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<p>UNIDAD 1</p><p>“LA MODERNIDAD COMO AUTORREFLEXIÓN” de NICOLÁS CASULLO</p><p>Se puede decir que tenemos diferentes enfoques desde disciplinas del conocimiento que tratan de dar</p><p>cuenta de estos últimos 250 años de historia capitalista burguesa moderna. Existen diferentes y</p><p>diversas maneras de ver a la historia; pudiendo plantear, a la historia, desde lo filosófico, lo político o</p><p>lo estético.</p><p>Se plantea, tratar de vincular y articular las claves más importantes de estas variables que hacen al</p><p>mundo de las ideas. Siendo las principales corrientes del pensamiento contemporáneo, que nos harán</p><p>recorrer dicho mundo; entonces es una especial manera de recorrer la cultura moderna capitalista.</p><p>Palabra moderno o modernidad, será un concepto que desde hace algunos años ha cobrado relevancia</p><p>en las discusiones teóricas, filosóficas, artísticas, políticas del mundo. Un concepto que hoy marca un</p><p>tiempo reflexivo, el nuestro. Para algunos pensadores, el concepto de la modernidad como</p><p>autoconciencia, donde ser moderno, como aquello que de alguna manera trataría de significar que</p><p>estamos a la moda, que estamos con lo último, que no somos ni conservadores ni tradicionalistas, que</p><p>experimentamos cosas del mundo a partir de las novedades que el mundo nos ofrece.</p><p>La modernidad sería una condición de la historia, que comienza a darse de manera consciente entre</p><p>los pensadores, entre los actores de esa historia, en Europa, básicamente entre los siglos XVII y</p><p>XVIII. Entonces su significado más amplio y más abstracto es el de la modernidad como una</p><p>particular condición de historia.</p><p>El vocablo se venía usando desde el siglo V de la era cristiana, sobre las estribaciones de la</p><p>civilización romana, para referir a un “modo” de hacer. Pero es en esta otra época moderna donde</p><p>adquiere relevancia y va definiendo sus perfiles específicos; donde se pensara el mundo y se polemiza</p><p>entre lo “antiguo” y lo “lo moderno”. El hombre asiste por distintas vías que le hacen consciente una</p><p>modernización de la historia, una modernización del mundo.</p><p>Esta modernización no solo aparece en el campo de los avatares sociales, industriales, técnicos,</p><p>económicos, financieros, sino que aparece como necesidad de nueva comprensión del mundo. El</p><p>mundo, en realidad, de por si no existe con ese significado contenido en sí mismo. Si al mundo le</p><p>quitan las ideas ordenadoras con las que nosotros podemos hablar del mundo, es un caos de</p><p>circunstancias, son miles de cosas que se producen a la vez y sería imposible relacionar esas miles de</p><p>cosas en un único significado. Lo importante, y lo que va a ir elaborando el nuevo pensamiento</p><p>moderno, es que se hace consciente la modernización del mundo, donde el mundo es la representación</p><p>que nos hacemos de él.</p><p>Lo que produce básicamente esta modernización cultural acelerada de la historia es la caída, el</p><p>quiebre, la certificación del agotamiento de una vieja representación del mundo regida básicamente</p><p>por lo teológico, por lo religioso que designa lo que es el mundo, lo que es el hombre, DIOS, cuál fue</p><p>la historia, la causa y cual seria o es el final. Esto es lo que se va resquebrajando en Europa. La</p><p>modernidad toma prontamente conciencia de que en su avanzar, genera en términos de pensamiento,</p><p>va extinguiendo ese mundo de Dios.</p><p>Esa explicación religiosa del mundo, sin embargo contenía algunos elementos esenciales que la</p><p>modernidad luego, en 200 años nunca pudo resolver, que son las respuestas a preguntas</p><p>fundamentales que hacen a ¿que somos? ¿porque estamos acá? y ¿hacia dónde vamos? Esto es lo que</p><p>el plan de Dios contenía, explicado de una manera sencilla. Los autores del siglo XVIII cuestionan</p><p>este mundo pero terminan confesando que un mundo de representaciones necesita vincularse,</p><p>articularse de la manera más adecuada, pero sin renegar la fe ni el saber.</p><p>Hoy se discute mucho desde las perspectivas teóricas más avanzadas, filosofía, cultura, literatura,</p><p>sociología, esta problemática donde el mundo pierde su representación desde lo sagrado, y va hacia</p><p>una representación racionalizadora, en base a razón, y una razón en base a lo científico – técnico, que</p><p>es el mundo que conocemos hoy.</p><p>En este proceso moderno, será el siglo XVIII, el siglo de las luces, el siglo de los filósofos, de los</p><p>pensadores y de los críticos a las viejas representaciones del mundo, será este proyecto de las Luces,</p><p>del Iluminismo, de la Ilustración, como tradicionalmente se lo llama, el que va a concluir, a</p><p>sistematizar, intentando albergar el principal pensamiento que hace a los grandes relatos y paradigmas</p><p>modernos en los cuales nosotros estamos situados. Estos 200 años donde nosotros, como América</p><p>Latina, estamos absolutamente involucrados en este proyecto, con nuestros héroes de mayo,</p><p>influenciados por el pensamiento de la Ilustración Francesa.</p><p>Aparece en lo moderno un nuevo poder, el poder del autor, ese extraño personaje con sus públicos.</p><p>Estos autores que escriben páginas que se imprimirán y tendrán sus lectores, dedicados más a la</p><p>política, a la revolución, a las armas, mas a cambiar la historia. Es el poder del autor que cuando se</p><p>conjuga con hombres que llevan a la acción las ideas conducen, por ejemplo a la revolución francesa y</p><p>a la cabeza del rey a la guillotina. Lo que ellos dicen, lo que especulan es para todo tiempo y lugar.</p><p>La revolución francesa y sus secuelas, la revolución latinoamericana, serían la otra mano de este</p><p>pensamiento de la Ilustración, donde además aparecería impregnando la idea de revolución un</p><p>segundo momento de este pensamiento ilustrado, el pensamiento Romántico.</p><p>El pensamiento romántico, es aquel pensamiento que si bien celebra la libertad, esa nueva autonomía</p><p>del hombre, de pensar por sí mismo, ejercerá por un lado una crítica profunda a los sueños totalitarios,</p><p>a la razón científica, y trabaja en ideas de sentimiento, de patria, de amor, de nacionalidad, que</p><p>combinado con la ilustración conformarán las dos grandes almas de lo moderno hasta el presente (che</p><p>Guevara, Marx) y conjuga el pensamiento romántico: no importa si se gana o se pierde, la cuestión es</p><p>dar testimonio de que uno quiere cambiar el mundo. Ese pensamiento atraviesa toda la Modernidad.</p><p>En este pensamiento romántico aparece una figura que debate con el científico de la razón técnica; el</p><p>poeta.</p><p>La Ilustración es este amanecer de la modernidad en términos que a nosotros nos interesa, que es la</p><p>historia de sus ideas, que se va a extender a todos los campos del conocimiento y de lo social. La</p><p>Ilustración trata de reconstruir la interpretación, comprensión y de generar historia, en los distintos</p><p>campos que constituyen el hacer del hombre.</p><p>El legado más profundo de la crítica ilustrada: el criticarse y vigilarse a sí misma (Habermas, filósofo</p><p>Alemán)</p><p>La modernidad es este proceso de racionalización que esencialmente se va a dar en Europa occidental,</p><p>y sus hijas dilectas, las Américas. Proceso de racionalización como forma de comprender pero al</p><p>mismo tiempo de estructurar el mundo, la historia y el lugar del hombre en esa historia. Weber lo</p><p>llamó el desencantamiento del mundo.</p><p>Racionalización del mundo a partir de saberes autónomos, que no responden a dogmas, ni al rey ni a</p><p>la iglesia; que dan cuenta de su propia esfera en lo que vayan logrando en términos de conocimiento y</p><p>reflexión. 3 grandes esferas organizan estos saberes racionalizadores que caracterizan a la modernidad</p><p>y su comprensión del mundo: la esfera cognitiva, donde reina la ciencia, la esfera normativa, o sitio de</p><p>las problemáticas éticas, morales y de sus políticas de aplicación; y la esfera expresiva, arte y estética.</p><p>La modernidad es aquel discurso de la crítica: la cual funda la modernidad en su crítica a las viejas</p><p>representaciones, pero que la ilustración plantea como perpetua “crítica a la crítica”, es decir como</p><p>permanente crítica al conocimiento dado. Es imposible pensarla como finalizada, ya que en realidad</p><p>está siendo puramente modernidad por excelencia, porque la crítica es fundamento de los tiempos</p><p>modernos.</p><p>Esta racionalización destina a la historia; frente a distintas</p><p>reflexión en forma de proyectos o bocetos que no han llegado a convertirse en</p><p>obras, pero cuya presencia a veces puede crear influencias en la historia de la arquitectura, por ser</p><p>innegables. Se puede afirmar, que estos componentes del proceso de diseño previos o independientes</p><p>de la ejecución de la obra presentan una problemática compleja, apenas esbozada aquí por lo demás,</p><p>que contribuye a diferenciar en un nuevo aspecto aún el objeto de la historiografía arquitectónica del</p><p>de la artística.</p><p>La historiografía arquitectónica, en efecto, fue separándose progresiva y definitivamente de la del arte,</p><p>hasta constituirse, en el presente siglo, un dominio específico de investigación. La disciplina se ha</p><p>visto enriquecida por un par de generaciones de brillantes historiadores. Cada uno de ellos, de Pesvner</p><p>a Banham, de Argan o Zevi a Tafuri, de Scully a Frampton; es exponente de una posición filosófica</p><p>particular y representa una manera propia de compromiso con la realidad. En tanto que la</p><p>historiografía latinoamericana, en gran parte asumida en el pasado reciente por historiadores del arte,</p><p>requiere aún de muchos esfuerzos para emprender un camino propio y eliminar errores.</p><p>Apunta Gutiérrez que existe la necesidad de "explicamos a partir de nosotros mismos utilizando</p><p>categorías de análisis, escalas de valores y juicios críticos" que no sean elaborados a partir de otros</p><p>contextos.</p><p>capítulo 4: “Historia, teoría, crítica”</p><p>Historia, teoría y crítica son tres modos de reflexionar sobre la arquitectura, íntimamente entrelazados,</p><p>a menudo confundidos en el pasado, que se diferencian por sus métodos y objetivos y cumplen,</p><p>además, distintas funciones para el pensamiento y la praxis arquitectónica.</p><p>Una crítica que no atendiera a la condición histórica del objeto arquitectónico analizado, no podría</p><p>alcanzar su significado, puesto que, como todo hecho cultural, el hecho arquitectónico está inmerso en</p><p>la historia y es inexplicable fuera de ella.</p><p>"Criticar, dice Tafuri, significa recoger la fragancia histórica de los fenómenos". En cuanto a la teoría.