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Cuando La Vida Se Derrumba___Warren Wiersbe

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¿Hay alguna razón para el dolor y el sufrimiento?
¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?
Las personas llevamos siglos y siglos haciendo estas mismas preguntas. En el mejor de los casos solo se ha llegado a 
conclusiones superficiales y muchos han abandonado el intento 
de responder a las preguntas verdaderamente difíciles de la vida.
En Cuando la vida se derrumba, usted verá que hay propósito 
en el sufrimiento y el dolor. Con sensibilidad y compasión, el autor 
ofrece percepción y conocimiento acerca de la razón por la cual 
las personas sufren y qué hacer cuando la vida se derrumba.
“ No ha podido llegar más a tiempo… Una refutación vital a 
las… respuestas que se dan hoy a las preguntas difíciles acerca 
del sufrimiento y el mal que han invadido nuestra cultura”.
 — CHARLES W. COLSON, 
fundador de Prison Fellowship
“ Responde a las preguntas difíciles con un sentido bíblico 
profundo. Tengo la esperanza de que este libro lo van a leer 
muchos y se beneficiarán de él”.
 — JOHN MacARTHUR, 
pastor-maestro, autor
WARREN W. WIERSBE es pastor, y autor o compilador 
de más de 160 libros, entre ellos Llamados a ser siervos de Dios 
y La estrategia de Satanás, ambos publicados por Portavoz. 
Actualmente se dedica a escribir para ministrar a otros. 
WARREN W. WIERSBE
“ Tengo la esperanza de que este libro lo van a leer 
muchos y se beneficiarán de él”. 
–JOHN MacARTHUR, pastor, maestro y autor
Cuando 
la vida
se derrumba
Respuestas bíblicas para los que sufren
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uan do la vida se derrum
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ISBN 978-0-8254-0530-3
9 7 8 0 8 2 5 4 0 5 3 0 3
Vida cristiana / Superación personal
Cuando 
la vida 
se derrumba
Respuestas bíblicas para los que sufren
WARREN W. WIERSBE
Título del original: When Life Falls Apart, © 1984 por Warren W. Wiersbe 
y publicado por Fleming H. Revell, una división de Baker Book House 
Company, Grand Rapids, Michigan 49516-6287. Traducido con permiso.
Edición en castellano: Cuando la vida se derrumba, © 2005, 2013 por 
Warren W. Wiersbe y publicado por Editorial Portavoz, filial de Kregel 
Publications, Grand Rapids, Michigan 49501. Todos los derechos 
reservados.
Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, almacenada en 
un sistema de recuperación de datos, o transmitida en cualquier forma 
o por cualquier medio, sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación 
o cualquier otro, sin el permiso escrito previo de los editores, con la 
excepción de citas breves o reseñas.
A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas han sido 
tomadas de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en 
América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado 
con permiso. Reina-Valera 1960™ es una marca registrada de la American 
Bible Society, y puede ser usada solamente bajo licencia. 
EDITORIAL PORTAVOZ
P.O. Box 2607
Grand Rapids, Michigan 49501 USA
Visítenos en: www.portavoz.com
ISBN 978-0-8254-0530-3 (rústica)
1 2 3 4 5 / 17 16 15 14 13
Impreso en los Estados Unidos de América
Printed in the United States of America
La misión de Editorial Portavoz consiste en proporcionar productos de 
calidad —con integridad y excelencia—, desde una perspectiva bíblica 
y confiable, que animen a las personas a conocer y servir a Jesucristo.
Dedicatoria 
A mis amigos de muchos años, 
el pastor Richard Hensley y su esposa Betty. 
Dick, la vida que has vivido en medio del sufrimiento, 
el dolor y la desventaja, y la forma en que has 
ministrado a otros, todo junto forma el sermón más 
grande que jamás hayas podido predicar. Tú has sido 
de ayuda y ánimo para mí, y a ti y a tu esposa les dedico 
este libro con gran aprecio por nuestra amistad.
Contenido
1. A los que sufren 7
2. La verdadera gran pregunta 12
3. ¿Cuán grande es Dios? 19
4. Respuestas desde un montón de cenizas 31
5. Imágenes del dolor 46
6. El Dios que cuida de nosotros 69
7. El Dios que sufre 84
8. Cuando la vida se derrumba, 
¿cómo ora usted? 95
9. Carácter 110
10. Usted nunca sufre solo 120
11. Cómo lidiar con el desastre 127
12. Esperanza 133
Apéndice 1: 
Preguntas que usted puede estar haciéndose 143
Apéndice 2: 
Una pequeña antología 151
Notas 157
1
A los que sufren 
“Sea amable, porque todo aquel con el que se encuentra 
está peleando una batalla”. 
No estoy seguro de quién fue el primero en hacer esa 
declaración, pero nos da un buen consejo. Todos estamos 
peleando batallas y llevando cargas, y necesitamos urgen-
temente toda la ayuda que podamos conseguir. Lo último 
que uno de nosotros necesita es que alguien nos ponga 
encima más dificultades. 
No son las exigencias normales de la vida las que 
nos quebrantan, sino las sorpresas dolorosas. Nos vemos 
a nosotros mismos peleando batallas en una guerra que 
nunca declaramos y llevando cargas por razones que no 
entendemos. No estoy hablando acerca de “cosechar lo que 
sembramos”, porque la mayoría de nosotros es lo suficien-
temente sagaz como para saber cuándo y por qué sucede 
eso. Si quebrantamos las normas, tenemos que aceptar las 
consecuencias, pero a veces suceden cosas aún cuando 
nosotros no las quebrantamos. 
Cuando la vida nos pasa esas sorpresas dolorosas, 
comenzamos a hacernos preguntas. Nos preguntamos si 
quizá hemos sido engañados. Comenzamos a dudar de que 
la vida tenga sentido. Sí, a los hijos de Dios les suceden cosas 
malas, y cuando eso ocurre, nuestra respuesta normal es 
preguntar: “¿Por qué a nosotros?”. 
Este libro es el esfuerzo de un hombre para tratar de 
ayudar a las muchas personas que sufren, seres humanos 
que, en su dolor, están haciendo las preguntas esenciales 
que llegan hasta los fundamentos de la vida. ¿Existe Dios? 
Si existe, ¿qué clase de Dios es? ¿Mediante qué reglas está 
dirigiendo el juego de la vida? ¿Está libre o está maniatado 
8 Cuando la vida se derrumba
por su propio universo? ¿Está llevando a cabo un plan, o 
es tan limitado que no puede intervenir en los asuntos de 
la vida? ¿Tiene algún beneficio el orar? ¿Tenemos alguna 
información autorizada de parte de Dios acerca de Dios, o 
tenemos que conformarnos con nuestras propias limitadas 
conclusiones, basadas en la poca información que vamos 
recogiendo en las experiencias demoledoras de la vida? 
Estas son preguntas importantes de la vida y deben 
ser respondidas. Este libro, Cuando la vida se derrumba, 
trata los mismos problemas que el rabí Harold Kushner 
consideró en su libro Cuando a las personas buenas les suce-
den cosas malas. Ambos libros son parte de lo que Morti-
mer Adler llamaría “La gran conversación”, ese fascinante 
debate que ha continuado por siglos, siempre que los hom-
bres y las mujeres han considerado los problemas del mal 
en este mundo. Puesto que el rabí Kushner y yo abordamos 
estos problemas con trasfondos y puntos de vista diferen-
tes, es razonable suponer que tendremos nuestras diferen-
cias cuando sacamos nuestras aplicaciones y conclusiones. 
Pienso, sin embargo, que tenemos el mismo propósito en 
mente: Ayudar a los que sufren y que se encuentran perple-
jos ante los problemas de la vida. 
A pesar de nuestras diferencias, me benefició la lectura 
del libro del rabí Kushner. Quedé impresionado por su 
valor y franqueza al enfrentar sus sentimientos con hones-
tidad, ¡e incluso atreverse a enojarse! Él y su esposa pagaron 
un gran precio al escribir este libro, y debemos admirarlos 
por su devoción. 
Me ayudó su compasión. Las luchas con su fe no lo 
apartaron ni lo aislaron, como a menudo sucede en esas 
situaciones. Estuvo dispuesto a darle a conocer a otros 
sus descubrimientos, en la esperanza de que las lecciones 
aprendidas en la escuela del dolor animaran a otros com-
pañeros de sufrimiento. 
También me ayudó al forzarme a repensar mis propias 
convicciones. Esto es algo bueno, porque una fe que no 
A los que sufren 9
puede ser probada, no es confiable. Por más de treinta años 
he estado involucrado en el ministerio pastoral, tratando 
de animar a las personas a que echaran mano delos vastos 
recursos espirituales que Dios pone a nuestra disposición. 
Yo también tuve que plantearme algunas de estas pregun-
tas fundamentales. ¿Había estado aplicando la medicina 
apropiada a la enfermedad sufrida? ¿Había sido acertado 
mi diagnóstico de la situación? ¿Cuánto de verdad conocía 
yo acerca del Dios que había estado predicando y escri-
biendo durante todos estos años? ¿Tengo yo la clase de fe 
que funciona en los campos de batalla de la vida? 
Al agonizar con estas y otras preguntas, llegué a algu-
nas de las conclusiones que voy a ir desarrollando en los 
capítulos de este libro. Pero para que usted sepa hacia 
dónde nos encaminamos, aquí están. 
1. Nuestras respuestas a los problemas del sufrimiento deben 
tener integridad intelectual. Estamos creados a la ima-
gen y semejanza de Dios, y esto significa que debemos 
pensar. Debemos hacer las preguntas correctas si que-
remos obtener las respuestas correctas. Eso quiere decir 
que todos debemos ser filósofos y cuestionar nuestras 
preguntas. Esto no hay forma de evitarlo, porque desde 
el momento en que usted trata de responder a una cues-
tión de la vida, se convierte en filósofo. 
2. Las personas viven mediante promesas, no mediante expli-
caciones. Este es el balance número l. Nadie puede res-
ponder completamente a todas las preguntas; pero, si 
pudiéramos hacerlo, las respuestas no nos dan garantía 
de que la vida resultará más fácil o el sufrimiento más 
llevadero. Dios no está esperando al final del silogismo, 
ni tampoco hay paz mental a la conclusión de un argu-
mento. En cada área de la vida debe haber siempre un 
elemento de fe: En el matrimonio, los negocios, la cien-
cia y las decisiones comunes de cada día. Lo que usted 
cree determina cómo va a comportarse, pero usted no 
10 Cuando la vida se derrumba
puede explicar siempre lo que cree y por qué lo cree. 
“La fe es una de las fuerzas mediante las que vive el 
hombre”, escribió Henry James, “y la ausencia total de 
fe significa desintegración”. 
3. ¡Debemos vivir! La vida es un don de Dios, y debemos 
atesorarla, protegerla e invertirla. Puede que podamos 
posponer algunas decisiones, pero no podemos posponer 
vivir. “La vida no puede esperar hasta que la ciencia 
haya explicado el universo científicamente”, escribió 
el filósofo español José Ortega y Gasset. “No podemos 
posponer la vida hasta que estamos listos... La vida nos 
cae encima como un disparo a quemarropa”. Agarra-
mos la vida, o hacemos con ella lo mejor que podamos, 
o la dejamos. El suicidio es la acción última de dejarla. 
La pregunta más importante en la vida no es “¿Por 
qué les suceden cosas malas a las personas buenas?”, 
sino “¿Por qué y para qué estamos aquí?”. ¿Cuál es el 
propósito de la vida? ¿Lo sabe alguien? 
4. Debemos vivir para otros. El sufrimiento puede hacer-
nos egoístas o generosos. Puede hacer que seamos 
parte del problema o parte de la respuesta. John Feble, 
amigo del cardenal John Henry Newman solía decir: 
“Cuando usted se siente dominado por la melancolía, 
lo mejor para salir de esa situación es levantarse y hacer 
algo por otra persona”. ¡Buen consejo! El apóstol Pablo 
explicó a los que sufrían de su tiempo que Dios “nos 
consuela en todas nuestras tribulaciones, para que 
podamos también nosotros consolar a los que están 
en cualquier tribulación, por medio de la consolación 
con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Co. 
1:4). Pienso que fuimos creados para ser canales y no 
lagos cerrados, para pensar en otros y no en nosotros 
mismos. 
5. Tenemos a nuestra disposición los recursos para un sufri-
miento creativo. Todo en la naturaleza depende de 
“recursos ocultos”, y nosotros también. La historia 
A los que sufren 11
humana está llena de testimonios de personas que 
pudieron haber sido víctimas, pero que decidieron 
ser vencedoras. “Aunque el mundo está lleno de sufri-
miento”, escribió Helen Keller, “está también lleno de 
la superación del sufrimiento”. El sufrimiento termi-
nará siendo su amo o su siervo, dependiendo de cómo 
maneja las crisis de la vida. Después de todo, una crisis 
no hace a una persona, sino que revela lo que la persona 
lleva por dentro. Lo que la vida nos hace a nosotros 
depende de lo que la vida encuentra en nosotros. Los 
recursos están disponibles si nosotros queremos usarlos. 
Al considerar estos asuntos, tendremos que usar nues-
tra mente y ponernos a pensar en serio. Al mismo tiempo, 
debemos abrir nuestro corazón a esa clase de verdades espi-
rituales que no pueden ser examinadas en los laboratorios 
ni manipuladas por una computadora. Pero sobre todo, 
debemos estar dispuestos a obedecer la verdad e ir en la 
dirección que nos lleve. No es suficiente con que nuestra 
mente sea iluminada o nuestro corazón quede enrique-
cido; su voluntad debe ser capacitada en el servicio a otros. 
El sufrimiento no es un tópico para especulación; es una 
oportunidad para demostrar compasión e involucrarnos. 
La mente crece al tomar, pero el corazón crece al dar. 
“Ya es medio falso el que especula acerca de la ver-
dad, pero no la hace”, dijo F. W. Robertson, quien supo 
lo que era el sufrimiento y murió joven. “La verdad nos es 
dada, no para ser contemplada, sino para hacerla. La vida 
es acción, no un pensamiento”. 
Pero si queremos que una acción sea inteligente, debe 
comenzar con un pensamiento. 
Así, pues, nuestra primera responsabilidad es tratar de 
responder a “La verdadera gran pregunta”. 
2
La verdadera gran pregunta
“¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?”. 
Puede que usted no se dé cuenta de ello, pero cuando 
hace esa pregunta, está revelando mucho de lo que cree. 
Detrás de esa pregunta hay una serie de suposiciones que 
usted cree que son ciertas y mediante las cuales maneja su 
propia vida. Cada uno de nosotros tiene una “declaración 
de fe” personal y se manifiesta mediante las preguntas que 
hacemos. 
Cada cual cree algo acerca del universo, de la vida, 
de la muerte, de la felicidad, de Dios, del bien, del mal y 
de otras personas. Estas creencias son como los axiomas 
en geometría, son difíciles de demostrar; pero si usted 
los rechaza, no puede resolver los problemas. “Es estric-
tamente imposible ser un ser humano”, escribió Aldous 
Huxley, “y no tener en general alguna clase de puntos de 
vista acerca del universo”. 
Qué suposiciones están detrás de la pregunta: “¿Por qué 
les suceden cosas malas a las personas buenas?”. 
Para comenzar, al hacer esas preguntas estamos dando 
por supuesto que hay valores en la vida. Algunas cosas son 
“buenas” y otras son “malas”. Durante siglos, los filósofos 
han discutido el significado de lo “bueno” y de lo “que es la 
vida buena”, y no siempre estuvieron de acuerdo. Pero una 
cosa es muy cierta: Usted y yo preferimos tener la “la vida 
buena” antes que sufrir las “cosas malas” que pueden ocu-
rrimos. Preferimos tener buena salud antes que la enfer-
medad, buen éxito en los negocios antes que los fracasos, 
buenas experiencias antes que dolor y tristeza. 
Hay otra suposición detrás de nuestra pregunta: Damos 
por supuesto que hay orden en el universo. Suponemos que 
La verdadera gran pregunta 13
hay una causa para las “cosas malas” que suceden en la vida 
de las personas. Cuando ocurre una tragedia, decimos: 
“Mira, aquí hay algo equivocado. Esto no debiera haber 
ocurrido nunca”. Nuestra protesta les dice a los demás que 
creemos en un universo ordenado, uno que “tiene sentido”. 
Cosas tales como el nacimiento de un hijo imposibilitado, 
o el asesinato de una novia atractiva, nos parece que están 
fuera de lugar. 
Una tercera suposición es que las personas son impor-
tantes. Pocos de nosotros preguntamos alguna vez por qué 
les suceden cosas malas a los tulipanes, a los peces o a los 
conejos. No hay duda de que a ellos también les suceden 
cosas malas, pero nuestra gran preocupación son los seres 
humanos. Damos por sentado que las personas son dife-
rentes de las plantas y de los animales, y que esa diferencia 
es importante. 
Nuestracuarta suposición es, pienso, bien obvia: Cree-
mos que la vida merece la pena vivirla. Después de todo, si 
la vida no mereciera la pena vivirla, ¿para qué molestarnos 
en hacer preguntas? ¿Por qué no le ponemos fin de una vez 
y para siempre? Albert Camus lo expresó sin rodeos: “Hay 
solo un problema filosófico verdaderamente serio, y es el 
suicidio. Juzgar si merece la pena vivir o no es dar respuesta 
a la pregunta fundamental de la filosofía”. El hecho de que 
estemos luchando con estos problemas es una evidencia 
de que merece la pena vivir, de que no estamos montados 
(como solía decir el cómico Fred Allen) “en una noria del 
olvido”. 
Podemos añadir una quinta suposición: Creemos que 
somos capaces de encontrar algunas respuestas y beneficiar-
nos de ello. Damos por sentado que somos seres racionales 
con una mente que funciona, y que el mundo racional que 
nos rodea nos proveerá de algunas respuestas. Puede que 
no seamos capaces de entenderlo y explicarlo todo, pero 
aprenderemos lo suficiente para animarnos a enfrentar las 
luchas y seguir adelante. Edificada sobre esta suposición 
14 Cuando la vida se derrumba
está la creencia de que somos libres para hacer preguntas y 
buscar la verdad. No somos robots. 
De modo que si está preguntando sinceramente: “¿Por 
qué les suceden cosas malas a las personas buenas?”, esto 
es lo que usted cree: 
• Hay valores en el universo. 
• El universo es lógico y ordenado. 
• Las personas son importantes. 
• La vida merece la pena vivirla. 
• Podemos encontrar respuestas que nos ayuden. 
Pero declarar simplemente nuestras suposiciones no 
resuelve de forma inmediata nuestros problemas. De 
hecho, estas suposiciones ayudan a crear toda una serie 
nueva de preguntas que no nos atrevemos a evitar. Si hay 
valores en el universo, ¿de dónde provienen? ¿Qué es lo 
que hace que lo “bueno” sea bueno y lo “malo” sea malo? 
Si el universo es racional y ordenado, y nosotros podemos 
entender la ley de causa y efecto, ¿cómo llegó a suceder de 
esa manera? ¿Y por qué son las personas importantes? ¿Qué 
es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla? 
Pienso que todas esas importantes preguntas pueden 
ser resumidas en la que creo es la pregunta más grande de 
todas: ¿Cuál es el propósito de la vida? Si yo sé quién soy, 
por qué estoy aquí y cómo encajo yo en el plan del uni-
verso, entonces puedo entender y manejar las experiencias 
difíciles de la vida. Como escribió Nietzsche: “Si nosotros 
tenemos nuestro propio por qué en la vida, funcionaremos 
bien con casi todos los cómos”. O como lo expresa el pro-
verbio romano: “Cuando el piloto no sabe a qué puerto se 
dirige, ningún viento le es de ayuda”. 
Así, pues, la verdadera gran pregunta no es “¿Por qué 
les suceden cosas malas a las personas buenas?”, sino “¿Cuál 
es el propósito de la vida?”. No podemos sinceramente res-
ponder a la primera pregunta sin haber respondido antes a 
la segunda. A menos que conozcamos cuál es el propósito 
La verdadera gran pregunta 15
de la vida, no podemos determinar qué experiencias son 
“buenas” y cuáles son “malas”. 
Una bella historia del Antiguo Testamento nos lo ilus-
tra muy bien. Los hermanos de José estaban celosos de él y 
lo vendieron como esclavo. Jacob, el padre de José, pensó 
que su amado hijo había muerto; pero en realidad José 
se encontraba sirviendo en Egipto. José pasó varios años 
de prueba en la cárcel, pero entonces, mediante una serie 
de circunstancias maravillosas, se convirtió en el segundo 
mandatario en el país. Como resultado de esto, pudo pro-
teger a su padre y hermanos durante una terrible ham-
bruna (ver Gn. 37—50). 
Desde nuestra perspectiva humana, lo que le sucedió 
a José fue “malo”. Los celos y el odio son malos. Es algo 
malo quedar separado del padre anciano y que le vendan 
a uno como esclavo. Es malo que nos acusen falsamente y 
nos metan en la cárcel. Pero, al final, todos estos sucesos 
ayudaron para bien. José les dijo a sus hermanos: “Voso-
tros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a 
bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida 
a mucho pueblo” (Gn. 50:20). 
En otras palabras, es mucho mejor que seamos cuidado-
sos al identificar las experiencias de la vida como “buenas” o 
“malas”, ¡porque podemos estar equivocados! Los creyentes 
cristianos se aferran a Romanos 8:28: “y sabemos que a los 
que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, 
a los que conforme a su propósito son llamados”. 
Pero ¿cuál es el propósito de la vida? 
Muchas personas creen sinceramente que la felicidad 
es el propósito de la vida. No estoy hablando acerca de los 
“buscadores de placer” que viven solo para “comer, beber 
y alegrarse”. Más bien me estoy refiriendo a las personas 
honradas que sencillamente quieren disfrutar de compa-
ñía y amor, ganar su sustento, pagar sus facturas, quizá 
tener una familia propia y compartir con otros las “cosas 
buenas” de la vida. 
16 Cuando la vida se derrumba
Puede que esté equivocado, pero me parece que la feli-
cidad no es la meta principal de la vida, sino más bien un 
maravilloso subproducto. A la mayoría de las personas que 
conozco que hicieron de la felicidad su meta terminaron de 
una forma desgraciada. Pero los que invirtieron su vida en 
metas dignas de luchar por ellas descubrieron una medida 
de felicidad. A medida que maduramos en la vida, nuestras 
ideas de felicidad cambian; y a menudo con la madurez 
viene también una comprensión más profunda del dolor. 
Además, hacer que la felicidad sea mi meta en la vida 
puede también traer consigo un elemento de egoísmo. ¡Mi 
felicidad puede terminar siendo su tristeza! 
Sea lo que sea que lo motive a usted en la vida, debe ser 
algo suficientemente grande y noble para hacer que la inver-
sión merezca la pena. La vida es demasiado corta y dema-
siado difícil para perderla en cosas insignificantes. “Muchas 
personas tienen una idea equivocada de lo que constituye la 
verdadera felicidad”, escribió Helen Keller en su diario. “No 
se obtiene mediante la satisfacción de los deseos propios, 
sino a través de la fidelidad a un propósito digno”. 
Estoy convencido de que la vida merece la pena vivirla, 
a pesar de todos los problemas y dificultades, porque el 
ser humano está involucrado en un “propósito tan digno”. 
Bertrand Russell llamó al hombre un “accidente curioso en 
agua estancada”, y cínicamente H. L. Mencken llamó al 
hombre “una enfermedad local del cosmos”. Pero el hom-
bre lleva en sí mismo la imagen de Dios y fue creado para 
su gloria. El antiguo catecismo declara bellamente este 
“digno propósito”: “El hombre fue creado para la gloria de 
Dios y para gozarlo para siempre”. 
El profeta Isaías tenía este mismo propósito en mente 
cuando escribió: “Diré al norte: Da acá; y al sur: No deten-
gas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la 
tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía 
los he creado, los formé y los hice” (Is. 43:6, 7). 
Las cosas malas no solo suceden a las personas buenas, 
La verdadera gran pregunta 17
sino que también les ocurren a un grupo selecto de “perso-
nas buenas”: los hijos de Dios. El hecho de que conozcamos 
a Dios como nuestro Padre y a Cristo Jesús como nuestro 
Salvador no nos libra de las cargas normales de la vida, o 
de aquellas pruebas especiales que a veces nos vienen de 
improviso. En realidad, nuestra fe puede hacer que seamos 
un blanco especial de los ataques del enemigo. 
Las cinco suposiciones que ya hemos considerado en 
este capítulo parecen dar evidencia de la realidad de Dios 
en este universo. Es Dios el que puso los valores en el uni-
verso y el que determina lo que es “bueno” y lo que es 
“malo”. Es Dios el que creó al hombre y le dio su lugar 
importante en la creación. Es Dios el que mantiene el 
orden en el universo, incluso cuando usted y yo hemos 
llegado a la conclusión de que algo ha ido mal. Es Dios el 
que hace que la vida merezca la pena vivirla. 
Están aquellos que sustituyen Dios por la “evolución”.Incluso el rabí Kushner sugiere que el dolor y las limitacio-
nes físicas pueden significar “que el hombre hoy es solo la 
última etapa en un largo y lento proceso evolucionista”.1
Pero si el propósito de la vida es cumplir con el pro-
ceso evolucionista, las “cosas malas” no le pueden suceder a 
nadie. De hecho, no podemos ni siquiera usar las palabras 
“bueno” y “malo” porque todo lo que ocurra en el proceso 
evolucionista es bueno. Las tragedias de la vida son solo 
ayudas para elevar más al hombre en la escala evolutiva. 
Además, el hombre ya no es importante por sí mismo, sino 
solo en la medida en que contribuye “al largo y lento pro-
ceso evolucionista”. 
Dudo seriamente de que alguna vez alguien encontrase 
consuelo en la tristeza o fortaleza en el dolor mediante esta 
creencia. Esas ideas están bien para el laboratorio o para la 
torre de marfil, pero pierden su vitalidad en la Unidad de 
Cuidados Intensivos o al lado de una sepultura. 
Además, si bien la evolución puede ayudar a expli-
car los defectos de nacimiento u otros problemas físicos, 
18 Cuando la vida se derrumba
nunca pueda ayudar a explicar la existencia del mal moral 
en este mundo. Es una cosa que su hija nazca con algunos 
defectos, pero es otra muy diferente si ella es raptada, vio-
lada o asesinada. ¿Son esas acciones malvadas una parte 
del “largo y lento proceso evolucionista”? ¿Es de verdad el 
hombre que comete esas acciones un criminal culpable o 
solo un agente en el proceso evolucionista? 
No estoy sugiriendo que, cuando metemos a Dios en la 
conversación, resolvemos automáticamente todos los pro-
blemas. En realidad, introducimos algunos nuevos proble-
mas, como veremos más adelante en otros capítulos. Pero 
sí estoy afirmando que dejar a Dios fuera de la conversa-
ción es hacer que la discusión sea innecesaria. Tenemos 
problemas con el mal en este mundo, no debido a nuestra 
incredulidad, sino por causa de nuestra fe. 
El gran maestro de la Biblia, el doctor G. Campbell 
Morgan, lo expresó de esta manera: “Los hombres de fe 
son hombres que tienen que enfrentar problemas. Borre 
a Dios y terminan todos su problemas. Si no hay Dios en 
el cielo, entonces no tenemos problemas acerca del pecado 
y el sufrimiento… Pero desde el momento en que usted 
admite la existencia de un Dios que gobierna y es todopo-
deroso, se enfrenta cara a cara con sus problemas. Si usted 
dice que no tiene ninguno, pongo en duda la fortaleza de 
su fe”.2 
Si hay Dios, entonces, ¿qué clase de Dios es Él? 
¿Por qué no es lo suficientemente grande para hacer 
algo acerca de las “cosas malas” que les suceden a las per-
sonas, incluyendo a sus propios hijos? 
¿Cuán grande es Dios? 
3
¿Cuán grande es Dios? 
La presencia del sufrimiento y del mal moral en el mundo 
ha dado lugar a un argumento clásico en contra de la exis-
tencia de Dios, o al menos en contra de un Dios que no 
hará nada acerca de ello. Diferentes personas lo han expre-
sado de maneras diferentes. El filósofo griego Epicuro lo 
expresó de la siguiente manera: 
O Dios desea eliminar el mal, y no puede hacerlo; o puede 
hacerlo, pero no está dispuesto; o ni tiene la disposición 
ni el poder; o sí tiene la voluntad y el poder para hacerlo. 
Si Él tiene la disposición pero no puede, es débil, lo 
cual no concuerda con su carácter de Dios. Si tiene el 
poder, pero no la voluntad, es envidioso, lo cual está tam-
bién en desacuerdo con su condición de Dios. 
Si Él no tiene la disposición ni el poder, es a la vez 
envidioso y débil, y por tanto, no es Dios. Si Él tiene a la 
vez la disposición y el poder, lo cual es propio de Dios, 
¿de dónde entonces proviene el mal? ¿O por qué no lo 
elimina Él? 
Cuando un estudiante de segundo año de filosofía se 
encuentra por primera vez con este argumento, le parece 
que es bastante convincente. La razón lo lleva a pensar o 
que no hay Dios, o que Dios de alguna manera está limi-
tado y carece del poder para hacer algo acerca del mal en 
el mundo. 
Hay al menos dos razones por las que debemos consi-
derar la persona y la naturaleza de Dios. Como mencioné 
en el capítulo 1, toda solución a la que podamos llegar para 
el problema del mal debe ser intelectualmente sólida. Si 
nuestro razonamiento no es sincero o inmaduro lo único 
20 Cuando la vida se derrumba
que hacemos es complicar un problema ya de por sí difícil. 
La segunda razón también tiene que ver con algo que dije 
en el capítulo 1: Vivimos mediante promesas, no mediante 
explicaciones. Pero estas promesas son solo tan buenas 
como la persona que las hace. Si Dios no existe, entonces 
las promesas no sirven de nada, y creer en ellas es satisfa-
cerse con una superstición inútil. O si Dios existe, pero 
es incapaz de actuar, entonces sus promesas son en vano. 
Si Dios no puede respaldar sus promesas con su poder, 
¿para qué entonces confiar en Él? Lo único que usted está 
haciendo es girar cheques para cobrarlos de una cuenta en 
bancarrota. 
El rabí Kushner aboga fuertemente por un Dios limi-
tado: “A Dios le gustaría que las personas recibieran en la 
vida lo que se merecen”, escribe, “pero Él no puede hacer 
que siempre suceda”.3 Nos anima a perdonar y a amar a 
Dios incluso aunque no es perfecto”,4 y afirma que “hay 
algunas cosas que Dios no controla”.5 Rabí Kushner usa 
términos como “destino” y “mala suerte”, los cuales sugie-
ren que Dios es un espectador preocupado, pero no un 
participante activo. 
Creo que entiendo por qué el rabí Kushner ha optado 
por un Dios limitado. Todo el que trata de resolver el pro-
blema del mal en este mundo se enfrenta con un dilema; 
usted o tiene que cambiar, o acabar con el mal, si es que 
va a aferrarse a Dios, cambiar, o acabar con Dios, si va a 
admitir la realidad del mal. Lo alabo por negarse a mini-
mizar la realidad del mal. Los que nos dicen que el mal es 
solo “una ilusión de la mente” están negando la experien-
cia concreta de la vida. El mismo sistema nervioso en mi 
cuerpo que me comunica el dolor, también me comunica 
que el “dolor no es real”. ¿Por qué un mensaje es “una ilu-
sión” pero el otro es real? 
Estoy también agradecido que el rabí Kushner no trató 
de resolver el dilema diciendo que el sufrimiento no era 
importante. Me avergüenza que algunos cristianos ten-
¿Cuán grande es Dios? 21
gan ese enfoque y, en consecuencia, se aíslen a sí mismos 
(y al mensaje cristiano) de las personas que los necesitan. 
Decir que no debiéramos prestarle atención al dolor por-
que un día estaremos en el cielo es malentender tanto el 
dolor como el cielo. Todo lo que les ocurra a los hijos de 
Dios ahora es importante, tanto para ellos como para Dios, 
y no debemos ignorarlo. Eso no quiere decir que nuestra 
esperanza futura no juegue una parte en nuestro lidiar con 
el sufrimiento, porque lo hace; pero tratar de minimizar el 
sufrimiento presente sobre la base de una esperanza futura 
es robarles a los dos el poder de formar el carácter y llevar 
a cabo el propósito de Dios en este mundo. 
De manera que si no eliminamos o cambiamos el 
sufrimiento, debemos ser sinceros y no eliminar tampoco 
a Dios o cambiar nuestro pensamiento acerca de Él. No 
queremos eliminar a Dios porque eso crea toda una nueva 
serie de problemas, y no es el menor de ellos el tratar de 
explicar el bien y el mal solo sobre la base de la evolución. 
Pero si mantenemos nuestra creencia en Dios, ¿en qué clase 
de Dios creemos? La lógica supondría que creeríamos en 
un “Dios limitado” que no es capaz de hacer mucho acerca 
del mal en el mundo. 
El concepto de un “Dios limitado” no es nuevo. Los 
primeros filósofos griegos batallaron con el problema del 
cambio en el mundo. La idea básica es que todo en el 
mundo es una parte del proceso, y eso incluye a Dios. El 
filósofo Alfred North Whitehead fue uno de los pensa-
dores que encabezó este punto de vista. “El proceso en sí 
mismo es la realidad” fue su famoso resumen de esta filo-
sofía. Dios es parte del proceso. Dios es finito, no infinito, 
pero tiene la potencialidad de llegar a serinfinito”. Usted 
puede todavía creer en Dios, pero no espere demasiado 
de Él. 
Me sorprende que las personas que han aceptado este 
punto de vista afirmen que él ha “restaurado la fe en Dios”. 
22 Cuando la vida se derrumba
Me gustaría recordarles que la fe es solo tan buena como es 
el objeto de la fe. Si el objeto de su fe es un Dios limitado, 
¿cuán buena es su fe? En vez de “restaurar” su fe, este enfo-
que está remplazando su fe con la confianza ciega en una 
teoría. 
Tengo serios problemas con la idea de un Dios limitado 
porque este enfoque es contrario a la razón y a la revela-
ción. 
Supongamos que Dios es una parte del “proceso” y, 
por tanto, es limitado, pero que tiene la “potencialidad” de 
llegar a ser más grande. ¿Por cuánto tiempo ha estado Dios 
creciendo? ¿Seis mil años? ¿Un millón de años? ¿Cuánto 
tiempo tardará en llegar al punto en el que puede actuar? 
¿Es el mal más fuerte que Dios? ¿Hay dos “dioses” en el 
universo, uno bueno pero débil, y el otro malo pero fuerte? 
Siempre que hay un proceso, hay cambio. ¿Puede Dios 
cambiar? ¿Qué es lo que cambia a Dios? Lo que cambia a 
Dios debe ser más fuerte que Él, ¡y eso quiere decir que 
tenemos dos dioses! Además, todo lo que está involucrado 
en el proceso puede retroceder así como avanzar. ¿Qué es 
lo que evita que Dios experimente una regresión en carác-
ter y poder? 
A usted le pueden parecer que algunas de estas pre-
guntas son tan prácticas como: ¿“Cuántos ángeles pueden 
bailar en la cabeza de un alfiler”? Pero le puedo asegurar 
que estas preguntas son importantes. Si Dios está limitado 
y no puede intervenir en los asuntos del mundo o en su 
vida, entonces Él no puede juzgar al mal. Eso significa que 
la moralidad carece de importancia porque Dios nunca 
puede juzgar el pecado. Un Dios que es demasiado débil 
para lidiar con el mal es demasiado débil para juzgarlo. 
Si Dios es una parte del proceso, entonces en realidad 
nunca podemos conocer nada definitivo acerca de Él por-
que está cambiando. Esto elimina la posibilidad de una 
cierta revelación de parte de Dios y acerca de Dios. 
Un Dios limitado no puede hacer nada acerca del 
¿Cuán grande es Dios? 23
futuro; porque, después de todo, los acontecimientos 
futuros dependen de nuestras decisiones presentes. Si Dios 
va a asegurarnos alguna clase de esperanza para el futuro, 
Él tiene que estar haciendo algo acerca de ello ahora. No 
merece la pena orarle a un Dios que no puede controlar el 
futuro, porque está imposibilitado para intervenir. 
Terminamos haciendo la misma pregunta que planteó 
Thomas Hardy en su poema pesimista (y agnóstico): “El 
cuestionamiento de la naturaleza”: 
Nos preguntamos, siempre nos preguntamos, 
¿por qué estamos aquí? 
¿Hay una vasta imbecilidad, 
poderosa para crear y combinar, 
pero impotente para ocuparse, 
que nos formó en broma, y ahora nos ha dejado 
abandonados? 
