había conocido tan poco y hacía tanto tiempo... En ese momento Gabri pensó por primera vez que a pesar de todo su padre nunca estaría suficientemente cerca de ella. Pero siguió envolviéndolo con su ternura. Una ternura que cada vez se volvía más interesada. A veces Gabri se decía que no había razones para que su padre se negara a divorciarse y que si ella se lo sugiriera... Y se esforzaba en conquistarlo con ingenua picardía, como a un novio. Un día se atrevió a preguntarle: —Papá, ¿no te gustaría vivir conmigo en un sitio donde hiciera sol y hubiera flores? —¿Te refieres a Niza? —A Niza u otro sitio, no importa dónde, con tal de que siempre haga buen tiempo. —Si quieres, el año que viene podemos ir a Niza. Y te compraré un coche pequeño para que puedas conducirlo tú misma. —¿Iremos? ¿De verdad? —De verdad. —¿Los dos solos? Léon, un poco sorprendido, no respondió. —Pues claro que no... Con mami —dijo luego con la voz ligeramente alterada. —¡Ah! Durante el súbito silencio que se hizo entre ellos, padre e hija se miraron con una desconfianza indefinible. Gabri posó la cabeza en el hombro de Léon. —Papá, mi querido papá... —empezó a decir—. ¿Acaso no me quieres lo bastante paravivir solo conmigo, sin nadie que se entrometa entre nosotros, sin mamá? Si supieras cuánto te querría, cómo te cuidaría... Mejor que ella. Vámonos juntos, los dos solos, ¿eh? —No sabes lo que dices —respondió Léon lentamente con una voz extraña. Entonces, Gabri exclamó: —¡Oh, papá, papá, si tú supieras! Léon le tapó la boca con la mano. —Cállate, cállate, por favor... —se apresuró a murmurar—. No me digas nada... Gabri no comprendió hasta qué punto era sincero y digno de lástima; sólo dijo amargamente: —¡La quieres más que a mí! —Es que son dos sentimientos distintos... —respondió su padre, como si pidiera clemencia. —Ya lo verás —continuó ella, implacable—, te haré más feliz de lo que ella jamás ha sabido ni querido hacerte. Es una egoísta, es mala, es... —Basta —la interrumpió Léon—. No sabes lo que dices, hija. No debes hablar así de tu madre jamás. Tiene sus defectos, pero tú no eres quién para juzgarla... Y... A medida que pronunciaba esas frases que los padres repiten como si se las supieran de memoria, Bragance se fue calmando. Gabri comprendió que lo estaba perdiendo. Sin decir nada, volvió a coger la labor y siguió perforando la tela con la aguja con gesto maquinal. Su padre encendió un cigarrillo. De pronto se sentían incómodos, como dos extraños. —Un día te casarás... —dijo al fin Bragance. «Te casarás, me dejarás, y me quedaré solo, aún más solo que antes. No, no, prefiero esperar. Pronto será vieja y sólo me tendrá a mí. ¿Quién sabe?, quizá entonces seré feliz», pensaba. Pero no dijo nada más, y Gabri no supo comprender. TERCERA PARTE 1 Francine se arreglaba el pelo de pie ante el espejo de la chimenea. A unos pasos de ella, Charles, repantigado en un sillón hondo, mordisqueaba un cigarrillo y guardaba un silencio hosco, inmóvil como un animal astuto. El prematuro crepúsculo de un día lluvioso llenaba de sombras la habitación en la que acababan de hacer el amor y la gran cama se extendía revuelta bajo las colgaduras. Había ropa por todas partes: un abrigo de pieles descansaba en la alfombra; el sombrero de Francine, colocado sobre el reloj de pared, ahogaba el ruido del péndulo dorado. En el cuarto cerrado, de atmósfera asfixiante, flotaba un olor violento. —Aquí no se puede respirar... —murmuró al fin Charles con el rostro crispado. —¡Pues abre la ventana! —respondió Francine con la voz súbitamente alterada, colérica, pese a la aparente inocuidad de las frases que acababan de in tercambiar. Charles se levantó del sillón, se acercó a la ventana y la abrió de par en par. Una bocanada de frescor húmedo penetró en el dormitorio junto con el suave ruido de la lluvia. Charles suspiró aliviado y permaneció inmóvil. Entretanto, con la cara pegada al espejo, Francine se observaba detenidamente. Se había decolorado el pelo. Sólo ella sabía cuántas canas tenía en las sienes y detrás de las orejas, cuántas finas arrugas le estriaban las comisuras de la boca y los ojos a pesar de las capas de maquillaje, a pesar de los masajes expertos. Charles cerró la ventana y corrió las cortinas antes de volver junto a ella. Francine vio en sus ojos esa mirada que conocía y temía más que a nada en este mundo, una mirada llena de cólera y de un rencor inexplicable. Y en el acto, con la torpeza perversa de ciertas mujeres, pronunció las palabras equivocadas. —¿Ya no te gusta mi perfume? Pues no ha cambiado... —Pero todo lo demás sí —respondió él