</p><p>¿cómo podría realizarse una selección y valoración del material histórico, cómo podrían</p><p>establecerse pautas críticas, sin el apoyo de una serie de principios, esto es, sin una teoría? Y una</p><p>teoría, a su vez, ¿de dónde obtiene su sustento sino de la realidad, que es una realidad histórica?</p><p>He aquí, pues, someramente planteada la estrecha interdependencia entre historia, teoría y crítica.</p><p>Intentemos ahora una caracterización más diferenciada:</p><p>En cuanto a la teoría; como un sistema de pensamiento mediante el cual se ordena un conjunto de</p><p>proposiciones lógicas; historia es una descripción crítica de la sucesión de los hechos arquitectónicos.</p><p>El historiador, para la selección y elaboración de su materia, se basa en una teoría; en todo "relato"</p><p>histórico pueden descubrirse los elementos de una teoría; pero permanecen implícitos, inarticulados;</p><p>pues constituyen una hipótesis de trabajo, no una finalidad de la exposición. El material utilizado para</p><p>elaborar el sistema teórico, a su vez, ha sido extraído de la historia. Ahora bien, los "productos" de</p><p>ambos trabajos son diferentes: el sistema en un caso, la descripción en el otro. Y, por lo mismo,</p><p>difieren los métodos; para el teórico será la abstracción de conceptos a partir del análisis de los</p><p>objetos reales; para el historiador será la investigación, comprensión, valoración e interpretación de</p><p>objetos reales a partir de conceptos.</p><p>Pero la arquitectura es una actividad concreta y práctica, y cualquier tipo de reflexión que a ella se</p><p>refiera conservará una relación más o menos directa con la praxis.</p><p>De ahí que la teoría, definida como sistema de pensamiento, puede asumir la forma de una normativa,</p><p>esto es, un sistema de leyes o normas que determinan cómo ha de ser la arquitectura, lo que ha sido</p><p>usual en el pasado, y aún en tiempos recientes en la enseñanza. O bien puede ser una poética, esto es,</p><p>el enunciado de una concepción, ya no universal, sino particular de un arquitecto o un grupo de</p><p>arquitectos, la base de su propuesta, su propia definición de la arquitectura tal como pretende</p><p>practicarla. Puede también la teoría asumir la forma de una filosofía de la arquitectura, esto es, de una</p><p>concepción generalizadora en busca de principios universalmente válidos, más ligada a la</p><p>especulación que a la realización.</p><p>En cuanto a la crítica y la historia, podría intentarse una distinción, en ambos casos, entre actividad y</p><p>actitud; esto es, actividad del crítico o del historiador, por una parte; actitud crítica y actitud histórica,</p><p>por la otra. Como actividad, la del historiador consiste en el estudio e interpretación de la arquitectura</p><p>del pasado y su ordenamiento en el tiempo.</p><p>La actividad del crítico consiste en el comentario de la arquitectura del presente, está referida al diario</p><p>acontecer de la arquitectura; debido a la identificación de nuevas ideas, a la valoración e</p><p>interpretación de nuevas obras o propuestas, al descubrimiento de nuevas tendencias. Contribuye, con</p><p>su reflexión, a la toma de conciencia de situaciones y, en el caso del crítico latinoamericano, cumple</p><p>un importante papel en la toma de conciencia del significado que el tema examinado pueda tener para</p><p>nuestra propia cultura o para nuestra praxis profesional. Sin embargo, puede ocurrir que el papel del</p><p>crítico, sea simplemente el de observar la realidad, descubrir en ella hechos arquitectónicos</p><p>interesantes y llamar la atención del espectador sobre ellos, suspendiendo momentáneamente el juicio,</p><p>hasta tanto sea posible construir nuevos parámetros capaces de develar la estructura significativa de</p><p>los nuevos fenómenos. Esa suspensión del juicio puede ser necesaria en cierta etapa del análisis, ahora</p><p>bien, la prolongación de esa suspensión del juicio más allá del establecimiento de pautas se vuelve</p><p>negativa, pues conduce a la aceptación indiscriminada de todo fenómeno examinado. No es ajena a</p><p>esta situación cierta crítica que, en el temor de equivocar el juicio acerca de una propuesta</p><p>presuntamente revolucionaria, tiende a la mera descripción sin arriesgar valoración alguna. Pero</p><p>crítica sin juicio de valor no es crítica. La función del crítico es precisamente la de emitir juicios, si ha</p><p>de prestar servicios reales a la comunidad profesional.</p><p>El auge de las publicaciones, han producido también en el campo arquitectónico fenómenos de</p><p>comunicación de masas. Quizás podría afirmarse que nunca en la historia tanta gente estuvo</p><p>reflexionando y escribiendo sobre arquitectura. Y esta ola de reflexión, impulsa a una toma general de</p><p>conciencia, por la cual los arquitectos proyectistas se ven necesitados a su vez de formular sus ideas</p><p>no sólo mediante diseños sino mediante la palabra, escrita o hablada, que les permita justificar o</p><p>explicar sus diseños mediante especulaciones teóricas.</p><p>¿El cuadro del presente estaría, entonces, reservado al crítico, y el del pasado al historiador (ambos</p><p>intrínsecamente unidos a la praxis profesional y a las necesidades culturales y profesionales del</p><p>momento en que se vive)?</p><p>Los criterios de valor propios del análisis crítico, por su parte, abarcan todos los aspectos de la</p><p>producción arquitectónica, abarcando, estéticos, tecnológicos, funcionales, entre otros. Y compete al</p><p>crítico establecer en cada caso la preeminencia de unos u otros, de acuerdo a su propia escala de</p><p>valores y al carácter del tema examinado.</p><p>El historiador, por su parte, no puede prescindir de los criterios de valor, que aparecen ya desde el</p><p>momento en que construye su objeto de estudio, al proceder a la selección de aquellos elementos que</p><p>considera relevantes según una determinada valoración. No hay forma de "diseñar" un objeto histórico</p><p>si no se parte de criterios de valor.</p><p>Se puede afirmar así, que ambas actividades, la del historiador y la del crítico necesitan de métodos</p><p>tanto históricos como críticos.</p><p>Sin embargo, estas distinciones se cargan de ambigüedad cuando entramos en el ámbito de la</p><p>posmodernidad y del historiador de la arquitectura contemporánea.</p><p>Pues el efecto de</p><p>"presentificación" de los acontecimientos, la simultaneidad en la percepción del tiempo y el espacio</p><p>provocada por la explosión informativa, la des-historización del conocimiento; todo es presente, hace</p><p>que la tarea del historiador de la arquitectura contemporánea acabe por confundirse con la del crítico.</p><p>Se cierra el círculo si consideramos que la valoración y el análisis que efectúan tanto el historiador</p><p>como el crítico implican una teoría de la arquitectura, una idea de lo que la arquitectura es o debe ser,</p><p>de lo que en arquitectura tiene sentido o carece de él, teoría que es la expresión de una ideología.</p><p>La influencia actual de los medios de difusión hace mucho más efectiva y directa la acción de tales</p><p>escritos de lo que pudo ser en el pasado, y compromete mucho más, por lo mismo, la actitud ética del</p><p>historiador y el crítico. Sistema de valores y objetividad son algunos de los problemas que atañen</p><p>directamente a esta cuestión.</p><p>variables interpretativas, más allá de sus</p><p>variaciones y multiplicidades, hay una conciencia de que ya existe, un punto necesario de encontrar,</p><p>siendo este, la objetividad de la historia. Por otro lado este proceso de racionalización es un proceso</p><p>esperanzador, se sitúa en el optimismo de la ilustración, en el progreso indefinido, hacia una felicidad</p><p>definitiva para el hombre, otorgándole a la historia un sentido, una meta, un fin. Este proceso de</p><p>racionalización discierne en la complejidad y el caos de lo real, como una variable interpretativa que</p><p>nos permite situarnos en el mundo, tener nuestras metas, utopías, saber encauzarlas, llevarlas a cabo,</p><p>responder a este entramado. Esto va a generar un horizonte, una cosmovisión global, un mundo de</p><p>grandes relatos que lleva adelante la historia de las sociedades. El gran relato de igualdad, de las ideas</p><p>liberales, de la revolución y la democracia.</p><p>Hay otra mirada para pensar la modernidad, que no toma fundamentalmente este proceso sociocultural</p><p>estructurado en grandes esferas del saber y del conocimiento de la verdad objetiva, y de</p><p>racionalización a partir de eso del andar de la historia, sino que toma en cuenta la subjetividad</p><p>moderna de esa historia en términos de individualidad que puede definir épocas.</p><p>La subjetividad es el lugar donde el sujeto, el individuo realiza infinitos intercambios simbólicos con</p><p>el mundo, posee además infinitas fragmentaciones. La época de la modernidad ha tenido infinidad de</p><p>relaciones del sujeto en términos temporales y espaciales. Nuestras relaciones y nuestra subjetividad,</p><p>va a pasar por un proceso de metamorfosis permanente respecto del tiempo y el espacio. La</p><p>subjetividad moderna, ya en el siglo XVIII y XX, sobre todo a principios del XX, comienza a vivir la</p><p>metrópolis de una manera definitoria. La historia moderna deja de pasar esencialmente por lo rural y</p><p>va a pasar por la metrópolis. La metrópolis es un lugar donde se está trabajando permanentemente con</p><p>todos los tiempos de la historia. También la relación de la subjetividad con las masas, nosotros somos</p><p>ya sujetos acostumbrados a las masas, es decir somos sujetos de masas. Estamos acostumbrados a</p><p>vivir en ellas. La otra gran variable de la subjetividad es la relación con los medios masivos. Es una</p><p>subjetividad que plantea en la metrópoli grandes problemas: el anonimato, la soledad, la marginación,</p><p>la pérdida de identidad, la dimerización de todo vínculo. Esta problemática tiene un momento central</p><p>para ser explicada, que es el aporte que le hace la historia de la estética al estudio de la modernidad.</p><p>Porque precisamente es el espacio donde una subjetividad desde la imaginación, desde la sensibilidad,</p><p>va a expresar mejor que nada este problema de nuestra subjetividad en el mundo, en el espacio y en el</p><p>tiempo, en la ciudad. El arte de las grandes novelas del siglo XX y las películas, nos están planteando</p><p>esta problemática de la subjetividad disconforme, es precisamente el arte uno de los elementos más</p><p>fuertes para trabajar el tema de la modernidad desde esta perspectiva que estudia los planteamientos</p><p>estéticos.</p><p>“EL LENGUAJE DE LA ILUSTRACIÓN” de RICARDO FOSTER.