Si vamos a “creer” en un Dios limitado, debemos admi-
tir que le estamos dando un nuevo significado a la palabra 
“Dios”. Porque, por definición, Dios debe ser eterno, sin 
principio ni fin, perfecto en amor, poder y sabiduría, y, 
porque no es creado no cambia, es inmutable. Si vamos a 
ser sinceros en nuestro pensamiento, no tenemos el dere-
cho de cambiar el significado de la palabra “Dios” y enton-
ces usarla como si su significado no se hubiera cambiado. 
Por ejemplo, ¿cómo puedo adorar a un Dios limitado? 
Toda la alabanza y adoración que encuentro recogida en 
el Antiguo y Nuevo Testamentos, y en las colecciones de 
himnos, están centradas en la grandeza de Dios. Me da la 
impresión de que la adoración está fuera de lugar si Dios 
no es digno de nuestra alabanza. 
O pensemos en la oración. ¿Cómo puedo orar a un 
Dios que permite que mi vida sea la víctima del “destino”, 
o el juego de la “casualidad” o de la “suerte”? ¿A cuál de 
sus promesas me puedo aferrar si Él no es capaz de cumplir 
ninguna de ellas? 
24 Cuando la vida se derrumba
El carácter personal de usted queda también involu-
crado. ¿Por que molestarse en ser bueno si todo (incluyendo 
a Dios) está en proceso? Quizá las normas tradicionales 
cambiarán a medida que el proceso continúa. Aun si usted 
“peca” es improbable que sea juzgado. La fuerza maligna en 
el universo no lo juzgará porque usted la está ayudando; y 
Dios aparentemente no puede hacer mucho acerca del mal. 
En pocas palabras, no estamos siendo sinceros intelec-
tual y moralmente si usamos la palabra “Dios” para referir-
nos a un Dios limitado que no es perfecto. Los autores de la 
teoría del “proceso” (filósofos y teólogos) han cambiado el 
significado de Dios, pero quieren seguir adelante y usarlo 
en el sentido tradicional, y eso está mal. 
Antes de comenzar a pensar en el asunto de la revela-
ción, necesitamos considerar el argumento epicúreo con 
el que comenzamos este capítulo. ¿Es tan a toda prueba 
como parece? No realmente, por la sencilla razón de que el 
filósofo ya ha decidido la cuestión por la misma manera en 
que la presenta. Comenzó con la suposición no demostrada 
de que la única manera en que Dios podía existir sería en 
un universo en el que no existiera el mal. ¿Qué derecho 
tiene para hacer esta suposición? “Si hay mal en el mundo”, 
argumenta él, “eso prueba que o Dios no existe o que no 
puede hacer nada acerca de ello. Pero si no puede hacer 
nada, entonces Él no es Dios. Conclusión: Dios no existe”. 
En realidad, es la misma presencia del mal en el mundo 
lo que asegura que hay Dios y que Él es lo suficientemente 
grande para permitir que exista y, no obstante, no encon-
trarse impedido en su trabajo. 
¿Cuán grande es Dios? ¡Él es mucho más grande de lo 
que la limitada mente humana puede concebir! Después de 
haber leído los argumentos de los filósofos y de los teólogos 
del “proceso”, quiero hacerles a ellos la pregunta que Dios 
le hizo a Job: “¿Quién es ése que oscurece el consejo con 
palabras sin sabiduría?” (38:2). 
¿Cuán grande es Dios? 25
Dios se ha revelado a sí mismo en la creación (incluida 
la personalidad del hombre), en la historia (sus “hechos 
poderosos”), y en la vida y ministerio de Cristo Jesús, y 
en la Biblia. Todos estos testigos se unen en declarar que 
“Dios es grande”. “He aquí, Dios es grande, y nosotros no 
le conocemos” (Job 36:26). “Porque tú eres grande, y hace-
dor de maravillas; sólo tú eres Dios” (Sal. 86:10). 
El profeta Isaías estaba ciertamente cautivado por la 
grandeza de Dios. 
¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho 
desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que 
la tierra se fundó? Él está sentado sobre el círculo de la tie-
rra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los 
cielos como una cortina, los despliega como una tienda 
para morar… ¿A qué, pues, me haréis semejante o me 
compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros 
ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su 
ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; 
tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio… 
¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, 
el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se 
fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo 
alcance. Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas 
al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se 
cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan 
a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como 
las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no 
se fatigarán (Is. 40:21, 22, 25, 26, 28-31). 
El salmista Asaf, dijo lo siguiente acerca del Dios que 
él conoció: 
Meditaré en todas tus obras, y hablaré de tus hechos. 
Oh Dios, santo es tu camino; ¿qué dios es grande como 
nuestro Dios? Tú eres el Dios que hace maravillas; hiciste 
notorio en los pueblos tu poder. Con tu brazo redimiste 
26 Cuando la vida se derrumba
a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Te vieron las 
aguas, oh Dios; las aguas te vieron, y temieron; los abis-
mos también se estremecieron (Sal. 77:12-16).Habacuc es uno de mis profetas favoritos del Antiguo 
Testamento. Si alguna vez un hombre de fe ha batallado 
con el problema de Dios y el mal, ese hombre fue Haba-
cuc; porque él vio cómo su propia nación quedó aplastada 
por las fuerzas militares de la idólatra Babilonia. Pero este 
pequeño libro no termina con un culto fúnebre, sino con 
un canto de alabanza. Al considerar las debilidades huma-
nas, Habacuc se regocija en la grandeza de Dios. 
Dios vendrá de Temán, y el Santo desde el monte de 
Parán. Su gloria cubrió los cielos, y la tierra se llenó de su 
alabanza. Y el resplandor fue como la luz; rayos brillan-
tes salían de su mano, y allí estaba escondido su poder. 
Delante de su rostro iba mortandad, y a sus pies salían 
carbones encendidos. Se levantó, y midió la tierra; miró, 
e hizo temblar las gentes, los montes antiguos fueron 
desmenuzados, los collados antiguos se humillaron. Sus 
caminos son eternos (Hab. 3:3-6). 
¿Cómo respondió el profeta al mal devastador que los 
babilonios les causaron? ¿Abandonó él su fe en Dios o llegó 
a la conclusión de que Dios era demasiado débil para hacer 
algo? ¡Todo lo contrario! El profeta termina su pequeño 
libro con uno de los más grandes testimonios de fe que 
encontramos en la literatura religiosa. 
Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya fruto, 
aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den 
mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, 
y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me ale-
graré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. 
Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies 
como de ciervas, y en mis alturas me hace andar (Hab. 
3:17-19). 
¿Cuán grande es Dios? 27
Tratemos de poner su testimonio en términos contem-
poráneos. 
Aunque caiga el mercado de valores bursátiles y no haya 
dinero en los bancos; aunque el abastecimiento de petró-
leo disminuya y la maquinaria de la sociedad se pare por 
completo; aunque nuestros garrafales errores ecológicos 
arruinen las cosechas y haya estantes vacíos en los merca-
dos; no obstante, ¡me regocijaré en el Señor, me alegraré 
en Dios mi Salvador! 
Después de considerar los caminos de Dios en la his-
toria, el apóstol Pablo cantó un himno de alabanza que 
ensalzó la grandeza de Dios. 
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la 
ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e ines-
crutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente 
del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él 
primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y 
por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por 
los siglos. Amén (Ro. 11:33-36).
¿Se puede usted imaginar elevar esa clase de alabanza 
a un Dios que es imperfecto, limitado y se encuentra en 
el proceso de tratar de ser infinito? Solo un Dios infinita-
mente perfecto es digno de nuestra adoración. 
Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; 
porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad exis-
ten y fueron creadas (Ap. 4:11). 
Si alguien tenía el derecho a cuestionar el poder de Dios, 
era el anciano apóstol Juan, desterrado en la isla de Patmos. 
Él había sido un siervo fiel y, no obstante, parecía que la 
iglesia iba perdiendo y el Imperio Romano iba ganando. La 
verdad no solo estaba en el “cadalso” (patíbulo), sino que 
parecía que ya estaba muerta y enterrada. Sin embargo, fue 
Juan quien escribió este himno de alabanza: 
28 Cuando la vida se derrumba
Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todo-
poderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de 
los santos. ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará 
tu nombre? pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las 
naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han 
manifestado (Ap. 15:3-4). 
No hay ninguna indicación de parte de estos escritores 
de que Dios había sido injusto o que la vida les había pri-
vado de lo que se merecían. Fue su sufrimiento y su lucha 
personal en contra del mal lo que llenó de fuerza el corazón 
de cada uno de ellos y de alabanza sus labios. Se sentían 
cautivados por la grandeza de Dios. 
¿Qué sabían ellos que nosotros necesitamos saber hoy? 
Que Dios es más grande que el mal en el universo y un día 
triunfará sobre él. Creían que la misma presencia del mal 
en el universo es un testimonio de la grandeza de Dios; 
porque solo un Dios libre y soberano puede gobernar y 
anular todo este mal y llevar a cabo sus propósitos eternos. 
Nosotros no entendemos todos sus propósitos y maneras 
de funcionar, pero eso no es importante. Sabemos que Él 
está haciendo que todas las cosas juntas sean para nuestro 
bien y para su gloria, y eso es lo que de verdad importa. 
Nos queda una tarea antes de pasar al siguiente capí-
tulo. Si Dios es Todopoderoso (el término teológico es 
“Omnipotente”), ¿por qué no ejerce su poder y lidia con el 
mal en el mundo? Si Él es de verdad Soberano, entonces 
tiene la sabiduría para saber qué hacer y el poder que lo 
capacita para hacerlo. 
De nuevo, no queremos caer en la “mentira epicúrea” 
y hacer de este asunto la prueba del carácter de Dios. Pero 
algo más está involucrado en esto: Muchas personas real-
mente no entienden lo que significa la omnipotencia (o 
soberanía de Dios). Es obvio que Dios no puede hacer nada 
que sea contrario a su propia naturaleza o a la naturaleza 
¿Cuán grande es Dios? 29
de la verdad que ha edificado en su universo. Él no puede 
hacer que el círculo sea cuadrado; no puede hacer una roca 
que sea demasiado pesada para que Él la levante. 
Eso no quiere decir que Dios es la víctima de su pro-
pia naturaleza o que está incapacitado por el universo que 
ha creado. Tampoco es la víctima de la libertad de elec-
ción que le ha dado al ser humano. Entre otras cosas, la 
omnipotencia divina involucra el hecho, en un mundo de 
ley natural y de libertad humana (ambas establecidas por 
Dios), de que Él puede llevar a cabo su perfecta voluntad y, 
no obstante, permanecer consecuente con su carácter y con 
los principios que ha establecido en su universo. El hecho 
de que Dios se haya impuesto a sí mismo algunos límites 
(por ejemplo, Él no manipulará a las personas ni violará su 
libre voluntad), en ninguna manera restringe su capacidad 
para llevar a cabo sus propósitos. 
Dios es más grande que nuestros problemas. Dios es 
más grande que nuestros sentimientos. Dios es más grande 
que los pensamientos que tenemos acerca de Él o que las 
palabras que usamos para hablar acerca de Él o aun para 
alabarlo. Y es esa grandeza divina la que estimula en noso-
tros la clase de fe y ánimo que nos permite seguir adelante 
cuando seguir se hace bien duro. 
Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heri-
das. Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas 
llama por sus nombres (Sal. 147:3, 4). 
¡Piense en eso! El Dios de las galaxias es el Dios que 
sabe cuándo su corazón está quebrantado, ¡y Él puede 
sanarlo! Puede contar las estrellas y llamarlas por sus nom-
bres, y no obstante, cuida de sus hijos personal e indivi-
dualmente. No nos sorprende, pues, que el salmista diga 
maravillado: 
Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su 
entendimiento es infinito (Sal. 147:5).
30 Cuando la vida se derrumba
La grandeza de Dios, sin embargo, no es un tópico para 
simples especulaciones filosóficas o teológicas. Si lo cree-
mos, debemos hacer algo acerca de ello. ¿Argumentaremos y 
trataremos de limitar a Dios? ¿O lo creeremos y nos some-
teremos a Dios? El arzobispo William Temple lo expresó 
correctamente cuando dijo: “El corazón de la religión no es 
una opinión acerca de Dios, tal como una filosofía puede 
llegar a una conclusión en su argumentación; es una rela-
ción personal con Dios”. 
Hay ocasiones cuando el sufrimiento pone tirante esa 
“relación personal”, como sucedió en el caso de Job. De 
manera que nos conviene familiarizarnos con Job y apren-
der de sus experiencias. 
4
Respuestas desde un montón 
de cenizas 
Cuando andaba empacando mibiblioteca para nuestro 
traslado de Chicago a Lincoln, Nebraska, encontré una 
caja llena de trabajos escritos y otros recuerdos de mis 
tiempos en el seminario. ¡Allí estaba un trabajo que escribí 
acerca del libro de Job! Me estremecí al leer la siguiente 
declaración, escrita en mi juventud sin experiencia: “El 
tema fundamental del libro de Job es el sufrimiento. 
Busca responder a la antigua pregunta: ‘¿Por qué sufren 
los justos?’”. 
Han pasado más de treinta años desde que escribí esas 
inocentes palabras. Ahora, muchos años y lágrimas des-
pués, encuentro que tengo que revisarlas. El tema básico 
del libro de Job es Dios, no el sufrimiento, y el libro res-
ponde a muy pocas preguntas. Sin embargo, el libro de 
Job es un documento importante para nuestro caso de 
que Dios es suficientemente grande como para ayudarnos 
cuando la vida parece desmoronarse. 
El Antiguo Testamento es rico en enseñanzas acerca 
del sufrimiento. No encontramos allí tanto una compleja 
“teología del sufrimiento” como una expresión de las expe-
riencias de las personas que sufren y lo que aprendieron de 
ellas. Jacob sufrió porque desobedeció a Dios y marchó 
por la vida abusando de los demás y equivocándose con 
ellos. José sufrió porque sus hermanos lo aborrecieron; no 
obstante, su sufrimiento lo preparó para sus grandes opor-
tunidades en Egipto. El sufrimiento es castigo, y también 
puede ser preparación. 
El pueblo de Israel sufrió mucho, principalmente porque 
32 Cuando la vida se derrumba
ellos desobedecieron la ley de Dios y violaron su pacto. 
Pero su sufrimiento fue también una revelación al mundo 
de que Dios se preocupó lo suficiente por ellos como para 
confrontarlos y disciplinarlos cuando se apartaron de la ver-
dad. Lejos de ser un “misterio”, el sufrimiento es a menudo 
una revelación deslumbrante de la verdad que necesitamos 
enfrentar sinceramente. Para parafrasear lo que dijo Mark 
Twain, no es lo que no conocemos acerca de Dios lo que 
debiera preocuparnos, sino lo que sí conocemos. El desastre 
es a menudo la voz de Dios gritándonos que demos media 
vuelta y regresemos. 
Pero este no era el caso con Job. Él era un hombre reli-
gioso y moral con una reputación intachable. Dios reco-
noció que no tenía ninguna razón para afligir a Job (Job 
2:3), y no obstante, lo metió en pruebas que habrían que-
brantado a un hombre de menos valía. Las imágenes que 
Job usó para representar su difícil situación nos ayudan a 
simpatizar con él. 
Si mi cabeza se alzare, cual león tú me cazas; y vuelves a 
hacer en mí maravillas (10:16). 
Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, cuyo 
veneno bebe mi espíritu; y terrores de Dios me combaten 
(6:4). 
¿Soy yo el mar, o un monstruo marino, para que me pon-
gas guarda? (7:12). 
Cercó de vallado mi camino, y no pasaré; y sobre mis 
veredas puso tinieblas (19:8). 
Me arruinó por todos lados, y perezco; y ha hecho pasar 
mi esperanza como árbol arrancado (19:10). 
Próspero estaba, y me desmenuzó; me arrebató por la 
cerviz y me despedazó, y me puso por blanco suyo. Me 
rodearon sus flecheros (16:12, 13). 
Respuestas desde un montón de cenizas 33
¡No nos asombra que Job quisiera morirse! ¡Tampoco 
nos sorprende que su esposa lo animara a hacerlo! Había 
perdido sus bienes y sus hijos, y luego también perdió su 
salud. Tenía fe en Dios, pero cuando buscó a Dios para 
que lo ayudara, no lo encontró. El consejo crítico de sus 
amigos no era lo que Job necesitaba. “Mas yo hablaría con 
el Todopoderoso”, dijo él, “y querría razonar con Dios” 
(13:3). Elevó sus ojos a un cielo silencioso y clamó: “¿Por 
qué escondes tu rostro, y me cuentas por tu enemigo?” 
(13:24). 
Si de verdad queremos sacarle el sentido a este antiguo 
libro, debemos reducirlo a sus elementos esenciales: Dios, 
Satanás y Job. ¡Dios y Satanás estaban los dos interesados 
en Job! Dios había demostrado su interés en Job al bende-
cirlo abundantemente, y fueron sus bendiciones las que 
atrajeron el interés de Satanás. 
Satanás acusó a Job de ser lo que los misioneros sue-
len llamar “un amigo oportunista”. Job servía a Dios solo 
porque Dios le servía a Job. Dios le proveyó a Job de abun-
dantes bendiciones materiales, le dio una buena familia 
(algo muy importante en el Oriente), y luego le conce-
dió una protección personal para que a él no le sucediera 
nada. “¿Acaso teme Job a Dios de balde?”, insinuó, “Pero 
extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás 
si no blasfema contra ti en tu misma presencia” (1:9, 10). 
La acusación de Satanás toca el mismo centro de la 
adoración y de la virtud. ¿Es Dios digno de ser amado y 
obedecido incluso si no nos bendice materialmente ni nos 
protege del dolor? ¿Puede Dios ganar totalmente el cora-
zón humano aparte de sus dones? En otras palabras, ¡el 
propio carácter de Dios está en juego en esta lucha! 
Pero hay algo más también involucrado, y es el carác-
ter y la virtud mismos. ¿Es en realidad toda virtud un 
“egoísmo iluminado”? ¿Es posible para nosotros servir a 
Dios y a nuestro prójimo con un corazón de amor puro, 
sin pensar para nada en lo que “podemos sacar de ello”? 
34 Cuando la vida se derrumba
Satanás respondería diciendo: “¡Absolutamente no! La ver-
dadera virtud no es posible porque Dios no es digno y el 
hombre es incapaz de ello”. 
Ahora podemos entender por qué el libro de Job es 
un libro judío, porque solo un escritor judío creyente se 
habría molestado en batallar con estos problemas. La fe 
judía declara que hay un solo Dios, y que Él es bueno, justo 
y soberano en todo lo que Él es y hace. Además, la decla-
ración de fe del judaísmo incluye el hecho de que Dios está 
interesado en los individuos. Él es “el Dios de Abraham, y 
de Isaac, y de Jacob”. 
Si el escritor hubiera creído en dos dioses, uno bueno 
y el otro malo, entonces su problema habría quedado 
resuelto. O, si hubiera creído en un Dios limitado, en vez 
de en un Dios soberano, no habría tenido dificultades en 
explicar la situación difícil de Job. Como ya hemos indi-
cado antes, es nuestra fe la que nos crea estos problemas; 
pero es también nuestra fe la que nos ayuda a resolverlos. 
En un verdadero sentido, Job le “ayudó a Dios” a silen-
ciar a Satanás ya dejar bien claro de una vez y para siempre 
que Dios es digno de nuestra adoración y servicio. Nuestra 
fe y obediencia no debe ser una relación “comercial” entre 
nosotros y Dios. Debemos amar al dador y no simplemente 
los dones; porque amar los dones y no al dador es la esencia 
de la idolatría. 
¿Cómo podemos averiguar si nuestra relación con Dios 
es sincera o simplemente “comercial”? Respondamos a la 
pregunta: ¿Cómo respondemos nosotros a Dios cuando 
perdemos algunas de nuestras bendiciones: nuestro tra-
bajo, nuestras inversiones, nuestros seres amados, nuestra 
salud? Eso explica por qué tuvo que sufrir tan grandes pér-
didas; porque hasta que no se quedó sin nada, excepto Dios, 
nunca habría sabido qué clase de fe tenía. Si solo uno de sus 
hijos hubiera perecido, o una pocas docenas de sus ovejas, 
no habría sido una prueba auténtica de su fe y de su amor. 
Tenía que perderlo todo. 
Respuestas desde un montón de cenizas 35
Dicho sea de paso, ¿se ha parado usted a pensar alguna 
vez en que Job pagó ese gran precio por usted y por mí? 
Debido a que él lo perdió todo, y mediante su sufrimiento 
demostró que Satanás estaba equivocado, usted y yo no 
tenemos que perderlo todo. Dios puede probarnos en una 
escala mucho menor porque la batalla en contra de las 
mentiras de Satanás ha sido ahora ganada por Dios. 
Es digno de notarse que Job no cuestionó el hecho de 
su sufrimiento, sino su existencia. Él no pensó que estaba 
por encima de las experiencias difíciles de la vida; porque, 
después de todo, él era un ser humano. Pero se encontraba 
perplejo por la tremenda cantidad de sufrimiento que tuvo 
que padecer. Y para agravar su perplejidad, sintió que Dios 
se encontraba lejos de él y que no podía comunicarse con 
Él. A lo largo del libro de Job corre una fuerte “imagenjudicial”: Dios es el Juez, Job es el acusado que ya está 
sufriendo su sentencia, ¡pero el acusado no encuentra la 
manera de presentar su caso ante el tribunal! “¿Cuánto 
menos le responderé yo”, pregunta Job, “y hablaré con él 
palabras escogidas?” (9:14). “Mas yo hablaría con el Todo-
poderoso, y querría razonar con Dios” (13:3). “He aquí, 
yo clamaré agravio, y no seré oído; daré voces, y no habrá 
juicio” (19:7). 
Con esta carga en su corazón, Job clama por un abo-
gado. “No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano 
sobre nosotros dos” (9:33). 
Pero era de suprema importancia que Job no tuviera 
la oportunidad de razonar su caso delante de Dios, por-
que eso solo habría servido para hacerle el juego a Satanás. 
Todo lo que a Job le había quedado era su fe en Dios, ¡y 
él no estaba seguro de dónde se encontraba Dios y qué estaba 
haciendo! Si Job se hubiera enterado del conflicto que se 
desarrollaba detrás del escenario, eso habría afectado defi-
nitivamente sus propias respuestas. Era importante que Job 
no supiera. 
¡Pero nosotros hoy sabemos! Gracias a la disposición 
36 Cuando la vida se derrumba
de Job para sufrir y refutar las acusaciones de Satanás, 
hoy nosotros podemos sufrir por fe y saber que Dios está 
llevando a cabo sus propósitos perfectos. Parte del sufri-
miento es la consecuencia triste de nuestra propia desobe-
diencia. Parte es la preparación para un ministerio futuro, 
como en el caso de José. Pero otros sufrimientos son senci-
llamente para la gloria de Dios, para refutar las acusaciones 
de Satanás de que obedecemos a Dios para escapar de las 
pruebas y disfrutar de las bendiciones. Con frecuencia hay 
algo mucho más grande que nosotros mismos involucrado 
en las pruebas que somos llamados a soportar. 
Robert Frost lo expresó perfectamente en su poema “A 
Masque of Reason” [Un espectáculo (o mascarada) de la 
razón] cuando él hace que Dios le diga a Job: 
Pero era la esencia de la prueba que tú no lo entendieras 
en ese momento. Pues hubiera parecido sin sentido que 
tuviera sentido. 
¿Por qué? Porque donde no hay “sentido” debe haber fe. 
Si confiamos en Dios, debe ser porque sabemos que Él es la 
clase de persona en la que podemos confiar, aunque puede 
que no siempre entendamos lo que Él está haciendo. La pia-
dosa Madame Guyon escribió: “En el comienzo de la vida 
espiritual, nuestra tarea más difícil es tener paciencia con 
nuestro vecino; al progresar, tenerla con nosotros mismos, 
y al final, con Dios”. 
Ahora podemos entender mejor el propósito que los ami-
gos de Job cumplen en este drama. Sin darse cuenta de ello, 
ellos son los ayudantes de Satanás, son sus agentes actuando 
en esta tierra. Tienen un punto de vista “comercial” de la 
fe: Si obedeces a Dios, Él te bendecirá; si le desobedeces, te 
castigará. Sobre la base de ese dogma, llegaron a la conclu-
sión de que Job tenía que ser un pecador secreto o Dios no le 
habría permitido sufrir tanto. El ruego que aparece repetido 
en sus locuaces discursos es: “¡Job, ponte a bien con Dios! 
¡Confiesa tus pecados y Él restaurará tu prosperidad!”. 
Respuestas desde un montón de cenizas 37
¡Pero esta es la misma filosofía del infierno! “Haz lo que 
es correcto y escaparás del dolor y recibirás bendición”. ¿Es 
por eso por lo que le obedecemos a Dios? ¿O le obedecemos 
porque lo amamos, a pesar del todo el dolor que permita 
en la vida de cada uno de nosotros? 
Lo ve usted, cuando una persona practica la fe “comer-
cial”, cuenta solo con dos opciones cuando la vida le viene 
con dificultades. Puede hacer un trato con Dios y conse-
guir que Él cambie las circunstancias, o puede culparle a 
Dios por romper el contrato y entonces negarse a relacio-
narse con Él nunca más. Los amigos de Job optaron por la 
primera opción y la esposa de Job prefirió la segunda. Sus 
amigos lo instaron a que negociara con Dios, confesara sus 
pecados y buscara la manera de volver a su anterior situa-
ción de bendiciones. Su esposa le dijo: “¿Aún retienes tu 
integridad? Maldice a Dios, y muérete” (2:9). Cada una de 
estas opciones encaja perfectamente en el plan de Satanás. 
Pero Job rechazó las dos. En vez de maldecir a Dios, lo 
bendijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo 
volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de 
Jehová bendito” (1:21). Y en lugar de confesar sus peca-
dos, Job mantuvo su integridad; y Dios le elogió por ello 
(2:3). “Nunca tal acontezca que yo os justifique”, dijo Job 
a sus amigos que le acusaban; “hasta que muera, no quitaré 
de mí mi integridad” (27:5). Él no estaba afirmando que 
era sin pecado, pero sí se negaba a no ser sincero consigo 
mismo, con sus amigos y con Dios, con el fin de esca-
par del sufrimiento. Él no estaba dispuesto a regatear con 
Dios; porque, si lo hacía, estaría difamando el carácter de 
Dios. ¡Y eso es lo que Satanás quería que hiciera! Job no 
está solo defendiendo a Job; estaba defendiendo a Dios. 
Ahora que entendemos mejor el escenario y el sentido 
de este libro complejo, podemos enfocarnos en Job mismo. 
Job sufrió; no hay duda en cuanto a eso. Sufrió cuando 
perdió sus bienes, porque en el Oriente, la posición de 
38 Cuando la vida se derrumba
un hombre en la sociedad estaba determinada en buena 
medida por sus posesiones. Job había usado su posición 
para ayudar a otros (vea su testimonio en el capítulo 29); 
ahora él mismo se encontraba empobrecido. Job sufrió 
todavía más cuando perdió a su familia; porque la pena y 
el luto es como una amputación, y parece como si nunca 
sanara. Pero siempre que un hombre conserve su salud, 
puede recuperar sus bienes y comenzar de nuevo una fami-
lia; pero sucedió que también perdió sus salud. Excepto 
Cristo Jesús, quizá ningún otro hombre de los menciona-
dos en la Biblia sufrió más que Job. 
Tenga esto en mente cuando lea algunos de los arran-
ques patéticos de Job. Maldijo el día que nació y se pregun-
taba por qué había nacido. Dijo algunas cosas muy fuertes 
acerca de sus amigos (aunque puede que se las merecieran), 
e incluso dio a entender que Dios estaba llevando las cosas 
demasiado lejos. De hecho, ¡Job quería morirse y terminar 
de una vez! ¿Por qué? Porque la vida no parecía tener pro-
pósito. “Abomino de mi vida”, dijo; “no he de vivir para 
siempre; déjame, pues, porque mis días son vanidad” (7:16). 
Pero, después de todo, Job era solo un ser humano; y en 
ninguna parte leemos que Dios lo condenara por ello. Job 
estaba profundamente herido y era muy normal que diera 
expresión a sus sentimientos. Fueron sus amigos los que 
estuvieron tratando de explicar y defender a Dios quienes, 
al final, fueron acusados por el Señor. “Mi ira se encendió 
contra ti y tus dos compañeros”, le dijo el Señor a Elifaz, 
“porque no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo 
Job” (42:7). Las palabras de Job fueron honradas y since-
ras, y brotaron de un corazón quebrantado. 
Hay algo más que lo hizo todo diferente: Job estaba 
buscando la relación con Dios, mientras que sus amigos 
estaban buscando razones para explicar su situación. Job 
sabía que los hijos de Dios viven mediante promesas y no 
por explicaciones. Job era en realidad una amenaza para 
sus amigos. ¡Sus experiencias retaban la validez de una teo-
Respuestas desde un montón de cenizas 39
logía decidida de antemano! “Si Job está bien con Dios”, 
pensaban ellos, “entonces algo anda mal con nuestra fe”. 
¡Eso significaba que lo que le había sucedido a Job les podía 
suceder también a ellos! Ellos no estaban en realidad inte-
resados en Job como una persona que sufría. Su interés 
principal estaba en Job como un problema que había que 
eliminar, no como una persona que había que animar. 
Job admitió que se encontraba perplejo, pero sus ami-
gos se sentían seguros de que ellos tenían todas las res-
puestas correctas. “El compañerismo de la perplejidad”, 
escribe Elton Trueblood, “es un buen compañerismo, muy 
superior al compañerismo de las respuestas fáciles”. 
Lo único que el Nuevo Testamento tiene que decir deJob es que era un hombre paciente. “Habéis oído de la 
paciencia de Job, y habéis visto el fin de Señor, que el Señor 
es muy misericordioso y compasivo” (Stg. 5:11). Una de las 
cosas más difíciles de la vida es esperar sin una razón. “He 
aquí, aunque él [Dios} me matare, en él esperaré” (13:15). 
La palabra hebrea traducida como “esperaré” significa 
“esperar con confianza”. Job perseveró cuando tenía todas 
las razones para abandonar. En realidad, Job estaba seguro 
de que ni la muerte misma lo privaría de ver a Dios. “Yo 
sé que mi Redentor vive”, afirmó él, “y al fin se levantará 
sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi 
carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis 
ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece den-
tro de mí” (19:25-27). 
Job cuestionó a Dios, e incluso lo acusó de ser injusto; 
pero nunca perdió su fe en Dios. De hecho, las preguntas 
y acusaciones de Job eran en sí mismas evidencias de que él 
creía en un Dios justo y bueno que un día aclararía todos 
sus problemas y perplejidades. Su testimonio de fe en Job 
23:10 es uno de los mejores que encontramos en toda la 
literatura religiosa: “Mas él conoce mi camino; me pro-
bará, y saldré como oro”. 
El apóstol Pedro tenía esta misma idea en mente cuando 
40 Cuando la vida se derrumba
escribió: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por 
un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos 
en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, 
mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero 
se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra 
cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6, 7). 
La paciencia y la perseverancia son importantes en 
nuestra vida si queremos tener éxito. La persona que no 
aprende a tener paciencia tendrá muchas dificultades para 
aprender cualquier otra cosa. La única persona que no nece-
sita paciencia es la que puede controlar a todas las perso-
nas y circunstancias en la vida, y esa persona no existe. Si 
esa persona de verdad existiera, sería la personificación del 
egoísmo, porque siempre se saldría con la suya. Esa es la 
filosofía de Satanás. 
Quizá lo más importante que podemos decir acerca de 
la fe de Job es esto: Nunca cuestionó la soberanía de Dios. 
El Dios en el que él confiaba era el que controlaba el uni-
verso (incluyendo a Satanás) y era completamente capaz de 
manejar la situación. El libro de Job comienza en el salón 
del trono del cielo, y a medida que progresa la acción, Dios 
nunca abandona ese trono. El nombre de Dios que se usa 
más que cualquier otro en este libro es el de “Todopode-
roso”. Encontramos ese nombre cuarenta y ocho veces en 
todo el Antiguo Testamento, y de ellas treinta y una de las 
veces aparece en Job. 
Al comienzo de su sufrimiento, Job expresa confianza 
en la grandeza de Dios. “Él es el sabio de corazón, y pode-
roso en fuerzas; ¿quién se endureció contra él, y le fue 
bien?”, dijo él, “Él solo extendió los cielos, y anda sobre 
las olas del mar… Él hace cosas grandes e incomprensi-
bles, y maravillosas, sin número” (9:4, 8, 10). Al final de 
su prueba, Job todavía cree en la grandeza de Dios: “Yo 
conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que 
se esconda de ti” (42:2). 
Job hubiera tenido muchas dificultades en creer que 
Respuestas desde un montón de cenizas 41
hay ciertas cosas que Dios no controla o que no puede con-
trolar. Después de describir el asombroso poder de Dios en 
la naturaleza, exclamó: “He aquí, estas cosas son solo los 
bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos 
oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede 
comprender?” (26:14). 
Job hubiera tenido también problemas con los que 
dicen que Dios es “injusto”. Él se dio cuenta de que todo 
lo que había tenido (y perdido) lo había recibido por la 
bondad y la gracia divina. “Jehová dio, y Jehová quitó; sea 
el nombre de Jehová bendito” (1:21). Le dijo a su esposa: 
“¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” 
(2:10). 
En mi ministerio pastoral, he escuchado a las personas 
decir en medio de su tragedia: “¡Esto no es justo!”. Esa es 
una respuesta normal de un corazón quebrantado. Pero a la 
hora de la reflexión serena, nos damos cuenta de que eso de 
la justicia es una filosofía peligrosa en la vida. Puede muy 
bien ayudar en la filosofía satánica de servir a Dios por lo 
que podemos conseguir al hacerlo. “Señor, seré justo con-
tigo si tú eres justo conmigo”. ¡Y ahí estamos regateando 
de nuevo! 
Hubo momentos cuando Job cuestionó la justicia 
divina. “He aquí, yo clamaré agravio, y no seré oído; daré 
voces, y no habrá juicio” (19:7). En otras palabras, pare-
cía que toda la experiencia se daba en un solo lado: Dios 
podía tratar con Job, pero ¡Job no tenía acceso a Dios! “Si 
habláremos de su potencia”, dijo el sufrido Job, “por cierto 
es fuerte; si de juicio, ¿quién me emplazará?” (9:19). ¿Ha 
tratado usted alguna vez de enviarle a Dios una orden de 
comparecencia judicial? 
Pero Job aprendió que Dios no comete errores en la 
manera en que trata con su pueblo. “El que disputa con 
Dios, responda a esto”, le dijo Dios a Job. “¿Invalidarás 
tu también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justifi-
carte tú?” (40:2, 8). Cuando me quejo a Dios: “¡Esto no es 
42 Cuando la vida se derrumba
justo!”, lo que estoy diciendo en realidad es: “¡Señor, yo sé 
acerca de esto más que tú!”. ¡Pero la verdad es que no sé! 
Hace algunos años, una de nuestras hijas se quejó 
acerca de una decisión que su madre y yo habíamos 
tomado. “¡Eso no es justo!”, dijo ella, y respaldó sus pala-
bras con sus lágrimas. De una manera calmada respondí:
—¿Tú quieres que tu mamá y yo manejemos la casa 
solo sobre la base de justicia? Ella pensó por un momento. 
—No, creo que no —respondió. 
Ella se acordó que en nuestro hogar hacíamos hinca-
pié en el amor y la gracia, no tanto en la justicia. Si Dios 
hiciera lo que es “justo”, me pregunto dónde estaríamos 
cada uno de nosotros. 
Una de las razones por las que Dios no respondió al 
clamor de justicia de Job es porque Él quería continuar su 
relación con Job sobre la base de la gracia. Dios no que-
ría que Job tuviera una “fe comercial” basada en un con-
trato celestial. Quería que tuviera fe en un Dios con tanta 
riqueza de carácter, amor, misericordia, gracia, bondad, 
amabilidad, que nada pudiera interferir en su relación. 
Porque la pregunta clave de Job no es “¿Por qué sufren los 
justos?”, sino “¿Adoramos a un Dios que es digno de nues-
tro sufrimiento?”. Esa fue la fe valerosa de Sadrac, Mesac 
y Abednego cuando tuvieron que elegir entre la confor-
midad o la cremación: “He aquí nuestro Dios a quien ser-
vimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de 
tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no 
serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua 
que has levantado” (Dn. 3:17, 18). 
¡Ahí no hay nada de “fe comercial”! ¡Adoraban a un 
Dios que merecía la pena morir por Él! 