con crueldad y añadió—: Tú y yo... De pie, uno frente a otro, se escrutaban con dureza. Esos cinco años habían erosionado la relación. La belleza de Francine, hecha sobre todo de lozanía y vigor, deslumbrante, magnífica, había tenido la misma breve madurez que una fruta rebosante de savia. Y ya había empezado a marchitarse. Charles sentía que esa imagen también se ajustaba a su amor, demasiado violento, demasiado ardiente. Igual que esos jugosos melocotones que maduran demasiado pronto, empiezan a pudrirse por dentro y un buen día se estropean sin motivo aparente. Toda su relación desfiló en su cabeza. Cinco años de escenas, de peleas... de celos feroces, de una enfermiza necesidad de torturarse, de doblegar al otro, de cargarlo de cadenas... Unos sedimentos que ahora volvían a ascender a la superficie lentamente. Charles había llegado a aborrecer a su amante hasta tal punto que su perfume, el tacto de sus manos, su voz, incluso su recuerdo cuando ella no estaba, agitaban en el fondo de su alma un odio tan salvaje e irracional como antes lo había sido su deseo. A veces, después de sus citas, el olor de Francine, el recuerdo de sus caricias, lo perseguía como el espantoso regusto del vino después de una orgía. Sin embargo, por la terrible fuerza de la costumbre y de los vicios que compartían, volvía a caer una y otra vez entre aquellos brazos que intentaban encerrarlo y aprisionarlo, y aún la odiaba más por ello. Ella, con su ingenuidad de mujer enamorada, no veía en todo eso más que la amenaza de una posible traición, y lo agobiaba aún más con sus celos, su presencia y sus tiránicos besos. —¿Cenas en casa esta noche? —dijo al fin para romper un silencio que adivinaba peligroso. —No... no puedo. —¿Y eso? —¿Es que no puedo tener un compromiso sin pedirte autorización? —Antes... —Deja el pasado tranquilo, por favor. —Entonces, ¿no quieres venir? —le preguntó Francine con una voz cada vez más áspera y chillona—. ¿Es eso, verdad? —No puedo. —Mientes. Desde hace una semana todos los días te inventas una excusa para evitarme. —Evito tu casa. —¿Y a qué se debe este nuevo capricho? Charles se enfadó. —¿Crees que cenar en tu casa delante de tu marido y tu hija resulta muy agradable? —Hace cinco años que vienes y nunca me ha parecido que te resultara desagradable... —Eso vuelve a demostrar que todo acaba cansando y te repito... —¡Ah, me tienes harta! —Francine gritó tan fuerte que Charles, con los nervios a flor de piel, dio un respingo—. ¡No paras de inventar cosas absurdas! ¡Pues adelante, querido! ¡Ve adonde quieras y con quien quieras! —Sabes perfectamente que mentía —contestó Charles con rabia y tristeza—. Si no ceno en tu casa me quedaré aquí, junto a la chimenea, solo como un perro, o me iré a Montmartre a beber y bailar hasta perder el sentido... Sabes... Sabes que lo más terrible es precisamente eso —continuó —. Aparte de ti, no tengo nada, ni familia ni amigos. No tengo un solo amigo. Estabas celosa de todos. Has alejado de mí a todo el mundo. Estoy solo. No te puedes imaginar lo horrible que es estar en este piso vacío por la noche, sentir que estoy solo en el mundo, ¡solo en el mundo contigo! —¿Ah, sí? ¿Y yo qué? —replicó Francine—. ¿Qué tengo yo aparte de ti? ¿Un marido al que no quiero? ¿Una hija que seguramente no tardará en dejarme para casarse? Además, ¿qué quieres?, yo no soy una esposa, ni una madre... O, mejor dicho, mi marido, mi hijo, eres tú... No tienes derecho a dejarme, ¿me oyes? Juraste que estarías a mi lado toda la vida, recuérdalo, Charles, recuérdalo... —Es lo que se jura siempre —masculló él con rencor y luego, encogiéndose de hombros, añadió—: El amor... una cárcel que nos construimos nosotros mismos. Sin decir nada, Francine cogió el abrigo de pieles de la alfombra. —Adiós... ¿Quieres que sea para siempre? Él volvió a encogerse de hombros. —Es difícil —murmuró con una expresión ambigua. —Acabas de decirme cosas imperdonables. —Nosotros ya no podemos decirnos cosas imperdonables, mi pobre Francine. Nos las dijimos hace mucho tiempo... De pronto, Francine rompió a llorar; suprema estrategia de las mujeres. Al principio, sus lágrimas lo irritaron. Luego le encogieron el corazón. Acabó abrazándola. —Francine, por Dios, es ridículo. —¡Oh, mi niño, mi niño! Ámame, te lo suplico... —gemía ella acurrucada contra su pecho. Él bebió sus lágrimas con melancólica sensualidad y, una vez más, la deseó con un poso de lástima turbia. Y, una vez más, la tomó. 2 La doncella anunció a la señorita de Winter. Babet te entró en la habitación de Gabri como un torbellino. Babette —Roberte de Winter— tenía