</p><p>Un relativo comienzo, el siglo XVIII, ese momento fundacional del despliegue histórico de la</p><p>modernidad, que tiene que ver con la ilustración, y con el romanticismo. La ilustración, el siglo de la</p><p>revolución francesa, el siglo de la declaración de los derechos del hombre, el siglo de Rousseau, de</p><p>Voltaire, entre otros; es evidentemente el territorio de gestación de las grandes apuestas del hombre</p><p>moderno. El lugar donde en los talleres de los poetas, se fueron forjando las palabras que alimentaron</p><p>los sueños, las esperanzas, las movilizaciones de millones de seres humanos. Uno piensa en palabras</p><p>como libertad, igualdad, equidad, fraternidad, autonomía, ciudadano, democracia; las usamos en el</p><p>sentido del siglo XVIII, y ya no en el sentido de los griegos. Cuando uno dice humanidad, sociedad</p><p>civil, opinión pública, está hablando de este siglo, literalmente el siglo XVIII forja estas palabras.</p><p>Marcó un cambio de su significado, muto su sentido y las colocó en la historia bajo una nueva</p><p>perspectiva, con una nueva significación, ahora deberíamos preguntarnos: ¿Qué queda de la</p><p>significación de esas palabras en nuestra propia experiencia contemporánea? ¿Que queda de la</p><p>ilustración en nosotros? No vivíamos decía Kant en una época ilustrada, sino que íbamos hacia una</p><p>época de ilustración, esto queda en nosotros, en las palabras libertad, fraternidad e igualdad, esas 3</p><p>palabras que fueron símbolo de la revolución francesa, las 3 palabras que recorrieron el mundo, que</p><p>llegaron a América y que alimentaron el sueño independentista.</p><p>El concepto de autonomía de la sociedad contemporánea, donde uno puede homologarlo a una</p><p>hipertrofia (crecimiento o aumento) del narcisismo, del egocentrismo, del consumismo, de la</p><p>radicación del cuidado; frente al concepto de autonomía de la vieja tradición ilustrada, que suponía</p><p>encontrar ese punto donde la libertad individual y la capacidad de educar el espíritu individual;</p><p>confluyeron con las demandas sociales y con el deseo de construir una sociedad más armónica, más</p><p>transparente, más igualitaria, es decir una sociedad en última instancia construida sobre los pilares de</p><p>la fraternidad. Todos aquellos elementos que en el interior del siglo XVIII, dentro del espíritu de la</p><p>ilustración suponían justamente los instrumentos de la liberación del hombre, de la búsqueda de una</p><p>relación armónica con la naturaleza, y de la construcción de una sociedad más solidaria, esos mismos</p><p>elementos se encontraron, en el discurrir de la historia.</p><p>Otro modo de manifestarse que estuvo muy lejos de corresponderse con ese entusiasmo ilustrado; fue</p><p>aquel que vino emparejado con el desencanto de la historia, donde se sostenían frases como: “todos</p><p>los hombres somos iguales”, “todos los hombres tenemos los mismos derechos”, “todos los hombres</p><p>buscamos la construcción de una sociedad más igual, más equitativa, más fraternal”; estas palabras</p><p>tienen una genealogía, tienen un momento de surgimiento, tienen que ver con conflictos sociales, con</p><p>sueños, con utopías, con búsquedas, con experiencias concretas, puramente del siglo XVIII, donde los</p><p>pensadores construían sabiendo que sus discursos y sus ideas encarnaban o iban a encarnar en el</p><p>movimiento real de la historia. Para la conciencia ilustrada de la época, la idea, puede conmover el</p><p>mundo, puede abrir la conciencia de una sociedad.</p><p>Quizás la aceleración de finales del siglo XVIII y principios del XIX, esa aceleración que nació con la</p><p>ilustración y que también generó el movimiento romántico, haya sido mucho más extrema y radical en</p><p>su significación, que la aceleración de principios de nuestro siglo, por lo que significó de conmoción</p><p>radical, de transformación profunda de las costumbres, de las relaciones sociales, de las estructuras</p><p>filosóficas, de las relaciones de los hombres entre sí.</p><p>La ilustración construyó también una idea de historia. En Condorcet, uno de los personajes de la</p><p>ilustración, aparece de una manera definitiva la idea de progreso; que ahora sentimos que se nos está</p><p>quebrando entre las manos, nadie cree en progreso. Ya no estamos seguros de que las palabras que</p><p>estamos pronunciando, los gestos con los que estamos actuando, tengan significación o adquieran un</p><p>sentido. Jugamos con un espejo, el de la ilustración, que nos ofrece una imagen opuesta, es decir, las</p><p>palabras en el interior del dispositivo ilustrado, las ideas construidas en el interior de la experiencia de</p><p>la ilustración, tenían como fundamento la idea de la posibilidad real de hacerse cargo de la</p><p>transformación de la historia. Ese “atrévete a pensar” de Kant, esa idea de progreso de Condorcet, esa</p><p>perspectiva revolucionaria del contrato social o del discurso sobre la igualdad de los hombres, de</p><p>Rousseau, encierran una última instancia, la certeza de que hay un tiempo nuevo que se aproxima, y</p><p>que es tarea de que los hombres puedan apropiarse de ese nuevo tiempo, que la historia puede</p><p>tener</p><p>un sentido y que inexorablemente lo tiene: ése es el sueño ilustrado.</p><p>El ilustrado quiere trasladar el triunfo epistemológico de las ciencias físico – matemáticas, al territorio</p><p>de lo social, político, de las ideas y de las pasiones; cree que es posible transformar a los hombres y a</p><p>la sociedad, cree ciegamente en la razón. Para la ilustración que sustenta las luces de la razón y del</p><p>conocimiento, como enemigo de la religión. Es el estado, allí donde el estado es absolutista, es</p><p>autocrático, y donde impide a los hombres pensar por sí solos.</p><p>Nos encontramos con un discurso filosófico que hereda las grandes tradiciones filosóficas del siglo</p><p>XVIII, Descartes, Spinoza, Leibniz, grandes constructores del edificio filosófico ilustrado, racional, a</p><p>la praxis real de esas mismas sociedades. La palabra revolución también es nueva, en todo caso</p><p>denotaba un término del tecnicismo astronómico, un cuerpo recorría una distancia determinada, un</p><p>determinado circuito y volvía al mismo lugar. El siglo XVIII plantea la revolución como quiebra de lo</p><p>antiguo, como quiebra de la tradición y como comienzo de lo nuevo: la revolución francesa, inventa el</p><p>tiempo; erradica el calendario gregoriano, erradica una relación religiosa con la naturaleza, con la</p><p>temporalidad, con la historia, e inventa una historia secular, profana, hecha por los hombres, donde la</p><p>palabra revolución significa innovación, cambio, torsión definitiva, tabula rasa; mundo nuevo, hombre</p><p>nuevo, conciencia nueva.</p><p>Marat, Saint Just, Robespierre, Danton, los grandes personajes mítico heroicos de la revolución</p><p>francesa, se creen hombres nuevos. Pero la ilustración también implica una pedagogía universal,</p><p>implica luchar contra los particularismos; y sobre todo decir que el hombre, no es raza, ni religión, ni</p><p>etnia, ni nacionalidad; sino que es humanidad; este concepto viene de Kant, siendo universal y</p><p>abstracto, donde todos los hombres somos iguales, ante la naturaleza, ante Dios y ante la posibilidad</p><p>de conocer y ser libres; esta idea fue absolutamente revolucionaria para su tiempo. Los términos de,</p><p>igualdad, humanidad, hombre, los está utilizando la ilustración en un sentido completamente distinto,</p><p>contra las discriminaciones, las desigualdades y las formas tradicionales de concebir al hombre; se</p><p>está planteando una universalidad. Con el discurrir de la sociedad burguesa, con el desarrollo y el</p><p>aceleramiento de las transformaciones capitalistas del mundo, el concepto de humanidad ilustrada,</p><p>que era un concepto revolucionario y noble, sirvió para una modernización y homogeneización de las</p><p>diferentes culturas, para quebrar circuitos culturales independientes y resistentes al capitalismo.</p><p>Las palabras y las ideas, se forjan en determinados momentos; las ideologías políticas tienen una</p><p>genealogía, y así como se van forjando, así como van naciendo, también entran en procesos de</p><p>declinación, de decadencia y de disolución. Nuestra propia contemporaneidad hace mucho tiempo que</p><p>se ha distanciado de la irradiación que produjo la ilustración, la revolución francesa, y el</p><p>romanticismo, como parte de la crisis del siglo XVIII, del desarrollo de la modernidad, del desarrollo</p><p>de la sociedad burguesa. Todos estos movimientos que hasta ayer daban vueltas alrededor del mundo,</p><p>tienen su momento genético, su lugar real de nacimiento en la experiencia ilustrada, en las palabras de</p><p>los ilustrados; Marx, Bakunin, Stuart Mill, los grandes pensadores del siglo XVIII no pueden ser sino</p><p>pensadores en el interior de la experiencia ilustrada.</p><p>En el siglo XVII la crisis implicó la construcción de nuevos sistemas filosóficos, y de nuevos</p><p>sistemas de creencias. Estaba atravesado por el barroco, una estética de la muerte, el dolor, del</p><p>sufrimiento; es una época en que está disolviendo antiguas costumbres y todavía no ha podido</p><p>reemplazarlas por nuevas costumbres; ellos viven en la melancolía de la pérdida de la gracia; el</p><p>barroco viste de negro y representa un tiempo de crisis, de disolución, de incertidumbre; pero en el</p><p>interior de ese tiempo también nos encontramos con las grandes aventuras del pensamiento filosófico</p><p>de la modernidad. El siglo XVII es entonces un siglo de conmoción, que todavía no construye la idea</p><p>de esperanza o de progreso al modo como lo va a construir el siglo XVIII, que es el siglo del rococó;</p><p>una estética de salón, de la belleza, de la alegría, de las formas cordiales amenas. Es el tiempo de la</p><p>razón, autorreflexiva, que cree haberse encontrado a sí misma y haber encontrado las garantías de su</p><p>legitimidad, se constituye en fundamento, en instrumento, en código para entender absolutamente</p><p>todo. Es también el tiempo donde se construye una nueva concepción de la historia; la historia ya no</p><p>depende de Dios, sino que son los hombres, ahora, los que la toman en sus manos, la habitan, la arman</p><p>y la piensan. Toda la tradición del contractualismo, que en realidad empieza con Hobbes en el siglo</p><p>XVII, sin embargo va a encontrar sus pilares en el siglo XVIII, tomando a Locke, y concluyendo, en</p><p>Rousseau, en la idea del individuo fundando a una sociedad artificial.</p><p>Otro de los temas que son centrales en el pensamiento ilustrado son: la madurez y el poder ser dueño</p><p>de uno mismo a partir de la libertad que ofrece el conocimiento; siendo el conocimiento como</p><p>libertad, la inteligencia como creadora de movilidad social.