Al final de su tiempo de prueba, Job quedó sanado 
y su familia y fortuna le fueron restauradas. De hecho, 
llegó a tener el doble que lo que había tenido antes. “y 
bendijo Jehová el postrer estado de Job más que el pri-
mero” (42:12). Estas fueron bendiciones, no recompensas. 
Respuestas desde un montón de cenizas 43
El Señor le había dado, el Señor se lo había quitado, y el 
Señor se lo dio de nuevo. Fue todo por pura gracia de prin-
cipio a fin. 
Antes de dejar el montón de cenizas de Job, aprenda-
mos algunas lecciones prácticas que pueden ayudarnos en 
los momentos difíciles de la vida. 
1. Nuestra relación personal con Dios es mucho más 
importante que las razones y las explicaciones. Nos 
ama demasiado como para dañarnos, sin importar 
cuánto permita que estemos heridos; y es demasiado 
sabio como para cometer un error. Si usted conoce 
a Dios personalmente, por medio de la fe en Cristo 
Jesús, entonces los tiempos de sufrimientos pueden 
ser tiempos de profundización de la fe y deacercarse 
más al Señor. Sin importar lo que Satanás pueda decir, 
Dios es digno de nuestra adoración y servicio. 
2. Los propósitos de Dios están con frecuencia ocultos 
para nosotros. Él no nos debe ninguna explicación. 
Nosotros le debemos a Él nuestro completo amor y 
confianza. 
3. Debemos ser sinceros con nosotros mismos y con Dios. 
Dígale a Dios cómo se siente; es cierto que Él ya lo 
sabe, pero le hará bien ser franco y sincero con Él. 
Mantener una fachada piadosa cuando está sufriendo 
profundamente, solo sirve para empeorar las cosas. 
4. Tenga cuidado con las teologías preparadas de ante-
mano que reducen los caminos de Dios a una fórmula 
manejable que conserva la vida segura. Dios a menudo 
hace lo inexplicable a fin de mantenernos alertas, y 
también hincados de rodillas. “Porque mis pensa-
mientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros 
caminos mis caminos, dijo Jehová” (Is. 55:8). 
5. El sufrimiento no es siempre el castigo por el pecado. 
A veces lo es, pero no siempre. No nos perjudica el 
examinar el propio corazón de cada uno de nosotros, 
44 Cuando la vida se derrumba
pero no debemos caer en el error de los tres amigos de 
Job. 
6. En todos sus sufrimientos, los hijos de Dios tienen 
acceso al Padre. Job clamaba por un “árbitro” que los 
pusiera a Dios y a él juntos, pero esa petición nunca 
fue respondida. “No hay entre nosotros árbitro que 
ponga su mano sobre nosotros dos” (9:33). ¡Sí existe 
esa persona! Es Cristo Jesús, el Salvador, que hoy 
representa a los creyentes delante del trono de Dios. 
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre 
Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). 
Debido a que Jesucristo es a la vez Dios y hombre, Él 
puede “[poner) su mano sobre nosotros dos” y unir a 
los hombres y Dios. Él es un Sumo Sacerdote fiel y 
misericordioso que ministra a nuestro favor en el cielo. 
A causa de Jesucristo, el trono de Dios no es un trono 
de juicio, sino de gracia para los hijos de Dios. 
En su agradable pequeño libro titulado Inward Ho!, 
Christopher Morley escribe: “Tengo un millón de pregun-
tas para hacerle a Dios; pero cuando me encuentro con 
Él, todas desaparecen de mi mente, y no parece que eso 
importe”. 
Hay más de trescientas preguntas en el libro de Job, 
muchas de ellas preguntadas por el mismo Job. Pero 
cuando Job se encontró con Dios, dijo: “He aquí que yo 
soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca. 
Una vez hablé, mas no responderé, aun dos veces, mas no 
volveré a hablar” (40:4, 5). Después de escuchar a Dios 
hablar acerca de la grandeza de su creación, Job contestó: 
“De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por 
tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” 
(42:5, 6). 
Cuando usted y yo sufrimos profundamente, lo que 
de verdad necesitamos no es una explicación de parte de 
Dios, sino una revelación de Dios. Necesitamos ver cuán 
Respuestas desde un montón de cenizas 45
grande es Dios; necesitamos recuperar la perspectiva de 
la vida que hemos perdido. Cuando sufrimos, las cosas se 
desproporcionan, y se necesita una visión de algo mucho 
más grande que nosotros mismos para lograr que se ajusten 
de nuevo las dimensiones de la vida. 
En la Biblia tenemos una revelación de Dios. También 
tenemos una revelación, una serie de imágenes, de lo que 
significa el sufrimiento desde el punto de vista divino. Si 
entendemos estas “imágenes del dolor”, eso nos puede ayu-
dar a manejar las dificultades de la vida. 
5
Imágenes del dolor
Se ha dicho correctamente que la mente humana no es un 
centro de debate, sino una galería de imágenes. Puede que 
no nos demos cuenta, pero mucho de nuestro pensamiento 
y sentimiento gira alrededor de ciertas imágenes, o metá-
foras, que parecen pertenecer a la raza humana. Esas imá-
genes aparecen de forma repetida en nuestro arte, música 
y literatura y ayudan a que se forme una base común para 
mirar a la vida. 
Por ejemplo, cuando Tennyson escribió su bello poema 
sobre “Crossing the Bar”, estaba trabajando con una metá-
fora de la vida como un viaje hacia un puerto distante. Long-
fellow usó la idea de navegar en su poema “The Building of 
the Ship” [La construcción del barco], cuando escribió: 
¡Tú también navega nave del Estado! 
¡Navega, oh Unión, fuerte y grande! 
Y Walt Whitman parece combinar ambas ideas, la 
personal y la política, cuando escribe en relación con la 
muerte de Lincoln: 
¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro terrible viaje ha 
terminado, 
El barco ha capeado los temporales, ganamos el premio 
buscado…
Siempre que alguien usa frases como “Está hundido en 
deudas” o “Esa empresa se va a hundir”, está comparando 
la vida a un viaje. 
Algunas personas ven la vida como una batalla, una gue-
rra. En ocasiones algunos conocidos nos saludan diciendo: 
“Bueno, ¿cómo va la batalla?”. Hamlet comparó la vida a 
Imágenes del dolor 47
una batalla en su famoso soliloquio “Ser o no ser” cuando 
hablaba acerca de “las adversidades de la vida”. De hecho, 
combinó dos metáforas, militar y naval, cuando consideraba 
levantarse “en armas contra un mar de dificultades”. 
El embarazo y el nacimiento nos proporcionan otra 
serie de metáforas. A veces hablamos de “dar a luz una 
idea” o quizá decimos que un proyecto está todavía en 
período de “gestación”. Las personas creativas dicen con 
alguna frecuencia que están con “dolores de parto” en su 
intento de terminar con su trabajo. 
¿Por qué usamos estas y otras metáforas al hablar de 
cosas importantes de la vida? Porque estas imágenes nos 
ayudan a expresar mejor algunas de nuestras más comple-
jas experiencias. Resulta mucho más fácil hablar acerca de 
las “tormentas de la vida” que entrar a explicar sus doloro-
sos detalles. Incluso los científicos modernos están usando 
metáforas (las llaman “modelos”) que los ayudan a enten-
der y explicar lo que está sucediendo en el universo. 
Estas imágenes involucran tanto nuestros sentimientos 
como nuestra mente. Nos impiden caer en la consideración 
de las cosas básicas de la vida en una forma fría y dis-
tante. Henry Wadsworth Longfellow pudo haber dicho: 
“Las dificultades nos vienen a todos en la vida” y lo habría 
expresado correctamente; pero en su lugar, escribió: 
¡Corazón triste, estate tranquilo! Deja de atribularte; 
detrás de las nubes todavía luce el sol; 
esa suerte es común en todos, 
en cada vida debe caer algo de lluvia, 
algunos días deben ser oscuros y sombríos. 
Usó la imagen de una tormenta y de esa forma no solo 
transmite una verdad a nuestra mente, sino que también 
llega a nuestro corazón. 
Las metáforas nos aportan iluminación, nos ayudan 
a ver la vida, y también nos aportan interpretación, pues 
nos ayudan a entender la vida. Si la vida es una batalla, 
48 Cuando la vida se derrumba
¡entonces es muy importante aprender a luchar! Si es como 
un viaje por mar, ¡interesa mucho aprender a nadar! Si 
Shakespeare está en lo correcto y “Todo el mundo es un 
escenario”, ¡me conviene leer el guión y averiguar cuál es la 
trama de la obra antes de que se baje la cortina! 
He dicho todo esto para introducir el tema de este capí-
tulo, a saber, las metáforas para el sufrimiento y el dolor 
que encontramos en la tradición judeocristiana, como apa-
recen en la Biblia. Pero estas vívidas metáforas no están 
allí como una decoración poética. Son importantes para 
nosotros como revelación de Dios acerca de lo que es la 
vida, el sufrimiento y la muerte. Para cuando hayamos ter-
minado de estudiar algunas de las metáforas más impor-
tantes, creo que entenderemos mejor por qué Dios permite 
que sus hijos sufran. 
El libro de Job es especialmente rico en metáforas. 
Excepto los dos primeros capítulos y el último, el libro de 
Job es un poema; y eso en sí mismo es significativo. En 
vez de darnos una serie de conferencias acerca del sufri-
miento, el escritor nos proporciona una serie de imágenes 
fascinantes. Alguien ha dicho que la poesía es “emoción 
destilada”, y esa es una buena definición. Eso se aplica par-ticularmente a Job, porque el diálogo en este libro expresa 
los sentimientos profundos de los participantes, en especial 
del sufrido Job. 
Es interesante descubrir las imágenes que Job nos da 
de su propia vida de dolor. En el capítulo 7 se compara a sí 
mismo a un “jornalero [que] espera el reposo de su trabajo” 
(1-5). “y mis días fueron más veloces que la lanzadera del 
tejedor” (6). Su vida es “un soplo” (7). “Como la nube se 
desvanece y se va”, así un día morirá y nadie le volverá a 
ver (9). En el capítulo 9, Job ve sus días como “más ligeros 
que un correo” (25). “Pasaron cual naves veloces; como el 
águila que se arroja sobre la presa” (26). La vida del hom-
bre es como una flor que brota y se marchita o como una 
sombra que se esfuma (14:2). 
Imágenes del dolor 49
Estas imágenes de la fragilidad y brevedad de la vida 
humana han sido usadas por los escritores infinidad de 
veces, y seguirán siendo usadas. “Toda carne es hierba”, 
escribió el profeta Isaías, “y toda su gloria como flor del 
campo. La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el 
viento de Jehová sopló en ella; ciertamente como hierba es 
el pueblo” (Is. 40:6, 7). Tenga en mente estas imágenes la 
próxima vez que lea “Leaves of Grass” [Hojas de hierba] 
de Walt Whitman. 
Consideremos ahora algunas de estas imágenes de 
sufrimiento. 
El horno 
Con frecuencia, cuando la nación judía pasaba por situa-
ciones de sufrimiento, la experiencia la comparaban a estar 
metido en un horno. La frase familiar “horno de aflicción” 
proviene de Isaías 48:10: “He aquí te he purificado, y no 
como la plata; te he escogido en horno de aflicción”. El 
profeta se estaba refiriendo a la cautividad de la nación en 
Babilonia; y ese misma imagen la encontramos en Jeremías 
9:7 y Ezequiel 22:18-22. 
Pero el horno también les recordaba los años de sufri-
miento en Egipto. “Pero a vosotros Jehová os tomó”, le dijo 
Moisés al pueblo, “y os ha sacado del horno de hierro, de 
Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este 
día” (Dt. 4:20). 
Algunos de sus profetas vieron una futura experiencia 
en el “horno” para Israel, es decir, un tiempo de intensa 
tribulación. El profeta Zacarías escribió: “Y acontecerá en 
toda la tierra, dice Jehová, que las dos terceras partes serán 
cortadas en ella, y se perderán; mas la tercera quedará en 
ella. Y meteré en el fuego a la tercera parte, y los fundiré 
como se funde la plata, y los probaré como se prueba el 
oro” (Zac. 13:8, 9). Encontramos la misma imagen en 
Malaquías 3:2, 3, un pasaje que Händel usó en su famoso 
oratorio “El Mesías”. 
50 Cuando la vida se derrumba
La metáfora del sufrimiento como un horno de fuego 
lleva consigo unas cuantas lecciones prácticas. Para comen-
zar, siempre hay un propósito detrás del sufrimiento. El 
fundidor pone el mineral dentro del horno para purificarlo. 
Del metal fundido, retira la escoria. Con el metal fabrica 
un objeto útil. Los tiempos de sufrimiento son tiempos 
de prueba: ¿Tiene de verdad nuestro “metal” algún valor? 
“Porque tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se 
afina la plata” (Sal. 66:10). 
Sin embargo, el proceso de refinamiento no es automá-
tico. Los que sufrimos debemos estar dispuestos a cooperar 
con Dios. El Señor le dijo al profeta Jeremías en relación 
con el pueblo de Jerusalén: “Se quemó el fuelle, por el 
fuego se ha consumido el plomo; en vano fundió el fun-
didor, pues la escoria no se ha arrancado. Plata desechada 
los llamarán, porque Jehová los desechó” (Jer. 6:29, 30). 
Ahora podemos entender mejor la famosa declaración 
de Job: “Mas él [Dios] conoce mi camino; me probará, y 
saldré como oro” (Job 23:10). Job estaba dispuesto a coo-
perar con Dios a fin de que su experiencia de sufrimiento le 
sirviera para ser una persona mejor. “El crisol para la plata, 
y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones” 
(Pr. 17:3). 
Lo que la vida nos da depende en buena medida de lo 
que la vida encuentra en nosotros. En mi propio ministerio 
pastoral, he visto a personas bendecir a Dios por sus prue-
bas, y otras lo han maldecido. Cuando tenemos fe en Dios 
y dependemos de su gracia, podemos en realidad regocijar-
nos en tiempos de sufrimiento, aun cuando estemos doli-
dos. “En lo cual vosotros os alegráis”, escribió el apóstol 
Pedro a algunos cristianos que sufrían, “aunque ahora por 
un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos 
en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra 
fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perece-
dero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria 
y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6, 7). 
Imágenes del dolor 51
También escribió: “Amados, no os sorprendáis del 
fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna 
cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois 
participantes de los padecimientos de Cristo, para que 
también en la revelación de su gloria os gocéis con gran 
alegría” (1 P. 4:12, 13). “Fuego de prueba” es literalmente 
“ardiente prueba”. 
El horno del sufrimiento pone a prueba la autenticidad 
de nuestra relación con Dios. ¿Tenemos una fe auténtica? 
¿Lo amamos por lo que Él es, o solo por lo que hace por 
nosotros? ¿Hay áreas en nuestra vida que necesitan ser lim-
piadas? ¿Hay áreas en las que necesitamos crecer y madu-
rar? La nación de Israel fue forjada y formada en el “horno” 
de Egipto. Cuando desobedecieron a Dios, fueron refina-
dos en el “horno” de la cautividad en Babilonia. Pocas 
naciones en la historia han sufrido tanto como los judíos y, 
no obstante, ese sufrimiento los ha ayudado a ser grandes. 
Si confiamos en Dios y dependemos de su gracia, pode-
mos crecer en el carácter personal al pasar por medio de las 
pruebas. “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos 
en las tribulaciones”, escribió el apóstol Pablo, “sabiendo 
que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, 
prueba; y la prueba, esperanza” (Ro. 5:3, 4). Es digno de 
notarse que algunas de las personas más optimistas y entu-
siastas con las que podemos encontrarnos son las que están 
pasando por intensos sufrimientos. 
La tempestad 
Longfellow tenía razón: “En cada vida debe caer algo de 
lluvia”. La imagen de la tormenta y de las inundaciones 
se ha usado casi universalmente para describir pruebas y 
sufrimientos. Por supuesto, con la tormenta viene también 
la oscuridad; y esa es también parte de la imagen del sufri-
miento. “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas”, 
escribió David durante un tiempo de gran peligro y prueba, 
“todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí” (Sal. 42:7). 
52 Cuando la vida se derrumba
En otra experiencia, escribió: “Sálvame, oh Dios, porque las 
aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno 
profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos 
de aguas, y la corriente me ha anegado” (Sal. 69:1, 2). 
“Porque me ha quebrantado con tempestad”, dijo Job 
(9:17). “Me arruinó por todos lados, y perezco; y ha hecho 
pasar mi esperanza como árbol arrancado” (19:10). “Dios 
ha enervado mi corazón, y me ha turbado el Omnipotente. 
¿Por qué no fui yo cortado delante de las tinieblas, ni fue 
cubierto con oscuridad mi rostro?” (23:16, 17). “Me alzaste 
sobre el viento, me hiciste cabalgar en él, y disolviste mi 
sustancia” (30:22). 
Las tormentas son destructivas. Los tornados y los 
huracanes llevan consigo una fuerza tan grande que se 
puede comparar a la de las bombas. Las tormentas a veces 
vienen repentinamente, cuando las personas disponen de 
muy poco tiempo para prepararse. Por el otro lado, algunas 
tormentas son predecibles; pero algunas personas rehúsan 
tomar el serio las señales de advertencia. Pero aun cuando 
podemos predecir las tormentas, no podemos controlarlas. 
Las pólizas de seguros las definen como “actos de Dios 
sobre los cuales no tenemos control”. 
Cuando era joven, mi familia disfrutó de unas vaca-
ciones en el Condado Door, en Wisconsin, donde pasa-
mos una semana pescando. Puesto que nunca he sido 
un buen nadador,nunca me he sentido cómodo en una 
barca. Una tarde nos fuimos a pescar a la bahía, cuando 
de pronto vimos que se nos echaba encima una tormenta. 
Mi hermano mayor puso en marcha el motor de la barca y 
corrimos a través de la bahía para escapar de la tormenta. 
Llegamos al muelle justo a tiempo para recoger el equipo, 
cubrirnos la cabeza con los asientos de la barca y correr a 
refugiarnos en la casa, antes de que nos empapara el diluvio. 
Pero no siempre nos podemos dar el lujo de escapar de 
la tormenta. A veces tenemos que experimentarla. Enton-
ces, ¿qué? 
Imágenes del dolor 53
La imagen de una tormenta nos enseña que Dios es 
quien está en completo control de las circunstancias. Hay 
algunas tormentas que nosotros mismos las causamos. 
Jonás es un buen ejemplo de esta verdad. “Me echaste a lo 
profundo”, le dijo Jonás al Señor, “en medio de los mares, 
y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasa-
ron sobre mí” (Jon. 2:3). Fue necesaria una tormenta para 
hacer que Jonás recuperara su sano juicio y llevarlo a la 
obediencia a Dios. 
Pero algunas tormentas que Dios permite que caigan 
sobre nosotros son para nuestro beneficio. “Pasamos por el 
fuego y por el agua”, escribió el salmista, pero “nos sacaste 
a abundancia” (Sal. 66:12). Cuando David examinó en 
retrospectiva un tiempo difícil y tormentoso en su pro-
pia vida, concluyó diciendo: “Te amo, oh Jehová, fortaleza 
mía… En cuanto a Dios, perfecto es su camino… Viva 
Jehová, y bendita sea mi roca, y enaltecido sea el Dios de 
mi salvación” (Sal. 18:1, 30, 46). David fue un hombre 
mejor después de la tormenta. 
Debemos tener en mente que Dios controla las tor-
mentas: “El fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento 
de tempestad que ejecuta su palabra” (Sal. 148:8). Él sabe 
cuándo entramos en la tormenta, tiene sus ojos sobre noso-
tros en la tormenta y nos puede sacar de la misma cuando 
sus propósitos se han cumplido. En el momento oportuno, 
Él puede decir a la tempestad: “Calla, enmudece” y trans-
formarla en una gran calma (Mr. 4:39). Mientras tanto, 
Él nos promete: “No temas, porque yo te redimí; te puse 
nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré 
contigo; y si por los ríos, no te anegarán” (Is. 43:1, 2). 
Dios no nos promete mantenernos fuera de las tormen-
tas e inundaciones, pero sí promete sostenernos en las tor-
mentas, y luego sacarnos de ellas en el momento oportuno 
para su gloria cuando la tormenta haya cumplido con su 
cometido. 
Antes de dejar esta metáfora, es digno de notarse que 
54 Cuando la vida se derrumba
Dios habló a Job “desde un torbellino” (Job 38:1 y 40:6). 
Al parecer, después del largo discurso de Eliú, Dios oscu-
reció los cielos, hizo que se levantara el viento y que des-
cargara una tormenta sobre el lugar donde estos hombres 
estaban conversando. Dios no nos habla desde fuera de las 
tormentas de la vida. Algunas de las más grandes obras 
de la literatura, el arte y la música, así como del servicio 
humano, han surgido de las experiencias tormentosas de 
la vida, cuando Dios habló a alguno de sus hijos. Lo más 
importante es que confiemos en Él y mantengamos nues-
tros oídos atentos a su mensaje. 
Por último, nuestro Señor Jesucristo usó la imagen del 
bautismo para describir sus sufrimientos (Mr. 10:38-40). 
Él ciertamente podía haber dicho: “¡Todas tus ondas y tus 
olas pasaron sobre mí!”. 
Guerra 
“Hizo arder contra mí su furor”, dijo Job, “y me contó para 
sí entre sus enemigos. Vinieron sus ejércitos a una, y se atrin-
cheraron en mí, y acamparon en derredor de mi tienda” 
(Job 19:11, 12). Nos presenta a Dios como un arquero mor-
tal: “Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, cuyo 
veneno bebe mi espíritu; y terrores de Dios me combaten” 
(6:4). “¿Por qué me pones por blanco tuyo?”, preguntó a 
Dios (7:20). “Me quebrantó de quebranto en quebranto”, se 
lamentó Job; “corrió contra mí como un gigante” (16:14). 
“Renuevas contra mí tus pruebas, y aumentas conmigo tu 
furor como tropas de relevo” (10: 17). 
El profeta Jeremías usó imágenes similares al describir 
el juicio de Dios sobre la ciudad de Jerusalén cuando Babi-
lonia la destruyó. “Entesó su arco como enemigo, afirmó 
su mano derecha como adversario, y destruyó cuanto era 
hermoso... El Señor llegó a ser como enemigo, destruyó a 
Israel” (Lm. 2:4, 5). 
El apóstol Pablo usó a menudo imágenes militares en 
sus escritos. “Tú, pues, sufre penalidades como buen sol-
Imágenes del dolor 55
dado de Jesucristo”, le escribió al joven Timoteo (2 Ti. 2:3). 
También le exhortó a su joven estudiante que “milites por 
ellas la buena milicia” (1 Ti. 1:18). Si el pueblo de Dios va a 
ganar la batalla de la vida, deben usar por fe el equipo que 
Dios les ha provisto, y este equipo lo encontramos expli-
cado en Efesios 6:10-18. 
Se dan momentos difíciles en nuestra vida cuando el 
lamento de Jeremías parece ser cierto: “El Señor llegó a 
ser como enemigo” (Lm. 2:5). A veces, por nuestra des-
obediencia, ¡nosotros somos los que le hemos declarado 
la guerra a Dios! “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la 
amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, 
pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye ene-
migo de Dios” (Stg. 4:4). Pero en ocasiones, Dios permite 
que las batallas nos salgan al paso a fin de disciplinarnos y 
equiparnos para un servicio más eficaz. Pablo estaba con 
“estado de ánimo militar” cuando escribió: “Velad, estad 
firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1 Co. 
16:13). 
Dios nunca prometió mimar y resguardar a sus hijos. 
Sí prometió fortalecernos para la batalla y ayudarnos a 
alcanzar la victoria. “No oren por tener una vida fácil”, 
dijo Phillips Brooks, “Oren pidiendo ser hombres fuertes. 
Oren por tener poder que iguale sus tareas”. El apóstol 
Juan nos habla en el mismo sentido cuando dice: “y esta es 
la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4). 
La cosecha 
Algunas imágenes procedentes de la vida agrícola se api-
ñan sobre el tema del sufrimiento. “Trillar” se usa con fre-
cuencia como una imagen de juicio. “Su aventador está en 
su mano”, advirtió Juan el Bautista, “y limpiará su era; y 
recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego 
que nunca se apagará” (Mt. 3:12). 
Las dificultades de la vida son también como un pro-
ceso de criba, como cuando el agricultor separa el grano 
56 Cuando la vida se derrumba
de la paja. Jesús le dijo a Pedro: “Dijo también el Señor: 
Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zaran-
dearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no 
falte” (Lc. 22:31). El profeta Amós usó esta misma ima-
gen para describir las pruebas que Israel enfrentaría en el 
mundo (Am. 9:9). 
Por supuesto, una de las lecciones obvias que sacamos 
de esta metáfora agrícola es que recogemos lo que sembra-
mos. Elifaz le recordó a Job este principio fundamental de 
la vida: “Como yo he visto, los que aran iniquidad y siem-
bran injuria, la siegan” (Job 4:8). “No os engañéis; Dios no 
puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, 
eso también segará. Porque el que siembra para su carne, 
de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el 
Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gá. 6:7, 8). 
No solo recogemos lo que sembramos, sino que tam-
bién recogemos en proporción a lo que sembramos. “Pero 
esto digo: El que siembra escasamente, también segará 
escasamente; y el que siembra generosamente, generosa-
mente también segará” (2 Co. 9:6). Sin embargo, puede 
que la cosecha no venga inmediatamente, o aun durante 
el tiempo de nuestra vida. Pero el Señor va a cuidar de que 
las buenas semillas que sembramos den fruto. 
Jesús usó la misma imagen de la semilla para ilustrar lo 
que significa vivir su vida para la gloria de Dios. Déjeme citar 
todo el pasaje porque es importante para nuestro estudio. 
Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para 
que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de 
cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en latierra 
y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El 
que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en 
este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me 
sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará 
mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará. 
Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame 
Imágenes del dolor 57
de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, 
glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo 
he glorificado, y lo glorificaré otra vez (Jn. 12:23-28). 
La semilla en sí misma no es algo bonito; y ciertamente 
eso de que te entierren no parece ser muy interesante. 
Pero los resultados futuros compensan por estas dificultades. 
La semilla acepta el presente porque vive para el futuro: 
Belleza y fecundidad. Los sufrimientos y muerte de nues-
tro Señor no fueron “experiencias bellas” en ningún sen-
tido, pero, no obstante, llevaron a la gloria, no solo para 
Dios, sino para todos los que confiarían en Él. 
—¿Por qué viene a enterrarse a sí mismo en este lugar 
ignorado? —le preguntó un hombre a un misionero. 
—No me he enterrado a mí mismo —contestó el 
misionero—. He sido plantado. 
Eso hace que todo sea diferente. Si nuestro sufrimiento 
es una parte de la obra de plantar de Dios, entonces pode-
mos aceptarlo por fe y saber que Él puede hacer que nues-
tras experiencias ayuden a otros (belleza y fecundidad) y 
glorifiquen su nombre. Si usted está viviendo por fe, nunca 
está “enterrado”, sino plantado. Usted no ora diciendo: 
“¡Padre, sálvame!”, sino “¡Padre, glorifica tu nombre!” (Jn. 
12:27, 28). Si guardamos nuestra vida para nosotros mis-
mos, la perdemos; si entregamos nuestra vida, la salvamos 
y la multiplicamos. 
Otra imagen agrícola que aparece repetidas veces en la 
Biblia es la de la vid. En Juan 15, Jesús comparó su relación 
con sus seguidores a la de la vid y los pámpanos: Debemos 
permanecer en Él para obtener de Él el poder espiritual 
que necesitamos para la vida y el servicio. Solo entonces 
podremos ser fructíferos y alimentar a otros. Jesús dijo que 
su Padre era el labrador que cuida de las ramas, y una de las 
tareas del cuidador de la vid es podarla. Las ramas que poda 
y limpia son las que llevan fruto. Jesús dijo: “Todo aquel que 
lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Jn. 15:2). 
58 Cuando la vida se derrumba
Si las ramas pudieran hablar, estoy seguro de que se 
quejarían cuando las podan. Pero sin ese proceso de poda 
no habría fruto. A veces nuestro sufrimiento es un proceso 
de poda. Como el labrador, Dios no se esmera tanto en 
quitar de nosotros las cosas malas, sino las cosas buenas 
que nos privan de lo mejor y más excelente. El labrador 
corta la madera y las hojas que no van a ayudar a la vid a 
producir frutos escogidos. El sufrimiento no es siempre el 
castigo por el pecado, a pesar de lo que puedan decir los 
amigos de Job. A veces nuestro sufrimiento es un proceso 
de poda y limpieza, durante el cual Dios elimina cuidado-
samente cosas buenas con el fin de que lleguemos a ser de 
mayor provecho para Él y para otros. 
Aun después de haberse producido las uvas maduras, 
queda todavía otro proceso: Prensar las uvas. En la Biblia, 
esto es también usado con frecuencia como una imagen de 
juicio. En la destrucción de Jerusalén, Jeremías vio al Señor 
aplastando a su pueblo en el lagar (Lm. 1:15). En Isaías, el 
Señor dice durante el juicio divino de las naciones al final 
de los tiempos: “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos 
nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi 
furor” (Is. 63:3). El apóstol Juan usó esta misma imagen 
en su descripción del Armagedón en Apocalipsis 14:14-20. 
Asociada con la prensa de uvas esta la imagen de la 
copa. Isaías vio la cautividad de Babilonia como el tiempo 
cuando Israel bebía la copa de la ira de la mano de Dios (Is. 
51:17-22), y Jeremías repite la imagen (Jer. 25:15-29). Pero 
Jesús usó la bebida de la copa como la imagen de rendirse 
completamente a la voluntad de Dios. Cuando Pedro sacó 
una espada y trató de defender a Jesús en el Huerto de Get-
semaní, el Señor dijo: “Mete tu espada en la vaina; la copa 
que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Jn. 18:11). 
Es muy interesante el contraste entre la espada y la copa: 
Luchar contra la voluntad de Dios o aceptar la voluntad de 
Dios. ¿Podemos tenerle temor a la copa que el Padre mezcla 
para nosotros y que nos la da en su amor? 
Imágenes del dolor 59
Qué extraño es que las personas aceptemos las leyes de 
la naturaleza, tales como la de sembrar y segar, o podar, 
y aprendamos a cooperar con ellas, y, no obstante, recha-
cemos los mismos principios cuando se aplican a la vida 
espiritual. Si disfruto de mi desayuno compuesto de jugos, 
cereal y pan, es debido a que algunas semillas han muerto 
y han producido una cosecha. ¿Voy a ser tan egoísta que 
me niegue a permitir que Dios me “plante”, me triture en 
el molino o me pise en el lagar, a fin de que mi vida pueda 
servir de alimento a otros? 
Antes de dejar las imágenes agrícolas, debiéramos pres-
tarle atención a la palabra tribulación, que nos viene del 
latín tribulum. Un tribulum era una pesada estructura de 
madera con pinchos de hierro debajo de la misma. Esta 
estructura era arrastrada por bueyes sobre el suelo de la era 
con el fin de separar el grano de la paja en la cosecha de 
trigo o cebada. (La palabra latina tribulare significa “frotar 
fuertemente”, de ahí la idea de “afligir”). De manera que la 
próxima vez que usted hable de sus “tribulaciones”, tenga 
esto en mente. 
Dolores de parto y de nacimiento
“Porque oí una voz como de mujer que está de parto”, escri-
bió Jeremías, “angustia como de primeriza” (Jer. 4:31). El 
profeta vio la inminente invasión de Babilonia como una 
“experiencia de dolores de parto” para su pueblo. Jesús usó 
esta misma imagen cuando describió la futura tribulación 
que vendrá sobre la tierra: “y todo esto será principio de 
dolores” (Mt. 24:8). Y el apóstol Pablo amplía esta decla-
ración: “Cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá 
sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la 
mujer encinta, y no escaparán” (1 Ts. 5:3). 
Es interesante la manera en que Jesús aplica esta ima-
gen a su propio sufrimiento, muerte y resurrección. Con-
soló a sus discípulos diciéndoles: “De cierto, de cierto os 
digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se 
60 Cuando la vida se derrumba
alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tris-
teza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene 
dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado 
a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo 
de que haya nacido un hombre en el mundo. También 
vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se 
gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo” 
(Jn. 16:20-22). 
El parto es doloroso, pero también tiene propósito; y es 
el logro de ese propósito feliz lo que hace que el parto sea 
significativo y merezca la pena. ¡El mismo bebé que causa el 
dolor también trae el gozo! Cristo nos da gozo, no mediante 
sustitución, sino por medio de transformación. Él no siem-
pre quita el dolor, pero usa el dolor para dar a luz el gozo. 
No somos liberados de nuestro parto; pero somos salvos 
por nuestro parto. 
Todavía no he encontrado un himnario que no con-
tenga al menos un himno de Fanny J. Crosby. A causa 
del error de un médico, ella quedó ciega a la edad de seis 
semanas. Al hacerse mayor vio en este “accidente” la mano 
providencial de Dios. Escribió su primer poema a la edad 
de ocho años. Dice así: 
¡Oh, qué alma tan feliz soy! 
Aunque no puedo ver, 
estoy decidida a vivir en este mundo 
con contentamiento. 
¡Gozo de muchas bendiciones 
que otros no disfrutan! 
¿Voy a lamentar y suspirar porque soy ciega? 
No, no quiero vivir así. 
Sus dolores de parto dieron a luz el don de escribir 
himnos, un don que ha enriquecido a millones de adora-
dores en las iglesiasen todo el mundo. A causa de su fe en 
Cristo, lo que otros veían como una gran limitación ella 
lo usó para llevar un mensaje de gozo y ánimo a muchos. 
Imágenes del dolor 61
Pablo usó la imagen de los dolores de parto para descri-
bir la condición presente de la creación. “Porque sabemos 
que toda la creación gime a una, y a una está con dolores 
de parto hasta ahora” (Ro. 8:22). Dios quiso que fuera una 
buena creación: “y vio Dios todo lo que había hecho, y he 
aquí que era bueno en gran manera” (Gn. 1:31). Pero hoy 
es una creación que gime debido a los efectos de la desobe-
diencia humana. Sin embargo, un día será una gloriosa 
creación cuando “la creación misma será libertada de la 
esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos 
de Dios” (Ro. 8:21). 
Las personas a veces preguntan: “¿Cómo puede ser que 
un Dios amoroso permita que la enfermedad, las tormen-
tas y otros desastres causen tanto daño y dolor?”. Olvidan 
que el mundo que conocemos no es el mundo que Dios 
creó originalmente. Fue la desobediencia de un hombre 
la que hundió a la creación en la esclavitud del pecado y 
de la muerte. Pero aun esta esclavitud es como dolores de 
parto: Un día habrá un “nuevo nacimiento de libertad”. 
Pablo no estaba desanimado por las pruebas personales o 
los desastres naturales, a pesar de que había experimentado 
una buena dosis de ambos. “Pues tengo por cierto que las 
aflicciones del tiempo presente no son comparables con la 
gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque 
el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifes-
tación de los hijos de Dios” (Ro. 8:18, 19). 
Del mismo modo que no puede haber nacimiento sin 
dolores de parto, tampoco puede haber gloria sin sufri-
miento. La semilla está dispuesta a “sufrir” en anticipación 
de una gloria futura. La madre está dispuesta a sufrir en anti-
cipación del gozo de sostener en sus brazos al hijo amado. 
Este principio queda ilustrado en un episodio conmo-
vedor en la vida de Jacob. Dice el relato bíblico: 
Después partieron de Bet-el; y había aún como media 
legua de tierra para llegar a Efrata, cuando dio a luz 
Raquel, y hubo trabajo en su parto. Y aconteció, como 
62 Cuando la vida se derrumba
había trabajo en su parto, que le dijo la partera: No temas, 
que también tendrás este hijo. Y aconteció que al salírsele 
el alma (pues murió), llamó su nombre Benoni [hijo de 
mi dolor]; mas su padre lo llamó Benjamín [hijo de mi 
mano derecha] (Gn. 35:16-18). 
Imagínese lo que habría significado ir por la vida con 
un nombre como “hijo de mi dolor”. Cada vez que alguien 
se dirigiera a usted, y le llamara por su nombre, le esta-
ría recordando que su nacimiento había ayudado a que 
su propia madre muriera. Por fe, Jacob le cambió el nom-
bre y llamó “Benjamín” al bebé. Le puso un nombre que 
lleva consigo un sentido de dignidad y triunfo. En nuestras 
experiencias de parto, necesitamos confiar en Dios y atre-
vernos a creer que los resultados pueden ser de triunfo y no 
de tristeza, sin importar cuán heridos podamos sentirnos. 