</p><p>“LUCES Y SOMBRAS DEL SIGLO XVIII” de RICARDO FOSTER</p><p>Tendremos que preguntarnos ¿Qué significa la ilustración en nuestra propia experiencia</p><p>contemporánea?</p><p>En el siglo XVIII el espíritu ilustrado forjó algunas palabras que habitaron las conciencias de los</p><p>hombres y atravesaron los movimientos sociales y políticos de los dos últimos siglos, y prácticamente</p><p>podemos decir que con la caída del muro de Berlín, todo ese itinerario de las ideas ilustradas entra en</p><p>un periodo de ruptura, de degradación. Esas palabras simbólicas, significativas y casi míticas como</p><p>libertad, igualdad, emancipación, autonomía, ciudadano, humanidad; una de las características</p><p>centrales del momento histórico de la ilustración es el postulado del hombre como escultor de la</p><p>historia, como arquitecto de la historia.</p><p>Autonomía, haciendo referencia al viaje de la conciencia, de la voluntad subjetiva, por liberarse de las</p><p>ataduras de los dogmas, de las creencias religiosas, de los paternalismos que hasta ese momento</p><p>habían impuesto sus condiciones. El individuo emerge en el interior de la experiencia ilustrada como</p><p>el fundamento de una nueva praxis histórica, una nueva figura de la acción transformadora. El</p><p>pensamiento ilustrado implica el amanecer de una conciencia libre, la emergencia de esta nueva</p><p>figura, arquetípica, que podemos definir como el hombre, el que ahora adquiere una nueva</p><p>universalidad, se trata del concepto de igualdad. Los hombres son libres frente a las desigualdades</p><p>propias de los mundos tradicionales, de las estructuras comunitarias del mundo antiguo.</p><p>El problema de la relación entre igualdad y libertad, siendo el problema básico del proyecto ilustrado,</p><p>es no haber podido lograr la correspondencia, el entrecruzamiento entre los dispositivos jurídicos que</p><p>fundaban este nuevo concepto de libertad humana. Rousseau trabajo profundamente este tema;</p><p>hallando que el problema de la sociedad es que había nacido como desigualdad estructural, cuando el</p><p>primer hombre planteó la diferencia entre lo mío y lo tuyo, y cuando surgió la división del trabajo y se</p><p>inauguró el tiempo de lo social, allí ya apareció el problema de la desigualdad; problema central que</p><p>va a influir notablemente sobre las ideologías, las políticas y las experiencias sociales del siglos XIX y</p><p>XX.</p><p>Dentro de la propia ilustración hay distintas posiciones:</p><p>Estarán los elitistas, siendo los que sostienen que todos los hombres aspiran a la igualdad, pero no</p><p>todos pueden llegar a ser ilustrados, defienden la figura del filósofo ilustrado, como vanguardia</p><p>dirigente de la sociedad, frente a una masa no ilustrada que necesita de estos guías. Voltaire aspira a</p><p>esta idea, de que todos los hombres pueden aspirar</p><p>a la ilustración pero no todos lo consiguen. Un</p><p>individuo puede ser libre, que privadamente puede ser autoconsciente, que puede haber trabajado</p><p>meticulosamente su capacidad racional, su entendimiento, pero que en términos globales está sujeto a</p><p>la autoridad del soberano, que es una individualidad externa a las autonomías privadas. Dentro del</p><p>momento histórico del siglo XVIII, va a emerger la figura del soberano ilustrado, suerte de autócrata</p><p>que defiende su poder no solamente sobre el dominio de la fuerza, sino también en función de una</p><p>concepción ilustrada de la sociedad.</p><p>Posiciones democráticas, Rousseau adopta una posición contraria a la de Voltaire, viendo una</p><p>necesidad de la autonomía de la conciencia que revierte sobre la emancipación general; que no hay</p><p>emancipación general sin autonomía individual, que no hay autonomía individual sin emancipación</p><p>general. No hay delegación, hay construcción común, una voluntad general.</p><p>Entre estas posiciones aparece la construcción sistemática de las distintas interpretaciones y de los</p><p>distintos movimientos ideológicos, que van a atravesar el siglo XIX, y el XX. Un orden político</p><p>fundado sobre la desigualdad, fundado en la delegación, en la representación y por el otro lado el</p><p>planteo de un orden político instaurado en la equivalencia de las individualidades, que se funden en el</p><p>interior de la voluntad general. La voluntad general no es una delegación, sino el movimiento del</p><p>pueblo, de la conciencia popular, que se hace cargo de la historia. Tando la democracia representativa</p><p>y como democracia de masas; van a recorrer trayectorias en el elemento ilustrado central, que es el</p><p>concepto de individualidad, unido al concepto de universalidad. No el individualismo posmoderno,</p><p>narcisista y egocéntrico, sino una postulación de individualismo de la libertad, de la autoconciencia,</p><p>de la crítica, una individualidad que está tejiendo la idea de autonomía. Concepto de paz universal,</p><p>que solo es postulable cuando desaparecen las diferencias ontológicas, nacionales, de creencias; y</p><p>emerge un concepto de universalidad. Por lo tanto, nos enfrentamos con una dialéctica, con una</p><p>tensión entre individualidad y universalidad.</p><p>Aparece como ideal en el interior de la filosofía ilustrada la posibilidad de una conjunción entre la</p><p>autonomía individual y los ideales emancipatorios que involucran a la humanidad, fundados en un</p><p>concepto universal de hombre.</p><p>El siglo XVIII, frente a la experiencia crítica del siglo XVII, significó una mirada optimista respecto a</p><p>la historia. Esta figura de futuro ejemplar, va a convertirse casi en arquetipo de los discursos políticos,</p><p>de los discursos ideológicos, de los últimos dos siglos. Es la idea también de un hombre nuevo,</p><p>autoconsciente, capaz de construir lúcidamente una interpretación de la historia, artesano de su propia</p><p>privacidad y de lo público. Estas ideas, que nacen en la ilustración, van a impregnar el siglo XIX,</p><p>tanto en la tradición liberal como en la tradición socialista.</p><p>Paralela a esta idea, aparece la concepción de la historia como progreso; Engels, ya entrado en el siglo</p><p>XIX, marca la diferencia entre los tiempos prehistóricos, cuando el hombre era ingenuo y la entrada</p><p>del hombre al imperio de la autoconciencia, de la emancipación.</p><p>La ilustración abomina el pasado, lo rechaza; plantea la historia mirando hacia el futuro, hacia delante.</p><p>En este sentido podemos decir que la conciencia ilustrada es una conciencia moderna, desde la</p><p>perspectiva del cambio, de lo nuevo, de la metamorfosis continua de las cosas y del rechazo a las</p><p>tradiciones. Esta es la idea de la ilustración: la historia está por hacerse, el futuro está por concretarse.</p><p>Una de las características del discurso posmoderno es precisamente señalar la caducidad de estos</p><p>elementos propios de la modernidad; la caducidad del sentido de la historia, de aquello que se define</p><p>como los grandes relatos unificadores, de los grandes actores sociales. El pasado habita la conciencia</p><p>ilustrada, la habita como un mundo al que hay que rechazar, al que hay que transformar, pero sigue</p><p>palpitando en el interior del movimiento abierto por la ilustración. El modernismo estético, las</p><p>vanguardias estéticas y políticas, que arremeten contra el pasado, contra las tradiciones establecidas,</p><p>fundan también tradiciones nuevas. Una de las diferencias entre la ilustración y la posmodernidad es</p><p>que la posmodernidad elimina ese diálogo con el pasado. El posmodernismo visita al pasado como</p><p>quien va al museo, para observar cosas congeladas, puras maquetas de épocas definitivamente</p><p>abandonadas.</p><p>Tendremos sujetos e ideas proyectadas por la modernidad ilustrada, la modernidad tal cual se formó</p><p>en el siglo XIX y habitó gran parte del siglo XX; pensamos en la clase obrera, en el burgués, en el</p><p>socialismo, en la revolución, en el concepto de igualdad, de libertad. Hoy a fines de siglo, estas</p><p>palabras aparecen, vaciadas, han caído, se han derrumbado. Vivimos en una época donde todo es</p><p>decible, donde todo ocupa un nivel más o menos parecido, las densidades, las sustentabilidades, las</p><p>fuerza, las potencias, quedan profundamente deshabitadas, desprotegidas, las propias palabras se van</p><p>desvaneciendo, la crisis de la modernidad que habita desde sus comienzos.</p><p>Ya en la idea ilustrada de individualidad y universalidad, en el concepto de autonomía y de</p><p>emancipación, hay fallas, se producen efectos contrarios: el concepto de universalidad puede tender a</p><p>combinarse con el concepto de homogeneización, de alienación masiva, de urbanización masiva, de</p><p>pérdida de conciencia. El individualismo ilustrado, como autoconciencia crítica, se convierte en casi</p><p>su alter ego, el individualismo egocéntrico, narcisista, autista y vacío.</p><p>No cabe duda que la emergencia de los medios de comunicación, la planetarización de las relaciones</p><p>humanas, del desarrollo intensivo de formas de la información que hoy construyen la experiencia de</p><p>lo global como experiencia inmediata, la emergencia de dispositivos de igualación casi perversa, la</p><p>des ideologización; la crisis de lo público, la crisis del concepto de ciudadanía, de representación, de</p><p>democracia, del concepto de historia, del sujeto, no es un invento de la posmodernidad: ya aparece en</p><p>ciertas figuras centrales en el mundo del pensamiento filosófico, científico y estético de principios del</p><p>siglo XX. Aparece en Freud, en las primeras vanguardias del simbolismo francés, en la literatura</p><p>vanguardista, en Joyce, en Kafka; en la discusión filosófica de la fenomenología, de la ontología</p><p>heideggeriana, después en la escuela de Frankfurt. La idea de una crisis de sujeto, de la</p><p>representación, del enlace de las palabras y el mundo. Pero a diferencia de otros momentos, en este</p><p>tiempo histórico el aceleramiento tenía carga de sentido. Uno podría imaginar nuestro tiempo como de</p><p>un aceleramiento, pero que se parece más a una licuadora, donde todo se mezcla, se dispersa sin saber</p><p>hacia dónde va. Una suerte de anarquía general del sentido.</p><p>La conciencia ilustrada creía que era posible dar cuenta de la realidad, creía que era posible atravesar</p><p>con las luces de la razón las oscuridades de la naturaleza, explicarlas. Esta certeza de la explicación</p><p>absoluta, esta capacidad inherente al sujeto racional de dar cuenta del mundo, esta idea ha estallado.</p><p>Ya con el romanticismo va a aparecer esta suerte de crisis de la relación material del sujeto con lo real;</p><p>va a aparecer la idea de la realidad como ficción, la realidad como imaginación. La ilustración supone</p><p>una materialidad de lo real y supone una correspondencia entre el discurso y las cosas; una</p><p>correspondencia cuyo enlace y justificación tienen en la figura de la razón su momento ejemplar. Es la</p><p>razón la que despliega sobre el mundo su capacidad intelectiva y su capacidad de indagación. En ese</p><p>sentido, la ilustración implica un optimismo de la razón. La tradición ilustrada supone el triunfo</p><p>momentáneo, del optimismo racional. La verdad es un movimiento de la propia conciencia, es disputa</p><p>de la razón, de la conciencia individual. Estos elementos,</p><p>propios de la razón, en el devenir de estos</p><p>dos últimos siglos, van a ser radicalmente puestos en cuestión.</p><p>Hay dos ilustraciones:</p><p>Una ilustración profundamente reivindicable, de la que carecemos, y que tiene que ver con los</p><p>conceptos de autonomía, emancipación, con la relación compleja entre libertad e igualdad, entre orden</p><p>normativo como ley jurídica e igualdad material. La autoconciencia, la disponibilidad critica. Una</p><p>ilustración liberaría, que funda un concepto de humanidad, de humanidad que al mismo tiempo se</p><p>sostiene sobre la individualidad autónoma.</p><p>Otra ilustración, que va desplegando una racionalidad absorbente, cuantificadora. Una racionalidad</p><p>burocrática y una modernización que finaliza devorando las pluralidades, las diferencias y al propio</p><p>espíritu crítico. Una ilustración que se traiciona a si misma. Una ilustración que no supo resolver las</p><p>contradicciones de la libertad y la igualdad; que se convirtió en ideología de la dominación, de una</p><p>sociedad imperial, en ideología de la racionalización científico – técnica del mundo.</p><p>Nosotros habitamos el tiempo donde paradójicamente lo que se ha desplegado es el triunfo de una</p><p>racionalización malsana, es decir, aquella que ha agotado las pluralidades, el espíritu crítico y el</p><p>movimiento de la autonomía individual. El espíritu libre, abierto, crítico de la ilustración fue en parte</p><p>devorado por una nueva forma de la dominación. En el interior de la tradición ilustrada, nos</p><p>encontramos con estos dos elementos: por un lado, la apertura a la libertad de indagación, donde el</p><p>hombre ilustrado construye el mito de la ciencia. El científico del siglo XIX, que va a ser la figura</p><p>paradigmática del héroe del progreso, la ciencia como liberadora. Sin embargo, con el despliegue</p><p>histórico de la modernidad, de la sociedad capitalista, sumado a el despliegue de las fuerzas de</p><p>producción, vemos, una naturaleza empobrecida, vaciada, sufrida. La crisis ecológica quizás ha</p><p>nacido en el interior del propio mundo de la conciencia ilustrada. La transformación implica también</p><p>su destrucción. Como Benjamín dice: “todo acto de cultura es al mismo tiempo un documento de la</p><p>barbarie”, la creación, la modificación de relaciones sociales, la transformación de la naturaleza, deja</p><p>sus cadáveres, deja su dolor inmenso. La modernidad es eso: la liberación de fuerzas creativas y</p><p>también de fuerzas destructivas. La experiencia de la violencia de nuestro propio tiempo puede ser</p><p>leída en el origen genético de la propia subjetividad moderna, en la profunda violencia de la razón,</p><p>que ejercen sobre las pasiones, sobre la voluntad, sobre los instintos, entendiendo esto como una</p><p>naturaleza reprimida.</p><p>El romanticismo emerge, hacia finales del siglo XVIII, una sensibilidad que intenta mirar de otro</p><p>modo, que va a trabajar precisamente en las fisuras que deja la ilustración, sobre los claroscuros de la</p><p>modernidad, que va a ser profundamente moderna porque va a radicalizar la experiencia del YO. Es</p><p>un movimiento radicalmente moderno, porque plantea un nuevo viaje del YO hacia el interior, hacia</p><p>lo profundo de la imaginación, hacia las cavernas del inconsciente. Cuando la libertad se desarrolla y</p><p>al desarrollarse produce lo que no quería producir, tenemos que discutir su itinerario, sus fracasos. Y</p><p>lo que desaparece es la capacidad automática del individuo para pensar su propio tiempo histórico. De</p><p>lo que carecemos crecientemente es de la capacidad crítica que nos permitiría interrogar nuestro</p><p>propio tiempo. Si sólo somos capaces de mirar nuestro alrededor y solo ver lo que nos rodea,</p><p>perdemos el pasado, y al mismo tiempo, el futuro. Nuestro problema es como volver a construir una</p><p>relación con el futuro que no desagregue, que no agote y que no arroje el pasado a un agujero negro.</p><p>Steiner decía que el problema de nuestra época es que estaba olvidando la conjugación del verbo</p><p>futuro, y del pasado. Cuando desaparece la memoria se quiebra, cuando ya no tenemos a nuestras</p><p>espaldas nada que nos impulse, tampoco tenemos nada por delante. Es necesario recobrar el pasado,</p><p>no como pieza de museo, sino como interpelación crítica del presente, para un futuro.</p><p>“EL LABORATORIO AMERICANO DE ROBERTO FERNÁNDEZ”</p><p>ARQUITECTURA, GEOCULTURA, REGIONALISMO.</p><p>Primera parte</p><p>América se presenta como un imán poderoso para el movimiento histórico de Europa, el lugar donde</p><p>será posible fundar la modernidad a partir de la monstruosa negación de una específica historia. Para</p><p>que haya puramente espacio (territorio para la mano de obra de expansión moderna de las nacientes</p><p>fuerzas imperiales) se hace preciso una tabula rasa de lo humano previo.</p><p>Cuando Humboldt compara a Colón con Wat, no le adjudica un valor fundante en el nacimiento de lo</p><p>moderno, sino una voluntad, de raigambre mística, de ensanchar el mundo de lo conocido. Desde este</p><p>punto de vista la modernidad del descubrimiento y conquista de lo americano sería una mezcla de</p><p>voluntad de ensanchar el imperio del hombre sobre el mundo material con motivaciones de orden</p><p>místico y religioso.</p><p>La conquista de México transformó súbitamente y dramáticamente la imagen de nuevo mundo. Eran</p><p>necesarios fundamentos religiosos para fortalecer la razón de la destrucción de América; debía de</p><p>legitimarse en orden de la confrontación a una fe pagana, como los términos que habían dado sentido</p><p>a la guerra contra el infiel musulmán. Pero a la vez se adjudicaba a la conquista un valor europeo;</p><p>pero desde una perspectiva expansiva moderna pensaban que américa no era un área lejana y pagana</p><p>sino una parte necesaria de europa, nueva España.</p><p>La autonomía de Cortes y su fracaso nobiliario y político, le otorgan otra característica a la operación</p><p>americana, cuya modernidad debería reconocerse no tanto por decisiones imperiales sino por el interés</p><p>individualista de los expedicionarios. Cortes divide la fortuna de los aztecas (se deja una parte) y</p><p>cuando regresa a España se le otorga el rango nobiliario de marqués del valle de Oaxaca, con tierras y</p><p>más de veinte mil tributarios, pero no se le confiere ningún cargo político de poder. Su regreso a</p><p>México será el de un moderno hombre de negocios con cuya fortuna inicia una serie de empresas.</p><p>Este será el perfil de la modernidad expansiva hispana: con fundamento religioso, escaso control</p><p>económico del imperio y marcadas posibilidades para las iniciativas privadas de los guerreros en</p><p>busca de fortuna.</p><p>Los 50 libros de la historia general y natural de las indias de Fernández Oviedo, se suelen interpretar</p><p>como uno de los documentos expresivos de la naciente voluntad moderna de descripción y</p><p>clasificación de los fenómenos, aunque también está atravesada por una diversa críticas de los</p><p>conquistadores, tanto Cortes como en mayor medida Pizarro, hijo bastardo de un escudero Hidalgo…</p><p>aunque dando cuenta del valor de la gesta imperial tanto como descalificando la tarea del clero,</p><p>extranjeros y de baja cuna o no buena sangre, y por supuesto, a los indios, antinaturales y poseídos por</p><p>el demonio.</p><p>La araucana, escrito de la década de los 60 del siglo XVI es completamente versificado y recurre a las</p><p>tradiciones tanto poéticas heroicas de raigambre latino-italiana como a la de las epopeyas guerreras</p><p>medievales de la saga del cid, que también se manifestaran en otro poema lusitano de la época, os</p><p>luisiadas de camoes.</p><p>Los escritos de las experiencias del cardenal Cisneros en el sur de México y América central darán</p><p>cuenta de los brutales exterminios de las primeras décadas del siglo XVI, así como de las sangrientas</p><p>conquistas de Venezuela y Perú. Después de las experiencias de Chiapas volvió a España en 1540 y se</p><p>dedicó a la fundamentación de una política más humanitaria con los indios.</p><p>En su memorial Las Casas expresa: Los indios tenían derecho a su autogobierno e incluso derecho a</p><p>defenderse y entablar una guerra justa contra sus opresores españoles. De lo perdido en su embate por</p><p>americano y de la certeza de su opinión; da cuenta su testamento donde declara que dios todo</p><p>poderoso castiga a España por todos sus crímenes cometidos en el nuevo</p><p>mundo.</p><p>A pesar de las violentas discusiones de la época, la doctrina del sapiente humanista Sepulpeda, quien</p><p>se opondrá a Las Casas, en los debates de Valladolid de 1550 frente a un jurado de dominicos,</p><p>prevalece como fundamento ideológico de la operación de dominación: America es un territorio</p><p>natural, en el que sus homúnculos deberán ser compelidos a oír el evangelio. No se puede saber hasta</p><p>qué punto Sepulpeda tuvo influencia del discurso maquiavélico, pero ciertamente se apoyó en los</p><p>enfoques pro colonialistas de John Major, que enseñaba en la Sorbona, y del juez de Burgos Palacios</p><p>Rubios que ya en 1512 argumento que los indios eran esclavos por naturaleza. Usando así los datos</p><p>científicos de Fernández Oviedo (adscripciones de incesto, sodomía, canibalismo, sacrificios</p><p>humanos) y los testimonios de Cortes (la facilidad misma de la conquista demostraba su naturaleza de</p><p>dejarse dominar) produjo sus definiciones triunfantes en el contexto eminentemente político en que</p><p>tuvo marcó este debate.</p><p>A partir de esta instalación de lo nulo, de esta ideología de conformación de una absoluta</p><p>territorialidad entendible como materialidad objetiva y no como espacio habitado y con paisaje</p><p>transformado por sujetos, América estará disponible como laboratorio excepcional para la</p><p>investigación de las diversas elaboraciones del humanismo apenas emergente de los discursos</p><p>medievales. Territorio apto para una expeditiva comprobación de la factibilidad de las utopías,</p><p>espacio adecuado para la puesta a punto del movimiento capitalista como fenómeno de acumulación</p><p>de excedentes y explotación de fuerzas masivas de trabajo, exploración profunda de las colisiones</p><p>modernas entre naturaleza y cultura. Así como Las Casas busco apoyar en términos de naturaleza, la</p><p>peculiar entidad del indio todo aparato ideológico colonial entendió lo natural en términos de</p><p>posibilidad de usufructo y rendimiento, en relación al muy moderno concepto de recurso mediante</p><p>fuerza de trabajo.