La tribu de Benjamín llegó a ser una tribu de personas 
nobles en la nación de Israel que dio al país el primer rey, 
y también dio al mundo al apóstol Pablo. 
Correr la carrera 
Declaraciones como “Él ha corrido la carrera” o “Ella ha 
terminado su carrera” aparecen a menudo como epitafios, 
porque representamos la vida humana como una carrera: 
Tiene un principio, un curso, un final y (confiamos) una 
recompensa. Se necesita disciplina y dedicación para per-
manecer en la carrera y terminarla con éxito, a pesar de los 
obstáculos del camino. 
Los griegos y los romanos eran muy aficionados a 
los deportes, de modo que esta imagen la encontramos a 
menudo en el Nuevo Testamento; pero hay también unas 
pocas referencias en el Antiguo Testamento. Quizá la más 
famosa sea Eclesiastés 9:11: “Me volví y vi debajo del sol, 
que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuer-
tes…”. Para Salomón, la vida era una carrera a través de un 
campo de batalla. Lo que quería decir es que nadie debiera 
Imágenes del dolor 63
depender solo de sus habilidades naturales, porque no hay 
garantías de éxito. 
Uno de mis versículos favoritos que habla de “carre-
ras” es Jeremías 12:5: “Si corriste con los de a pie, y te 
cansaron”, le dijo Dios a su desanimado profeta, “¿cómo 
contenderás con los caballos? Y si en la tierra de paz no 
estabas seguro, ¿cómo harás en la espesura del Jordán?”. 
En otras palabras: “Si piensas que seguir ahora adelante 
es duro, pues Jeremías espera un poco y verás. La carrera 
se pondrá más dura. Pero esta es la única manera en que 
puedo prepararte para lo que te espera en el futuro”. 
Cada nueva demanda de la vida nos ayuda a crecer. 
No estamos en realidad compitiendo con soldados de a 
pie a jinetes; competimos con nosotros mismos. A un cam-
peón olímpico le preguntaron en una entrevista: “¿Estuvo 
observando la competencia?”. A lo que él contestó: “Nunca 
observo la competencia. Lo que observo es el reloj. Estoy 
compitiendo conmigo mismo, no con los demás”. 
El profeta Isaías tiene una gran promesa para nosotros 
para cuando nos metemos a correr la carrera de la vida: 
“Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; 
levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansa-
rán; caminarán, y no se fatigarán” (Is. 40:31). 
El Nuevo Testamento usa con frecuencia la carrera 
como imagen de la vida y del servicio “Mas cuando Juan 
[el Bautista] terminaba su carrera…” (Hch. 13:25), cosa 
que hizo muy valerosamente. Ese era el gran deseo de 
Pablo: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo pre-
ciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera 
con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para 
dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hch. 
20:24). Al final de su vida escribió: “He peleado la buena 
batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 
4:7). Veía su vida como una carrera que le habían pro-
puesto y que conllevaba una recompensa (Fil. 3:12-14). 
64 Cuando la vida se derrumba
¡Pero la carrera no es fácil! Este es el tema de Hebreos 
12, dirigido a algunos del pueblo de Dios que estaban 
pasando por un tiempo de sufrimiento. En el capítulo 
anterior el escritor nos habla de los héroes de la fe y afirma 
que “todos estos” sufrieron de una manera u otra, pero 
que, no obstante, su fe los llevó a la victoria. El más grande 
ejemplo es Jesucristo, el cual “sufrió la cruz” y hoy está 
sentado a la diestra de Dios. Debido a su victoria, Él nos 
puede ayudar a ganar la carrera y recibir la recompensa. 
A la luz de estas muchas victorias de fe, “corramos con 
paciencia la carrera que tenemos por delante” (12:1). 
Una de las palabras clave en Hebreos 12 es disciplina, 
que básicamente significa “entrenamiento de niños”. Se 
esperaba que los niños griegos y romanos se inscribieran 
en el gimnasio local y participaran en las pruebas atléticas. 
Era parte de su entrenamiento para la edad adulta. Si la 
vida es una carrera, una prueba atlética, entonces debe-
mos disciplinarnos si es que queremos ser campeones. “Si 
soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos” (He. 
12:7). En otras palabras: “Si quiere madurar, espere algu-
nas pruebas. Son parte de la carrera de la vida”. 
A pesar de que mis dos hermanos han estado siempre 
interesados en los deportes, y mis cuatro hijos son tam-
bién muy aficionados a las competencias atléticas, yo no lo 
soy. El golf me parece que es la mejor manera de arruinar 
un buen paseo. Las competiciones deportivas me quitan 
tiempo de otras cosas que disfruto mucho más. Pero de 
una cosa estoy seguro en cuanto a los deportes: Si juega de 
la manera correcta, se beneficiará de la experiencia. Mucho 
más importante que ganar es ser la clase de persona que 
puede ganar. 
“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece 
ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto 
apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” 
(He. 12:11). 
Laspruebas que he experimentado en la carrera de la 
Imágenes del dolor 65
vida puede que a mí no me parezcan buenas ahora, pero 
Dios promete que me beneficiarán más tarde. No debo 
contentarme con correr con los de a pie; debo competir 
con los caballos si es que de verdad tengo el deseo de desa-
rrollarme al máximo. Es relativamente fácil correr en terri-
torio conocido; pero no maduraré hasta que no me atreva 
con la espesura del Jordán. A fin de crecer hay que aceptar 
los retos. 
Pruebas 
La imagen judicial es muy fuerte en el libro de Job. El 
sufrido patriarca se vio a sí mismo como una víctima 
impotente que había sido arrestada por Dios, y sentenciado 
sin que le dieran la oportunidad de una apelación. “Si yo 
le invocara, y él me respondiese”, se quejaba Job, “aún no 
creeré que haya escuchado mi voz” (9:16). “Y ya que me 
tienen por culpable, ¿para qué voy a luchar en vano?” (9:29, 
NVI). “Mas yo hablaría con el Todopoderoso, y querría 
razonar con Dios” (13:3). 
Ya hemos considerado este aspecto del sufrimiento 
cuando estudiamos el libro de Job. Pero hay algunas lec-
ciones asociadas con esta imagen judicial que necesitamos 
tratar brevemente. 
A semejanza de los “consoladores” de Job, cuando llega 
la tragedia, pensamos inmediatamente en la culpabilidad. 
¿Quién es el culpable? Incluso los discípulos de nuestro 
Señor no fueron inmunes a esta forma de pensar: “Y le 
preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, 
éste o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Jn. 9:2). 
Como pastor, he tenido que consolar con frecuencia a per-
sonas cuya única manera de entender el sufrimiento era 
sintiéndose culpables y clamar a Dios por misericordia. 
En algunos casos, ese era el tratamiento correcto, debido 
a que ellos habían desobedecido deliberadamente a Dios 
y estaban sufriendo las consecuencias. Pero ese no es el 
camino apropiado en cada caso. 
66 Cuando la vida se derrumba
Dios hace cumplir las leyes que ha puesto en el uni-
verso. Pero cada ley es como una espada de dos filos: Si 
cooperamos con la ley, funcionará a nuestro favor; pero si la 
violamos, funcionará en contra nuestra. El fuego nos puede 
proporcionar calor y poder; pero también puede ocasionar 
quemaduras y destrucción. La dosis apropiada de medicina 
puede ayudar en la curación del enfermo; pero una dosis 
mayor puede matar al paciente. El mismo Dios determina 
ambos resultados; y si queremos disfrutar de los beneficios, 
debemos conocer y respetar los peligros. Dios nos ha dado 
una mente a cada uno de nosotros y espera que la usemos. 
Hay un sentido en el que nuestros tiempos de sufri-
miento son también tiempos de pruebas, aun si no somos 
culpables de haber desobedecido a Dios. Estamos “a 
prueba”, por así decirlo, para probar que nuestra fe en 
Cristo es genuina. Dios tiene todo el derecho de probar-
nos con el fin de que nosotros aprendamos más acerca de 
nosotros mismos y de nuestra relación con Él. Fue en este 
sentido que Dios probó a Abraham y le pidió que sacrifi-
cara a su hijo en el altar (Gn. 22). 
Sin embargo, cuando los hijos de Dios son “llamados a 
comparecer ante el tribunal” debemos recordar que nuestro 
Padre Dios es el juez. “Como el padre se compadece de los 
hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Sal. 103: 
13) Eso no quiere decir que Dios haga la vista gorda ante 
el pecado o mime a los hijos rebeldes. Pero sí quiere decir 
que Él no se relaciona con nosotros solo sobre la base de la 
ley, sino también sobre la base de la gracia. 
“Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, 
y grande en misericordia. No contenderá para siempre, ni 
para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros 
conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado con-
forme a nuestros pecados” (Sal. 103:8-10). 
“Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplina-
ban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es pro-
vechoso, para que participemos de su santidad” (He. 12:10). 
Imágenes del dolor 67
En otras palabras, la prueba no viene con el propósito 
de condenarnos, sino para nuestro bien personal. Dios no 
quiere encarcelarnos, sino que quiere liberarnos, siempre y 
cuando hayamos aprendido a usar nuestra libertad en una 
forma sana y madura. 
Estas son, pues, las principales “imágenes de dolor” 
que encontramos en la Biblia. Hay otras imágenes meno-
res, pero no es necesario que las consideremos ahora. Todo 
lo que nos queda es resumir algunas de las lecciones prác-
ticas que estas imágenes nos enseñan, lecciones que pueden 
ayudarnos en tiempos de sufrimiento. 
1. Dios no ha prometido hacer que nuestra vida sea 
cómoda, pero sí está dispuesto a hacernos dóciles. 
Nos va a meter en el horno para eliminar la escoria y 
hacernos moldeables en sus manos. Pero tenga esto en 
mente: Cuando usted está metido en el horno, el Padre 
no aparta sus ojos del reloj ni su mano del termostato. 
Él sabe cuánto podemos resistir. 
2. Las batallas de la vida no son fáciles, pero Dios nos ha 
proporcionado el equipo para tener éxito. Cada vic-
toria nos prepara para el asalto siguiente. La carrera 
de la vida no es fácil, pero al aceptar cada nuevo reto, 
crecemos y cada vez logramos hacer más. 
3. Necesitamos paciencia. La cosecha no viene inmedia-
tamente. Dios no nos entierra, Él nos planta. Y pro-
mete que nuestra experiencia producirá una cosecha. 
4. Tiempos de parto pueden ser tiempos de nacimiento. 
Los sufrimientos de hoy pueden ser la gloria de 
mañana. Dios no lleva a cabo todos sus propósitos 
hoy, ni tampoco nos explica todos sus planes. No tene-
mos que dar a luz un Benoni; podemos dar a luz un 
Benjamín. 
5. Las tormentas son atemorizantes, pero Dios puede 
hablarnos desde el torbellino. Aun las tormentas pue-
den llevar a cabo su voluntad. 
68 Cuando la vida se derrumba
6. Deje que las tijeras podadoras hagan su trabajo en 
usted; le harán ser más fructífero. Acepte la copa que 
el Padre le da para beber. 
Me he referido a menudo en este capítulo a la cauti-
vidad en Babilonia de los judíos, una de las experiencias 
más humillantes y duras que jamás ha tenido esta noble 
nación. Después de que comenzó la cautividad, el profeta 
Jeremías les envió una carta de ánimo a los desterrados; y 
en esa carta encontramos esta promesa de parte del Señor: 
Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de voso-
tros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para 
daros el fin que esperáis (Jer. 29:11). 
La próxima vez que se vea a sí mismo en medio de la 
tormenta, en la batalla, sienta que está metido en la prueba, 
que está pasando por dolores de parto o sufriendo en el 
horno, medite en esa promesa. Esto es lo que dice: Dios 
está pensando en usted personalmente, o está planificando 
para usted en formas que usted nunca podría comprender, 
y ni siquiera imaginar. Deje que Él haga su voluntad en 
usted. Su futuro está asegurado si confía en Él. 
Si usted se revuelca en la lástima por sí mismo, enton-
ces las imágenes del dolor es lo que aparecerá en el espejo, 
y se verá a sí mismo en ellas. 
Pero si confía en Cristo Jesús y se consagra íntegra-
mente a Él, las imágenes se convertirán en ventanas a tra-
vés de las cuales usted verá a Dios y los vastos horizontes de 
bendiciones que Él está preparando para usted. 
¿Qué será? ¿Espejos o ventanas? 
6
El Dios que cuida de nosotros 
“He encontrado un versículo de la Biblia que describe per-
fectamente mi vida”, me informó un hombre angustiado en 
una sesión de consejería. Luego agarró mi Biblia de encima 
del escritorio y la abrió en Job 5:7. Aquí está, ¡léalo! 
Leí dicho versículo en voz alta. 
“Pero como las chispas se levantan para volar por el 
aire, así el hombre nace para la aflicción”. 
“¡Nací para la aflicción”, se lamentaba el hombre, “vivo 
en aflicción y probablemente moriré en aflicción! Siempre 
hay otro montón de chispas que me traen nuevos sufri-
mientos”. 
Tuvo que ser un momento de inspiración divina, por-
que le pasé la Biblia y le dije: “Hay otro versículo que va 
muy biencon ese de Job 5:7. Está en 1 Pedro 5:7. ¡Léalo!”. 
Él leyó: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque 
él tiene cuidado de vosotros”. 
Se quedó en silencio por un momento, y entonces dijo, 
sin levantar la vista para mirarme: “Ya, ¿pero cómo sabe 
que Él de verdad tiene cuidado de usted?”. 
Si pudiéramos estar seguros de que hay un Dios amo-
roso que nos ve, que se interesa por nuestros dolores y pro-
blemas, a todos nosotros nos resultaría mucho más fácil 
enfrentarnos a la vida y manejar las situaciones difíciles. 
Pero a veces los mismos problemas que enfrentamos y los 
dolores que sufrimos parecen contradecir 1 Pedro 5:7. En 
nuestros momentos de sinceridad nos vemos a nosotros 
mismos estando de acuerdo con Gedeón cuando le pre-
guntó al ángel del Señor: “Ah, señor mío, si Jehová está con 
nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto?” (Jue. 
6:13). 
70 Cuando la vida se derrumba
Por supuesto, sería fácil citar algunas de las grandes 
promesas de la Biblia, demostrando que Dios sí se preo-
cupa por nosotros; pero hay momentos cuando esas pro-
mesas familiares nos parecen una burla. No voy a ignorar 
esas promesas; pero antes de considerarlas, hay otros asun-
tos que debemos atender primero. 
Si usted fuera Dios, ¿cómo haría para convencer a las 
personas de que usted de verdad se interesa por ellas y cuida 
de ellas? 
A lo largo de los años he recibido diferentes respues-
tas a esa importante pregunta. Una de las más frecuentes 
es: “Para comenzar, habría creado un mundo mejor”. Eso 
significa, por supuesto, un mundo sin el mal y sin dolor. 
Pensemos en esa respuesta. ¿Por qué Dios no hizo 
un “mundo mejor” desde el principio? Aunque Dios no 
es el autor del mal, Él permitió que el mal apareciera en 
escena, y Él no lo ha eliminado todavía de su mundo. 
¡Por supuesto, Él podía haber creado un mundo mejor! 
En algún momento, ellos sugieren, Él podía haber dicho: 
“¡Volvamos al estudio y mejoremos el proyecto!”. 
Lo primero que usted debe tener en cuenta es que esta-
mos lidiando con una pregunta hipotética y ese tipo de 
preguntas no son fáciles de responder, si acaso se pueden 
responder. Nadie puede demostrar que otro mundo sería 
necesariamente un mundo mejor. En realidad, cada uno 
de nosotros trae a esta pregunta ideas preconcebidas acerca 
de lo que es “mejor”. Lo que sería un “mundo mejor” para 
Adolfo Hitler sería ciertamente un “mundo peor” para el 
resto de nosotros. Si usted ha tratado alguna vez de plani-
ficar unas vacaciones para cuatro hijos, ya tiene una buena 
idea de lo que significa tratar de complacerlos a todos. 
Pero hay algo más que es verdad: Las normas y valores 
que tenemos en mente para este “mundo mejor” proceden 
en realidad del mundo en el cual vivimos ahora. No conse-
guimos estas mejores ideas después de visitar otro planeta 
El Dios que cuida de nosotros 71
o por recibir una comunicación del espacio exterior. Esto 
significa, por supuesto, que estamos siendo inconsecuen-
tes; tomamos nuestras normas de este mundo, y, no obs-
tante, decimos que queremos un mundo mejor. ¡Estamos 
admitiendo que, a pesar de todo, Dios ha puesto algunas 
cosas buenas en este mundo! 
Pienso que no nos hace ningún bien especular acerca 
del mundo que Dios podía haber creado. Cuando usted 
está herido, tiene que lidiar con realidades. Sin embargo, 
cuando lidiamos con estas realidades, debemos procurar 
ser sinceros y ceñirnos a los hechos. Muchos de nosotros 
tenemos la tendencia de dejar que la imaginación vuele en 
tiempos de crisis o tragedia. 
Quizá las situaciones más difíciles con las que un pas-
tor debe lidiar son la muerte de un niño y el suicidio de una 
persona joven. Todo ministerio con los que han perdido 
un ser querido es difícil, pero esas dos situaciones son las 
más exigentes. ¿Por qué muere un niño inocente? ¿Por qué 
se quita la vida un joven o una joven prometedores? “¡Qué 
gran posibilidad perdida con este bebé!”, suspiran los deu-
dos en el funeral. Pero para ser sinceros, nadie sabe a qué 
podría haber llegado el bebé. Podría haber llegado a ser un 
gran inventor o un endurecido criminal. No lo sabemos; 
y puesto que no lo sabemos, somos sabios en no especular. 
El consuelo duradero no puede basarse en suposiciones. 
Lo que es cierto de la muerte del bebé y del suicidio del 
joven es también cierto del mundo; lo único que consegui-
mos es complicar las cosas cuando especulamos. Puesto 
que este es el mundo que Dios ha creado, tengo que creer 
que Él sabía lo que estaba haciendo. “¿A quién pidió [Dios] 
consejo para ser avisado?”, preguntó Isaías, “¿Quién le 
enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró 
la senda de la prudencia?” (Is. 40:14). Especular acerca de 
un “mundo mejor” puede inflar mi ego, pero nunca puede 
resolver mis problemas o ayudar a manejar el sufrimiento 
de forma creativa. 
72 Cuando la vida se derrumba
Otras personas creen que, aunque Dios no es responsa-
ble por el mal en el mundo, sí podía hacer más para elimi-
narlo. “Si yo fuera Dios”, contestan ellos, “les haría saber 
que de verdad me cuido de ellos al intervenir y eliminar 
del mundo todo lo que es malo y causa de sufrimiento”. 
Ahora bien, nadie está en contra de los ideales tan ele-
vados en esa respuesta. Recuerdo muy bien cuán felices 
nos sentimos mi esposa y yo cuando se descubrió la vacuna 
Salk y pudimos proteger a nuestros hijos contra la polio. 
Todos daríamos muchas gracias a Dios si alguien descu-
briera la manera de curar el cáncer y la diabetes. Como 
pueblo de Dios, no aceptamos serenamente las situaciones 
con una expresión piadosa de “Dios lo quiere”. El hecho de 
que Jesús sanara a las personas cuando ministró en la tierra 
es suficiente argumento para que nosotros hagamos todo lo 
que podamos para promover la plenitud en el ser humano. 
Pero la sugerencia de que Dios intervenga y haga 
una “limpieza de la casa” presenta algunas dificultades 
prácticas. Para comenzar, eso no es en absoluto ninguna 
nueva sugerencia, sino que nos lleva de nuevo al punto 
cero. Cada uno de nosotros tiene sus propias ideas de lo 
que es un “mundo mejor” y, como mencioné antes, saca-
mos estas ideas del mundo en el que ahora vivimos, un 
mundo creado y controlado por Dios. Ya sea que Dios haga 
desde el principio el mundo como nosotros lo queremos, 
o que intervenga y resuelva los problemas, es en realidad 
la misma cosa. 
Pero hay una segunda consideración: ¿Qué es lo que 
usted quiere decir con que “Dios intervenga” en los asuntos 
del mundo? ¿Está usted sugiriendo que Dios está hoy fuera 
de su mundo? Si hay una lección especial que Jesús quiso 
impartirnos es la de la presencia del Padre en el mundo. El 
Padre es quien da a los lirios su belleza y el que está pre-
sente cuando el gorrión cae a tierra muerto. Él no es un 
Rey ausente, Él es el Amigo siempre presente. 
Debemos ser en esto muy cuidadosos, porque Dios no 
El Dios que cuida de nosotros 73
es el mundo. Eso es panteísmo y es una definición falsa de 
la relación de Dios con la creación. Tampoco Dios está 
“siendo creado” por el mundo como una parte del pro-
ceso creativo. Esa es de nuevo la “teología del proceso” 
de nuestro viejo enemigo, y es errónea. Tanto el Antiguo 
como el Nuevo Testamentos dejan bien claro que Dios es 
el Creador y, por tanto, Él es aparte del mundo, está por 
encima de él y lo trasciende; pero Él está también presente 
en el mundo, llevando a cabo sus propósitos y, por tanto, 
es inmanente. 
“El cielo es mi trono”, dijo Dios por medio del profeta 
Isaías, “y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa 
que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? 
Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas 
fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y 
humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Is. 66:1, 
2). El Dios que mora en el cielo está dispuesto a morar tam-
bién en el corazón del creyente humilde. Él está tanto por 
encima de nosotros como dentro de nosotros; es a la vez 
trascendente e inmanente,para usar términos teológicos. 
Así, pues, si pedimos que Dios “intervenga”, estamos 
sugiriendo que está ausente. Estamos sugiriendo que están 
sucediendo cosas que pueden pillarlo por sorpresa, de 
manera que debe actuar cuanto antes o todos sus planes 
pueden irse a pique. Estamos describiendo una cierta clase 
de dios “Superman”, el deus ex machina de los griegos y 
romanos, el dios que desciende a toda prisa en el momento 
oportuno y resuelve rápidamente los problemas. Pero el 
Dios al que adoro no tiene que entrar repentinamente en 
el escenario para resolver problemas. ¡Él escribió el guión! 
Por esa razón, Él está en control del desarrollo del drama, y 
procurará que todo se desarrolle como corresponde porque 
Él es también uno de los actores en el escenario. 
La sugerencia de que Dios intervenga y haga que todo 
esté bien presenta otro problema: ¿Cómo hace usted que las 
cosas sean buenas? ¿Puede usted forzar la bondad? ¿Puede 
74 Cuando la vida se derrumba
Dios forzar a un hombre a que ame a su esposa y abandone 
a su amante? ¿Es Dios libre para violar la libertad que le 
dio al hombre, una libertad que es parte de la imagen de 
Dios en el hombre? 
Estamos de acuerdo, sería relativamente fácil para Dios 
cambiar cosas materiales en oposición a criaturas mora-
les. Todo en la naturaleza obedece al Creador, como lo 
demostró Jesús cuando estuvo ministrando en la tierra. 
Dios puede hablar a las células cancerosas y eliminarlas. 
Dios puede sanar cuerpos quebrantados y enfermos; se lo 
he visto hacer y lo he experimentado en mi propia vida. Un 
conductor embriagado chocó contra mi auto cuando iba 
a más de ciento cuarenta kilómetros por hora, y cuando 
llegué al hospital el capellán le dijo a mi esposa: “No va a 
salir vivo de esta”. Pero nuestra iglesia se reunió para orar 
y en dos semanas me encontraba de regreso en mi hogar. 
Una cosa es que Dios cambie cosas y otra muy dife-
rente que cambie personas. Y mucho del mal en este mundo 
está causado por personas, no por cosas. Si Dios eliminara 
todas las enfermedades que nos plagan hoy, y todas las 
cosas que nos causan dolor, no tendríamos necesariamente 
un mundo mejor. Tendríamos a las mismas viejas perso-
nas viviendo en un mundo más cómodo, y la ausencia del 
dolor puede que hiciera más fácil el pecar. 
Cuando hablo de estas cosas, a veces sorprendo a las 
personas al preguntarles: “¿Por qué quiere usted ver el 
mundo cambiado y ver eliminadas todas las cosas malas?”. 
La respuesta por lo general es: “Con el fin de disfrutar más 
de la vida”. Luego les pregunto: “¿Cree que usted sería una 
mejor persona si disfrutara más de la vida?”. Con demasiada 
frecuencia, esa pregunta queda sin respuesta. 
El propósito de la vida no es el placer, a expensas de 
la formación del carácter y de glorificar a Dios. No tene-
mos garantías de que un ambiente mejor produciría mejo-
res personas, que la ausencia de enfermedades y dolor 
 significaría también la ausencia de odio y engaño. Muchas 
El Dios que cuida de nosotros 75
veces he escuchado decir en la Unidad de Cuidados Inten-
sivos: “Pastor, si el Señor me saca de esta, seré la mejor 
persona que jamás usted haya visto”. En algunos casos, el 
Señor sí les permitió salir de la situación de crisis; pero ellos 
no siempre demostraron que eran mejores personas. 
Tengo el sentimiento que las “cosas malas” que nos 
acosan en la vida están cumpliendo con propósitos que 
puede que nosotros no entendamos completamente hoy 
día. Solo un Dios grande y soberano podría (hablando 
humanamente) “arriesgarse” a permitir que el mal exis-
tiera en su mundo, y con todo poder llevar adelante su plan 
perfecto. No podemos explicar cada caso individual, pero 
el diseño total sí parece estar claro: Dios está en control 
y está llevando a cabo sus propósitos para nuestro bien y 
para su gloria. Como el antiguo puritano, Thomas Wat-
son, acostumbraba a decir: “Allí donde la razón no puede 
vadear, la fe debe nadar”. 
Estamos de nuevo frente a la pregunta original: “Si 
usted fuera Dios, ¿cómo convencería a las personas de que 
usted de verdad se interesa por las personas y cuida de ellas? 
¿Lo haría usted de manera diferente a como ahora muestra 
su interés por las personas que conoce y ama? 
Puesto que estamos creados a la imagen y semejanza 
de Dios, nuestro cuidado de otros es probablemente un 
reflejo de su cuidado por nosotros. Como padres y abuelos, 
expresamos nuestro amor cuidando de sus necesidades, 
expresándoles palabras de amor y de ánimo, de enseñanza 
y advertencia, ayudándolos a llevar las cargas y ocasional-
mente pagando las facturas. Tratamos de evitar el mimar 
y sobreproteger a los hijos y a los nietos, porque sabemos 
que tienen que aceptar los retos si es que queremos que 
maduren con éxito. 
Imagínese a un hijo diciendo a sus padres: “¡Sigo hirién-
dome las rodillas en la banqueta (acera)! Si de verdad uste-
des me aman, ¡quiten esa banqueta de ahí!”. Nosotros no 
76 Cuando la vida se derrumba
quitamos la banqueta; lo que hacemos es educar y ayudar al 
niño a saber cómo caminar, patinar o ir con la bicicleta por 
ella con habilidad y cuidado. Cruzar una calle de mucho 
tránsito es peligroso, pero no ayudamos al niño mediante 
la eliminación de los vehículos, lo que hacemos es poner 
semáforos, enseñarlo a mirar a ambos lados y le advertimos 
que las consecuencias de los descuidos son dolorosas. 
Dios muestra que se interesa por nosotros proveyendo 
para nuestras necesidades. Nos ha dado un mundo que está 
lleno de todo lo que necesitamos para la vida y la salud. “Si 
bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, 
dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de 
sustento y de alegría nuestros corazones” (Hch. 14:17). Las 
provisiones de Dios son dones; nosotros no los merecemos ni 
nos los hemos ganado. “Para que seáis hijos de vuestro Padre 
que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y 
buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45). 
Estas provisiones son dones de Dios para nosotros. 
Cómo las usamos es nuestro don para Él. No tenemos 
ningún derecho de culpar a Dios por los problemas econó-
micos y ecológicos que padecemos hoy. Si la humanidad 
hubiera seguido los principios dados por Dios, podríamos 
haber evitado muchos de estos problemas. Hombres caídos 
están tratando de manejar una creación caída, una crea-
ción que está con “dolores de parto”, y no pueden hacer un 
buen trabajo sin la sabiduría y la ayuda de Dios. 
Dios muestra que cuida de nosotros proveyendo para 
nosotros. También muestra que se interesa por su creación 
mediante su obra providencial en este mundo. “Providen-
cia” es, lo admito, una palabra antigua; pero es todavía una 
buena palabra. Procede del latín y significa “ver con anti-
cipación”. Dios nunca es pillado por sorpresa; Él va por 
delante y prepara el camino. La providencia es esa acción 
maravillosa de Dios que permite que todos los sucesos en el 
universo sirvan para cumplir con los propósitos que tiene en 
mente. “Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino 
El Dios que cuida de nosotros 77
domina sobre todos” (Sal. 103:19). ¡Eso no describe a un 
“Dios limitado” que está en el proceso de hacerse infinito! 
Debido a la providencia divina tenemos promesas que 
nos animan, porque Dios es capaz de cumplir lo que pro-
mete. Su providencia es también un ánimo para la oración; 
porque, si Él no está en control, no tiene sentido el que 
usted le hable acerca de sus necesidades. Dios actúa “con-
forme al propósito del que hace todas las cosas según el 
designio de su voluntad” (Ef. 1:11), aun cuando usted y yo 
no siempre entendemos lo que está haciendo o por qué lo 
está haciendo. Creer otra cosa es ponerse a sí mismo en un 
universo desorganizado que funciona sobre la base de un 
azar o casualidad peligrosa. 
Eso explica por qué los hijos de Dios evitan el uso de 
palabras como “suerte” o “destino”, porque ninguna de 
ellas pertenece al vocabulario de la persona que confíaen 
un Dios lo suficientemente grande como para gobernar el 
universo. 
Dios cuida de nosotros en la misma manera que noso-
tros nos cuidamos unos a otros. Él provee para nosotros; 
planifica con anticipación y providencialmente lleva ade-
lante sus planes; y nos habla para asegurarnos de los resul-
tados. Tras mi accidente de automóvil, cuando me desperté 
en la Unidad de Cuidados Intensivos, un versículo de la 
Biblia apareció con frecuencia en mi mente: “Grande es 
Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es 
inescrutable” (Sal. 145:3). Dios me estaba hablando y me 
recordaba que era lo suficientemente grande como para 
manejar la situación. 
Cada vez que mi esposa y yo nos hemos enfrentado a 
una “decisión crítica” en nuestra vida, Dios nos ha dado 
una palabra clara y definida de las Escrituras, una promesa 
para afirmarnos y asegurarnos. He descubierto que esta 
ha sido la experiencia de muchos de los hijos de Dios. De 
hecho, una pareja muy cercana a nosotros mantiene un 
diario de las promesas de la Biblia que Dios les ha dado en 
78 Cuando la vida se derrumba
tiempos difíciles y pruebas, ¡y puedo decirles que ellos han 
tenido su buena cuota de dificultades! 
Ahora bien, debemos ser cuidadosos en cómo usamos 
la Biblia cuando estamos pasando por pruebas. A menos 
que estemos leyendo la Palabra de Dios regularmente, 
escuchando a diario su voz, lo más probable es que no lo 
oigamos decir mucho cuando el techo se nos está cayendo 
encima. Tampoco nos va a decir mucho si simplemente 
echamos mano de la Biblia y la abrimos por donde salga. 
(Un amigo mío llama a eso la “lotería religiosa”). El hijo 
que está en buena relación con sus padres cuando el sol 
está luciendo encontrará su presencia y palabras mucho 
más valiosas y animadoras en la oscuridad. Las promesas 
de Dios no son salvavidas celestiales que Él arroja a los 
desconocidos en las tormentas. Son expresiones de su amor 
y de su cuidado, que las da a sus hijos que caminan con Él 
y buscan obedecerlo. 
Sin embargo, es cuando estamos pasando por difi-
cultades que las promesas de Dios tienen un significado 
nuevo para nosotros. Carlos Spurgeon, el famoso predi-
cador inglés, acostumbraba a decir que las promesas de 
Dios nunca brillan tanto como cuando estamos metidos 
en el horno de la aflicción; y eso es cierto. Las Escrituras 
que hemos conocido desde nuestra niñez se convierten de 
repente en algo nuevo y emocionante cuando las leemos 
con los ojos llenos de lágrimas de dolor. 
Hace poco, estaba hojeando varias de mis Biblias, y 
noté de nuevo las fechas escritas en los márgenes cerca de 
ciertos versículos. Solo el Señor y yo sabemos lo que ocu-
rrió en esos días o por qué esos versículos fueron significa-
tivos en ese tiempo. Puedo dar testimonio del hecho de que 
mi Padre celestial ha tenido siempre una palabra de ánimo 
para mí cada vez que la he necesitado. Él cuida de nosotros 
hablándonos y recordándonos sus promesas. 
Pero las promesas son solo eficaces si las conocemos y 
confiamos en ellas. Por esa razón es tan importante que los 
El Dios que cuida de nosotros 79
hijos de Dios lean la Biblia y lleguen a conocer bien el cora-
zón y la mente de Dios. Pero también necesitamos creer 
las promesas divinas y hacerlas nuestras. “Porque todas las 
promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de 
nosotros, para la gloria de Dios” (2 Co. 1:20). La promesa 
de Dios es su “Sí”, y nuestro ‘’Amén’’ es nuestro “Sí” a su 
promesa. Es nuestra fe la que libera el poder contenido en 
la promesa de Dios. 
Déjeme recordarle de nuevo que no estoy describiendo 
una “relación de crisis” con Dios, sino una relación diaria 
que se profundiza a medida que estamos en comunión con 
Él en oración y en la meditación de su Palabra. No estoy 
diciendo que Dios no responderá a las necesidades de los 
que claman a Él en una crisis aunque, por lo general, viven 
como si no existiera; pero esa no es la mejor manera de 
hacerlo. Tendremos una experiencia más fácil de confiar en 
Dios en la oscuridad si hemos caminado con Él en la luz. 
“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él 
tienen cuidado de vosotros” (1 P. 5:7). ¡Esa es una gran 
promesa! Me gusta parafraseada de esta manera: “Puede 
echar el peso de toda su ansiedad sobre Él, porque usted 
está siempre a su cuidado”. 
¿Cómo hacemos esto? 
Para comenzar, debemos tener esa relación personal 
con Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. Debemos 
conocer que Él es nuestro Padre y que Cristo Jesús es nues-
tro Salvador. 
Entonces debemos estar dispuestos a admitir que no 
podemos manejar nuestros problemas sin la ayuda divina. 
En los dos versículos anteriores, Pedro escribe: “Revestíos de 
humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia 
a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de 
Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (1 P. 5:5, 6). 
De una vez por todas, debemos entregarnos nosotros 
mismos, nuestros problemas y ansiedades al Señor. Ese 
es el paso de fe. Nosotros reclamamos su promesa, nos 
80 Cuando la vida se derrumba
 rendimos a Él, y confiamos en que Él cumplirá su Palabra. 
Hacemos esto, no para escapar de la vida, sino para que 
Dios pueda ayudarnos a enfrentar la vida. Es asombroso el 
alivio que viene a su corazón cuando le entrega a Dios el 
control de la vida. Un nuevo poder, junto con una nueva 
esperanza, se apodera de su vida. 
Por último, nos mantenemos en comunicación con el 
Padre por medio de la oración, con momentos de medita-
ción y la lectura de las Escrituras. La crisis de la dedicación 
nos lleva al proceso de la devoción. ¿Qué es lo que hace 
Dios con los que se entregan sinceramente en sus manos 
día a día? 
Para comenzar, cuando usted “[echa] toda [su] ansie-
dad sobre Él”, Dios le da el valor de enfrentar la vida sin-
ceramente. Eso lo necesitamos, porque nuestra tendencia 
es la de tratar de huir o comenzar a amargarnos. Cuando 
suceden cosas malas, algunas personas echan mano de la 
botella o de la aguja de las drogas; y cuando se despiertan, 
los problemas están todavía allí, pero en una forma peor 
para manejarlos. Dios nos da el valor que necesitamos para 
enfrentar la situación sinceramente y no tratar de escapar. 
“Enfrentar la situación sinceramente” puede incluir 
aceptar la incapacidad física, el sufrimiento o hasta la 
muerte. Si queremos disfrutar de las bendiciones de la vida, 
debemos estar dispuestos a aceptar las cargas que vienen 
con ella. El mismo niño pequeño que llena de gozo nuestro 
corazón puede romper nuestro corazón. Esta es la forma 
en la que funciona la vida, y luchar contra ello no solo nos 
hiere a nosotros, sino a las personas a nuestro alrededor. 