</p><p>En América la destrucción sistemática, aunque no absoluta, de las culturas vernáculas obstaculizaron</p><p>fundar colonización híbrida en la mezcla de lo nuevo con lo preexistente y por otra parte las</p><p>exigencias modernas de la operación colonizadora demandaron una arquitectura instantánea, unas</p><p>ciudades multiplicadas por doquier, no como consecuencia de la concentración rural, como el caso</p><p>europeo desde su baja edad media, sino como epicentros de control y manejo de extensos hinterlands</p><p>productivos. Esta dimensión tan específica del caso Americano, permite desarrollar el análisis por</p><p>otras vías de concebir los procedimientos y las prácticas de construcción de la ciudad, así como</p><p>explican algunas particularidades de las formas y las culturas urbanas: su limitada correspondencia</p><p>con mitos fundantes, su débil correlación entre formas sociales y configuraciones del hábitat y su</p><p>escasa entidad resultante de la estratificación de consecuencias físicas de diversos y sucesivos</p><p>momentos histórico.</p><p>El laboratorio Americano trata proposiciones hipotéticas para la necesaria indagación de novedades</p><p>históricas y preliminares presunciones de posibles nuevas utopías. El marco de modernidad</p><p>experimental en Americana, su condición de enorme invención Europea conforman una historia única</p><p>de la confrontación e instalación del discurso cultural europeo en un territorio o espacio</p><p>conceptualizado como naturaleza, en la indagación del proceso de historicidad de ese laboratorio</p><p>quizá subsista, por decirlo de una forma contemporánea, la clave de una arqueología de la moderna</p><p>constitución del discurso ambiental, en tanto interacción compleja y problemática de sociedad y</p><p>naturaleza, de sociedad exógena y naturaleza cosificada u objetiva, de cultura/tecnología y espacios</p><p>entendibles como ecosistemas puros.</p><p>capítulo 10: “Una modernidad peculiar”</p><p>América como un amplio laboratorio de modernidad peculiar, donde se obreva la fricción entre</p><p>modernización socio-económica y modernidad cultural, que parece ser una de las problemáticas</p><p>globales del devenir civilizatorio contemporáneo, se revela con particular intensidad en el caso</p><p>Americano. La existencia, en la historia americana, de dos conciencias, la occidental y la americana,</p><p>cada una con diversos proyectos históricos. La occidental (o propia del proceso de conquista y</p><p>colonización) contiene dos vertientes; el proyecto colonizador ibero y el occidental (protestante,</p><p>anglosajón, etc…). Todo el mundo colonial americano se teje en torno de su dialéctica. Advenido el</p><p>tiempo republicano o independentista pareciera llegar el momento de la conciencia americana, pero no</p><p>será sino una conciencia de la dependencia, que se expresara básicamente mediante el despliegue y</p><p>confrontación de cuatro diferentes proyectos. En primer lugar el libertario (o bolivariano), el más</p><p>utópico y frustrado, en tanto se propone una fundación geopolítica al menos equivalente a la del</p><p>destino manifiesto norteamericano; que terminará desgarrado por las pujas internas de las nacientes</p><p>repúblicas y por la erosión que le provocara la fuerza de los otros dos proyectos quese disputan por</p><p>protagonismo cultural y político del siglo XIX; el conservador y el civilizador.</p><p>Lo civilizador contiene márgenes del optimismo utopista positivista que recomendaba Hegel, cuando</p><p>alude a la necesidad de america, de insertarse en el destino occidental como forma única de progreso.</p><p>Sin embargo en ese contexto de aspiración al progreso que se incuba dentro del proyecto asuntivo, o</p><p>los gérmenes de una aceptación de la propia historia y realidad. El proyecto asuntivo ahora adoptado,</p><p>negara abiertamente, el proyecto civilizatorio. Se desecha el inútil afán por dejar de ser lo que se ha</p><p>sido y se es, para ser algo distinto. Una generación que reclama la vuelta a la realidad y retoma de la</p><p>propia historia.</p><p>El uruguayo Rodo introducirá la puja u oferta entre espíritu y técnica, entre latinidad y normanda,</p><p>obviamente seleccionando la positividad de una asunción de lo propio, y cuestionando acerbamente el</p><p>mecanicista gobernar es poblar; poblar sí, pero en función de una realidad que no puede ser ignorada y</p><p>menos aún, desplazada. Realidad que ha de ser transformada pero no eliminada.</p><p>El optimismo de estas posturas asuntivas intentara cobrar algún tipo de protagonismo ecumenizante,</p><p>perceptible.</p><p>Canclini aporta otros ingredientes para discutir la cuestión de la modernización peculiar de América;</p><p>su imperfección.</p><p>Ahora bien los problemas de carencia de modernidad (o de una modernidad peculiar o incompleta) de</p><p>América están, sin duda ligados a fenómenos que obstruyen la entera concreción de los mencionados</p><p>movimientos, sin cerrarse para nada con ello, la discusión acerca del alto contenido de idealismo</p><p>utópico que estas aspiraciones tuvieron en el propio terreno nutricio de lo moderno, europa y luego</p><p>estados unidos y de cuya supuesta discursividad utopizante pretendió dar cuenta el movimiento</p><p>filosófico de la posmodernidad.</p><p>Octavio Paz suele aludir al carácter dependiente de América, en lo que llama su falencia de expresión</p><p>democrática, o dicho de otra forma, su situación histórica prerrevolucionaria. Canclini dice; el</p><p>modernismo no es la expresión de las modernización socioeconómica sino el modo en que las élites se</p><p>hacen cargo de la intersección de diferentes temporalidades históricas y tratan de elaborar con ellas un</p><p>proyecto global. Esto alude a múltiples modernidades, encontrando un propio espacio de modernidad</p><p>singular de lo americano. Los países latinoamericanos son actualmente resultado de la sedimentación,</p><p>yuxtaposición y entrecruzamiento de tradiciones indígenas (sobre todo en las áreas mesoamericana y</p><p>andina) del hispanismo colonial católico y de las acciones educativas y comunicacionales modernas.</p><p>Pese a los intentos de dar a la cultura de élite un perfil moderno, recluyendo lo indígena y lo colonial</p><p>en sectores populares, un mestizaje interclasista ha generado formaciones híbridas en todos los</p><p>estratos sociales.</p><p>En este contexto, hay que entender el desarrollo de una cultura moderna americana,</p><p>como un</p><p>fenómeno desprovisto de todas las cualidades, sobre todo elico-ideológicas europeas. Se percibe en</p><p>cambio, un interés fuertemente formal por los componentes estilísticos de lo moderno, por ejemplo,</p><p>en el trabajo de la literatura y muy particularmente en la obra de Borges.</p><p>Se está aquí, ya muy cerca, de la idea de manipulación erudita de unas puras esencialidades formales,</p><p>en la que es importante, sobre todo, el estilo y no el sentido.</p><p>Sarlo le atribuye a Borges, la invención de las orillas, un suburbio abstracto en que se diluye lo urbano</p><p>y en que se reconstruyen algunos mitos de la ruralidad ancestral. La verdadera argentinidad (si es que</p><p>pudiera existir) se torna así, imaginaria o ficticia. En este espacio teórico, se puede disolver tanto la</p><p>cuestión del origen como de la pertenencia: se puede aducir una absoluta novedad como un total</p><p>cosmopolitismo.</p><p>Por eso Borges se permite desarrollar algunas notables novedades de la modernidad más</p><p>exasperantemente vanguardista, como el escribir sus historias universales, corroyendo lo histórico con</p><p>una absoluta ficcionalidad y un manejo discrecional de lo verosímil.</p><p>En caso de Roberto Arlt, es en cambio muy diferente; sin embargo, también sintomático de formas</p><p>marginales de asumir la modernidad, sobre todo, por tematizar el campo de los intersticios morales y</p><p>racionales de la cosmovisión moderna, el menos, de su talante europeo. Arlt escribirá sobre el mundo</p><p>aluvional del inmigrante extrañado. Todo una masa de materiales modernos se manipulan, sin</p><p>embargo, con valores cambiados, con desesperanza de racionalidad; en definitiva, con una vocación</p><p>estrictamente ligada al estilo, a la búsqueda de efectos de lenguaje, y ya no a la normativa estética de</p><p>una modernidad canónica ligada a los discursos enunciativos de un determinado programa moral.</p><p>Estos efectos de estilo o sentido se ligan, sin duda, a las expresiones tardor-románticas del artista</p><p>maldito europeo cuyo impacto, en torno del formalismo de la consigna “l´art pour l´art” no sólo</p><p>desemboca en los fenómenos expresionistas y futuristas, o en las proclividades entre el arte y política</p><p>populista autoritaria, sino también, creemos, en influenciar cierta peculiaridad artístico cultural de la</p><p>modernidad americana. Retaguardia, en tanto oposición a las vanguardias modernas.</p><p>“La Ciudad Occidental. Culturas urbanas en Europa y América” de ROMERO</p><p>Cuarta Parte; capítulo 14: “VIDA RURAL Y VIDA URBANA, 1810-1880”</p><p>Campo y ciudad: Las ciudades coloniales fueron sede de los conquistadores y colonizadores que</p><p>concentraron en ellas su fuerza, su religión y sus costumbres; funcionando en ellas la autoridad de la</p><p>metrópoli para el control de las colonias. Cada europeo trato de reconstruir en estas ciudades su</p><p>ambiente originario, repitiendo el aspecto físico, la arquitectura y las formas de vida de sus ciudades</p><p>natales, imitando la ciudad europea en la ciudad colonial.</p><p>El mundo rural comenzó a descubrirse con el tiempo, cuando en las ciudades ya habían varias</p><p>generaciones de criollos. Primero los poetas neoclásico y después los románticos empezaron a</p><p>describir el paisaje, se percibió la naturaleza y se idealiza su belleza. Pero, además de ser paisaje, el</p><p>mundo rural formaba en su interior a una nueva sociedad, con costumbres y tendencias típicas, muy</p><p>diferentes de las de la sociedad urbana.</p><p>Hasta la Independencia, según Romero, el mundo urbano había tenido mayor significación que el</p><p>mundo rural. Fue después de la Independencia cuando ambos mundos chocan con violencia y se</p><p>acentúa el contraste entre la vida urbana y la vida rural; y cada uno trató de imponer en los nuevos</p><p>países -constituidos por ciudades y vastas regiones rurales- su propio estilo de vida.