Una de las parejas más valientes que jamás he cono-
cido eran miembros de una iglesia de la que fui pastor. 
Años antes de que yo entrara en la escena, su pequeño hijo 
contrajo una enfermedad cerebral que lo convirtió en un 
inválido. Pasó toda su vida en una cama, imposibilitado de 
hablar, leer o usar sus manos creativamente. Cuando los 
visité por primera vez en su hogar, el niño se había hecho 
El Dios que cuida de nosotros 81
hombre; pero todavía yacía en una cama, llevaba pañales 
y necesitaba que alguien lo acompañara continuamente. 
“Pastor, no sienta lástima por nosotros a causa de 
Kenny”, me dijeron sus padres. “Las personas piensan que 
él es una carga, pero para nosotros, es una bendición de 
Dios. Hemos aprendido mucho acerca de la gracia de Dios 
al cuidar de Kenny”. 
Cuando usted se echa a sí mismo y toda su ansiedad 
sobre el Señor, Él no solo le da el valor para enfrentar la 
vida sinceramente, sino que también le da la sabiduría para 
entender lo que se necesita hacer. Eso no quiere decir que Él 
le entrega un manual de funcionamiento que le explica por 
qué ha sucedido cada cosa de la manera que lo ha hecho, 
y qué propósitos se ha propuesto el Padre alcanzar. Dios 
generalmente nos conduce paso a paso, día a día. No escu-
chamos voces ni tenemos visiones, pero de alguna formallegamos a saber lo que Él quiere que hagamos. 
Una de las promesas que mi esposa y yo hemos recla-
mado muchas veces, y que nunca nos ha fallado, es: “Y si 
alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, 
el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será 
dada” (Stg. 1:5). En vez de correr sin sentido ni dirección, 
echando la culpa a este y rogándole al otro, el hijo de Dios 
espera con quietud delante del Padre para recibir dirección 
en las decisiones de la vida. Eso no significa que ignoramos 
el consejo de otros, porque con frecuencia Dios usa a otros 
para guiarnos; pero aun esa experiencia viene porque esta-
mos esperando en el Señor. 
Tercero, cuando usted echa toda su ansiedad sobre el 
Señor, Él le da las fuerzas para hacer lo que Él quiere que 
usted haga. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” 
(Fil. 4:13). J. B. Phillips captó bien la emoción de esta pro-
mesa en su traducción: “Estoy listo para todo por medio de 
la fortaleza de aquel que vive dentro de mí”. 
Todo en la naturaleza depende de recursos escondidos. 
Los hijos de Dios dependen también de los recursos divi-
82 Cuando la vida se derrumba
nos que están ocultos al ojo humano. Tenemos nuestras 
raíces establecidas en lo eterno. “El que habita al abrigo 
del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré 
yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en 
quien confiaré” (Sal. 91:1, 2). “Dios es nuestro amparo y 
fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Sal. 
46:1). 
Esa fortaleza divina la reciben los que se entregan al 
Padre y lo obedecen en lo que Él les dice que hagan. A lo 
largo de los siglos, los profetas y los santos han dado tes-
timonio de la verdad de que Dios ayuda a los que confían 
en Él; y hemos visto dar ese mismo testimonio a cientos de 
creyentes, “flores variadas del jardín de Dios”, que han sido 
llamados a sufrir en una forma u otra. 
Dios le da el valor para enfrentar la vida sinceramente, 
la sabiduría para entender lo que Él quiere que usted haga 
y la fortaleza para hacerlo. El cuarto ministerio que Él lleva 
a cabo a favor de los que echan su ansiedad sobre Él es este: 
Le da la fe para ser pacientes mientras que lleva a cabo su 
perfecta y buena voluntad en su vida. Docenas de veces he 
citado el Salmo 37:5 para mí mismo y para los que estaban 
a mi cuidado pastoral: “Encomienda a Jehová tu camino, 
y confía en él; y él hará”. 
Se requiere fe para ser paciente, pero también se nece-
sitan pruebas que nos ayuden a cultivar esa paciencia. Las 
pruebas sin fe crearán impaciencia, pero las pruebas más la 
fe pueden generar en nosotros la paciencia que le permita a 
Dios hacer lo que Él quiere hacer. Tengo la tendencia a ser 
impaciente y echar a correr y hacer las cosas a mi manera. 
“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10) es 
una declaración que con frecuencia ha sido una reprensión 
para mí. La palabra hebrea traducida “Estad quietos” sig-
nifica literalmente: “Relájate. No lo toques, déjalo”. 
Dios satisface nuestras necesidades, no actuando en vez 
de nosotros o a pesar de nosotros, sino obrando en nosotros 
y para nosotros. Siempre y cuando lo amemos y busque-
El Dios que cuida de nosotros 83
mos cumplir sus propósitos, Él hace que todas las cosas, 
incluso las que parecen tragedias, sirvan para nuestro bien. 
“y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les 
ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito 
son llamados” (Ro. 8:28). 
¿Cómo podemos estar seguros de que Dios nos cuida? 
Todo el universo es una prueba constante de su provi-
sión para nosotros. El Dios que les da a las flores su belleza 
y a los pájaros su comida diaria, también les da a sus hijos 
todo lo que necesitan, justo cuando ellos lo necesitan. 
Dios está obrando providencialmente en este mundo y 
en la vida de cada uno de nosotros. Los sucesos de la vida 
son citas, no accidentes, para que Él lleve a cabo su plan 
perfecto. 
Dios nos ha dado sus promesas para asegurarnos y ani-
marnos en los días oscuros de la vida. Las palabras que 
Dios le dio a Israel por medio de Moisés están vivas y llenas 
de poder para el pueblo de Dios hoy: “Esforzaos y cobrad 
ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová 
tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desampa-
rará” (Dt. 31:6). 
Pero la más grande promesa de que Dios se interesa por 
nosotros y cuida de nosotros es lo que Él hizo sobre una 
cruz a las afueras de los muros de Jerusalén. 
La respuesta más grande, y definitiva, de Dios al sufri-
miento humano y a la presencia del mal en este mundo es 
el Calvario. 
7
El Dios que sufre 
Un grupo de misioneros cristianos visitó a Mahatma Gan-
dhi para conversar acerca de su trabajo en la India. Antes 
de marcharse, Gandhi le pidió que cantaran para él uno de 
sus himnos cristianos. 
—¿Cuál de ellos quiere que le cantemos? —le pregun-
taron. 
—Canten el que exprese mejor lo que ustedes creen 
—les contestó. 
Cantaron juntos a una voz: 
La cruz excelsa al contemplar 
Do Cristo allí por mí murió, 
Nada se puede comparar 
A las riquezas de su amor. 
(Himno no. 109, Himnario Bautista, CBP) 
Nosotros hoy damos por supuesto el símbolo de la 
cruz. Olvidamos que, en el tiempo de Jesús, la cruza era 
algo infame, reservado para los criminales más viles que 
la sociedad podía condenar. Nadie en el Imperio Romano 
habría escrito un himno acerca de la cruz, como nosotros 
tampoco lo escribiríamos acerca de la cámara de gas, la 
silla eléctrica o la horca. 
Jesucristo no solo hizo algo en la cruz, sino que tam-
bién le hizo algo a la cruz. La transformó de un símbolo 
de sufrimiento en un símbolo de victoria y de gloria. Y sin 
tener en cuenta lo que una persona pueda pensar acerca 
de Cristo Jesús, todo el que examina seriamente el tema 
del sufrimiento tiene que considerar el Calvario. “Él, 
como ningún otro, aparece delante de nuestros ojos como 
un ejemplo y una advertencia”, escribió Sholem Asch, 
El Dios que sufre 85
“demanda de nosotros, nos apresura, nos anima a que siga-
mos su ejemplo y a cumplir con sus enseñanzas”. 
Cuando usted lee los cuatro Evangelios, descubre algo 
singular: Jesús no explicó el sufrimiento, sino que lo expe-
rimentó e hizo todo lo que pudo para aliviarlo. Por medio 
de su vida, muerte y resurrección, Él transformó el sufri-
miento y la cruz en la cual sufrió y murió. Tan poderoso 
fue su efecto, que unos veinte años después de la crucifi-
xión, Pablo se sintió impulsado a escribir: “Pero lejos esté 
de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesu-
cristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al 
mundo” (Gá. 6:14). En el Imperio Romano, la crucifixión 
nunca se mencionaba en la sociedad educada; no obstante, 
aquí vemos a Pablo jactándose en la cruz. 
Si hay un mensaje claro que Jesús nos da acerca de Dios 
y del sufrimiento es este: Dios se identifica con nosotros 
en nuestro sufrimiento y puede capacitarnos para transfor-
mar la tragedia en triunfo. Dios no es un espectador des-
interesado cuando usted y yo estamos peleando la batalla 
o nos enfrentamos al horno; sino que es un participante 
activo con nosotros en los sufrimientos de la vida. “En toda 
angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los 
salvó” (Is. 63:9). 
El Dios de la Biblia, el Dios de Abraham, de Isaac y 
de Jacob, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, no 
es el “Motor impasible” de los filósofos. Cuando Dios se 
reveló a Moisés en la zarza ardiendo, le dijo: “Bien he visto 
la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído 
su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus 
angustias” (Éx. 3:7). Durante los días difíciles de los jue-
ces, el Señor reafirmó de nuevo a su pueblo al levantar de 
entre ellos a libertadores: “…porque Jehová era movido a 
misericordia por sus gemidos a causa de los que los opri-
mían y afligían” (Jue. 2:18). 
En la vida y ministerio de Cristo Jesús vemos muy 
claramente la preocupación de Dios por su pueblo y por 
86Cuando la vida se derrumba
toda la humanidad que sufre. Jesús, que nació en un hogar 
pobre, conoció el significado de la pobreza y del sacrificio. 
Trabajó como un carpintero. Fue miembro de una raza 
aborrecida y vivió en un tiempo cuando Palestina era un 
estado policial. Padeció hambre y sed, sintió el cansancio, 
lloró y murió. Fue arrestado y privado de sus derechos, 
sentenciado sobre la base de falsas acusaciones y clavado en 
una cruz. Nadie pudo acusar a Jesús de ser un espectador 
indiferente en el drama de la vida. 
¿Por qué estuvo dispuesto a soportar todo esto? Por 
una razón, nos estaba mostrando el corazón de un Padre 
amoroso: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 
14:9). Cuando vemos a Jesús en los relatos de los Evange-
lios, vemos a Dios con un niño en sus brazos, a Dios con 
lágrimas en los ojos, a Dios partiendo pan para los ham-
brientos; a Dios sangrando y muriendo por los necesitados 
del mundo. Jesús es el argumento más convincente de que 
Dios se interesa por nosotros. 
Sus sufrimientos en la tierra tuvieron otro propósito: 
Lo prepararon para que pudiera identificarse con nuestros 
sufrimientos de hoy: “Pues en cuanto él mismo padeció 
siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son 
tentados” (He. 2:18). “Porque no tenemos un sumo sacer-
dote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, 
sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, 
pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al 
trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gra-
cia para el oportuno socorro” (He. 4:15, 16). 
Comprendo la perplejidad de los que sinceramente 
confiesan: “No entendemos lo que se quiere decir con eso 
de que Dios sufre”. Tenemos tanta tendencia a identificar 
el sufrimiento con el dolor, sentimientos físicos, que nos 
desconcierta el pensar que Dios, que es Espíritu, pueda 
sentir dolor. Entendemos que Jesús sintiera dolor, porque 
Él se encarnó, unió su naturaleza divina con la naturaleza 
humana y se hizo hombre. ¿Pero Dios…? 
El Dios que sufre 87
Al mismo tiempo, sin embargo, los que cuestionan la 
habilidad de Dios para sufrir no tienen ninguna dificultad 
con la capacidad de Dios para amar. Todo el que alguna 
vez ha amado en una forma madura sabe que el amor invo-
lucra sufrimiento. Ciertamente la simpatía es una parte del 
amor. En realidad, cuando más puro es el amor, mayor es la 
posibilidad de sufrimiento. El sufrimiento de Dios en nin-
guna manera afecta a su gozo supremo, ni tampoco quita ni 
pone nada a su naturaleza divina. Jesús no era menos Hijo 
de Dios cuando lloraba que cuando predicaba un sermón. 
De hecho, incluso el juicio y la disciplina del Señor son 
pruebas de su cuidado: “Habéis ya olvidado la exhorta-
ción que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no 
menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando 
eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disci-
plina, y azota a todo el que recibe por hijo” (He. 12:5, 6). 
Un amigo mío, que trabaja con adolescentes rebeldes, 
me cuenta que su primer paso hacia la rebelión fue la falta 
de disciplina por parte de sus padres. “Si ellos se preocupa-
ban por nosotros”, los adolescentes le dicen: “Tenían que 
habernos disciplinado y frenarnos en nuestros intentos de 
rebeldía”. Nuestro Padre celestial nunca nos va a dañar, 
pero Él nos va a disciplinar a fin de que no nos dañemos a 
nosotros mismos. 
La prueba más grande de que Dios nos ama es la cruz 
de Cristo Jesús. “Mas Dios muestra su amor para con 
nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por 
nosotros” (Ro. 5:8). Dios se sometió a sí mismo a las mis-
mas leyes que gobiernan el universo y a las que está sujeto 
el hombre. Dorothy Sayers lo expresa claramente: 
…sea cual sea la razón por la que Dios decidió crear al 
hombre tal como es, limitado y sujeto al sufrimiento, el 
dolor y la muerte, Él tuvo la honradez de tomar su propia 
medicina. Cualquiera que sea el juego que juega con su 
creación, Él ha guardado sus propias reglas y ha jugado 
con justicia. 
88 Cuando la vida se derrumba
La palabra “justicia” por lo general entra en la conversa-
ción cuando se habla de dolor y tragedia. “¡No es justo que 
mataran a nuestro hijo!”, dice una madre enojada. “¡Estaba 
a punto de jubilarme cuando mi esposa murió repentina-
mente!”, dijo un esposo en duelo. “¡No es justo!”. 
¿Fue justo para Jesús que fuera difamado, mintieran 
acerca de Él, lo arrestaran basándose en falsas acusaciones, 
se burlaran y abusaran de Él, lo golpearan brutalmente, 
lo humillaran públicamente y luego lo crucificaran como 
a un vil malhechor? ¡Por supuesto que no! Con todo, Él 
aceptó voluntariamente la copa preparada por el Padre 
porque sabía que esa era la única manera en que se podría 
resolver al final el problema del sufrimiento y del mal en 
este mundo. 
¿Qué es lo que nos enseña la cruz de Cristo Jesús acerca 
del sufrimiento? Para comenzar, la cruz deja bien claro que 
el sufrimiento y el amor no son incompatibles. El Padre amaba 
al Hijo y, no obstante, el Padre quiso que el Hijo muriera 
en la cruz. Jesús nunca cuestionó el amor de su Padre. “En 
esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado 
a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo 
en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). 
—Dios se ha olvidado de mí y ya no me ama —me dijo 
una amada y santa anciana cuando la visitaba en el hospi-
tal—. Si me amara, no me dejaría sufrir de esta manera. 
—Me pregunto si Dios amaba a Jesús cuando Él sufría 
en la cruz —dije yo en respuesta. 
—¡Por supuesto que sí! —respondió ella con prontitud. 
Luego sonrió y agregó—: Sí, estoy segura de que Dios me 
ama, pero todavía me duele. 
La cruz nos enseña una segunda lección: El sufrimiento 
no es siempre castigo por nuestros pecados. Al ser criatu-
ras caídas como somos, cuando nos llega una tragedia, 
inmediatamente nos sentimos culpables y comenzamos a 
pensar por qué pecados de comisión u omisión nos está 
El Dios que sufre 89
castigando Dios. Pero esa clase de lógica no la podemos 
aplicar al Calvario. “El cual no hizo pecado, ni se halló 
engaño en su boca” (1 P. 2:22). Estaba allí, no por causa de 
sus pecados, porque no había cometido ninguno, sino por 
nuestros pecados. “Llevó él mismo nuestros pecados en su 
cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). 
Ya hemos aprendido que parte de nuestro sufrimiento 
viene del hecho de que vivimos en un mundo que “gime”. 
A causa del pecado, la creación está sujeta a esclavitud y a 
dolores de parto. Dios tuvo que juzgar a su propia creación 
cuando el hombre pecó. Él permitió que las espinas crecie-
ran en la tierra. Decretó que el hombre viviría mediante 
el sudor de su frente, y que un día regresaría al polvo de 
donde salió. Jesús se identificó a sí mismo con esos juicios. En 
el Huerto de Getsemaní oró: “y estando en agonía, oraba 
más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de 
sangre que caían hasta la tierra” (Lc. 22:44). Llevó una 
corona de espinas y murió, y experimentó todo lo que 
significa ser parte del “polvo de la muerte” (Sal. 22:15). 
Cuando Cristo murió, toda la naturaleza parecía simpati-
zar con Él; porque el sol se oscureció, y hubo un terremoto, 
y algunas de las tumbas se abrieron. 
Nuestro mundo moderno se ha suavizado con el 
pecado, tanto que fue un psiquiatra, no un evangelista, 
el que escribió el libro What Ever Happened to Sin? [¿Qué 
ocurrió con el pecado?]. Estamos tan acostumbrados a ver 
que los criminales salen libres y que los políticos son tapa-
dos en sus escándalos, que pensamos que el pecado no es 
algo de lo que tengamos que preocuparnos. Después de 
todo, nosotros no somos tan culpables como los que vemos 
en la televisión, de manera que con toda seguridad el Señor 
no será muy severo con nosotros. 
El pecado no es tan solo algo negativo, la simple ausen-
cia del bien. El pecado no es una fuerza positiva, es una 
fuerza diabólica, en nuestro mundo; y un Dios santo debe 
odiar el pecado. Dios puede transformar elsufrimiento en 
90 Cuando la vida se derrumba
gloria, pero Él no puede transformar el pecado. Debe juz-
garlo, y eso es lo que hizo en la cruz. No podemos explicar 
cómo sucedió eso, pero la Biblia afirma que eso es cierto. 
Cuando Jesús murió en la cruz, murió por los pecados de 
todo el mundo. En una forma misteriosa, Él se convirtió 
en el sustituto sin pecado de un mundo culpable. 
¿Qué tiene que ver todo esto en lo concerniente a nues-
tro sufrimiento? Significa que nadie puede acusar jamás 
a Dios de que no se preocupa. Como Dorothy Sayers lo 
expresó: Dios “tomó su propia medicina”. Y cuando lo 
hizo, trató de una vez y para siempre con el poder del mal 
en el mundo. Además, liberó en Cristo Jesús el único poder 
disponible que puede transformar el sufrimiento en gloria. 
Hay algo peor que el sufrimiento, y es el pecado. 
No tenga lástima de Jesús en la cruz. En su lugar, tenga 
lástima de Caifás, el religioso mentiroso e intrigante; 
de Pilato, el político romano sin carácter; o de Judas, el 
ladrón amante del dinero que perdió la gran oportunidad 
de su vida. Derramamos lágrimas, y es justo hacerlo, por 
un ser amado fallecido en un accidente; pero demasiado a 
menudo no lloramos por el conductor borracho que causó 
el accidente. Permitimos que nuestro sufrimiento nos cie-
gue de la verdadera causa del sufrimiento en este mundo: 
La rebelión del hombre contra Dios. 
Esto nos lleva a una tercera verdad importante: La 
cruz nos enseña que el sufrimiento puede cumplir un gran 
propósito a favor de otros. José sufrió con el fin de que él 
pudiera salvar a su familia. Moisés sufrió con el fin de que 
él pudiera llevar a su pueblo a la libertad. David sufrió con 
el fin de que él pudiera establecer un reino justo en Israel. 
Los profetas sufrieron a fin de que ellos pudieran procla-
mar la verdad de Dios a una nación pecadora. Jesús sufrió 
para “[salvar] a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21). 
Ninguno de nosotros puede sufrir por otros en la 
misma manera que Jesús sufrió, esto es, como un sustituto 
sin pecado para llevar a cabo su redención. Pero podemos 
El Dios que sufre 91
sufrir en la voluntad de Dios a favor de otros y, por medio 
del poder de Dios, ayudar a cambiar la vida de esas per-
sonas. Hay algo especial acerca de una persona que sufre 
voluntariamente, aun cuando el sufrimiento sea injusto, 
que libera el poder de Dios y ayuda a la realización de 
cosas extraordinarias en el carácter de los que están invo-
lucrados. Es maravilloso el día en una familia cuando los 
hijos se dan cuenta de que el amor de los padres cuesta algo. 
“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida 
por sus amigos” (Jn. 15:13). 
Hay veces, entonces, cuando sufrimos como Jesús 
sufrió, por el amor de otros. Esto hace que el sufrimiento 
se transforme en un ministerio y santifica el dolor que 
tenemos que soportar. La cruz nos recuerda que no hay 
llamamiento más elevado que este, que Dios pueda usar 
nuestros sufrimientos para ayudar y bendecir a otros. Eso 
es probablemente lo que Jesús tenía en mente cuando dijo: 
“Y llamando a la gente ya sus discípulos, les dijo: Si alguno 
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su 
cruz, y sígame” (Mr. 8:34). 
La cruz de nuestro Señor nos asegura que el sufrimiento 
en la voluntad de Dios llevará siempre a la gloria. Quiero 
dejar bien claro que el sufrimiento por sí mismo no lleva 
automáticamente a la gloria. Lleva a la gloria solo si esta-
mos en la voluntad de Dios y dependiendo de su gracia. El 
Viernes Santo, un día de humillación, fue seguido por el 
Domingo de Resurrección, un día de exaltación, porque 
Jesús cumplió con la voluntad de Dios. 
Mediante su sufrimiento, muerte y resurrección, Jesús 
ha transformado la cruz de básicamente un arma de la 
crueldad humana en una herramienta divina para un 
ministerio celestial. La cruz acostumbraba a simbolizar la 
vergüenza, ahora simboliza la gloria. Estuvo una vez iden-
tificada con la debilidad, pero ahora está identificada con 
la fortaleza. La cruz no niega la realidad del sufrimiento 
humano; lo transforma. 
92 Cuando la vida se derrumba
Cuando nuestro Señor colgaba en la cruz, Él pronun-
ció siete declaraciones singulares. Si bien estas declaracio-
nes tienen mucho que decir acerca de la salvación de Dios 
para el hombre, también revelan algo acerca de cómo noso-
tros podemos, debido a la cruz, manejar el sufrimiento 
humano. 
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 
23:34). No había amargura en el corazón de Jesús en con-
tra de los que le causaban dolor. La amargura solo consigue 
hacer que el dolor sea peor y cierra los canales espirituales 
mediante los cuales Dios puede derramar su gracia. A veces 
cuando sufrimos, necesitamos perdonar a los que no están 
sufriendo, o quizás a los que (como los consoladores de 
Job) tratan de decirnos por qué estamos sufriendo. 
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” 
(Lc. 23:43). Jesús le dijo esas palabras a un malhechor que 
creyó en Él, cuando colgaba en una cruz adyacente. El 
sufrimiento puede hacernos muy egoístas; pero Jesús pensó 
en otros. Le dio esperanza a un hombre condenado. 
“Mujer, he ahí tu hijo… He ahí tu madre” (Jn. 19:26, 
27). Jesús dirigió estas palabras a su madre María y a su 
discípulo Juan. Nuestro sufrimiento no debiera impedirnos 
llevar a cabo las responsabilidades normales de la vida si 
podemos hacerlo. Debemos cuidar a aquellos que amamos. 
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” 
(Mt. 27:46). Gritó estas palabras cuando la cruz estaba 
rodeada de tinieblas. Hay momentos de oscuridad y 
soledad cuando sufrimos. Hay horas de angustia y aisla-
miento; pero luego vienen momentos de íntima comunión 
con Dios. Jesús fue olvidado por un momento para que 
nosotros no quedáramos olvidados para siempre. 
“Tengo sed” (Jn. 19:28). La única forma de escapar de 
los dolores humanos normales de la vida es dejar de ser 
humano. Jesús experimentó una necesidad y otros tuvieron 
que satisfacerla dándole algo para beber. Nuestros sufri-
mientos nos hacen sentirnos a menudo impotentes; nos 
El Dios que sufre 93
fastidia que tengan que tratarnos como niños pequeños. 
Pero nuestro Salvador estuvo dispuesto a que un descono-
cido que estaba allí le humedeciera los labios. Sirvió a otros 
permitiéndoles que lo sirvieran a Él. Cuando alguien nos 
da un vaso de agua fría en el nombre de Jesús, se la está 
dando al Salvador (Mt. 25:40). 
“Consumado es” (Jn. 19:30). Su sufrimiento no fue en 
vano. Llevó a cabo la tarea que el Padre le había encomen-
dado. Nuestro sufrimiento no es en vano, si se lo dedica-
mos a Él y lo usamos para su gloria. Puede que no siempre 
entendamos los propósitos que Dios está logrando; pero si 
cooperamos y confiamos, Él alcanzará sus metas y noso-
tros participaremos en la recompensa. 
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 
23:46). El sufrimiento no es para siempre, y la muerte no 
es final. Cuando los hijos de Dios sufren, el Padre está 
cerca de ellos, participando en su dolor. Jesús murió en la 
manera en que vivió: Entregándose en las manos de Dios. 
Nuestro sufrimiento puede terminar en muerte, o puede 
terminar en la sanidad. En cualquier caso, estamos en las 
manos del Padre. 
Esto nos lleva a la última lección que podemos apren-
der acerca del sufrimiento de la cruz: El sufrimiento creativo 
exige que nos rindamos a Dios. Pienso que es significativo 
que Jesús murió en una cruz. Los judíos usaban la lapida-
ción para aplicar la pena de muerte y los romanos a menudo 
decapitaban a los condenados a muerte; pero Jesús murió 
en una cruz. La crucifixión nos es una forma de muerte que 
el individuo se pueda aplicar a sí mismo. Demanda la rendi-
ción total de parte del que va a ser crucificado. 
Si bien la resistencia enojada puede ser la respuesta nor-
mal al dolor y a la pérdida, no osemos mantener esa acti-
tud, porque lo único que haremos es destruirnos a nosotros 
mismos y privarnos del enriquecimiento que Dios hapla-
nificado para nosotros. Para los hijos de Dios, la rendición 
no es una resignación fatalista a un amo cruel. Más bien, es 
94 Cuando la vida se derrumba
una sumisión amorosa a un Padre lleno de gracia. La resig-
nación significa que nos “damos por vencidos” pero toda-
vía luchamos contra Dios en nuestro corazón. Rendirnos 
significa que hemos aceptado su voluntad y que confiamos 
en su poder para pasar por la experiencia. La rendición no 
quiere decir que abandonamos la lucha, más bien quiere 
decir que hemos cesado en tratar de luchar según nuestra 
sabiduría y fuerzas. Nos apoyamos en Él. 
Dos símbolos vívidos ilustran la diferencia entre luchar 
contra la voluntad de Dios y aceptar la voluntad de Dios: 
La copa en la mano de Jesús y la espada en la mano de 
Pedro. Puede parecernos valeroso el desafiar a Dios y hacer 
que todo el mundo vea que nosotros somos los dueños de 
nuestro destino y el capitán de nuestra alma; pero ese enfo-
que del sufrimiento solo consigue hacer que todo resulte 
peor. No somos menos valerosos al someternos, porque se 
requiere mucho valor para poner su vida en las manos de 
otro, especialmente cuando usted no está seguro de cuál es 
en realidad el plan general. Si sacamos la espada, perecere-
mos; si bebemos la copa, triunfaremos. 
El placer y la protección del dolor no es lo más impor-
tante en la vida. Jesús se metió deliberadamente en situa-
ciones que le trajeron sufrimiento en una forma u otra. Su 
tarea más importante en la vida era hacer la voluntad de 
Dios, sin importar cuál fuera el costo. 
La resurrección de Cristo Jesús es la evidencia de Dios 
de que lo que ocurrió en la cruz fue algo consumado, acep-
tado y triunfal. Debemos mirar siempre a la cruz desde la 
perspectiva ventajosa de la tumba vacía. Juntos, el árbol y la 
tumba nos dicen: “¡Tus sufrimientos no han sido en vano!”. 
¿Qué decidirá usted tomar: la espada o la copa? 
8
Cuando la vida se derrumba, 
¿cómo ora usted? 
Una amiga nuestra muy estimada se encontró inmersa en 
un mar de dificultades. Su esposo había quedado ciego 
y después enfermó con una enfermedad incurable. Ella 
sufrió un derrame cerebral suave y se vio forzada a dejar su 
tarea como secretaria y convertirse en una mujer que era 
“los ojos de su esposo”. Aunque tenían muchos amigos, no 
habían tenido hijos. 
Un día, intentando animarla, le dije: 
—Quiero que sepa que estamos orando por usted. 
—Lo aprecio mucho —contestó ella—. ¿Qué le están 
pidiendo a Dios que haga? 
Mientras ella esperaba mi respuesta, yo luché en mi 
mente por encontrar una respuesta apropiada. ¡Nunca 
antes me había encontrado con una pregunta así! Después 
de todo, cuando las personas sufren, usted ora por su sani-
dad (si es la voluntad de Dios), por fortaleza, por su ayuda 
especial en el dolor y cosas así. Y eso es lo le dije. 
—Muchas gracias —dijo ella—, pero por favor ore por 
algo más: Ore pidiendo que yo no pierda el valor de este 
sufrimiento. 
Por primera vez en mi ministerio, entró en mi mente la 
idea de que nuestros tiempos de sufrimiento pueden llegar 
a ser oportunidades de inversión, si aprendemos cómo orar 
acerca de ellos. Quizá lo más importante que podemos 
hacer es orar; pero, con demasiada frecuencia, en realidad 
no sabemos cómo hacerlo. De hecho, hay muchas veces en 
las que nuestras oraciones parecen inútiles y Dios parece 
que está sordo. Mi experiencia como pastor ha sido que 
96 Cuando la vida se derrumba
estas oraciones no contestadas en tiempos de sufrimiento 
han sido la causa de que más personas duden del poder y de 
la bondad de Dios que quizá de ninguna otra cosa. 
Aprendamos ahora de una experiencia que tuvo el 
apóstol Pablo cuando oraba acerca de su sufrimiento; pero 
primero de todo, pienso que nos será de ayuda si toca-
mos algunos de los llamados “problemas intelectuales” 
que algunas personas tienen en relación con la oración. 
Con franqueza, he estado estudiando el tema de la ora-
ción durante años, y hay todavía muchas preguntas que 
no puedo responder, ni creo que nadie puede hacerlo. No 
me siento desalentado por lo que no sé acerca de la oración 
porque me siento muy animado por lo que sí conozco acerca 
de la oración. 
Si esa declaración lo molesta a usted, simplemente 
tenga en cuenta que está expresando lo que los científicos 
de hoy están diciendo al estudiar y aplicar las leyes escritas 
en nuestro universo. Hay muchas cosas que ellos no cono-
cen acerca del átomo, pero notan que van progresando al 
trabajar sobre la base de lo que conocen. Un día trabajan 
sobre la base de la “teoría de las ondas” de luz y al día 
siguiente lo hacen en razón de la “teoría de las partículas”. 
Todo el que afirma que las “leyes de la naturaleza” están 
establecidas en piedra está leyendo un libro de texto anti-
guo y le iría muy bien buscarse otro más actualizado. 
Este principio ayuda a responder al argumento falsa-
mente científico de que “la oración no funciona porque, si 
lo hiciera, violaría las leyes de la naturaleza”. Un hombre 
me lo dijo un día que volábamos juntos hacia Chicago, 
y mientras que él argumentaba, ¡aquel tremendo avión 
estaba violando las leyes de la naturaleza! Dios responde 
a las oraciones, no quebrantando sus propias leyes, sino 
aplicando leyes más altas que nosotros no entendemos 
completamente. 
“¡No saque la impresión de que estoy en contra de la 
oración!”, les escucho razonar a menudo a los escépticos. 
Cuando la vida se derrumba, ¿cómo ora usted? 97
“Creo que les hace bien a las personas el orar, incluso si 
Dios, si es que hay Dios, no responde”. 
¿Pero cómo le puede hacer “bien” a una persona estar 
involucrado en una mentira religiosa? ¿Qué beneficio le 
puede venir a una persona que sufre orar consigo misma? 
No hay duda de que hay personas que se “sienten bien” des-
pués de esa clase de oración, pero se sentirían igualmente 
bien si se sentaran y hablaran con su vecino. El propósito 
de la oración no es para que yo me sienta bien, sino para ser 
bueno; y el carácter no se puede formar sobre el engaño. 
Hay ciertamente “resultados reflexivos” de la oración, pero 
eso no es lo más importante. Lo importante es que la ora-
ción nos pone en comunicación con Dios, y eso quiere 
decir que su poder está disponible para nosotros que lucha-
mos con las cargas de la vida. 
Antes de examinar la experiencia de Pablo, recordemos 
que la verdadera oración es mucho más que pedirle a Dios 
que nos dé lo que nosotros pensamos que necesitamos. 
Tenemos todo el derecho de decirle lo que pensamos que 
necesitamos, pero no vamos a su trono con exigencias. Se 
ha dicho correctamente que el propósito de la oración no es 
lograr que la voluntad del hombre se haga en el cielo, sino 
que la voluntad de Dios se haga en la tierra. He vivido lo 
suficiente para estar agradecido por ciertas oraciones no 
respondidas, y también para conocer la importancia de 
seguir el ejemplo de Jesús cuando Él oró: “Padre, si quieres, 
pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la 
tuya” (Lc. 22:42). 
Ahora, escuchemos a Pablo y aprendamos cómo orar 
acerca de nuestro sufrimiento: 
Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase 
desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, 
un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no 
me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces 
he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: 
Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la 
98 Cuando la vida se derrumba
debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien 
en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de 
Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debi-
lidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en 
angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte 
(2 Co. 12:7-10). 
Dios le había permitido a Pablo tener experiencias 
espirituales superiores en todos los sentidos a las que otros 
creyentes jamás habían tenido. Pero con estas experiencias 
venía también el peligro del orgullo; de manera que Diostuvo que equilibrarlas para prevenir que Pablo cayera. En 
un sentido, era la repetición otra vez de la historia de Job: 
Dios le permitió a Satanás que atormentara a Pablo con la 
intención de mantenerlo humilde. No sabemos con exac-
titud qué era el “aguijón en la carne” que padecía Pablo, 
ni creo que tampoco no sería necesario saberlo. Sea lo que 
fuera, hizo que Pablo sufriera; y, acechando en las sombras, 
estaba la tentación de que Pablo limitara su ministerio a 
causa de sus aflicciones físicas. 
¿Cómo oramos acerca de nuestro sufrimiento? Tal 
como yo lo veo, hay tres posibles maneras de hacerlo: 
Para comenzar, podemos orar para escapar del sufri-
miento. Esta es una respuesta normal y nadie le criticaría 
por hacerlo. Pablo oró tres veces, como Jesús lo hizo en 
Getsemaní, para que Dios le quitara aquel aguijón. Pablo 
no nos lo dice, pero quizá consultó con su buen amigo el 
doctor Lucas para ver si había remedios dados por Dios 
para aliviar o quitar su aflicción. Yo no veo nada malo en 
echar mano de los recursos que Dios nos dado para nuestro 
propio beneficio físico. Cuando el rey Ezequías se encon-
traba enfermo, el profeta Isaías le dijo que aplicara sobre la 
llaga una especie de cataplasma compuesta de una masa de 
higos; y el rey se recuperó (Is. 38:4). 
Debemos recordar que Pablo era judío de nacimiento, 
un miembro de la nación del pacto. Dios había hecho 
algunas promesas especiales a los judíos relacionadas con 
Cuando la vida se derrumba, ¿cómo ora usted? 99
bendiciones físicas y materiales. Si la nación lo obedecía y 
cumplía sus leyes, Él les proveería de lluvias para el campo, 
les daría abundantes cosechas, sus ovejas y vacas se multi-
plicarían, sus familias aumentarían y sus enemigos serían 
derrotados. “Y quitará Jehová de ti toda enfermedad” era 
también parte del pacto (ver Deuteronomio 7:7-16). ¡Qué 
base tan estupenda para una oración pidiendo sanidad! 
¿Les da Dios hoy a sus hijos las mismas bases para la 
oración? Y para empezar, ¿por qué le dio Dios a Israel esas 
promesas? 
Responderé a esas dos preguntas hablándoles de una 
experiencia que tuve en un hospital privado mientras visi-
taba a un paciente de cáncer. Cuando entré en el cuarto, 
encontré a la señora llorando. Acababa de abrir el correo 
recibido y, supuestamente, debería estar gozándose con 
las muchas expresiones de amor que sus amigos le habían 
enviado; pero, por el contrario, estaba llorando, y en su 
mano tenía un folleto. 
Tratando de sonreír, me tomó la mano y dijo: “Pas-
tor, no podía haber venido en un momento más oportuno. 
¡Vea esto!”. Y ella me entregó el folleto. Ya no recuerdo 
el título del mismo, pero el tema era la “sanidad divina”. 
El autor estaba tratando de probar que Dios siempre sana 
cuando nosotros tenemos fe, porque esta era su promesa 
en la Biblia. 
“Examinemos este libro y comprobemos las Escrituras 
que él está citando”, sugerí. Al hacerlo, nos dimos cuenta 
de que la mayoría de las citas eran del Antiguo Testamento. 
Cuando el autor citaba el Nuevo Testamento, los versículos 
no mencionaban específicamente la sanidad, y, si lo hacían, 
eran referencias a pasajes del Antiguo Testamento. Dios 
prometió sanidad y prosperidad a Israel, pero Él nunca dio 
esas promesas a la iglesia del Nuevo Testamento. 
Le expliqué a la hermana por qué Dios le había hecho 
esas promesas al pueblo de Israel. Estaban en su infancia 
como nación y, como todos los niños, tenían que aprender 
100 Cuando la vida se derrumba
principalmente por medio de las recompensas y castigos. 
La promesa de Dios era: “Si me obedecéis, os bendeciré. 
Si me desobedecéis, os disciplinaré”. Pero viene un tiempo 
cuando los hijos deben aprender a obedecer, no porque 
la obediencia sea beneficiosa, sino porque la obediencia es 
lo correcto. Deben obedecer por un impulso interno, por 
amor, y no por impulsos externos y el temor. 
Cuando Jesús vino para cumplir las promesas del Anti-
guo Testamento, eso significó que la nación de Israel había 
llegado al momento crítico de su vida. “Pero cuando vino 
el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido 
de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que 
estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción 
de hijos” (Gá. 4:4, 5). Hay una diferencia entre “niños” e 
“hijos”. Los niños son inmaduros y deben ser controlados 
mediante recompensas y castigos. Los hijos son maduros 
y tienen el privilegio de la libertad, porque los “controles” 
los tienen dentro del corazón de cada uno de ellos. La dis-
ciplina externa se ha convertido en carácter interno. 
Si bien es normal y natural que oremos para escapar del 
sufrimiento, debemos ser cuidadosos en no decirle a Dios 
que está obligado a responder a nuestra oración. El carácter 
de Dios y los principios mediante los cuales Él actúa no 
cambian de época en época, pero los métodos para tratar 
con su pueblo sí cambian. Su meta para sus hijos es la 
madurez; Él quiere que seamos hijos e hijas maduros, que 
dejemos de ser niños inmaduros que tienen que ser cons-
tantemente recompensados o disciplinados. Dios quiere 
hijos que lo obedezcan porque lo aman, no porque esperan 
recibir dones de parte de Él. 
¡Ya estamos de vuelta al montón de ceniza de Job! Fue 
Satanás quien acusó a Job de obedecer a Dios solo porque 
Dios lo había bendecido ricamente. Los amigos de Job se 
unieron a la acusación al estar de acuerdo con Satanás; si 
Job hubiera estado dispuesto a confesar sus pecados secre-
tos, Dios lo volvería a bendecir. Los que hoy día instan a 
Cuando la vida se derrumba, ¿cómo ora usted? 101
los creyentes que sufren a “tener más fe” y a ponerse en 
“buena relación” con Dios están poniéndose inconscien-
temente de acuerdo con Satanás y los amigos de Job. Nos 
están pidiendo que regresemos a la niñez en vez de crecer 
hacia la madurez. 
Dejemos bien claro que Dios puede imprimir una pro-
mesa del Antiguo Testamento en el corazón de cada uno 
de nosotros y darnos la fe para creer que la cumplirá. Aun 
cuando no todas las promesas de la Biblia fueron dirigidas 
a nosotros, sí fueron escritas para nosotros; y Dios puede 
aplicarlas a nuestra vida según Él lo vea oportuno. Pero 
debemos estar seguros de que nuestra fe es algo que Él nos 
ha dado, no algo que nosotros hemos elaborado. Cuando 
las personas están sufriendo es fácil generar “fe emocio-
nal” y hacer afirmaciones exageradas que luego nos dejan 
muy mal. 
Dios no respondió a la oración de Pablo. No le quitó 
el aguijón. La oración del apóstol para escapar del sufri-
miento quedó sin respuesta. Cuando esto les sucede a algu-
nas personas, se enojan y se amargan en contra de Dios; y 
ese enojo y amargura es con frecuencia una prueba de que 
en realidad no estaban orando con fe. La fe nos pone en 
contacto con los recursos divinos, y esos recursos divinos 
hacen posible que podamos transformar las desilusiones en 
victorias. Si hay amargura en el corazón, es que probable-
mente hubo primero egoísmo en él. Queríamos hacer las 
cosas a nuestra manera, no a la manera de Dios. 
Un domingo prediqué en este sentido y, al finalizar 
el culto, un hombre se acercó a mí para expresarme su 
desacuerdo. 
—¿Ha leído usted alguna vez Hebreos capítulo 11? 
—me preguntó—. ¿Se ha dado cuenta de las cosas tan 
maravillosas que Dios hizo por los creyentes que confiaban 
en Él? 
Le aseguré que de verdad había leído Hebreos 11 
muchas veces y que era plenamente consciente de lo que 
102 Cuando la vida se derrumba
Dios había hecho por los hombres y mujeres de fe que apa-
recen allí. Luego yo le hice una pregunta. 
—¿Se ha dado usted cuenta de la palabra “otros” en ese 
capítulo? (Abrí mi Biblia en Hebreos 11:35 y leí). “Otros 
fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de 
obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vitupe-
rios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron 
apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de 
espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de 
ovejas y de cabras,pobres, angustiados, maltratados…”. 
—¿Qué tiene que ver eso con lo que yo le dije? —pre-
guntó el hombre. 
—Simplemente esto —repliqué—. Estos creyentes 
tenían tanta fe como los grandes héroes mencionados en la 
primera parte del capítulo, no obstante, ¡Dios no los libró a 
ellos de sus sufrimientos! ¿Es que acaso eran ellos ciudadanos 
de segunda clase en el reino de Dios? 
—Pienso que no —dijo el hombre entre dientes. 
—Verá, mi amigo —le expliqué—, a veces nuestra fe 
nos libra de las dificultades, y otras veces nos mete en las 
dificultades. En cualquier caso, Dios honra nuestra fe y Él 
recibe la gloria. De hecho, me siento inclinado a creer que 
Dios a veces puede recibir mayor gloria dándonos gracia 
para vivir en medio de nuestro sufrimiento que cuando nos 
da poder para escapar de él. 
Nuestra oración acerca del sufrimiento puede optar 
por un segundo enfoque: podemos orar para aguantar 
el sufrimiento. Pablo era judío de nacimiento y, a la vez, 
ciudadano romano por iniciativa propia; y los romanos 
sabían mucho sobre aguante. Cuando el Titanic se está 
hundiendo, el capitán solo tuvo tiempo para dar un men-
saje a los miembros de la tripulación, y eso era todo lo 
que necesitaban: “¡Sean ingleses!”. Ellos sabían lo que eso 
significaba. “Sean romanos” conllevaba el mismo sentido 
y efecto en el tiempo de Pablo. 
Cuando la vida se derrumba, ¿cómo ora usted? 103
Los romanos estaban influenciados por la filosofía 
estoica que hacía hincapié en la obediencia al deber, el valor 
y la indiferencia al dolor. Sabemos que Pablo estaba fami-
liarizado con los escritos de los estoicos porque citó a dos 
de sus poetas en su discurso a los miembros del Areópago 
de Atenas (Hch. 17:28). Además, Séneca, el destacado 
filósofo romano nacido en España, fue contemporáneo de 
Pablo y uno de los más notables exponentes de la filosofía 
estoica. Tenemos muchas razones para creer que Pablo era 
un hombre valeroso y que podía haber aprendido a aguan-
tar el dolor sin quejarse. 
Pero este enfoque de “aguantar el sufrimiento” pre-
senta algunos problemas. Para comenzar, no todo el 
mundo tiene esa fortaleza interna que se necesita para ser 
un estoico. Cada uno de nosotros es diferente y no pode-
mos esperar que todos tengan la entereza de un Pablo o 
un Séneca. Leí una vez acerca de un joven predicador que 
estaba hablando en un culto que se celebraba en un centro 
para personas sin hogar, y en uno de los puntos de su ser-
món decidió citar el famoso poema de Kipling “Si…”, el 
cual comienza así: 
Si puedes conservar la cabeza cuando todos a tu 
alrededor están perdiendo la suya y te echan a ti la 
culpa… 
y continúa 
Si puedes forzar a tu corazón, nervios y tendones 
a servir tu turno después que los demás se han ido…
y concluye 
Tuya es la tierra y todo lo que hay en ella, 
y, lo que es más importante, ¡serás un hombre, hijo 
mío! 
Tan pronto como el predicador terminó de leer el poema, 
un hombre sentado en el último banco, uno de los pocos que 
104 Cuando la vida se derrumba
todavía estaban despiertos y sobrios, levantó la mano para 
hablar, y dijo: “Muy bien, pero ¿qué si tú no puedes?”. 
Pero aun si puedes, el “enfoque de aguantar” crea un 
segundo problema: Tiende a glorificar al hombre en vez 
de a Dios. ¡Nos sentimos orgullosos de nuestra fortaleza y 
valor! ¡Somos los dueños de nuestro destino! La razón que 
Dios le dio a Pablo para su aguijón en la carne fue la de 
evitar que se enorgulleciera. El aguante humano, con todo 
lo excelente que es, no resolvería el problema de Pablo; solo 
lo haría peor. 
Otra consideración es que todos tenemos solo una 
cierta cantidad de fortaleza interna y no se necesita mucho 
para agotarla. Si estoy usando toda mi fortaleza interna 
solo para aguantar mi sufrimiento, entonces no me queda 
nada para la vida diaria. Uno de los problemas con el 
enfoque humanista de la vida es que no deja espacio para 
los recursos de fuera del hombre mismo. ¿Qué hace usted 
cuando estos recursos se agotan? Si estoy canalizando toda 
mi fortaleza en aguantar, entonces ¿de dónde saco el poder 
para cuidar de mi esposa e hijos, para ser amable con mis 
vecinos y para hacer mi contribución a la vida? 
Por último, el enfoque de aguantar puede llevar a una 
forma de sutil hipocresía: Ponemos una “buena fachada” 
cuando los demás nos están mirando, y luego nos desmo-
ronamos cuando la soledad nos domina. Aparte del hecho 
de que un día nos pueden pillar mostrando caras diferen-
tes, está el problema más grave de vivir una mentira. El uso 
correcto del sufrimiento puede ayudar a formar el carácter, 
pero una vida de fingimientos erosiona el carácter, aun si 
nuestro fingimiento tiene la intención de proteger a las per-
sonas que amamos. 
Es posible que aguantar sea el mejor enfoque con el 
que cuentan los no creyentes para el problema del sufri-
miento, pero los hijos de Dios conocen un camino mejor: 
Podemos orar a Dios para hacer que el sufrimiento trabaje a 
favor nuestro. 
Cuando la vida se derrumba, ¿cómo ora usted? 105
Si oramos para escapar del sufrimiento, entonces estoy 
diciendo que el sufrimiento es mi enemigo y debo evitarlo. 
De esa forma puedo estar frustrando el plan de Dios. Si oro 
para aguantar el sufrimiento, estoy diciendo que el sufri-
miento me domina, y me veré a mí mismo en esclavitud 
cuando Dios me ha creado para ser libre. Si el sufrimiento 
no tiene que ser mi enemigo ni tampoco dominarme, ¿cuál 
es entonces mi relación con el sufrimiento? La respuesta 
que Dios le dio a Pablo es: El sufrimiento debe llegar a ser 
tu siervo. 
En otras palabras, si usted ora para escapar del sufri-
miento, y Dios no le responde, no ore para simplemente 
aguantarlo. Ore para hacer que el sufrimiento trabaje a 
favor de usted, no en contra suya. 
Cuando me estaba recuperando del accidente de auto-
móvil que ya he mencionado, comencé a recibir cartas 
escritas a máquina de una persona completamente desco-
nocida que se había enterado de mi experiencia. Las cartas 
eran sabias, alentadoras y llenas de humor; dieron paso no 
solo a una correspondencia, sino también a una amistad. 
Descubrí que el escritor, George Hipshire, vivía en una 
comunidad vecina, y que era ciego, diabético y que tenía 
una pierna artificial. 
Hablamos por teléfono varias veces; y, luego, cuando 
me encontré suficientemente recuperado para manejar de 
nuevo el auto, fui a verlo para conocerlo en persona. Nues-
tra amistad creció, y con alguna frecuencia iba a recogerlo 
para salir a comer juntos. Una vez me quedé desorientado 
y perdido en un estacionamiento público, y George tuvo 
que darme direcciones para encontrar el restaurante que 
íbamos buscando. ¡Fue literalmente un caso de un ciego 
dirigiendo a otro ciego! 
George era realmente una personal singular. Tenía 
todas las razones para arrojar la toalla en la vida, no obs-
tante, contaba con un entusiasmo por la vida que hacía 
que los sanos quedaran avergonzados. (Tengo que añadir 
106 Cuando la vida se derrumba
que además de cuidar de sus propias necesidades, también 
cuidaba de su anciana madre). Escribía poemas excelen-
tes; tocaba el piano bastante bien y cantaba de forma muy 
entonada. Gozaba de un buen sentido del humor que me 
hacía disfrutar de su compañía. Hubo más de una ocasión 
cuando este predicador fue a animar a George solo para 
salir de su casa mucho más alentado y consolado de como 
había entrado. 
Más tarde, su diabetes empeoró y George perdió su 
otra pierna. Esto lo dejó limitado a una silla de ruedas, 
pero no logró disminuir su espíritu o su capacidad para 
ministrar. Todavía visitaba las iglesias y hogares de ancia-
nos, cantaba himnos y recitaba poemas y daba a cono-
cer su fe en Cristo. Si alguien daba evidencias de sentir 
lástima de él, George rápidamente lo corregía. Cuando 
murió, nosotros ya no vivíamos en la zona donde él resi-
día, pero amigos mutuos me dijeron que él marchó a la 
gloria de forma triunfante. 
George Hipshire no era perfecto. Él también tenía sus 
días malos comoel resto de nosotros, pero la nota sobresa-
liente en su vida era la de un servicio gozoso a los demás. 
Había aprendido a usar sus sufrimientos para su beneficio 
y el de otros. Yo no sé si George escuchó alguna vez hablar 
acerca de Harold Russell, un hombre que perdió sus manos 
en la Segunda Guerra Mundial y se convirtió en un actor 
y autor famoso, así como también en un motivador de 
los minusválidos; pero George con toda seguridad habría 
estado de acuerdo con la filosofía de la vida de Russell: “Lo 
que cuenta no es lo que has perdido, sino lo que te queda”. 
Así, pues, ¿cómo podemos hacer que nuestros sufri-
mientos trabajen a favor nuestro y no en contra nuestra? 
En la experiencia de Pablo podemos descubrir algunos de 
los pasos que nosotros podemos dar. 
Primero, debemos aceptar nuestro sufrimiento como un 
don de Dios. “Me fue dado un aguijón en mi carne”, escri-
bió Pablo. ¡Qué don tan extraño! Déjeme recordarle que la 
Cuando la vida se derrumba, ¿cómo ora usted? 107
aceptación no es resignación, no es rendirse. La resignación 
es una actitud pasiva que bordea el fatalismo. La acepta-
ción es la cooperación activa con Dios, y siempre incluye 
gratitud. Puede que yo no siempre sea capaz de estar agra-
decido por lo que ha ocurrido, pero puedo estar agradecido 
en lo que ha sucedido. Esta actitud de gratitud y aceptación 
es lo que le quita el veneno al sufrimiento y nos evita el 
amargarnos en contra de Dios. 
Todo esto, por supuesto, es un acto de fe y debe proce-
der del corazón. Si todavía no estamos dispuestos a aceptar 
lo que Dios nos ha dado, debemos entonces pedirle que nos 
“dé la disposición de estar dispuestos”. Cuanto más nos 
oponemos a Dios, tantas más oportunidades perderemos 
de recibir sus bendiciones y ministrar a otros. 
Segundo, debemos acudir a Dios y entregarle lo que Él 
nos ha dado. Solo cuando vemos nuestra experiencia como 
un don de Dios para nosotros, podemos devolvérselo como 
nuestro don para Él. Sí, es apropiado poner sobre el altar 
nuestro dolor como un acto de adoración para la gloria 
de Dios. Él puede santificar el dolor tan fácilmente como 
santifica el servicio, si lo dejamos hacerlo. 
Tercero, debemos prestar atención a su mensaje. Al prin-
cipio Dios no le dijo nada a Pablo, a pesar de que él había 
orado fervientemente tres veces. Pero el silencio de Dios no 
debiera desalentarnos. Aun cuando no nos habla, Él está 
sufriendo con nosotros y preparándonos para su palabra 
especial. Por fin, su mensaje le llegó a Pablo: “Bástate mi 
gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. 
Pablo pudo darse cuenta de cuán débil era él y cuán fuerte 
era Dios. Descubrió que la gracia y el poder de Dios eran 
suficientes para identificar su sufrimiento y hacer que tra-
bajara para él. 
Ya dije antes que la debilidad fatal en el enfoque huma-
nista del sufrimiento es que nos fuerza a ser suficientes en 
nosotros mismos y no depender de nadie. Si bien podemos 
echar mano de recursos externos para la fortaleza física, no 
108 Cuando la vida se derrumba
contamos con la posibilidad de los recursos externos para la 
fortaleza espiritual. Pero llegan momentos cuando se agotan 
nuestros propios recursos; y entonces, ¿qué hacemos? 
Los hijos de Dios tienen un abastecimiento inagotable 
de todo lo que necesitan a causa de la gracia de Dios. Nues-
tro Padre es “el Dios de toda gracia” (1 P. 5:10). La pro-
mesa es que “él da mayor gracia” (Stg. 4:6). Gracia significa 
que todo lo que recibimos, no lo merecemos, ni lo hemos 
ganado o hemos hecho méritos para ello. La gracia de Dios 
fluye generosamente de su corazón amoroso a causa de lo 
que Cristo hizo por nosotros en la cruz. 
Cuando usted sabe que es fuerte, es débil; pero cuando 
sabe que es débil, entonces es fuerte. Nuestra confesión de 
debilidad no es una admisión de derrota. Es una solici-
tud de victoria. “Porque cuando soy débil”, confesó Pablo, 
“entonces soy fuerte”. 
Debemos aceptar nuestro sufrimiento como un don de 
Dios y entonces devolvérselo a Él. Debemos estar atentos 
al mensaje de Dios y, mientras lo hacemos, depender de la 
gracia divina. Por último, debemos vivir para la gloria de 
Dios. La frase clave en 2 Corintios 12:10 es “por amor a 
Cristo”. “Dios, no me digas por qué sufro, porque sé que 
soy indigno de saberlo”, dice una antigua oración jasídica, 
“pero ayúdame a creer que sufro por tu amor”. 
Dios puede conferir gloria presente del sufrimiento 
de sus hijos; pero Él también promete futura “alabanza, 
gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 
1:7). “Porque esta leve tribulación momentánea produce 
en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de 
gloria” (2 Co. 4:17). 
Cuando cosas malas les suceden a los hijos de Dios, 
ellos deben, por supuesto, orar. Pero debemos ser cuidado-
sos a fin de no tratar de manipularlo para que haga lo que 
nosotros queremos en vez de hacer su voluntad. Me encon-
tré con esta declaración de F. W. Robertson que resume 
muy bien lo que he tratado de decir acerca de la oración: 
Cuando la vida se derrumba, ¿cómo ora usted? 109
La vida es mucho más santa cuando hay menos petición 
y deseo, y más esperar en Dios; cuando las peticiones se 
convierten en la mayoría de los casos en acciones de gra-
cias. Ore hasta que sus oraciones lo hagan olvidarse de 
sus propios deseos y lo integren en la voluntad de Dios. 
La divina sabiduría nos ha dado la oración, no como un 
medio por el cual obtener las cosas buenas de la tierra, 
sino como el medio mediante el cual aprendemos a fun-
cionar sin ellas; no como un medio para escapar del mal, 
sino como un medio para llegar a ser más fuertes para 
enfrentarlo. 
Phillips Brooks estaría de acuerdo con él: 
No ore pidiendo una vida fácil. Ore pidiendo ser un hom-
bre fuerte. No ore pidiendo una tarea equivalente a sus 
fuerzas. Ore por un poder que sea igual a sus tareas. 
Cómo el sufrimiento y la gracia de Dios pueden hacer 
que seamos “hombres y mujeres más fuertes” es el tema de 
nuestro siguiente capítulo. 
9
Carácter 
El reto principal en la vida de cada uno de nosotros no 
es explicar el sufrimiento, sino más bien ser la clase de 
personas que pueden enfrentarse al sufrimiento y hacer 
que este trabaje a nuestro favor y no en contra nuestra. 
“Si las aflicciones refinan a algunos, también consumen a 
otros”, dijo el predicador puritano Thomas Fuller; y estaba 
en lo correcto. Nadie va a negar que lo que nos ocurre a 
nosotros es importante, pero lo que ocurre en nosotros es 
también importante, porque eso determinará lo que sucede 
por medio de nosotros. 
Estoy hablando, por supuesto, acerca del carácter; y si 
bien no quiero que este capítulo suene como un discurso 
de graduación de estudiantes de secundaria, encuentro que 
no puedo tratar con el sufrimiento y evitar sinceramente el 
tema del carácter. El carácter es la materia prima de la vida. 
“El hombre”, dijo Alexis Carrell, “es a la vez el mármol y 
la escultura”. La reputación es lo que usted piensa que yo 
soy, pero el carácter es lo que Dios y yo sabemos que yo soy. 
Hay un sentido en el cual el sufrimiento ayuda a hacer a un 
hombre o a una mujer; pero hay también un sentido en el 
que el sufrimiento revela el material del que estamos hechos. 
Algunas personas lidian con las pruebas huyendo de 
ellas, bien física o emocionalmente. Echan mano de las 
llaves del auto o de un boleto de avión, buscan una pasti-
lla, una aguja, una botella… o una pistola. Otras personas 
no hacen nada cuando la tragedia las golpea; se quedan 
paralizadas. Tenemos que llevarlas de la mano como niños 
pequeños y tratar de sacarlas del laberinto. 
La mayoría de las personas ofrecen alguna forma de 
resistencia, aunque sea solo quejándose y mostrándole los 
Carácter 111
puños al cielo. La resistencia es mejor que esa clase de resig-
nación que renuncia a Dios, a la vida, a otras personas y 
a toda esperanza de mejorar. Al menos el que sufre y se 
resiste mantiene alguna forma de control activo. Las ver-
daderas dificultadescomienzan cuando nos hacemos pasi-
vos. El abordamiento pasivo del sufrimiento nunca puede 
edificar el carácter. El hombre debe, con la ayuda de Dios, 
ser el escultor. 
Eso significa que nuestra actitud debe ser la de acep-
tación con la vista puesta en el crecimiento. Si es que vamos 
a obtener algo bueno de nuestras pruebas, tenemos que 
poner algo en ellas. “Dondequiera que las almas son pro-
badas y desgarradas, en cualquier lugar común o forma 
casera”, dijo Phillips Brooks, “allí Dios está labrando los 
pilares de su templo”. Cualquier cosa que una persona 
pueda tener, si carece de carácter, no tiene nada”. 
Por sí mismo, el sufrimiento no forma el carácter. El 
mismo sol que derrite el hielo también endurece el barro. 
Todos nosotros necesitamos “ayuda exterior”, y esa ayuda 
viene solo de Dios. Cuando David escribió el Salmo 18 y 
luego miró en retrospectiva a aquellos años de dificultades 
de persecución y destierro, le dijo a Dios: “Me diste asi-
mismo el escudo de tu salvación; tu diestra me sustentó, 
y tu benignidad me ha engrandecido” (Sal. 18:35). David 
contaba con una tremenda potencialidad que solo se podía 
liberar mediante el sufrimiento y la gracia divina. 
El proceso mediante el cual Dios forma el carácter lo 
encontramos bosquejado en Romanos 5:1-5: 
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios 
por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también 
tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual esta-
mos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria 
de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos 
en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce 
paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; 
y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios 
112 Cuando la vida se derrumba
ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu 
Santo que nos fue dado. 
El proceso mediante el cual Dios forma el carácter en 
sus hijos comienza con el sufrimiento. La palabra griega que 
se usa aquí significa “presión, restricciones, confinamiento, 
prensado junto”. Puede referirse a dificultades exteriores o 
a angustia interior. Esa palabra se usaba para describir el 
proceso de prensar las uvas o las aceitunas en la prensa. 
El que Dios pueda o no pueda formar el carácter en 
este mundo aparte del sufrimiento es otra pregunta hipo-
tética que no debiera detenernos. Al menos en el mundo 
que conocemos, se requieren pruebas para hacer algo bello 
y útil de las materias primas de la vida. El estudiante que 
lucha con la búsqueda de la verdad desarrolla su inteligen-
cia; la lucha del atleta con su propio récord y con sus con-
trincantes lo ayuda a desarrollar músculos y coordinación; 
el músico desarrolla sus habilidades al luchar con piezas 
musicales más difíciles; y el alma que lucha con las pruebas 
de la vida ayuda a la formación del carácter. 
Pienso que una de las razones es porque las demandas 
de la vida nos ayudan a desarrollar disciplina y dominio 
propio. Mucho de lo que sucede a nuestro alrededor está 
más allá de nuestro control; pero sí podemos controlar lo 
que sucede dentro de nosotros. Pablo lo llamó paciencia, que 
significa “perseverar, la capacidad de seguir con ello y no 
desmayar”. “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; 
y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una 
ciudad” (Pr. 16:32). 
Esta “paciencia valiente” produce a su vez carácter. 
Esta palabra significa “la cualidad de ser aprobado”. ¡Usted 
ha pasado el examen! Job tenía esto en mente cuando dijo: 
“Mas él que conoce mi camino; me probará, y saldré como 
oro” (Job 23:10). Cuando un cateador llevaba sus muestras 
de mineral al ensayador para probarlas, las muestras no 
eran lo más importante. El informe del ensayador era lo 
que de verdad importaba, porque si decía que las muestras 
Carácter 113
eran de verdad oro, el cateador era rico. La aprobación de la 
prueba abría una mina completa de oro, lo que era mucho 
más valioso que las muestras. 
Lo mismo sucede con el carácter que se forma como 
resultado de las pruebas de la vida: Abre los recursos de 
Dios. La palabra que se traduce como “carácter” en Roma-
nos 5:4 se usaba en el tiempo de Pablo para hablar del 
oro probado en el fuego, así como también de los solda-
dos que probaban su valor en el campo de batalla. Es una 
experiencia emocionante para un entrenador ver cómo el 
joven atleta vence nuevos obstáculos y desarrolla nuevas 
habilidades, o para un instructor observar a un músico 
disciplinar su cuerpo y conquistar nuevos retos. 
¿Tiene Dios el derecho de hacer sufrir a otras personas 
solo porque de esa forma me ayuda a mí a desarrollar el 
carácter? ¿No es el precio demasiado elevado? Podemos 
quizá pasar por alto el ganado, pero no podemos olvidar-
nos de que los hijos y los siervos de Job (con la excepción 
de los mensajeros) murieron como parte de la controversia 
de Dios con Satanás. Una cosa es que Dios le permita a 
Satanás que prive a Job de su riqueza y salud; pero ¿por qué 
tienen que perder su vida los hijos y siervos de Job a fin de 
hacerle a él un hombre mejor? Este enfoque de la formación 
del carácter parece que hace de Dios un ser irresponsable. 
Debemos ser muy cuidadosos cuando usamos la palabra 
“responsable” en referencia a Dios. ¿Responsable ante quién? 
Por supuesto, no a una autoridad superior, porque no hay 
una autoridad superior a Dios. ¿Responsable ante su pue-
blo? Él es ciertamente responsable de cumplir sus promesas, 
pero nunca nos ha prometido una vida fácil. Y queremos ser 
cuidadosos en no adoptar la filosofía de la vida de Satanás 
que requiere que Dios nos proteja de las dificultades y sufri-
mientos en respuesta a nuestro amor y obediencia. 
El rabí Kushner expresó el sentimiento de muchas 
personas perplejas cuando escribió: “He visto enfermarse 
a las personas que no debían, sufrir a los que no debían, 
114 Cuando la vida se derrumba
morir jóvenes a los que no debían”.6 Si bien confieso que 
es fácil sentir de esa forma, la reflexión cuidadosa me dice 
que esta forma de pensar no contribuye en nada a la vida 
de la persona que sufre. En realidad, se acerca a la posición 
peligrosa de jugar a ser Dios en la vida de las personas. 
Porque, después de todo, si yo tengo la capacidad de 
decidir quiénes son los justos, las personas que no debieran 
enfermar, sufrir o morir, entonces también tengo la capa-
cidad para decidir quiénes son los injustos. Puede que otros 
quieran asumir esta tremenda responsabilidad, pero yo no 
quiero hacerlo. Estoy listo para dejar los asuntos de la vida 
y de la muerte en las manos de Dios y estar de acuerdo con 
la declaración de fe que Abraham nos dejó: “El Juez de 
toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25). 
Acusar a Dios de obrar mal porque “personas inocen-
tes” mueren a fin de que un hombre pueda desarrollar su 
carácter es, pienso yo, un poco atrevido de parte de cual-
quiera. Millones de hombres y mujeres maravillosos dieron 
su vida en la guerra con el fin de lograr que se produjeran 
cambios mucho menos permanentes y, no obstante, los 
honramos por su sacrificio. Además, no era solo Job el que 
estaba involucrado en este conflicto: La experiencia de Job 
ha sido de gran ayuda y ánimo para millones de personas 
que sufrieron a lo largo de los siglos. Si bien nosotros no 
medimos las experiencias dolorosas de un hombre en tér-
minos de “clientes satisfechos”, tampoco podemos ignorar 
los efectos de largo alcance de las terribles experiencias 
de Job. 
Cuando comenzamos a hacer preguntas como “¿Por 
qué permitió Dios que los diez hijos inocentes de Job 
murieran en un tornado?”, estamos sacando asuntos que 
crean niebla en vez de luz. Tenemos tanto derecho a pre-
guntar eso como “¿Por qué Dios permitió que nacieran 
estos hijos si Él sabía que un día los mataría una tor-
menta?”. En tiempos de Job, el nacimiento de diez hijos 
sanos era considerado una bendición; pero todo lo que en 
Carácter 115
esta vida puede bendecir mi corazón tambiénpuede rom-
perlo. Job nunca planteó ninguna de estas preguntas. Él 
simplemente dijo: “…Jehová dio, y Jehová quitó; sea el 
nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). 
Dios conoce cuáles son las mejores herramientas para 
usarlas en la formación de nuestra vida. Algunas personas 
se enfrentan a pruebas más duras en la prosperidad que en 
la adversidad. Se ha dicho muy correctamente que no es 
fácil cargar con una copa llena. Sabemos que Dios, en su 
amor y sabiduría, permite que suframos, y que este sufri-
miento puede producir paciencia y perseverancia, lo cual, a 
su vez, produce carácter. Nuestra palabra carácter viene en 
realidad de un término griego que significa “herramienta 
para grabar, un cuño para estampar (imprimir) una ima-
gen”. Se usa solo una vez en el Nuevo Testamento para refe-
rirse a Cristo Jesús en Hebreos 1:3 para describirlo como la 
“representación exacta” del ser de Dios. 
En otras palabras, el carácter no es algo que resulte 
barato. Las pruebas de la vida pueden ser las herramientas 
de Dios para grabar su imagen en nuestro carácter. Puede 
que las experiencias no sean muy placenteras, pero son 
beneficiosas. 
Pablo afirma que el carácter produce esperanza. En la 
Biblia, “esperanza” no es “espero que sí”, que es la actitud 
de un niño en la Navidad. La esperanza en la Biblia es 
confianza en el futuro. Si hemos experimentado la fideli-
dad de Dios en las aflicciones de la vida, entonces sabemos 
que Él puede manejar todo lo que esté por delante. De 
hecho, “nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” 
(Ro. 5:2). ¡Es imposible separar en la voluntad de Dios el 
sufrimiento y la gloria! Las personas de verdadero carácter 
piadoso no son ni optimistas ni pesimistas, sino realistas 
que tienen confianza en Dios. 
El proceso de formar el carácter no es fácil, y por esa 
razón Dios nos ha provisto de recursos que nos capacitan 
116 Cuando la vida se derrumba
para crecer. Esas provisiones espirituales pertenecen a 
todos los hijos de Dios porque ellos han puesto su fe en 
Cristo Jesús. 
La primera provisión es paz con Dios porque hemos 
sido aceptados por Dios por medio de Cristo Jesús. En 
un tiempo, éramos enemigos de Dios; pero por medio de 
la obra de Cristo en la cruz, estamos ahora reconciliados 
con Dios (Ro. 5: 10). Eso quiere decir que Dios es nuestro 
Padre y ya no estamos en guerra con Él. Cuando vivía-
mos nuestra propia vida, para nuestros placeres, estába-
mos fuera de la voluntad de Dios y todo estaba en contra 
nuestra. Pero ahora somos parte de su familia, y Él está 
disponiendo que todas las cosas sean para nuestro bien a 
fin de que nosotros podamos llevar a cabo sus propósitos. 
La segunda provisión es que tenemos entrada a Dios: 
“Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gra-
cia en la cual estamos firmes” (Ro. 5:2). “El hombre nace 
roto”, escribió el poeta Eugene Field. “Vive como un vaso 
pegado. El pegamento es la gracia de Dios”. 
Uno de los problemas principales de Job era su senti-
miento de que no tenía acceso a Dios. “Puesto que no son 
ocultos los tiempos al Todopoderoso”, decía Job, sugiriendo 
que Dios debería tener horas regulares de oficina para escu-
char quejas, “¿por qué los que le conocen no ven sus días?” 
(Job 24:1). Pero el error de Job estuvo en querer tener acceso 
a Dios con el fin de poder decirle a Dios qué hacer, no para 
saber qué es lo que Dios quería que él hiciera. 
Nuestro acceso a Dios nos proporciona la gracia divina, 
los recursos espirituales que necesitamos para transformar 
los padecimientos en triunfos. “Dios no eliminó la realidad 
del mal, sino que lo transformó”, escribió Dorothy Sayers. 
“Él no paró la crucifixión, sino que resucitó de entre los 
muertos”. Queremos que Dios resuelva el problema del 
sufrimiento mediante el método de sustitución, esto es, 
dándonos salud en vez de enfermedad, riqueza en vez de 
pobreza, amistad en vez de soledad, cuando su enfoque 
Carácter 117
es usar el método de la transformación. Él transformó la 
debilidad de Pablo en fortaleza y su sufrimiento en gloria. 
Una de las mujeres más asombrosas que ha servido a 
Dios y a la humanidad que sufre fue Amy Carmichael. 
En 1895, dejó la comodidad de su hogar en Inglaterra y 
se marchó a la India como misionera, y permaneció allí 
durante los siguientes cincuenta y seis años. Arriesgó su 
vida para salvar a niños pequeños de la supersticiosa escla-
vitud que los destruía como “siervos del templo”. En 1931, 
sufrió una grave caída y quedó confinada en su cuarto los 
siguientes veinte años. Durante ese tiempo, ella sufrió de 
casi continuos dolores, no obstante, se las arregló para 
trabajar en la misión e incluso escribió trece libros. Ella 
escribió: “Debemos aprender a orar mucho más por la 
victoria espiritual que por protección de las heridas de la 
batalla, alivio de su confusión, descanso de sus dolores… 
Este triunfo no es liberación de, sino victoria en, y eso no 
de forma intermitente, sino perpetua”. 
La tercera provisión es el amor de Dios: “…porque el 
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones 
por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5:5). Dios 
demostró su amor en la cruz cuando Jesús murió por los 
pecadores perdidos, pero también nos hace partícipes de 
su amor de forma personal. Cuando abrí los ojos en la Uni-
dad de Cuidados Intensivos después de mi accidente de 
automóvil, sentía dolor, estaba conectado a varios tubos y 
máquinas que controlaban mi vacilante funcionamiento y, 
con todo, estaba lleno con la seguridad del amor de Dios. En 
todos aquellos días críticos, experimenté este amor; y fue 
una gran fuente de ánimo para mí. 