</p><p>La caída del imperio español y la constitución de las nuevas naciones hicieron que las zonas rurales</p><p>adquieren mayor significación. El mundo rural dejó de padecer a la ciudad y comenzó a descubrirla,</p><p>estudiarla y vivirla; pretendiendo dominarla para transformar su vida urbana en un poco más rural,</p><p>más tradicional, donde se respete la ley de las sociedades formadas en los campos.</p><p>La vida urbana: En los últimos tiempos de la Colonia las ciudades latinoamericanas -principalmente</p><p>los puertos, las capitales y aquellas en los principales circuitos comerciales- iniciaron un proceso de</p><p>desarrollo que estimuló el libre comercio, y que se vio modificado por la Independencia. Algunas</p><p>ciudades aumentaron sus riquezas y su poder -como Buenos Aires y México-, y otras -como Caracas-</p><p>se vieron reducidas en su población y en sus medios económicos; aunque todas las ciudades</p><p>latinoamericanas compartieron un cambio en la estructura de la sociedad; el nuevo patriciado</p><p>republicano fijó la nueva forma de vida en las ciudades y desalojo las antiguas aristocracias</p><p>coloniales. Las costumbres criollas y la tradición hispánica fueron sucedidas por modelos europeos,</p><p>principalmente franceses e ingleses; y por medio de las tertulias de la clase alta se impusieron los</p><p>nuevas normas y hábitos. Los jóvenes de las familias acomodadas, fijaban a su clase social los gustos</p><p>y las ideas europeizantes que perduraban en ellos luego de sus viajes al extranjero.</p><p>En este aspecto se estableció, según el texto de Romero, “...el conflicto entre la vida rural y la urbana:</p><p>en un contraste entre una manera extranjerizante y sofisticada de vivir, y lo que se consideraba una</p><p>manera 'natural' que no era sino la vieja tradición hispano criolla.”</p><p>La influencia europea se tradujo también en la adopción de ideas, de ideologías y en la difusión de</p><p>corrientes de pensamiento y de tendencias literarias: las del romanticismo con ideas sociales y las del</p><p>progresismo que estimulaban la renovación de la vida económica y política.</p><p>La vida rural: Los rasgos de la vida rural se mantuvieron semejantes a los de la época de la Colonia,</p><p>marcando aún más el contraste con la vida de las ciudades. La población mayoritariamente, mestiza,</p><p>criolla e indígena, de las regiones rurales vivía según la tradición hispano-criolla y las normas de la</p><p>autoridad señorial de los dueños de la tierra; indiferentes al sistema social y político de las ciudades.</p><p>La civilización de las ciudades, europeizante, impuesta y defendida por el Estado, con su sistema de</p><p>ideas que prosperaba y triunfaba sobre las creencias y los hábitos del mundo rural, era lo que enemistó</p><p>la vida rural con la vida urbana.</p><p>Los suburbios: En los suburbios de las ciudades conviven las formas de vida rural y urbana,</p><p>intercambiando los hombres su sabiduría, hábitos, sentimientos, experiencias, ideas y formas de vida.</p><p>Los señores rurales, y seguidamente las nuevas generaciones, comenzaron a radicarse en las ciudades,</p><p>motivados por la posibilidad de progreso que ofrecía el mundo mercantil; triunfando la vida urbana</p><p>poco a poco sobre la vida rural.</p><p>capítulo 15: “CIUDADES EN TRANSFORMACIÓN, 1880-1930”</p><p>Si bien algunas ciudades habían comenzado un proceso de transformación edilicia antes de 1880, a</p><p>partir de dicho año el cambio se hizo general.</p><p>Transformación o estancamiento: Aquellas ciudades en donde la actividad comercial se localizaba,</p><p>en donde exportación e importación sintetizan las corrientes de la nueva economía, esas ciudades</p><p>fueron las que prosperaron. La prosperidad y la transformación tanto en la sociedad y sus costumbres</p><p>como en la fisonomía edilicia de las ciudades, se advirtió en las Capitales, que eran al mismo tiempo</p><p>puertos marítimos; y que constituyeron el centro de una zona productora en proceso de expansión.</p><p>El estancamiento o retroceso, en contraste con la vertiginosa transformación de la época, se percibió</p><p>en las viejas ciudades; aquellas que mantuvieron su actividad y su aspecto tradicional.</p><p>Las sociedades urbanas: En las ciudades que quedaron incluidas dentro del sistema de la nueva</p><p>economía, las sociedades tradicionales se vieron desbordadas por nuevos contingentes que se</p><p>incorporan a la vida urbana, producto del éxodo rural y de la aparición de grupos de inmigrantes. De</p><p>esta manera, comenzaba a constituirse en Latinoamérica la ciudad multitudinaria.</p><p>A las clases tradicionales le aparecieron una nueva burguesía, una suerte de proletariado industrial</p><p>surgía de las nuevas manufacturas e industrias. A su vez, la aparición de nuevas y nutridas clases</p><p>medias que caracterizaron la transformación de las ciudades, porque reflejan la intensa movilidad de</p><p>la ciudad y sus miembros permitieron la renovación de las formas de cultura urbana.</p><p>Si bien antes la clase media la constituían quienes poseían un comercio, quienes ejercían una</p><p>profesión liberal, los burócratas, los militares, los clérigos, los funcionarios. La “nueva” clase media,</p><p>fue una expansión de esos niveles que creó nuevas expectativas.</p><p>La ciudad se había transformado en un centro intermediario, y las necesidades de esa función</p><p>multiplicaban la producción de la misma. Más burocracia, más servicios, más funcionarios, más</p><p>militares, más policía. Quienes eran originarios de la ciudad tenían más posibilidad de alcanzar esas</p><p>posiciones; pero quienes llegaron a la ciudad podían alcanzar aquella posición a fuerza de capacidad o</p><p>vinculaciones. Y luego podían hacer fortuna, o incorporarse a una clientela política o a la suerte de un</p><p>grupo de poder. Fue esta clase media la que caracterizó la transformación de las ciudades, porque</p><p>reflejó la intensa movilidad de la ciudad y porque sus miembros permitieron la renovación de las</p><p>formas de cultura urbana: eran los que compraban los periódicos, los que discutían sus opiniones en</p><p>los cafés, los que se proveían en los nuevos almacenes que ofrecían la moda de París, los que llenaban</p><p>las aceras de la bolsa y los bancos, los que empezaron a pensar que también ellos tenían derecho a</p><p>participar del poder.</p><p>La transformación edilicia: Durante las últimas décadas del siglo XIX se renovó la fisonomía de</p><p>muchas ciudades latinoamericanas. El crecimiento demográfico requería cambios espaciales, las</p><p>nuevas actividades exigían una nueva infraestructura y, por su parte, tanto la técnica como los</p><p>capitales extranjeros estaban en condiciones de resolver todos los problemas físicos de las ciudades.</p><p>Las nuevas burguesías y el deseo de transformación del casco histórico de apariencia colonial; junto</p><p>con el trazado o perfección de los mismos y la comunicación entre los nuevos barrios, cada estilo</p><p>según la clase social a la que pertenecía.</p><p>Plazas y paseos fueron el orgullo de las nuevas burguesías. Las ciudades latinoamericanas mostraron</p><p>cierta predilección por el art noveau, cuyo estilo no sólo expresaba la novedad del momento, sino</p><p>también cierta tendencia al lujo de las clases sociales altas. Lo importante era aquella ostentación de la</p><p>decoración superflua, lo que concitó el interés y la admiración.</p><p>Las estaciones ferroviarias se exhiben estructuras de hierro como si fueran monumentos al progreso y</p><p>la industria. Las obras sanitarias, de agua corriente y de cloacas, eran signos de progreso. En cuanto a</p><p>la iluminación; paso del uso del aceite al gas y luego a la eléctrica. En cuanto a los medios de</p><p>transporte, de los tranvías a caballo, a los tranvías eléctricos y luego los autobuses.</p><p>Tanto las Ciudades Latinoamericanas como Europa, compartían casi instantáneamente el</p><p>advenimiento del uso de la tecnología. Como símbolo del arte, la aparición de la Ópera y de los</p><p>Teatros. El progreso y la religión de la ciencia conformaron una ideología que dividió a las clases</p><p>altas.</p><p>“EL INTERIOR DE LA HISTORIA” de MARINAWAISMAN</p><p>Capítulo 1: “ Historia e historiografía”</p><p>La ciencia histórica no es la mera reproducción de lo que ha sido; tampoco podría serlo, por la</p><p>imposibilidad de conocer la totalidad de los hechos, objetos o acontecimientos. Una selección se hace</p><p>indispensable. Luego vendrán el ordenamiento, las articulaciones, las valorizaciones. La historia no es</p><p>una simple narración, es una sucesión de juicios.</p><p>La historia se escribe desde los intereses del presente y con los instrumentos prejuicios y proyectos del</p><p>presente.</p><p>Historia: realidad de los acontecimientos, en nuestro caso la sucesión de hechos arquitectónicos.</p><p>Problemas históricos son aquellos que atañen a la existencia misma del hecho histórico, su veracidad</p><p>o datación. Los problemas históricos se resuelven por medio de la investigación.</p><p>Historiografía: textos mediante los cuales se estudia el desarrollo de la historia. Problemas</p><p>historiográficos son los que atañen a la interpretación o caracterización del hecho histórico, su</p><p>inclusión en determinada unidad histórica, su relación con otras. Los problemas historiográficos</p><p>comprometen directamente la ideología del autor.</p><p>Ejemplo: Si se estudia la cúpula de Santa María del Fiore serán problemas históricos la fecha exacta</p><p>de su realización, la intervención exclusiva de Brunelleschi o la participación de Ghiberti; serán por el</p><p>contrario problemas historiográficos aquellos que conciernen a la relación de la cúpula con la</p><p>arquitectura del Renacimiento y la del Gótico; el significado del proceso de diseño inaugurado por</p><p>brunelleschi.</p><p>La historia narrativa basada en el encadenamiento de hechos únicos; siendo este modo de hacer</p><p>historiografía</p><p>Se caracteriza la historia política, que fue tradicionalmente “la historia”. Con Fernand el protagonismo</p><p>se traslada del individuo al grupo social, y a la narración lineal se contrapone con la multiplicidad de</p><p>los tiempos. La nueva historia es una historia sin personajes y por lo tanto no puede ser un relato. La</p><p>pérdida de su condición narrativa desembocó en la imposibilidad de comprender realmente la historia,</p><p>por lo que se está regresando a una consideración más flexible, en la que la realidad narrativa del</p><p>hecho histórico no implica necesariamente la invención de un argumento que lo haga significativo,</p><p>busca un equilibrio entre la condición intrínsecamente narrativa de la historia y el cuadro más general</p><p>de la vida social, entre la comprensión y la explicación.