El amor es una gran fuerza para la formación del carác-
ter. El amor es personal y sacrificado. El amor es paciente. 
Dios puede crear las galaxias mediante solo su poder, pero 
para edificar a las personas se requiere además amor. Saber 
que Dios nos ama nos ayuda a quitarle el veneno al dolor 
y el egoísmo al sufrimiento. No es un sentimiento que 
118 Cuando la vida se derrumba
 nosotros fabricamos; sino más bien es un don que el Espí-
ritu comparte con nosotros. 
Los hijos de Dios tienen su Espíritu que mora en ellos, 
y el Espíritu de Dios reproduce el carácter divino en nues-
tra vida. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, 
paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, tem-
planza;” (Gá. 5:22, 23). Algunas personas, cuando sufren, 
manifiestan egoísmo y no amor, quejas y no gozo, agita-
ción y no paz. Son a menudo impacientes, poco amables 
(especialmente con los que cuidan de ellos), irritables, des-
agradables y difíciles para vivir con ellos. ¿Por qué? Porque 
se están entregando a sus propias emociones y sentimientos 
en vez de rendirse al Espíritu Santo dentro de ellas. Aparte 
de su poder, los hijos de Dios nunca pueden formar el 
carácter como resultado de la aflicción. 
Todo esto nos lleva a la libertad, una de las más grandes 
bendiciones del carácter que surgen del sufrimiento de la 
persona. Cuando alguien enfrenta y conquista la aflicción, 
ha desarrollado la clase de carácter que lo prepara para la 
libertad. El pianista que se ha disciplinado a sí mismo con 
la escala musical tendrá un día la libertad de improvisar. 
El atleta que se ha ejercitado con disciplina tiene la libertad 
de jugar el partido y ganar. El artista o escritor que se ha 
disciplinado a sí mismo para dominar ese arte desarrolla la 
libertad de crear su propia belleza. 
El sufrimiento es una de las herramientas que Dios usa 
para desarrollar el uso maduro de la libertad. Las marione-
tas y los robots no sufren; las personas creadas a la imagen 
de Dios sufren. Somos libres para someternos o libres para 
rebelarnos. Cómo respondemos determinará si el sufri-
miento va a derrumbarnos o nos va a edificar. Si abandono, 
entonces el sufrimiento termina dominándome y pierdo 
mi libertad. Si me someto y confío en Dios, el sufrimiento 
puede convertirme en siervo y creceré en mi libertad. 
Confío en no haberle dado la idea de que todo esto es 
fácil,pues no lo es. Las cosas que importan más, como el 
Carácter 119
carácter, son las que siempre cuestan más. Y confío que 
no le haya llevado a pensar que los hijos de Dios nunca 
titubean o caen en sus experiencias de aflicción, porque sí 
que lo hacen. Cometemos errores, pero hemos de seguir 
adelante. Justo cuando creemos que hemos logrado tener 
las cosas bajo control, surge un nuevo problema. 
Sí, en medio de todas estas dificultades, tenemos paz 
con Dios, acceso a la gracia de Dios, la esperanza de la 
gloria de Dios y el testimonio interno del amor de Dios. 
Todo esto nos pertenece a causa de lo que Cristo Jesús 
hizo en el Calvario. Él no solo murió por nuestros pecados, 
para que pudiéramos ser hijos de Dios; también murió por 
nuestros sufrimientos, para que pudiéramos ser capaces de 
participar en el carácter y en la gloria de Dios. Y si Él hizo 
todo esto por nosotros cuando éramos pecadores y ene-
migos de Dios, ¡cuánto más hará ahora que somos hijos 
de Dios! 
—¿Por qué me ha creado Dios a mí así? —le preguntó 
a su pastor una sufrida mujer lisiada. 
A lo que él contestó sabiamente: 
—Dios no la hizo a usted, ¡Él la está haciendo a usted! 
El Artesano es nuestro buen Padre celestial. Nosotros 
somos la materia prima. El sufrimiento es la herramienta. 
El carácter es el producto. 
10
Usted nunca sufre solo 
Los sufrimientos que usted y yo experimentamos o bien 
involucrarán a otros o nos aislarán de otros. Edificaremos 
muros o puentes dependiendo de la actitud que tengamos. 
He observado a las personas edificar muros de lástima de sí 
mismos, resentimiento, amargura e incredulidad; y, detrás 
de esos muros, se han consumido en soledad, inmadurez y 
pobreza emocional y espiritual. 
Por otro lado, he visto a personas que sufrían que se 
dedicaban a edificar puentes y extender manos amorosas 
hacia otros heridos. He visto a estas personas madurar y 
crecer en una comunión más profunda con Dios y con 
otros seres humanos. Sus experiencias resultaron enrique-
cedoras y alentadoras porque pensaron en otros. “Los que 
sufrimos no estamos solos”, escribió Helen Keller, “Somos 
parte de la compañía más grande del mundo, la compañía 
de los que han conocido el sufrimiento… La vida nunca es 
en vano siempre que pueda aliviar los dolores de otros…”. 
El apóstol Pablo tenía el mismo mensaje en mente 
cuando escribió las siguientes palabras surgidas de su pro-
pia profunda experiencia de aflicción: 
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, 
Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual 
nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que 
podamos también nosotros consolar a los que están en 
cualquier tribulación, por medio de la consolación con 
que nosotros somos consolados por Dios… Porque her-
manos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribu-
lación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados 
sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo 
Usted nunca sufre solo 121
que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero 
tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para 
que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios 
que resucita a los muertos; el cual nos libró, y nos libra, 
y en quien esperamos que aún nos librara, de tan gran 
muerte; cooperando también vosotros a favor nuestro con 
la oración (2 Co. 1:3, 4, 8-11). 
¡Parece increíble que un gran santo como el apóstol 
Pablo pudiera estar tan abrumado y desalentado que casi 
estuviera a punto de arrojar la toalla! Pero no lo hizo por-
que sabía que Dios todavía estaba con él y con sus amigos 
que oraban por él. Como fruto de sus experiencias, Pablo 
se hizo mucho más sensible hacia el dolor de otros y se vio 
mejor preparado para consolarlos. Aprendió a despojarse 
de la lástima por sí mismo y buscar oportunidades para 
ayudar a alguien que estuviera en necesidad. Procuró prac-
ticar lo que dice en Romanos 12:15: “Gozaos con los que se 
gozan; llorad con los que lloran”. 
Cuando sufrimos, resulta fácil hacerse egoísta. El pla-
cer por lo general se enfoca en algo fuera de nosotros mis-
mos, pero el dolor es una “tarea interior”. Podemos por lo 
general hacer partícipes a los demás de nuestros placeres, 
pero es muy difícil compartir nuestro dolor. Si no somos 
cuidadosos, podemos ir aislándonos gradualmente de los 
demás; y eso puede llevar al aislamiento de la realidad y de 
la vida. En tiempos de aflicción, necesitamos a otros tanto 
como ellos nos necesitan a nosotros. 
Sin embargo, no queremos dar esa clase de “consuelo” 
que los amigos de Job le dieron a él. “Consoladores moles-
tos sois todos vosotros”, les dijo Job (16:2). También los 
llamó “médicos nulos” (13:4) que estaban equivocados 
tanto en el diagnóstico como en el remedio. Job los com-
paró a los arroyos secos del desierto que solo llevan agua 
en la temporada de lluvias. “El atribulado es consolado 
por su compañero”, dijo Job. “Pero mis hermanos me 
122 Cuando la vida se derrumba
 traicionaron como un torrente… Se apartan de la senda 
de su rumbo, van menguando, y se pierden” (ver 6:14-20). 
Se puede escuchar el tono sarcástico de la voz de Job 
al decir a sus amigos: “¿En qué ayudaste al que no tiene 
poder? ¿Cómo has amparado al brazo sin fuerza? ¿En qué 
aconsejaste al que no tiene ciencia, y qué plenitud de inte-
ligencia has dado a conocer?” (26:2, 3). 
Hay que reconocer que estos hombres al menos se 
mantuvieron en contacto con Job y sabían que andaba en 
dificultades. También los admiramos por viajar grandes 
distancias para estar aliado de Job en sus tribulaciones. Se 
sentaron en silencio a su lado durante una semana mos-
trándole su simpatía. No es siempre necesario hablar a fin 
de animar a alguien. Simplemente estar allí e interesarse es 
de gran ayuda para el que sufre. 
¿Qué sucedió que cambió todo? ¿Por qué estos amigos 
terminaron convirtiéndose en parte del problema en vez 
de ser parte de la solución? ¿Cómo podemos aprender de 
sus errores y ser más capaces de expresar el amor de Dios y 
consolar a los que sufren y lloran? 
Su primer error fue que ellos reaccionaron a las palabras 
de Job en vez de hacerlo a sus sentimientos. Aquí tenemos a 
un hombre que estaba aplastado por las dificultades y ellos 
se dedicaron a argumentar con él. ¿Por qué? Porque escu-
chaban con los oídos y no con el corazón. 
El sufrimiento hace que las personas se comporten de 
forma extraña, incluso los creyentes maduros que creen 
que pueden manejar la vida. El dolor rompe la resistencia 
de la persona y eso lleva al temor. El que sufre comienza 
a preguntarse: “¿Estoy perdiendo el control de mi propia 
vida?”. El temor lleva a la inseguridad, y entonces todo 
se convierte en una amenaza para nosotros. Eso ayuda a 
explicar por qué las personas que sufren se ponen a veces 
casi violentas y se vuelven contra los seres a los que aman. 
A menos de que usted haya tenido algo de experiencia en 
Usted nunca sufre solo 123
el sufrimiento, le puede resultar difícil aceptar lo que las 
personas afligidas dicen o hacen. 
Hay una razón por la que los amigos de Job estaban a la 
defensiva: Job era una amenaza para ellos. Estos tres hom-
bres tenían su teología finamente empaquetada, y esto les 
daba a ellos un sentido de seguridad. Pero la experiencia de 
Job no solo deshizo su fino paquete, sino que desparramó 
todo el contenido por el suelo. Ellos no podían explicar por 
qué un hombre piadoso sufría, y eso quería decir que lo que 
le había ocurrido a Job les podía ocurrir a ellos. 
Dios no nos llamó a ser fiscales acusadores. Nos llamó 
a ser testigos de su gracia y consuelo. Dios “nos consuela 
en todas nuestras tribulaciones, para que podamos tam-
bién nosotros consolar a los que están en cualquier tri-
bulación, por medio de la consolación con que nosotros 
somos consolados por Dios” (2 Co. 1:4). En nuestro sufri-
miento, debemos ser canales, no estanques cerrados. Debe-
mos hacer partícipes a los demás de lo que Dios ha hecho 
por nosotros. Si en mis propias pruebas de la vida hesido 
abierto y sincero con Dios, entonces no tendré dificultades 
en dejar que otros sean abiertos y sinceros conmigo cuando 
ellos sufren. 
Nada prueba más nuestra propia relación con Dios que 
tener que ayudar a alguien como Job. Sus amigos tenían 
una relación con Dios muy formal y seria; y esa relación 
quedó hecha pedazos por la experiencia y los argumentos 
de Job. Sus fórmulas fáciles, sus explicaciones simplifica-
das, de nada sirvieron frente a un hombre que los retaba a 
conocer a Dios personalmente. 
Si usted quiere consolar a otros, deje que Dios primero 
lo consuele a usted, y luego haga a los demás partícipes de 
ese consuelo. Pero tenga en cuenta que consolar es algo más 
que tener “simpatía”. La palabra griega que Pablo usó sig-
nifica “estar al lado de otro para ayudar”. Nuestra palabra 
animar significa “vivificar, infundir vigor moral”. En otras 
124 Cuando la vida se derrumba
palabras, consolamos a las personas no con argumentos 
irrebatibles, sino con amor y aceptación inquebrantables. 
Esto nos lleva al segundo error de los amigos de Job: 
ellos explicaron en vez de animar. Convirtieron el montón 
de cenizas de Job en un centro de debates en vez de un 
lugar de encuentro con Dios. Las personas que sufren 
hacen preguntas, aunque no siempre están buscando res-
puestas. Están tratando de averiguar si usted y yo somos 
la clase de amigos que les van a permitir hacer preguntas 
sin criticarlos. Nos están probando para ver si entendemos 
los sentimientos que hay detrás de las preguntas. Los ami-
gos de Job nunca percibieron ese mensaje. “¿Las muchas 
palabras no han de tener respuesta?”, preguntó Zofar, “¿Y 
el hombre que habla mucho será justificado?” (Job 11:2). 
Dije en el primer capítulo que las personas no viven 
de explicaciones, sino de promesas. Las personas han acu-
dido a mí con preguntas, y con frecuencia he tenido que 
responder: “Pues no lo sé”. ¡Esto a veces las horroriza! Pero 
entonces digo: “No sé la razón por la que esto le ocurrió 
a usted, pero puedo darle algunas promesas de Dios que 
pueden ayudarlo”. En los primeros años de mi ministe-
rio pastoral, yo sentía que tenía que responder a todas las 
preguntas que me hicieran; pero ahora que soy un poco 
más maduro, he cambiado de idea. Pienso que entiendo el 
porqué. En aquellos primeros años, me estaba protegiendo 
a mí mismo, como los tres amigos de Job, y edificando 
mi vida cristiana sobre fórmulas simples en vez de en una 
relación creciente con Dios. 
Con toda franqueza, no hay explicación para algunas 
de las cosas que suceden en la vida; tampoco se nos requiere 
que concibamos una. Las personas necesitan a Dios mucho 
más de lo que necesitan explicaciones. Necesitan confiar 
en el Dios con el que Pablo se encontró en su hora de nece-
sidad: “[El] Padre de misericordias y Dios de toda conso-
lación” (2 Co. 1:3). Al interesarnos por otros mostramos 
que Dios se interesa. (Después de todo, no es probable que 
Usted nunca sufre solo 125
Dios envíe un ángel para hacer la cama o llevar una bandeja 
con comida a alguien necesitado). Cuando escuchamos, les 
estamos asegurando a otros que Dios escucha. Cuando 
hacemos partícipes a otros de su consuelo, los estamos ayu-
dando a crecer en su relación personal con Dios. 
“Pero yo nunca he pasado por las circunstancias que 
otras personas están pasando”, podemos nosotros razonar. 
“¿Cómo puedo ayudarlos?”. 
Lo maravilloso acerca del consuelo de Dios es que es 
buena medicina cualquiera que sea la enfermedad a la que 
se aplique. Dios nos habilita “para que podamos también 
nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, 
por medio de la consolación con que nosotros somos con-
solados por Dios” (2 Co. 1:4, cursivas añadidas). Aun en el 
caso de que hayamos experimentado pruebas parecidas a las 
de otros, es peligroso edificar sobre ellas, porque nunca hay 
dos experiencias que sean exactamente iguales. De hecho, 
una de las peores cosas que podemos hacer es comparar 
experiencias con otros, porque puede terminar en una sutil 
competencia. Las personas que sufren no creen en realidad 
que alguien más sienta exactamente como ellas sienten. 
Lo mejor que podemos hacer para consolar a otros es 
enfocarnos en Dios, en el Dios de toda consolación. Nues-
tra tarea no es defender a Dios, sino más bien demostrar a 
Dios en una forma práctica. Nosotros debemos ser canales 
del consuelo divino para ayudar a las personas a tener el 
valor de enfrentar la vida sinceramente, la sabiduría para 
saber qué hacer, la fortaleza para hacerlo y la fe y la espe-
ranza para esperar que Dios haga el resto. Si hemos expe-
rimentado la ayuda de Dios en nuestra propia vida, no 
tendremos problemas en dársela a conocer a los demás. 
Me encontré una vez en mis lecturas con un antiguo 
dicho galés que me parece es apropiado y aplicable a nues-
tra conversación acerca del sufrimiento. Dice: “Yo también 
me pondré de cara al viento y lanzaré a lo alto mi puñado 
de semillas”. 
126 Cuando la vida se derrumba
Cuando lo leí, pensé en lo que Salomón escribió en 
Eclesiastés 11:4: “El que al viento observa, no sembrará; y 
el que mira a las nubes, no segará”. 
Aquí tenemos dos filosofías de la vida opuestas. Una 
dice: “Este no es un buen día para sembrar o recoger. El 
viento sopla y la tormenta se avecina”. La otra dice: “Nunca 
habrá un día ideal para sembrar o recoger. No voy a dejar 
que el viento o la tormenta me asusten. Enfrentaré viento 
con valor y lanzaré mi puñado de semillas a lo alto”. 
Y cuando usted siembra su semilla, nunca sabe dónde 
la va a plantar Dios y cómo la usará para ayudar a otros. 
Puede parecerle que sus esfuerzos “se los lleva el viento”, 
pero Dios procurará que no se pierdan ni se malogren. 
Hay abundancia de “consoladores molestos” (16:2) en 
este mundo, son personas armadas con ideas negativas que 
solo sirven para profundizar nuestras heridas, no para sua-
vizarlas… Ideas como: 
“Las cosas podían haber sido peor”, nos dicen. ¿Podían 
ser peores? Pero si ya son bien malas. 
“¡Otros todavía lo pasan peor que usted!”. ¿De verdad? 
¿Cómo lo sabe usted? En cualquier caso, ¿en qué me va ayudar 
saber que otros lo están pasando peor que yo? 
“¡Piense en los recuerdos maravillosos que tiene!”. ¿Ha 
tratado usted alguna vez de vivir de recuerdos? A veces mis 
alegrías del pasado solo sirven para agrandar mis dolores del 
presente. 
Job tenía a mano una palabra para esta clase de “con-
suelo”: “Vuestras máximas son refranes de ceniza…” (Job 
13:12). 
Las promesas de Dios son medicina para los corazones 
quebrantados. Deje que Él lo consuele. Y, después que Él 
lo ha consolado, trate de hacer partícipes a los demás del 
consuelo que ha recibido. Les hará mucho bien a los dos. 
11
Cómo lidiar con el desastre 
El 25 de mayo de 1979, el vuelo 191 de la aerolínea Ameri-
can Airlines salió del aeropuerto internacional O’Hare de 
Chicago, con rumbo a Los Ángeles. La nave apenas había 
comenzado a ascender cuando cayó a tierra, muriendo en 
el accidente los 275 pasajeros. Nosotros vivíamos cerca 
del aeropuerto en aquel tiempo, y recuerdo que interrum-
pieron la transmisión del juego de béisbol en la televisión 
para dar a conocer la información acerca del desastre aéreo 
que había sucedido en el aeropuerto de mayor tránsito del 
mundo. 
Poco tiempo después, tomé el vuelo 191 hacia Los 
Ángeles, y tuvimos un buen viaje. Volamos sobre la escena 
de la catástrofe, pero usted nunca habría notado que allí 
había sucedido tal cosa. Tengo entendido que desde enton-
ces la aerolínea ha “eliminado” el vuelo 191, dándole otro 
número. Los miembros de la tripulación y los pasajeros se 
sintieron mejor de esa manera. 
Debido a que ahora la transmisión de noticias es tan 
rápida y buena, nos enteramos de inmediato de todos los 
desastres que suceden en alguna parte del mundo. Vimos 
en vivo y directo el desastre que causó el huracán Iván en 
toda la zona del Caribe en septiembre de 2004. Pudimos 
ver las imágenes impresionantes de lo sucedido esemismo 
mes en una escuela en Rusia en la que murieron más de 
cuatrocientas personas, la mayoría niños. Vemos “desastres 
instantáneos”, ya sea un huracán en Haití, un incendio en 
una escuela en Chicago, o una explosión en una fábrica 
en Francia. 
A veces esos desastres tan dramáticos nos llevan a olvi-
darnos de otras tragedias menos espectaculares y notorias. 
128 Cuando la vida se derrumba
Durante una semana, en enero de 1982, el tiempo extre-
madamente frío causó la muerte de doscientas treinta per-
sonas en los Estados Unidos. Cuando las personas mueren 
aisladas, una a una, se convierten en estadísticas locales; 
pero cuando mueren públicamente en grupo, son parte de 
un desastre. A veces nuestros valores están un poco des-
equilibrados. Supongo que lo que de verdad nos perturba 
acerca de un desastre no es tanto su tamaño, o su manera 
repentina de suceder, sino la aparente falta de sentido. Si 
cuarenta y cuatro soldados mueren en una emboscada, eso 
es parte de la guerra. Pero cuando cuarenta y cuatro niños 
mueren durante un viaje en el autobús de la escuela, eso 
provoca preguntas que nos perturban. 
Algunos en el tiempo de Jesús, que buscaban enredarlo 
en una discusión política, le preguntaron acerca de una 
tragedia reciente que había sucedido en Jerusalén. Esto es 
lo que dice el texto bíblico: 
En este mismo tiempo estaban allí algunos que le conta-
ban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mez-
clado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, 
les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron 
tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? 
Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis 
igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la 
torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpa-
bles que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os 
digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igual-
mente. Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una 
higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, 
y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años 
que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; 
córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, 
respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta 
que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, 
bien; y si no, la cortarás después (Lc. 13:1-9). 
Cómo lidiar con el desastre 129
Cristo Jesús no negó la realidad de que los desastres 
suceden en la vida de los seres humanos. Vienen tanto a las 
personas religiosas como a los obreros que trabajan en sus 
tareas comunes. Son causados por hombres malos, como 
Pilato, y por “actos de Dios” (o por la naturaleza, depen-
diendo de su creencia) sobre los cuales nadie tiene control. 
Pero aparte de la causa o las circunstancias, los desastres 
dejan un lugar vacío en los hogares y en los corazones. 
Estos dos sucesos dejaron viudas, padres e hijos llenos de 
dolor, luto y lágrimas. 
Basándonos en la interpretación que nuestro Señor 
hace de estos sucesos, podemos descubrir al menos tres 
advertencias a las que necesitamos prestar atención siempre 
que un desastre ocurre. 
Para empezar, debemos ser cuidadosos en no juzgar a las 
víctimas. Es muy fácil sacar la conclusión: “¡Pues parece que 
alguien pecó y este ha sido el castigo divino!”. Elifaz hubiera 
mirado al montón de restos carbonizados y esparcidos cerca 
del aeropuerto y habría dicho: “Recapacita ahora; ¿qué ino-
cente se ha perdido? Y ¿en dónde han sido destruidos los 
rectos?” (Job 4:7). Los discípulos podrían haber pregun-
tado: “¿Quiénes pecaron, estos pasajeros o sus padres, para 
que hayan muerto de esta forma? (ver Jn. 9:1, 2). 
Ni usted ni yo estamos para juzgar a las víctimas de 
un desastre. Solo Dios conoce el corazón de cada uno de 
ellos. Porque también los creyentes nos vemos afectados 
por estas tragedias. ¿Cómo explicamos esas muertes? No 
tiene ningún sentido resucitar a los amigos de Job y esta-
blecer tribunales de juicio. Los desastres suceden a las per-
sonas religiosas en los templos y a hombres y mujeres muy 
ocupados con sus tareas diarias; solo Dios sabe todo lo que 
está involucrado. 
Pero no solo no debemos juzgar a las víctimas, tampoco 
debemos juzgar a Dios. Ciertamente Dios puede evitar que 
los soldados asesinen a los adoradores, o que la torre caiga 
sobre los albañiles. Él puede prevenir que los autobuses 
130 Cuando la vida se derrumba
 escolares sufran accidentes fatales. Puede también prevenir 
que un avión se estrelle. Para ser justos, usted y yo debemos 
confesar que nadie sabe cuántas veces Dios ha hecho estas cosas. 
Todo lo que sabemos es las veces en que no lo ha hecho. 
Ya hemos estado en este territorio antes, pero tenemos 
que recordarnos a nosotros mismos que Dios respeta la 
libertad humana. Aparte de la libertad, no puede haber 
carácter o verdadera moralidad. En ocasiones, la libertad 
humana lleva al error, y los autobuses chocan y los avio-
nes se estrellan; pero ciertamente no le podemos echar la 
culpa a Dios. Él demuestra su soberanía, no interviniendo 
constantemente y evitando que ocurran estos sucesos, sino 
gobernándolos y anulándolos de forma que incluso las 
tragedias sirvan al final para llevar a cabo sus propósitos 
supremos. 
Si Dios es responsable, ¿entonces cómo encaja Pilato 
en la escena? Puede Pilato disculparse y decir: “¡El Señor 
me llevó a hacerlo!”. Si ese es el caso, entonces es mejor 
que cerremos todos los tribunales porque nadie es culpable, 
sino Dios. 
La siguiente pregunta sería: “¿Por qué Dios no cambio 
a Pilato a fin de que no fuera un asesino?”. No tengo nin-
guna duda de que Dios se habría sentido muy feliz viendo 
a Pilato arrepentirse y vivir una vida piadosa, pero Dios no 
fuerza el carácter piadoso en las personas. La moralidad 
forzada no es moralidad en ningún sentido. Una vez más, 
volvemos al gran respeto que Dios tiene por la libertad de 
elección del ser humano. 
La asombrosa advertencia que Jesús nos enseña en estos 
dos versículos es esta: ¡Debemos juzgarnos sinceramente a 
nosotros mismos! Los hombres que murieron en el templo 
y bajo la torre que se cayó no eran más grandes pecadores 
que nosotros, no obstante, ¡nosotros estamos todavía vivos! 
De manera que la gran pregunta no es “¿Por qué murieron 
ellos?”, sino más bien “¿Por qué usted y yo estamos vivos 
todavía?”. 
Cómo lidiar con el desastre 131
Es aquí donde entra la parábola de nuestro Señor. 
Estoy seguro que Él tenía en mente a la nación de Israel 
cuando contó esta parábola. Los había ministrado durante 
tres años y, no obstante, los líderes religiosos lo habían 
rechazado. Dios en su misericordia había liberado a la 
nación y le dio al pueblo la oportunidad de arrepentirse. 
Pero hay también una aplicación personal: ¿Qué bien 
estoy haciendo yo en el mundo de Dios que justifique que 
merece la pena que esté vivo? ¿Encuentra Él fruto que mi 
vida y ministerio están produciendo? ¿Si yo fuera “cortado” 
habría alguna diferencia en la obra del reino de Dios en 
este mundo? 
Resulta fácil juzgar a otros en tiempos de desastre. El 
psiquiatra Carl Jung ha escrito: “Solo un tonto está intere-
sado en la culpa de otras personas, puesto que él no puede 
cambiarla. El sabio aprende de su propia culpa”. Criticar 
a otros, incluyendo a Dios, es una buena manera de evitar 
tener que enfrentarse a sus propios pecados y juzgarlos. 
Puede que esté equivocado, pero tengo el sentimiento 
de que muchas personas reaccionan a los llamados desas-
tres en una forma superficial y temporal. Tan pronto como 
la noticia termina los televidentes vuelven a su juego de 
béisbol, quizá después de haber dicho: “¡Qué pena! ¡Piensa 
en las personas esperando en el aeropuerto de Los Ánge-
les!”. Pocos de nosotros estaremos tan entristecidos que 
nos perderemos una comida o el sueño; y en el descanso 
en el trabajo del día siguiente, hablaremos del avión que 
se estrelló y del juego de béisbol con el mismo tono y la 
misma actitud. 
De modo que tengola sospecha que mucho del lla-
mado debate entre los no creyentes acerca de los desastres 
de la vida es simplemente munición barata disparada al 
blanco equivocado. Es una oportunidad de culpar a Dios 
mientras que, al mismo tiempo, hacen poco, o nada, por 
ayudar a los que han sido tocados personalmente por la 
tragedia. 
132 Cuando la vida se derrumba
Por último, Jesús dejó bien en claro que lo más impor-
tante no es cómo muere usted, sino si se encuentra listo 
para morir. ¿Podemos estar seguros de la vida después de 
la vida? ¿Podemos evitar la muerte después de la muerte? 
Este será nuestro tema para el siguiente capítulo, el capítulo 
más importante en todo el libro. 
12
Esperanza
Quizá las citas más conocidas acerca del tema de la espe-
ranza son las de Cicerón: “Mientras hay vida, hay espe-
ranza”, y las líneas que Alexander Pope nos dejó en Un 
ensayo sobre el hombre, publicado hace dos siglos y medio: 
La esperanza brota eterna en el corazón humano: 
El hombre nunca es, pero es siempre bendecido. 
Pope no creía en realidad que nos fuera necesario cono-
cer algo acerca del futuro. De hecho, cuanto menos cono-
cemos, más felices podemos ser. Escribió: 
Espera entonces humildemente; elévate con alas 
temblorosas; 
Espera a la muerte, el gran maestro, y adora a Dios. 
No nos sorprende que Pope escribiera al poeta John 
Gay, su amigo y colega, lo que él llamaba la “novena bien-
aventuranza”: “Bienaventurado el que nada espera, porque 
nunca quedará desilusionado”. 
Dudo seriamente que sean muchas las personas felices 
que viven en base a esta filosofía. “Todo lo que se hace 
en este mundo es hecho por causa de la esperanza”, escri-
bió Martín Lutero, y lleva razón. El agricultor planta sus 
semillas con esperanza, y los novios se prometen el uno 
al otro en esperanza. Las tres grandes virtudes cristianas 
son la fe, la esperanza y el amor. La fe nos lleva a Dios, la 
esperanza mira al futuro y el amor nos acerca a los que nos 
rodean; y estas tres virtudes siempre van juntas. En vez de 
decir: “Donde hay vida, hay esperanza” debiéramos decir: 
“Donde hay fe, hay esperanza”. “La esperanza nunca falla”, 
escribió Juan Bunyan, “cuando hay fe”. 
134 Cuando la vida se derrumba
Pero la verdadera esperanza no es simplemente un 
deseo íntimo que se aferra a nuestro corazón. La verda-
dera esperanza se edifica sobre un mejor fundamento que 
el “desearlo hará que suceda”. En su sentimental “Discurso 
ante la tumba de un niño pequeño”, el popular orador 
agnóstico Robert Green Ingersol dijo: “Ayuda para los 
vivos, esperanza para los muertos”. Pero él nunca nos dijo 
en qué consistía la ayuda y cómo obtenerla, o cuál era el 
fundamento para nuestra esperanza. 
Sufrir sin esperanza es vivir en desesperación. Job tuvo 
sus subidas y bajadas en cuanto a esto. “¿Cuál es mi fuerza 
para esperar aún?”, preguntó. “¿Y cuál mi fin para que tenga 
aún paciencia?”(Job 6:11). “Y mis días fueron más veloces 
que la lanzadera del tejedor, y fenecieron sin esperanza” 
(Job 7:6). Con todo, en un arranque de fe, él pudo decir: 
“He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). 
Job usó una imagen sorprendente cuando dijo: “Ha 
hecho pasar mi esperanza como árbol arrancado” (Job 
19:10). Una esperanza que está enraizada es una esperanza 
que está viva y creciendo; pero una esperanza que está des-
arraigada es una esperanza muerta. No puedes alimentar 
nada a menos que tenga raíces. Puede que Pedro tuviera 
esta imagen en mente cuando escribió a algunos cristianos 
que sufrían: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor 
Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo rena-
cer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesu-
cristo de los muertos” (1 P. 1:3). Tenemos una esperanza 
viva porque confiamos en un Salvador vivo. 
La realidad de una vida futura de bienaventuranza para 
los creyentes es algo que el rabí Kushner cuestiona. “Ni yo 
ni ninguna otra persona viva puede saber nada acerca de 
la realidad de esa esperanza”,7 escribe, y con una oración 
borra el testimonio de grandes hombres y mujeres de Dios, 
desde Abraham hasta el presente. 
Es cierto, es posible que una doctrina acerca de la vida 
futura se convierta en un opio que adormece a las personas 
Esperanza 135
para aceptar el statu quo (la esclavitud, malas condiciones 
de trabajo, el cáncer) y no hacer nada acerca de ello. Pero la 
desesperación puede ser también muy paralizante. Creo que 
hay muchas más personas motivadas genuinamente por la 
esperanza que por la desesperanza, y parte de esa esperanza 
(a pesar de las dudas del rabí) es la seguridad de una gloria 
futura con Dios para los que son sus hijos. 
Uno de nuestros lugares favoritos en Londres es la 
National Portrait Gallery. Mi esposa y yo hemos pasado 
muchas horas felices y provechosas observando los retratos 
que allí se exhiben. Hebreos 11 es la galería divina de los 
grandes héroes y heroínas de la fe. ¿Qué es lo que motivó 
a Abraham, el fundador de la nación judía? ¿O a Moisés, 
el libertador y legislador? ¿O a los grandes conquistadores 
como Josué, Sansón y David? ¿O a los grandes maestros y 
profetas como Samuel, Isaías y Daniel? Todos ellos se sintie-
ron motivados por una esperanza futura. 
Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido 
lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y 
saludándolo, y confesando que eran extranjeros y pere-
grinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, clara-
mente dan a entender que buscan una patria; pues si 
hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, 
ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una 
mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza 
de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una 
ciudad (He. 11:13-16). 
Estas personas estaban viviendo en el tiempo futuro, y 
eso les dio el valor de sacar el mejor provecho del presente. No 
eran fugitivos que huían de su hogar o vagabundos deseando 
tener un hogar. Eran extranjeros en la tierra porque estaban 
lejos del hogar, y peregrinos porque se encaminaban hacia el 
hogar. Fueron capaces de soportar sacrificios, sufrimientos, 
e incluso la muerte, porque sabían a dónde iban. 
Uno de los símbolos cristianos más frecuentes que se 
136 Cuando la vida se derrumba
encuentra en las catacumbas es el ancla. Es un símbolo de 
esperanza. “Para asirnos de la esperanza puesta delante de 
nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del 
alma” (He. 6:18, 19). El filósofo griego Epícteto dijo: “Así 
como no debemos sujetar un barco a una sola ancla, tam-
poco la vida a una sola esperanza”. Pero los hijos de Dios 
hemos sujetado siempre la vida de cada uno de nosotros a 
una sola esperanza: La seguridad de ver un día a Dios en 
el cielo. 
Para Cristo Jesús, el cielo no era simplemente un lugar 
de destino; era una motivación. Al enfrentarse a la cruz, 
dijo: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre 
sea glorificado” (Jn. 12:23). ¡Glorificado! Yo hubiera dicho 
“crucificado”. Pero Jesús miró más allá del sufrimiento y 
vio la gloria que vendría después. El conocimiento de que 
volvía al cielo fue una fuerte motivación en su vida. “Antes 
de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había 
llegado para que pasase de este mundo al Padre, como 
había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó 
hasta el fin” (Jn. 13:1). 
Cicerón dijo: “Mientras hay vida, hay esperanza”. Pero 
Pablo escribió: “Si en esta vida solamente esperamos en 
Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos 
los hombres” (1 Co. 15:19). Como hijos de Dios, no deci-
mos: “Mientras hay vida, hay esperanza”. En vez de eso 
gritamos con confianza: “Porque hay vida en Cristo, hay 
una esperanza viva. 
Alfred North Whitehead, el filósofo de Harvard, le 
preguntó una vez a un amigo: “En cuanto a la teología 
cristiana, ¿puedes imaginar alguna cosa más tonta e igno-
rante que la idea cristiana del cielo?”. Con el debido respeto 
por un hombre brillante, prefiero obtener mi idea sobre el 
cielode Jesús. Por esa razón Él dijo: 
No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed tam-
bién en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; 
Esperanza 137
si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a prepa-
rar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, 
vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde 
yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y 
sabéis el camino (Jn. 14:1-4). 
Jesús no describió el cielo como “el tribunal de un dés-
pota oriental” como Whitehead afirmaba, sino como un 
hogar donde un Padre amoroso daba la bienvenida a sus 
hijos al final de su peregrinación. El apóstol Juan añadió 
lo siguiente a esta imagen: “Enjugará Dios toda lágrima de 
los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, 
ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” 
(Ap. 21:4). 
Uno de mis escritores favoritos acerca de la naturaleza 
es Joseph Word Krutch, cuyos libros están muy bien escri-
tos y llenos de excelente conocimiento. Pero no puedo estar 
de acuerdo con Krutch cuando escribe: “No hay razón 
para suponer que su vida (la del hombre) tiene más signi-
ficado que la vida del más humilde insecto que se arrastra 
de una aniquilación a otra”. Si el único futuro del hombre 
es la aniquilación, ¿para qué esperar? Camus lleva razón 
después de todo: ¡Lo más lógico es suicidarse! 
Mi ministerio pastoral me ha puesto en relación con 
personas cuya situación parecía desesperada desde la pers-
pectiva humana, y no obstante, esas personas superaron 
sus obstáculos y dificultades y al final conquistaron. Para 
ellos la esperanza no era posibilidad distante, sino un 
poder siempre presente. Imitaban la actitud de Pablo que 
escribió: “Prosigo a la meta, al premio del supremo llama-
miento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:14). 