</p><p>El gran relato sobre la idea de progreso de la humanidad hacia una meta cierta (meta que ha variado</p><p>del Cristianismo al Iluminismo) ha mostrado su carácter ideológico y en consecuencia ha legitimado</p><p>la proliferación de las historias.</p><p>Por otro lado la acción de los medios masivos de comunicación tiende a “presentificar” todos los</p><p>acontecimientos; a acatarlo todo en el plano de la contemporaneidad y de la simultaneidad,</p><p>produciendo una deshistorización de la experiencia.</p><p>capítulo 2: “ Historia general, historia de la arquitectura, historia del arte”</p><p>La distinción fundamental entre el objeto de estudio de la historiografía general y las historiografías</p><p>del arte y la arquitectura se refiere al tipo de temporalidad de ambos: para la historiografía general el</p><p>objeto de estudio ha cesado de existir en el tiempo, y la primera labor del historiador es hacerlo</p><p>revivir, la de traerlo al presente mediante su descripción o narración.</p><p>En tanto que el objeto de las historiografías del arte y la arquitectura existe en el presente por sí</p><p>mismo y la labor del historiador ha de partir de esa realidad presente. En el primer caso el</p><p>protagonista es un acontecimiento, un personaje o una cultura que tuvo lugar en el tiempo y ha</p><p>desaparecido dejando solamente ciertos testimonios que permitan su conocimiento. En el segundo, el</p><p>protagonista, la obra de arte o arquitectura, si bien pertenece a otro tiempo y lugar y es en sí mismo el</p><p>testimonio histórico principal e imprescindible, el que reúne en sí los datos más significativos para su</p><p>conocimiento.</p><p>A diferencia del acontecimiento histórico, la consideración del hecho artístico no se agota en el</p><p>examen de sus circunstancias históricas, pues su permanencia en el tiempo se debe a su valor artístico</p><p>o arquitectónico, su condición propia de obra de arte, de monumento.</p><p>Monumento no es lo que dura, sino lo que queda. En el caso de la arquitectura en efecto, lo que queda</p><p>es una forma física significativa, no el evento total: los usos sociales, las condiciones de producción,</p><p>el entorno con sus respectivos usos y significados, el significado que el monumento tuvo para sus</p><p>contemporáneos; el monumento es solo la huella el recuerdo de lo que ocurrió.</p><p>La pregunta de ¿Qué es lo que ha causado la permanencia del valor de esa obra en el tiempo? es la</p><p>diferencia de la historia del arte o arquitectura con la historia general.</p><p>Serían incomprensibles las obras sin reconocer los acontecimientos de su época. No es que variara su</p><p>valor artístico pero se alteraría su significado histórico. Un análisis que no tomara en cuenta la</p><p>datación de la obra correría el riesgo de convertirse en una consideración formalista o funcionalista,</p><p>sin profundidad histórica y sin posibilidad de arribar a real comprensión de la obra y de su significado.</p><p>La historia general, por su parte recibe, un estimable auxilio de la obra de arte o arquitectura,</p><p>considerado como documento de una cultura. En ella pueden leerse los más variados y extremos</p><p>aspectos de esa cultura, desde sus hábitos cotidianos hasta su concepción del mundo representada por</p><p>su modo de concebir el espacio.</p><p>capítulo 3: “ Historia de la arquitectura, historia del arte”</p><p>En repetidas ocasiones el tratamiento historiográfico del arte y la arquitectura han seguido pautas</p><p>comunes de valoración. Lo autorizaba, aparentemente, una serie de semejanzas entre ambos objetos</p><p>de estudio, además, el estrecho parentesco en actitudes ante la forma, que en cada época permitía</p><p>definir un estilo común, y en consecuencia una periodificación que abarcaba por igual a ambos</p><p>campos de estudio.</p><p>Esta unidad teórica se correspondía, por lo demás al ámbito de acción que ocupaban para entonces los</p><p>arquitectos, quienes, luego de la separación producida en el campo de la praxis proyectual y</p><p>constructiva entre ingenieros y arquitectos se dedicaron preferentemente a aquellas tipologías que se</p><p>comportan por un interés particular; en tanto los ingenieros se ocupaban del equipamiento de</p><p>industrias de abastecimiento, funcional y formal con finalidades simbólicas comunicativas,</p><p>infraestructura de servicios, es decir, todo aquello relacionado directamente con necesidades</p><p>puramente utilitarias, en las que pasaba a segundo plano la elaboración de imágenes de prestigio. Las</p><p>preocupaciones técnicas en cambio, pasan a segundo plano en la tarea del arquitecto, a favor de la</p><p>creación de nuevas tipologías y su expresión formal, que se busca mediante el uso de códigos que la</p><p>convención social que se volverá de lectura corriente: el gótico se leerá como arquitectura religiosa y,</p><p>en Inglaterra, como arquitectura nacional; la arquitectura clasicista se leerá como orden, permanencia</p><p>y solidez, o bien como igualdad y democracia; un edificio carcelario será muy probablemente</p><p>románico; y así sucesivamente.</p><p>Sin embargo, este uso del lenguaje simbólico, que en la primera parte del siglo XIX equivalía a una</p><p>declaración de principios, a una toma de posición ideológica, condujo paulatinamente hacia la</p><p>desvalorización del lenguaje mismo. Es que las prioridades de la producción industrial desalentaron el</p><p>expresionismo fisionómico en los edificios (ya que el individualismo expresivo sub-utiliza las técnicas</p><p>de producción masiva), y en cambio alentaron el eclecticismo estilístico como alternativa para</p><p>individualizar los edificios.</p><p>Hacia la última parte del siglo el lenguaje se ha convertido en un ropaje intercambiable y sustituible,</p><p>perdiendo sus connotaciones ideológicas (fue práctica corriente la presentación de proyectos con dos</p><p>o tres versiones diferentes solamente en su lenguaje); a primer plano la organización funcional de las</p><p>plantas, explícitamente formulada por Durand, es decir la valoración y reconocimiento de los cambios</p><p>sociales que habían exigido la invención de las nuevas tipologías funcionales, Desde ese punto habría</p><p>de ser posible, pocas décadas más tarde, la revolución lingüística del Movimiento Moderno.</p><p>Pero la periodificación en ambos campos, el artístico y el arquitectónico, que hasta este siglo había</p><p>mantenido cursos paralelos, debían perder esa condición. En efecto, el desarrollo del arte puede</p><p>percibirse a lo largo del siglo XIX como un encadenamiento de acciones y reacciones en el que una</p><p>serie de conquistas formales van quebrando la tradición de la perspectiva renacentista, en una</p><p>permanente búsqueda de nuevos modos de visión. Las búsquedas de la arquitectura desde el punto de</p><p>vista social no trabaja en paralelo con esta trayectoria; obedecen a necesidades funcionales</p><p>interpretadas ideológicamente, a representaciones simbólicas. Al desembocar en la desvalorización</p><p>del lenguaje, el divorcio entre las teorías del arte y de la arquitectura parecía consumado.</p><p>Por cierto, la reflexión exclusivamente dirigida a problemas arquitectónicos había existido desde</p><p>antiguo, desde que comenzó a escribirse sobre arquitectura, fundamentalmente desde Vitruvio, pero,</p><p>en su caso como una gran parte de los escritos a lo largo de siglos, el enfoque correspondía más a una</p><p>teoría que a una historiografía de la arquitectura. Los escritos de Vitruvio constituyen una</p><p>enciclopedia de conocimientos relativos a los más diversos aspectos de la arquitectura, desde la</p><p>construcción hasta los significados míticos. Pero la conocida tríada vitruviana, que indica como</p><p>esencia de la arquitectura las cualidades de funcionalidad y solidez constructiva (utilitas, firmitas y</p><p>venustas) se mantuvo a través de los siglos como base del pensamiento arquitectónico.</p><p>En el aspecto técnico, hasta la revolución industrial el paralelismo entre la producción arquitectónica</p><p>y la artística, como ya se ha señalado, había sido considerable: la técnica artesanal y la escala de la</p><p>producción los hermanaba en estos aspectos esenciales. Pero a partir de las transformaciones tanto en</p><p>las técnicas constructivas como en la escala de producción de la arquitectura, el proceso de</p><p>producción se ha diferenciado no solamente desde el punto de vista de la concepción y la ejecución</p><p>técnica sino de la totalidad de dicho proceso. La incidencia del acto de diseño en el proceso total de la</p><p>producción, que en el pasado pudo ser bastante semejante tanto para la producción arquitectónica</p><p>como para la artística; aún cuando la intervención de la mano de obra extraña al artista había</p><p>adquirido bastante peso; ocupa ahora un lugar del todo distinto en ambos procesos.</p><p>La condición del artista creando libremente y ofreciendo luego su producto al mercado, la separaba</p><p>del arquitecto, cuya producción está necesariamente atada a un cliente determinado, y no es fácil de</p><p>concebir como un acto nacido de la iniciativa del propio arquitecto (aunque esta forma de acción se</p><p>practique alguna vez en los países mas desarrollados).</p><p>Desde el Renacimiento existe, de un modo explícito, una diferenciación esencial entre ambos objetos</p><p>de estudio, y es la referida a la instancia del proyecto, etapa esencial del proceso de diseño de la</p><p>arquitectura, que sólo podría encontrar un paralelo muy relativo en los bocetos previos que utilizaron</p><p>los pintores en ciertas y determinadas épocas. Pues este estadio desaparece en gran parte de la pintura</p><p>moderna. Por lo demás, el boceto desempeñaba, en algunos casos, el papel muy general de guía u</p><p>ordenamiento espacial del cuadro, sin significado propio; en otros casos, por el contrario, constituía</p><p>un objeto acabado en sí mismo, que podía llegar a servir de "modelo" al futuro cuadro, pero que</p><p>conservaba un valor, por así decir, autónomo, y en ocasiones (David) con un tipo de expresividad muy</p><p>diferente al que luego tendría el cuadro.</p><p>El proyecto, a su vez, constituye una entidad con significados propios y completos en sí mismos, pues</p><p>implica una proyección al futuro, una propuesta acerca de modos de vida, de modos de percepción del</p><p>espacio y de la forma, de modos de relación con el medio urbano o rural, de modos de concebir la</p><p>tecnología, etc.. En la obra entrarán a jugar en primer plano la percepción sensible, la vivencia real del</p><p>espacio y, con el correr del tiempo, el grado de viabilidad de la propuesta, confrontada ahora con la</p><p>realidad de la vida social y del entorno físico concreto.</p><p>Esta forma especial de la producción arquitectónica hace que existan a lo largo de la historia,</p><p>numerosos objetos de</p>