¿Cómo nos capacita esta futura esperanza para sobre-
llevar las cargas y dolores del presente? Nos asegura que 
no estamos sufriendo en vano. Desde un punto de vista 
humano, como razona el libro de Eclesiastés, la vida no 
es sino una serie de desilusiones y todo es “vanidad”. ¡Pero 
138 Cuando la vida se derrumba
no desde la perspectiva cristiana! Pablo culminó su gran 
“capítulo acerca de la resurrección” con estas palabras: “Así 
que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, 
creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vues-
tro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58). 
Eso quiere decir que los hijos de Dios no nos sacrifica-
mos ni sufrimos en vano. Nuestro sufrimiento presente es 
una inversión en la gloria futura. Para nosotros el cielo no 
son “castillos en el aire, o ilusiones engañosas”, la zanaho-
ria atada a la cuerda delante del caballo. Somos ciudadanos 
del cielo aquí y ahora, y somos partícipes ahora de la vida 
del cielo en nuestro corazón. Pablo describe nuestra pre-
sente experiencia muy bien en una de sus bendiciones: “Y 
el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, 
para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu 
Santo” (Ro. 15:13). 
No importa cuál sea nuestra filosofía de la vida, o 
nuestras creencias religiosas, todos nos enfrentamos a la 
muerte. El mundo en el que nació Cristo Jesús no tenía 
esperanza para la vida después de la muerte. La actitud de 
la mayoría de las personas de aquel tiempo queda reflejada 
en este epitafio: 
No existía. 
Existí. 
No existo. 
No me preocupa. 
Los hijos de Dios no usarían nunca ese epitafio por-
que Cristo Jesús “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la 
inmortalidad por el evangelio” (2 Ti. 1:10). Él prometió a 
sus discípulos: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” 
(Jn. 14:19). ¡Para los hijos de Dios la vida no es una calle 
sin salida! 
Jesús no solo ha conquistado la muerte, mediante su 
muerte y resurrección, sino que también cambió el signifi-
cado de la muerte. Para el creyente, la muerte es dormir. El 
Esperanza 139
cuerpo duerme, pero el espíritu va para estar con el Señor. 
Cuando Cristo Jesús regrese: 
…los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego noso-
tros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos 
arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir 
al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor 
(1 Ts. 4:16, 17). 
Pablo usó una palabra interesante para la muerte; la 
llamó “partida” (2 Ti. 4:6). La palabra griega es un tér-
mino militar: “Desmontar una tienda y trasladarse”. Eso es 
lo que es la muerte para los hijos de Dios, es sencillamente 
dejar atrás la tienda gastada y raída y partir a mansiones 
mejores y más gloriosas. Era también un término naval: 
“Levar anclas y hacerse a la mar” ¡No habrá tormentas en 
ese mar! 
Los agricultores también usaban ese término para 
“quitar el yugo a los bueyes”. La muerte para el creyente 
significa que te quitan la carga y la atadura y se ha termi-
nado el trabajo. “Oí una voz que desde el cielo me decía: 
Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos 
que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de 
sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Ap. 14:13). 
Mientras examinaba las lápidas desgastadas de un anti-
guo cementerio, encontré un epitafio que había escuchado 
citar con frecuencia pero que nunca antes lo había visto 
personalmente. Dice lo siguiente: 
Párate, mi amigo, en tu caminar. 
Como tú eres hoy, yo también lo fui. 
Como yo soy ahora, tú también lo serás. 
¡Prepárate, mi amigo, para seguirme! 
Entiendo perfectamente que alguien le agregara lo 
siguiente al pie de la lápida: 
¡No tengo la intención de seguirte, 
hasta que no sepa en qué dirección fuiste! 
140 Cuando la vida se derrumba
Sonreímos ante estos escritos, pero contienen un pode-
roso mensaje y plantea una pregunta muy pertinente. “¿A 
dónde irá usted cuando termine su vida?”. Los hijos de 
Dios conocen la respuesta: Irán al hogar celestial para estar 
con Dios para siempre. 
“Pero, ¿no van al cielo todas las personas buenas?”, pue-
den preguntar algunos. 
Debo confesar que la palabra “buenas” me molesta un 
poco. Hablamos de cosas malas que les suceden a “perso-
nas buenas” y me pregunto quiénes son estas “personas 
buenas”. Al parecer, es permisible que les sucedan cosas 
malas a personas malas, pero no que les sucedan cosas 
malas a “personas buenas”. No estoy seguro quién tiene la 
autoridad para decidir quién de nosotros es “malo” y quién 
es “bueno”. 
Uno de los argumentos del rabí Kushner de que Dios 
no es responsable por las “cosas malas” que suceden es 
que, si Él estuviera en control, nos trataría a todos noso-
tros mejor. “Él puede saber que somos personas buenas y 
sinceras que se merecen algo mejor”.8 
La mayoría de los creyentes con los que he estado en 
contacto me han dicho que Dios los ha tratado mucho 
mejor de lo que ellos se merecían, y estos incluyen personas 
que han sufrido mucho. De hecho, los grandes santos en el 
judaísmo y el cristianismo, todos han confesado que eran 
pecadores sin mérito que dependían por completo de la 
gracia y misericordia de Dios. 
“He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, 
aunque soy polvo y ceniza”, le dijo Abraham al Señor (Gn. 
18:27). Job hizo una confesión similar: “Por tanto me abo-
rrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6). Y 
escuchemos a David: “He aquí, en maldad he sido for-
mado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5). El 
profeta Isaías no se avergonzó de reconocer que era cul-
pable: “Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque 
siendo hombre inmundo de labios…” (Is. 6:5). 
Esperanza 141
El apóstol Pedro le dijo a Jesús: ‘’Apártate de mí, Señor, 
porque soy hombre pecador” (Lc. 5:8). Aun el gran apóstol 
Pablo no se hacía ilusiones en cuanto a él. No mostró nada 
de arrogancia cuando escribió: “Palabra fiel y digna de ser 
recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para 
salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 
Ti. 1:15). 
Sé que suena negativo y que no ayuda en nada a que se 
infle el ego de nadie, pero la conclusión es esta: “No hay 
justo,ni aun uno… No hay quien haga lo bueno, no hay 
ni siquiera uno” (Ro. 3:10, 12). 
En uno de sus libros, el doctor D. Martyn Lloyd-Jones, 
reconocido predicador inglés que pastoreó durante muchos 
años en Londres, habla acerca de las diferencias entre la 
verdadera salvación y lo que es solo moralidad religiosa. 
Señala que al que es simplemente una “buena persona” le 
gusta jactarse de su moralidad, mientras que el cristiano 
sabe cuán pecador es y que necesita depender por completo 
de la gracia de Dios. Él no presume de nada y no trata de 
defenderse a sí mismo ante Dios. “Su boca ha quedado 
cerrada”, escribió el doctor D. Martyn Lloyd-Jones, y luego 
agrega: “¿Ha quedado su boca cerrada?”. 
Un hombre muy religioso, un líder en su fe se encon-
traba hojeando libros en la sección de “Religión” de una 
biblioteca y tropezó con el libro del doctor D. Martyn 
Lloyd-Jones, lo tomó de la estantería y comenzó a leerlo. 
Llegó a esa penetrante pregunta: “¿Ha quedado su boca 
cerrada?” y le sorprendió tanto la pregunta que dijo en 
respuesta: “¿Por qué? ¡No, mi boca nunca ha quedado 
cerrada!”. Cuanto más pensaba en el asunto, tanto más 
se daba cuenta de que estaba dependiendo de su propia 
justicia y no de la gracia de Dios. 
Antes de volver a poner el libro en su lugar en la estan-
tería, aquel hombre había reconocido ante Dios que era un 
pecador, que no era lo suficientemente bueno como para 
ir al cielo por sí mismo, y que necesitaba al Salvador. Se 
142 Cuando la vida se derrumba
encontró con Dios en aquella biblioteca y su vida quedó 
transformada. 
Así, pues, le haré a usted la misma pregunta: “¿Ha que-
dado su boca cerrada?”. La boca de Job quedó cerrada. 
En medio de todos sus sufrimientos, él sintió que Dios lo 
estaba “tratando injustamente” y anhelaba tener la opor-
tunidad de encontrarse con Dios y defenderse a sí mismo. 
Pero cuando Job al fin se encontró con Dios, esta fue su 
defensa: “He aquí que soy vil, ¿qué te responderé? Mi 
mano pongo sobre mi boca” (Job 40:4). 
Lo peor que le puede ocurrir a usted no es la muerte de 
un ser amado, una enfermedad prolongada o un doloroso 
accidente. Lo peor que podría sucederle es que sufriera para 
nada, que muriera y se perdiera para siempre. 
Los hijos de Dios sufren por algo, por alguien, y 
cuando mueren, entran en el cielo donde su inversión de 
sufrimiento se ha transformado en gloria. 
¿Ha quedado su boca cerrada? 
Si es así, entonces usted es un candidato a la salvación 
de Dios. ¡Abra la boca y pídale que lo salve! La promesa 
divina es que “todo aquel que invocare el nombre de Jehová 
será salvo” (Jl. 2:32 y Hch. 2:21). 
Apéndice 1
Preguntas que usted puede 
 estar haciéndose
Siempre que he predicado acerca del tema del sufrimiento, 
las personas han venido a hablar conmigo después del 
culto para preguntarme acerca de cosas que los dejan per-
plejos. A veces llevaban la pregunta consigo a la reunión, 
pero a menudo la inquietud surgía por algo que yo había 
dicho en el sermón. Algunas de estas preguntas aparecen 
incluidas aquí porque son típicas de los problemas que las 
personas creen que tienen con su fe religiosa. 
Permítame dejar bien claro que la tesis central de este 
libro (y de mi ministerio) es que vivimos mediante pro-
mesas, no de explicaciones. Sin embargo, esto no debiera 
evitarnos usar la mente que Dios nos ha dado y tratar de 
entender sus pensamientos y enseñanzas. “Las cosas secre-
tas pertenecen a Jehová nuestro Dios”, dijo Moisés al pue-
blo de Israel, “mas las reveladas son para nosotros y para 
nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas 
las palabras de esta ley” (Dt. 29:29). Dios no le revela la 
verdad a los curiosos, sino a los creyentes serios que están 
dispuestos a obedecerlo. 
P. Es consolador saber que Dios sufre con nosotros, 
pero no estoy seguro de que entiendo lo que eso significa. 
Siempre pensé que Dios estaba por encima del sufrimiento 
y vivía en eterna felicidad. 
R. Siempre que hablamos acerca de Dios, tenemos que 
usar lenguaje humano y comenzar con lo que conocemos. 
Las palabras que usamos para “describir” a Dios no son 
las mismas que las de la propia naturaleza de Dios. Todo 
144 Cuando la vida se derrumba
 lenguaje tiene sus limitaciones, pero es mejor usar un len-
guaje limitado que no conocer a Dios para nada. 
Cuando los seres humanos comenzamos a pensar en 
el término “sufrimiento”, por lo general lo relacionamos 
con el dolor físico. Dios no tiene un cuerpo, porque Dios 
es espíritu; de manera que el dolor físico no cuenta para 
nada en cuanto a Dios. Sin embargo, las personas maduras 
saben que el dolor más grande no es siempre físico. Un 
corazón roto puede doler muchísimo más que una pierna 
rota. Hay un “sufrimiento espiritual” del ser interior que 
es tan real como el sufrimiento que sentimos en el cuerpo. 
Dios se identifica con nosotros en nuestro sufrimiento. 
Él no nos ignora ni nos juzga. Una de las razones por las 
que Cristo Jesús sufrió como lo hizo mientras estuvo en la 
tierra fue para que pudiera estar preparado para ayudarnos 
desde el cielo en nuestro tiempo de necesidad (He. 2:14-18 
y 4:15, 16). Él entiende cómo nos sentimos, y lo siente con 
nosotros. 
El hecho de que Dios no cambia, no tiene que repre-
sentar un problema. Dios no es un “prisionero” de sus atri-
butos divinos. Él es libre y soberano y capaz para actuar, 
se relaciona con nosotros y nos responde conforme a sus 
deseos. En su esencia, en su ser, Dios no puede cambiar; 
pero en sus relaciones con la creación, con las criaturas y el 
ser humano, Dios ejerce su libertad. 
Debido a que Dios es perfecto, vive en gozo perfecto; 
pero eso no lo priva de entrar en las pruebas y lágrimas 
de la vida de usted. De hecho, una de las razones por las 
que se identifica con su dolor es para que pueda darle su 
gozo. El dolor y el gozo no son enemigos. Cuanto más 
grande es el gozo que usted experimenta, tanto mayor es la 
posibilidad de dolor. Pero una no niega a la otra. Jesús fue 
un “varón de dolores” y, con todo, Él fue inmensamente 
gozoso. 
El misterio del ser de Dios es algo que ningún filó-
sofo o teólogo puede penetrar desde este lado del cielo. 
Preguntas que usted puede estar haciéndose 145
Las palabras que usamos son inadecuadas, pero no tene-
mos otras palabras. La Biblia declara que Dios se identifica 
con sus hijos cuando estos sufren, y nosotros tenemos que 
aceptar esta revelación ya sea que la entendamos o no. “En 
toda angustia de ellos él fue angustiado” (Is. 63:9). Él está 
cerca de nosotros cuando sufrimos, y comprende nuestros 
sentimientos. Cuando oramos, Él es sensible a lo que deci-
mos. Esto para mí es de gran ánimo; y no voy a permitir 
que las dificultades de comprender el concepto me roben 
el consuelo de practicar la verdad que contiene. 
P. ¿Por qué tienen que sufrir los bebés y los niños ino-
centes? 
R. Porque son una parte de la raza humana, y la raza 
humana (gracias a Adán) es concebida y nace en pecado. 
Pablo explica esta doctrina importante en Romanos 5. 
Nos explica que Adán era la cabeza de la raza humana, de 
manera que toda la raza humana estuvo en juicio en Adán. 
Cuando Adán cayó, toda la raza cayó con él. 
Sin embargo, este enfoque hace posible nuestra salva-
ción. Jesucristo vino como Cabeza de la nueva raza. En su 
muerte y resurrección. Cristo Jesús no solo deshizo todo lo 
que Adán hizo, sino que llevó a cabo mucho más. Ahora 
todos los que creen en Cristo Jesús son perdonados de sus 
pecados, justificados en Cristo Jesús y vienen a ser parte de 
la “nueva creación” de Dios en Cristo (2 Co. 5:17). 
Los bebés son concebidos en pecado (Sal. 51:5) y nacen 
con una naturaleza de pecado. Esto significa que son sus-
ceptibles a todos los estragos del pecado que son parte del 
“gemir” de la creación (Ro. 8:18-22). Damos gracias a 
Dios por todo lo que la ciencia médica está haciendo para 
asegurar el nacimiento normal de los bebés, y deberíamos 
estimular la investigación en todo lo posible. Sin embargo, 
somos serescaídos en un mundo caído, y hay todavía posi-
bilidades para tragedias y quebrantos de corazón. 
Puedo añadir que las más grandes tragedias de las que 
146 Cuando la vida se derrumba
he sido testigo en mi propio ministerio no son de las que 
no pueden ser explicadas, sino las que pueden ser explica-
das. Cuando jóvenes inmaduros han infectado su cuerpo 
con enfermedades venéreas o drogas, y entonces han traído 
al mundo bebés deformes o enfermos, no puede impedir 
sentirse muy triste por esos niños. ¡Nadie puede “culpar a 
Dios” por esas consecuencias! 
Cuando los bebés mueren van al cielo. Cuando un 
hijo pequeño del rey David murió, David dijo: “¿Podré yo 
hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (2 S. 
12:23). ¿A dónde iría David al final de sus días? “Yen la 
casa de Jehová moraré por largos días” (Sal. 23:6). 
Sí, parece cruel que niños pequeños tengan que sufrir 
como lo hacen, pero tenemos que creer que Dios está en 
control y sabe lo que está haciendo. No podemos cierta-
mente culpar a Dios por el mal que hombres y mujeres 
pecadores causan a sus hijos, y Jesús pronunció palabras 
muy fuertes en contra de esas personas (Mt. 18:1-10). 
P. Su enfoque del sufrimiento parece bastante derro-
tista. Lo que usted quiere es que nos rindamos y no luche-
mos. No estoy de acuerdo con ese enfoque. 
R. Si le he dado la impresión de que le estoy pidiendo 
a las personas que sufren que se rindan y abandonen, 
entonces lo siento mucho; porque no es ese en absoluto el 
enfoque que recomiendo, ni tampoco es lo que la Biblia 
enseña. Cuando llega el sufrimiento, tenemos que luchar, 
pero debemos ser cuidadosos en luchar contra el enemigo 
que corresponde, usar el armamento correcto y hacerlo con 
un propósito recto. 
Como mencioné en el capítulo 8, la aceptación del 
sufrimiento no es lo mismo que resignación. La aceptación 
es parte de la lucha. Le estamos diciendo al Señor: “Acepto 
el reto. Tú y yo juntos vamos a convertir este sufrimiento 
en un siervo, no en un amo”. La resignación es una actitud 
pasiva; es la señal de que abandonamos. Pero la aceptación 
Preguntas que usted puede estar haciéndose 147
es activa; es la señal de que confiamos en Dios para que 
nos dé la gracia que necesitamos para transformar lo que 
parece una tragedia en triunfo. 
Supongamos que decidimos “luchar” en el sentido nor-
mal del término. ¿Con qué enemigo tenemos que luchar 
primero? ¿El dolor? ¿La aparente inutilidad de la experien-
cia? ¿Los médicos? ¿Dios? ¡Mi experiencia personal es que 
mi mayor enemigo soy yo mismo! Hasta que no obtengo la 
victoria sobre mí mismo, no estoy en condiciones de decla-
rar la guerra contra nadie ni contra nada. 
No, el enfoque cristiano del sufrimiento (como describí 
en el capítulo 8) no es en absoluto una actitud derrotista 
(de impotencia). Es un enfoque que exige la máxima can-
tidad de fe y valor, porque usted no está pensando acerca 
de sí mismo, sino acerca de la gloria de Dios y del bien de 
otros. 
P. ¿Qué sucede si usted no es un “alma valerosa” con 
mucha fe? ¿Cómo maneja usted las “cosas malas”? 
R. Comience usted exactamente donde está. Una de 
las grandes cosas acerca de la fe cristiana es que Jesús nos 
acepta tal como somos y estamos. No tenemos que calificar 
para conocerlo y ser aceptados. Solo reconocer honesta-
mente qué somos y dónde estamos, y pedirle que Él lo lleve 
a ser lo que quiere que usted sea. Los “grandes santos” de 
la historia no comenzaron por arriba. Todos ellos comen-
zaron en alguna parte cerca del fondo y dejaron que Dios 
desarrollara su fe y carácter. Recuerde, no es la fortaleza de 
su fe lo que es importante, sino el objeto de su fe. Si usted 
confía en Dios, entonces recibirá todo lo que Dios puede 
darle. 
P. Un amigo mío afirma que hay “sanidad en la expia-
ción”, y que cada cristiano tiene el derecho de reclamar 
sanidad y salud perfecta en virtud de la cruz. ¿Está usted 
de acuerdo con eso? 
148 Cuando la vida se derrumba
R. No, no estoy de acuerdo, y por varias razones. Para 
empezar, esta enseñanza queda negada por la experiencia. 
Pablo tuvo su aguijón en la carne, a pesar de ser un cris-
tiano muy dedicado. Al parecer, Timoteo sufrió de proble-
mas estomacales (1 Ti. 5:23), y Epafrodito casi murió en 
Roma cuando estaba ministrando a Pablo (Fil. 2:25-30). 
Pablo elogió a Epafrodito por su devoción, de forma que 
no podemos decir que cayó enfermo a causa de su des-
obediencia o falta de fe. He estado estudiando biografías 
cristianas por más de veinticinco años, y puedo decirle con 
seguridad que muchos grandes siervos de Dios sufrieron 
de aflicciones físicas y, no obstante, sirvieron al Señor fiel-
mente. Rechazo también esta enseñanza sobre bases doc-
trinales. El pasaje de las Escrituras que por lo general se 
cita para probar la “sanidad en la expiación” es Isaías 53:4-
6. Ciertamente cuando Cristo murió en la cruz, murió por 
nuestros pecados y cargó con las consecuencias de nuestros 
pecados. Esta salvación que Él compró incluye la seguri-
dad de un cuerpo glorificado que tendremos un día en el 
cielo (Fil. 3:20, 21). Pero todavía no tenemos ese cuerpo 
glorificado; todavía estamos “gimiendo” en nuestro cuerpo 
presente (Ro. 8:22, 23). 
Si la sanidad física fuera ahora una parte de nuestra sal-
vación, entonces todo pecador que pone su fe y confianza 
en Cristo quedaría inmediatamente sanado de cualquier 
enfermedad y mal que sufriera; pero es evidente que eso 
no sucede. La “sanidad” a la que se refiere Isaías 53:5 (“y 
por su llaga fuimos nosotros curados”) es primariamente 
espiritual, la enfermedad del pecado. Al menos esa es la 
manera en que lo interpreta el apóstol Pedro (1 P. 2:21-24). 
Por último, rechazo esta enseñanza porque lleva a la 
confusión y a la desesperación. Cuando las personas espe-
ran que Dios haga algo que Él no ha prometido, al final 
se sienten amargadas, o renuncian a la fe, cuando Dios no 
cumple su “promesa”. Si la sanidad fuera una parte de la 
expiación, y usted reclama esa sanidad, pero no la recibe, 
Preguntas que usted puede estar haciéndose 149
entonces podría pensar: ¡Quizá nunca recibiré tampoco 
la expiación! ¡Me quedaré como un pecador perdido! ¿Ve 
usted los problemas que se pueden desarrollar? 
Déjeme añadir lo siguiente: Esta enseñanza de la 
“sanidad en la expiación” está de acuerdo con la filosofía 
de Satanás y de los amigos de Job. Pone mayor valor en 
lo físico que en lo espiritual. “¿Acaso teme Job a Dios de 
balde?”. Los seres humanos confiarían en Cristo, no por-
que sean pecadores perdidos que necesitan ser salvos, sino 
porque quieren recuperar la salud. 
Es digno de notar que Mateo aplica Isaías 53:4 al minis-
terio de nuestro Señor en la tierra (Mt. 8:14-17). Cuando 
Jesús sanó a los enfermos, Él estaba llevando sobre sí sus 
aflicciones, no en un sentido de sustitución, sino como el 
Sanador. Jesús todavía no había muerto en la cruz, no obs-
tante, Mateo aplica Isaías 53:4 a su ministerio. 
La sanidad final y la glorificación del cuerpo se encuen-
tran ciertamente entre las bendiciones del Calvario para 
los cristianos creyentes. Lo que no está garantizado es la 
sanidad inmediata. Dios puede sanar cualquier enferme-
dad, ¡excepto la última!, pero Él no está obligado a hacerlo. 
P. ¿Qué hay acerca del Holocausto? 
R. No estoy seguro a qué se refiere usted con esa pre-
gunta. ¿Se refiere a “¿Por qué ocurrió?” o “¿Por qué Dios 
no lo paró?”. Siempre ha habido tragedias en la historia, y 
el Holocausto es una de las más grandes. Los principios de 
los que hablo en el capítulo 11 tienen su aplicación aquí. 
La gran pregunta no es “¿Por qué murieron seis millones 
de judíos?”, sino “¿Por qué usted y yo vivimos todavía?”. 
Ciertamente el Holocausto revela la maldad del cora-
zón humano. El humanista optimista tiene muchas difi-
cultades para explicar por qué ocurrió. En vez de culpar 
a Dios, debemos volvernos a Dios y arrepentirnos. Espe-
raría que la tragedia del Holocausto fuera un recorda-
torio constante a la humanidad de que laeducación, la 
150 Cuando la vida se derrumba
ciencia e incluso la religión, no hacen que una nación sea 
moralmente recta. Debe haber una fe viva en Dios. ¡Los 
individuos que cometieron el crimen del Holocausto eran 
herederos de la Reforma! 
El peor juicio de Dios que puede caer sobre un indi-
viduo o nación es permitirles que se salgan con la suya. 
El comentario acerca de esto lo encontramos en Romanos 
1:18-32, y recomiendo que reflexione seriamente en él. 
P. ¿Cuál es la mejor manera de prepararme para una 
tragedia que pueda sobrevenir sobre mí o mis seres queridos? 
R. Confiando en Cristo y caminando con Él día a día. 
Dedicando tiempo al estudio de su Palabra a fin de que su 
fe sea algo profundo y dinámico, que crezca y alcance a 
otros. Mediante el cultivo de relaciones ricas y sólidas con 
su familia y con sus amigos. Confiando en Dios en sus 
“pequeños problemas” de la vida y viendo cómo le ayuda 
con las soluciones. 
Pero déjeme añadir una advertencia: ¡No adopte una 
actitud temerosa y pesimista ante la vida! Si le tiene temor 
a la vida comenzará a crearse sus propios problemas quiera 
usted o no. “Dios es amor; y el que permanece en amor, 
permanece en Dios, y Dios en él… En el amor no hay 
temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor…” (1 
Jn. 4:16, 18). 
Enfréntese a la vida con un espíritu vigoroso. Dios 
tiene grandes cosas planificadas para sus hijos. Su Padre 
celestial siempre lo prepara a usted para lo que Él prepara 
para usted, así que procure permanecer cerca de Él. Sirva a 
otros y ayúdelos a llevar sus cargas. Esté preparado si llega 
el sufrimiento y Dios le ayudará a pasar por la experiencia. 
Apéndice 2
Una pequeña antología 
A lo largo de los años, en mis lecturas y ministerio perso-
nal, he descubierto algunas declaraciones selectas que con-
tienen verdad espiritual y filosófica que me han ayudado 
mucho. Siempre que las he usado, ya sea en la consejería o 
la predicación, parece que también fueron de ayuda a otros. 
Así, pues, aquí las tiene para su inspiración y beneficio. 
“¡Ah, si usted supiera que gran paz hay en la aceptación 
del dolor!” (Madame Guyon). 
“Es mucho mejor orar por la transformación del dolor que 
por su eliminación” (P. T. Forsythe). 
“Hágase amigos de sus aflicciones, pues van a tener que 
vivir siempre juntos” (San Francisco de Sales). 
“La obra de la fe está en salir bondadosos de en medio 
de todas las pruebas por las que Dios nos permite pasar” 
(Samuel Rutherford).
“Debemos dejarle a Dios todas las cosas que dependen de 
Él, y pensar solo en ser fieles en todo lo que depende de 
nosotros” (François Fénelon). 
Dios, hazme valiente para la vida. 
¡Oh, más valiente que eso! 
Me enderezaré después del dolor, 
como un árbol se endereza después de la lluvia, 
brillante y hermoso de nuevo. 
Dios, hazme valiente para la vida. 
¡Más valiente que eso! 
Así como se levanta la hierba caída, 
152 Cuando la vida se derrumba
levantémonos nosotros del dolor con ojos serenos, 
sabiendo que su camino es lo mejor. 
Dios, hazme valiente, 
la vida trae muchas cosas cegadoras, 
ayúdame a conservar mi vista, 
ayúdame a ver correctamente 
la Luz que sale de la oscuridad. 
(Grace Noll Crowell)
“Usted no puede curar la pena alimentándola; pero 
puede curarla ayudando a otros en sus penas” (George 
 Matheson). 
“No hay ningún beneficio en caminar abrumado por 
el dolor. Todo el beneficio que el hombre obtiene viene 
de su gozo. La ventaja de las llamas del dolor no está en 
las cosas que consume. Lo más dulce que viene con las 
adversidades es mostrarme el gozo del que nadie puede 
privarme” (George Matheson). 
“El Dios de Israel, el Salvador, es a veces un Dios que se 
oculta a sí mismo, pero nunca un Dios que se ausenta; 
a veces está en la oscuridad; pero nunca en la distancia” 
(Matthew Henry). 
“Ningún hombre jamás se hunde bajo la carga del día. 
Cuando las cargas del mañana se agregan a las de hoy, es 
cuando el peso es más de lo que un hombre puede aguan-
tar. Nunca se cargue de esa manera. Si se ve a sí mismo 
así de cargado, al menos recuerde esto: Usted lo hizo, no 
Dios. Él le ruega que deje el futuro en sus manos y usted 
se ocupe del presente” (George MacDonald). 
“En la perplejidad, cuando no podemos decir qué hacer, 
cuando no podemos comprender lo que está sucediendo 
a nuestro alrededor, dejemos que nos calme, nos afirme 
y nos haga pacientes el pensamiento de que lo que está 
Una pequeña antología 153
oculto para nosotros no lo está para Él” (Frances Ridley 
Havergal). 
“Nunca se imagine que usted podría ser alguien si solo dis-
pusiera de una suerte y esfera diferentes. Las mismas cosas 
que usted critica, como limitaciones y obstrucciones fatales, 
son probablemente las que usted más necesita. Lo que usted 
llama estorbos, obstáculos y desalientos, son probablemente 
las oportunidades de Dios” (Horace Bushnell). 
“Usted no tiene que buscar a Dios, solo tiene que darse 
cuenta de su presencia” (Gerhart Tersteegen). 
“No es sabio pensar y preocuparse acerca de lo que está 
por venir. Ame y sufra en el presente, pensando más en 
Dios y en su fortaleza que en usted mismo y en su debi-
lidad. Si el sufrimiento se incrementa, también se incre-
mentará la gracia” (Gerhart Tersteegen). 
“El sufrimiento sin amor es para los condenados; amor 
sin sufrimiento es para los bienaventurados. Aquí en la 
tierra, nosotros honramos a Dios mediante los dos, como 
hijos de amor, crucificados” (Gerhart Tersteegen).
“Mientras tanto que deseemos ser diferentes de lo que 
Dios quiere que seamos en este tiempo, solo conseguimos 
atormentarnos a nosotros mismos sin propósito” (Ger-
hart Tersteegen).
“No oro pidiendo una carga más ligera, sino por una 
espalda más fuerte” (Phillips Brooks). 
“Todo lo que he visto me enseña a confiar en el Creador 
para todo lo que no he visto” (Ralph Waldo Emerson).
“Un poco de fe llevará su alma al cielo, pero mucha fe 
traerá el cielo a su alma” (Dwight L. Moody). 
“Dios juzgó que era mejor obtener bien del mal que no 
sufrir el mal en la existencia” (San Agustín). 
154 Cuando la vida se derrumba
“Donde está tu placer, allí está tu tesoro; donde está tu 
tesoro, allí está tu corazón; donde está tu corazón, allí está 
tu felicidad” (San Agustín).
“Oh, alma mía, no desprecies la escuela del dolor; te 
dará una parte singular en un canto universal” (George 
Matheson).
“Dios da cargas, también hombros” (Proverbio Yiddish). 
“El gozo fecunda; el dolor produce” (William Blake). 
“El sufrimiento está estrechamente relacionado con la 
libertad. Buscar una vida en la que no haya más sufri-
miento es buscar una vida en la que no haya más libertad” 
(Nikolai Berdyaev). 
“¿Para qué es la oración? Para relacionar todo pensa-
miento con el pensamiento de Dios. Para verlo todo como 
su obra y su cita. Para someterle todo pensamiento, deseo 
y resolución. Para sentir su presencia de manera que nos 
refrene aun en nuestro gozo más exuberante. Eso es la 
oración” (Frederick W. Robertson). 
“Nuestro sufrimiento no es digno del nombre de sufri-
miento. Cuando pienso en mis cruces, tribulaciones y 
tentaciones, me avergüenzo mucho al pensar qué son 
ellos en comparación con el sufrimiento de mi bendito 
Salvador Cristo Jesús” (Martín Lutero).
“La mejor ayuda que le podemos prestar al hombre afli-
gido no es quitarle su carga, sino estimular sus mejores 
recursos a fin de que él sea capaz de llevar su carga” (Phi-
llips Brooks). 
“¿Por qué voy a temblar ante el arado de mi Señor, que 
crea surcos profundos en mi alma? Yo sé que Él no es un 
labrador ocioso, sino que planea una cosecha” (Samuel 
Rutherford).
Una pequeña antología 155
“La adversidad es el polvo de diamante con el que el cielo 
pule sus joyas” (Robert Leighton). 
“Dios tiene un Hijo sin pecado, pero ninguno sin dolor” 
(John Trapo). 
“Podemos sentir la mano de Dios como un Padre tanto 
cuando nos disciplina como cuando nos acaricia” (Abra-
ham Wright). 
“¡Oh cuántos han sido llevados al infierno en los carros 
delos placeres terrenales, mientras que otros han sido lle-
vados al cielo mediante la vara de la aflicción!” (John 
Flavel).
“El juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” 
(Abraham, Gn. 18:25). 
“El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo [están] los bra-
zos eternos (Moisés, Dt. 33:27). 
“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no 
temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo 
en dondequiera que vayas” (Jos. 1:9). 
“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré 
mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4). 
“¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas 
dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, 
salvación mía y Dios mío” (Sal. 42:11). 
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque 
yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siem-
pre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). 
“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por 
los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no 
te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, 
Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador (Is. 43:2, 3).
156 Cuando la vida se derrumba
“Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, 
pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de 
mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericor-
dia de ti” (Is. 54:10).
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento 
en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is. 26:3). 
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, 
y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y 
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y 
hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es 
fácil, y ligera mi carga” (Jesús, Mt. 11:28-30). 
Notas
1. Harold S. Kushner, When Bad Things Happen to Good 
People [Cuando a la gente buena le pasan cosas malas] 
(Nueva York: Schocken, 1981), p. 65. Publicado en 
español por Vintage Español.
2. G. Campbell Margan, The Minor Prophets [Los profe-
tas menores] (Old Tappan, N.J.: Fleming H. Revell, 
1960), p. 99. Publicado en español por Editorial Clie.
3. Kushner, When Bad Things Happen to Good People, p. 
43. 
4. Ibíd., p. 148. 
5. Ibíd., p. 28. 
6. Ibíd., p. 7. 
7. Ibíd., p. 28. 
8. Ibíd., p. 44. 
NUESTRA VISIÓN
Maximizar el efecto de recursos cristianos de calidad que 
transforman vidas.
NUESTRA MISIÓN
Desarrollar y distribuir productos de calidad —con 
integridad y excelencia—, desde una perspectiva bíblica y 
confiable, que animen a las personas a conocer y servir a 
Jesucristo.
NUESTROS VALORES
Nuestros valores se encuentran fundamentados en la 
Biblia, fuente de toda verdad para hoy y para siempre. 
Nosotros ponemos en práctica estas verdades bíblicas como 
fundamento para las decisiones, normas y productos de 
nuestra compañía.
Valoramos la excelencia y la calidad.
Valoramos la integridad y la confianza.
Valoramos el mérito y la dignidad de los individuos 
y las relaciones.
Valoramos el servicio.
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¿Hay alguna razón para el dolor y el sufrimiento?
¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?
Las personas llevamos siglos y siglos haciendo estas mismas preguntas. En el mejor de los casos solo se ha llegado a 
conclusiones superficiales y muchos han abandonado el intento 
de responder a las preguntas verdaderamente difíciles de la vida.
En Cuando la vida se derrumba, usted verá que hay propósito 
en el sufrimiento y el dolor. Con sensibilidad y compasión, el autor 
ofrece percepción y conocimiento acerca de la razón por la cual 
las personas sufren y qué hacer cuando la vida se derrumba.
“ No ha podido llegar más a tiempo… Una refutación vital a 
las… respuestas que se dan hoy a las preguntas difíciles acerca 
del sufrimiento y el mal que han invadido nuestra cultura”.
 — CHARLES W. COLSON, 
fundador de Prison Fellowship
“ Responde a las preguntas difíciles con un sentido bíblico 
profundo. Tengo la esperanza de que este libro lo van a leer 
muchos y se beneficiarán de él”.
 — JOHN MacARTHUR, 
pastor-maestro, autor
WARREN W. WIERSBE es pastor, y autor o compilador 
de más de 160 libros, entre ellos Llamados a ser siervos de Dios 
y La estrategia de Satanás, ambos publicados por Portavoz. 
Actualmente se dedica a escribir para ministrar a otros. 
WARREN W. WIERSBE
“ Tengo la esperanza de que este libro lo van a leer 
muchos y se beneficiarán de él”. 
–JOHN MacARTHUR, pastor, maestro y autor
Cuando 
la vida
se derrumba
Respuestas bíblicas para los que sufren
C
uan do la vida se derrum
ba
ISBN 978-0-8254-0530-3
9 7 8 0 8 2 5 4 0 5 3 0 3
Vida cristiana / Superación personal